El elevado nivel de lenguaje de un pueblo salvaje

Obra ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores
Capítulo 4

Por Benigno Varillas

Quien sí intentó cristianizar a los fueguinos fue el reverendo anglicano Thomas Bridges (1842 aprox. – 1898). Lo de “aproximadamente” se debe a que Bridges fue encontrado debajo de un puente –de ahí el apellido que le dieron– de la ciudad británica de Bristol en 1846, cuando aparentaba 4 años de edad. Fue adoptado por el reverendo anglicano George Despard quien, diez años más tarde, le llevaría con el resto de su familia a las islas Malvinas, base militar británica en el Atlántico que aún reivindica Argentina, estratégica para el control de la ruta marítima al Pacífico. Thomas murió a los 56 años de edad, tras convivir casi 40 años con el pueblo paleolítico yámana de Tierra de Fuego. Falleció en 1898 en un hospital de Buenos Aires, a causa de un cáncer.
Su padrasto había retomado la labor iniciada por el capitán FitzRoy en 1830 de enseñar inglés y domesticar a los indios salvajes del canal de Beagle para asentar en sus cazaderos una colonia británica que facilitara provisiones a los barcos que navegaban del Atlántico al Pacífico por el extremo sur del continente americano.
La Sociedad Misionera Patagónica empezó en 1856 a trasladar grupos de yámanas a las islas Malvinas “para su educación cristiana”. En esos años, Thomas Bridges aprendió de ellos el idioma yámana o yagán. En 1859 se estableció una misión en la isla Navarino, donde lo había intentado FitzRoy 30 años antes, pero los yámanas mataron a los misioneros, se dice que liderados o instigados por Button, el más aventajado de los cuatro indígenas que trató de domesticar FitzRoy en 1830.
En 1863, Thomas Bridges, a sus 21 años, lo intentó de nuevo. Al comunicarse en lengua yámana o yagán, como también se la llama, explicó sus intenciones y logró asentarse. En 1886, Bridges cambió por la argentina la bandera británica de la misión, al tiempo que obtenía del Gobierno argentino una concesión de 20.000 hectáreas de terreno para establecerse en ella con sus hijos como granjeros de vacas y ovejas. La llegada de más colonos, buscando oro e implantando más haciendas ganaderas en los cazaderos paleolíticos, provocó a finales del siglo XIX el genocidio de todos los indígenas que habitaban Tierra de Fuego, tanto el de los resistentes canoeros yámanas y alacalufes, pescadores recolectores de piernas cortas y fuertes brazos, que pasaban media vida en su piragua, como el de los altos, veloces y diestros flecheros, los poderosos selknam, cazadores–recolectores de tierra a dentro, a los que los blancos llamaron onas y de los que Bridges escribió: “Cazan pájaros y guanacos con flechas, pero para matar las focas se valen de arpones. Se apoderan también de ellas penetrando en sus cuevas y matándolas a palos. Complementan su alimentación, las almejas, las llámparas y otros moluscos así como frutillos silvestres. (…) El agua constituye su única bebida.» (20)

El guanaco, que puede pesar los 100 kilos, y la más pequeña vicuña, son los herbívoros salvajes de mayor tamaño de la estepa patagónica y del altiplano andino. Estos dos camélidos son piezas claves de los ecosistemas sudamericanos donde vive.

Las vicuñas se distribuyen actualmente en un área de 250.000 km2 de la zona altoandina de Perú, Bolivia, Argentina y Chile, a más de 3.200 metros sobre el nivel del mar. En el siglo XVI se estima que había en Perú una población de unos 2 millones de vicuñas. A mediados del siglo XX apenas quedaban 10.000. El guanaco ocupaba en esos mismos países un amplio rango de ecosistemas áridos y semiáridos desde el nivel del mar hasta más de 4.500 metros de altura en los Andes. La población prehispánica de guanacos se estima que pudo ser de 30 a 50 millones de individuos. Hoy quedan unos 600.000, tras haber perdido el 60% de su área de distribución original, y ser relegada el 90% de su población actual a la región patagónica Argentina.

