Doñana, refugio de la fauna salvaje y del hombre paleolítico

‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 13

Por Benigno Varillas

Desde su época de golfo, luego lago, finalmente marisma, el Paleolítico sobrevivió en lo que hoy es Doñana. Habitada por la fauna salvaje y por descendientes de los cazadores recolectores, hombres y mujeres adaptados a aquel medio inhóspito y complejo.
Sabemos de ellos por la inscripción de un monumento del siglo II de la ciudad hispano–romana de Itálica. La estatua del general Cayo Vallio Maximiano de la Bética, que se haya en el Museo Arqueológico de Sevilla, lleva grabada una placa que dice que la ciudad fue defendida con éxito del “ataque de los moros” al repeler Cayo y sus tropas la agresión. No cita a ninguna de las tribus neolíticas prerromanas, cuyos nombres conocían bien los historiadores del imperio, sino a “los moros”. Moros que llenan la toponimia ibérica. Los que escondían tesoros. Que se escondían ellos mismos. Aquellos que vivían en cuevas –donde las hay– y en refugios como los que construyó Menegildo en la Algaida y en la playa de Bonanza, elevados sobre palos para protegerse de las inundaciones, de la humedad y de las víboras, chozas como las que había en la His–palis de los palafitos y en la Sevilla de Sibila.

En las fértiles vegas a lo largo de todo el curso del río Betis se desarrolló la ganadería y la agricultura y, con ellas, la civilización neolítica. La zona pantanosa que se iba formando aguas abajo, alojaría a los escasos supervivientes de los descendiente de los hombres cazadores recolectores pescadores, que otrora disfrutaron y habitaban Iberia y el mundo. De ellos descenderían hombres como Menegildo, Manolo el de Chipiona o el padre de Luis García, patero cuyo hijo, anillador oficial de la Estación Biológica de Doñana (EBD) desde hace 40 años, usa ahora las trampas de capturar aves de sus antepasados hombres marismeños para anillarlas y hacer ciencia. En la WEB de la EBD cuelgan los diarios de Luis, con minuciosos datos que registran día a día 40 años de seguimiento de la fauna, capturas de texto, y desde hace unos años de fotos y vídeos, de la vida salvaje que ahora “caza” incruentamente con la mirada, el telescopio y la cámara.
El flujo de vida migratoria que se mueve en verano del hemisferio norte al invierno africano, o del océano Atlántico al mar Mediterráneo, tiene un cuello de botella en la punta de Europa que forman Gibraltar y Algeciras, con un ala que llega hasta Cabo de Gata, en Almería, y otra que va hasta el cabo San Vicente, en el Algarve portugués. Por ese pasillo desfilan millones de aves, peces y mamíferos marinos, hacia el Norte en primavera y hacia el Sur en verano y otoño. Estrechamiento de la corriente proteínica en migración que forma en este lugar de Europa un embudo de nutrientes que no pasó desapercibido al hombre primitivo.
A principios de primavera los atunes adultos enfilan hacia la costa española desde diferentes partes del Océano Atlántico, como las islas de Cabo Verde, el archipiélago de Canarias, el norte de Europa y el golfo de México y pasan por el Estrecho de Gibraltar hacia el Mediterráneo, donde se reproducen.
El arqueólogo alemán Adolf Schulten buscó en las tres primeras décadas del siglo XX los restos de la ciudad de Tartessos en Doñana. El dueño del Coto, el Duque de Tarifa, le acogió y le apoyó en sus excavaciones. Lo que encontraron fue una factoría de pesca romana, una almadraba a la altura del Cerro del Trigo, hoy de los Ánsares, en la playa de Matalascañas. Allí capturaban con trampas de redes los atunes que se acercan a la costa en verano. Se secaban y exportaban a todo el imperio. Para hacer mojama se extraen tiras de carne. Se meten prensándolas, durante uno o dos días en sal gorda y luego se le quita, se purgan un par de días envueltas en sacos húmedos y se lavan, para proceder a su secado al aire, durante 15 días si el viento es de Levante y 20 si es de Poniente.
En tiempos de los romanos se aprovechaban hasta las tripas, con las que se hacía el garum, una salsa que se obtiene de vísceras de atún fermentadas. Se empleaba como hoy la salsa de soja, para dar sabor a los alimentos. En 2014, la empresa gaditana “Flor de Garum” dio con el secreto de las especias que junto con el pescado y la sal en capas, macerado todo ello unos días, removido y filtrado con un paño de lino, dan como resultado este elixir romano o a saber si ya del primer Neolítico. Pudieron sacar la receta al tener acceso a garum original sepultado tras la erupción de Pompeya en una tienda que vendía ese producto. Estaba en ánforas de cien litros que, 1935 años después del magma volcánico que las sepultó, todavía olían a pescado. Hecho un análisis nutricional, para ver sus contenidos de minerales, proteínas y ácidos grasos, se averiguó su composición y proporciones de pescado azul, polen y sal. En la biblioteca de Saint Gall en Suiza, se encontró un manuscrito del siglo IX con ambiguas descripciones del garum hechas en la obra romana “De re coquinaria”, que era por la que se sabía de este condimento.