Para los paleolíticos, como los selknam del Canal de Beagle, el guanaco, era su principal recurso. Con las armas de fuego se provocó una disminución drástica de ambas poblaciones, que fueron masacradas sin restricción alguna por todo el que quisera apropiarse de ellas. Los guanacos y las vicuñas salvajes se diezmaron a decenas de miles para exportar sus pieles. El declive se acentuó con la alteración del hábitat y la competencia por el pasto del ganado exótico. La regresión se reviertió en las últimas décadas, con la firma de convenios internacionales y el desarrollo de un marco legal e intensos esfuerzos nacionales y regionales de conservación. Las medidas de conservación van dando resultado y, a pesar de la caza, que se continua ilegalmente, algunas poblaciones de vicuñas y guanacos se recuperan.

Hace 5000 años, sátrapas andinos domesticaron al guanaco, obteniendo la llama. De las vicuñas, obtuvieron la alpaca. Luego neolitizaron y esclavizaron a sus pueblos de forma similar a como lo hicieron sus aniquiladores del continente eurasiático, que impusieron la cultura agropastoril en los valles de los ríos Nilo, Eúfrates, Tigris, Ganges y Tarsis. La tercera raza humana que inició el proceso domesticador que sigue imperando, fue la del fértil valle del río Mekong y otros del Este asiático.

Al contrario que en Europa y Asia, donde la vaca y el caballo salvaje se extinguieron, la existencia simultánea de especies silvestres y de sus versiones domésticadas, derivadas de la primigenia, se da en los grandes herbívoros sudamericanos y genera gran confusión, como demostró un Proyecto de Ley argentino de 2008 para sacar rendimiento económico a los camélidos, que motivó un escrito del Grupo de Especialistas de la UICN, explicando “la importancia de diferenciar entre animales silvestres y domésticos”, defendiendo que guanacos y vicuñas son fauna salvaje que no debe gestionarse como ganado. (21)

El cineasta español Javier Trueba, que casó ya en el siglo XXI con una argentina del canal de Beagle, comenta que allí aún se recuerda la legendaria puntería de los esbeltos y atléticos selknam. Los guanacos, que eran su principal alimento, cuando se alarmaban se escondían entre los árboles y arbustos y, al cabo de un tiempo inmoviles, acaban por mover levemente la cabeza para asomar un ojo entre la hojarasca de modo que puedan controlar las intenciones de su perseguidor. Se dice que los selknam eran tan altos y corpulentos como requerían sus duros y potentes arcos, que exigían mucha fuerza muscular para tensarlos. Con ellos colaban su flecha, desde una distancia considerable, entre las ramas y lograban clavarla con una puntería sin igual en el único blanco que les proporcionaba la presa, que era el pequeño y casi invisible ojo camuflado entre la vegetación.

Hablando de sus dos vecinas etnias canoeras, los yámanas y los alacalufes, ambas de fuertes brazos y aptas piernas cortas para la vida en canoa, rechonchos de grasa para combatir el frío húmedo de la vida acuática, Bridges escribe, en octubre de 1882: “Los moluscos son la forma habitual de subsistencia de los fueguinos, aunque también comen carne de foca y de lobo marino, o de aves, especialmente de pingüino y de ganso magallánico. Su estómago no se revuelve con la grasa de una ballena, cuando por fortuna uno de estos Leviatán les queda varado en la costa, aun cuando haya llegado a la etapa de descomposición. Toda la gente de las proximidades corre al lugar, mientras flotas de canoas rodean al monstruo encallado y su cuerpo es cubierto de hombrecillos de color de cobre, arrancando la grasa con sus cuchillos de valvas. Cada uno corta todo lo que puede y, cuando ha arrancado y cortado un gran trozo de grasa, hace un agujero enmedio y lo mete alrededor del cuello, lo que les deja las manos libres para llevar más de la sabrosa comida.” (22)

En una conferencia que Bridges impartió en la sociedad literaria inglesa de Buenos Aires, en agosto de 1886, afirmaba: “Los indígenas acostumbran ir libremente a aquellos que tengan alimentos de sobra, para procurarse una parte de los mismos, y siempre salen satisfechos. Jamás piden nada, pero se comprende perfectamente el objeto de la visita. Nunca dan las gracias, pero en toda ocasión están listos para retribuir estos servicios.” (22)

De otros textos que redactó a lo largo de su vida, extraemos las siguientes citas:
“Los indígenas han desarrollado todas las cualidades más útiles para la vida que llevan: sus canoas son perfectas de su clase y otro tanto puede decirse de todos sus utensilios e implementos. Con los materiales de que disponen no comprendo cómo podrían ser mejorados. Se adaptan perfectamente al suelo y clima del país en que se encuentran (…) Sus arcos y sus flechas, aunque sin adornos, eran perfectas; no podría estar mejor hechas, como ocurre con todas las armas e instrumentos de los yagán y, supongo, de todas las razas primitivas.” (…) “Profesaban gran respeto por la vida.” (…) “Los niños son objeto de tiernos cuidados y en ausencia de la madre los amamanta cualquier otra mujer antes que dejarlos sufrir. (…) “Jamás contraían matrimonio dentro de los grados de consanguinidad prohibidos por la ley natural.” (…) “No reconocen un Creador ni tienen idea del futuro, ni esperar nada después de la muerte”. (…) “No conservan tradición alguna de su pasada historia, ni saben de donde han venido”. (20)

“Gran parte de los ancianos pasaban por brujos. Estos no eran tan sólo los que habían adquirido cierta influencia a causa de la superioridad de su inteligencia o por sus fuerzas físicas, sino que entre ellos se encontraban hombres de todas clases. Llegados a esta condición, pretendían poseer poderes extraordinarios. He visto a uno de ellos lanzarse sobre la fogata y bailar sobre el fogón recalentado. En la práctica del arte de curar, emplean encantos y saltos y pasan las manos por encima del enfermo, haciendo chascar los dedos. Por estos medios, se sobreexcitan los curanderos e inducen cierto grado de hipnotismo en los enfermos. Cuando existe algún dolor local, manipulan esa parte. También pretendían que podían hacer buen tiempo, allí escaso y codiciado”. (22)

Pero el descubrimiento más portensoso que hizo el reverendo Bridges de este pueblo de cazadores–recolectores del Paleolítico que sobrevivió hasta principios del siglo XX, fue su idioma. La última superviviente yámana, que aún lo dominaba como lengua materna, vivió hasta los 100 años de edad y logró con su longevidad que su etnia no se extinguiera hasta el año 2003, en que murió. Un idioma que cautivó de tal manera a Bridges, que se puso a hacer un diccionario del mismo, al ver la variedad y originalidad de su vocabulario.
Las lenguas en Europa se han enriquecido con los imperios coloniales, al dominar países donde se hablan otros idiomas y mezclarse con ellos. Igualmente agrandaron el vocabulario los tecnicismos de la industrialización y el avance científico, cultural y tecnológico, al punto de multiplicar por diez el número de palabras de hace cinco siglos. Hay diccionarios de algunos idiomas que llegan ya a un millón de palabras recopiladas. Pero el vocabulario pasivo, es decir, el que comprendemos aunque no usemos, es de unas 15.000 a 30.000 palabras, y eso en personas con una formación académica media, y el vocabulario activo, es decir, el que uno usa de forma regular, desciende a menos de 20.000 palabras, siendo lo normal no manejar más de 10.000. La mayoría de la gente no llega a 2.000 palabras en su vida diaria, umbral por debajo del cual se expresan mal las ideas y se comunica fatal.
Thomas Bridges hizo un diccionario del idioma yámana que contiene 32.000 palabras. A los pocos meses de instalarse en territorio yámana, en abril de 1879, anotó: “Es muy regular e ingenioso en su estructura y tiene una marca divina en su apariencia” aunque, como destaca Arnoldo Canclini en su libro “Los indios del último confín”, que recoge los escritos de Thomas Bridges y otros misioneros que citamos en este ensayo, Bridges se quejaba de que el yámana era un instrumento inadecuado para expresar los conceptos cristianos, por no tener palabras para nombrar a Diós, los ángeles y otros conceptos que aparecen continuamente en la Biblia, como rey, general, fariseo, oveja, pan, mesa, etc”. Y añade Canclini “Aún más, tampoco se podrían mencionar en yagan los principios psicológicos y éticos del cristianismo, ya que eran muy escasas las palabras que designaban vicios o virtudes.” (22) Carencias linguísticas de los yámanas que dicen mucho, por cierto, de la arquitectura mental del Paleolítico.
Bridges que quiso domesticarlos y acabó dejándolos por imposible, admiró sin embargo, como ya hemos visto, su capacidad de expresarse y de comunicar. Relacionaba esa facultad la forma de vida de los pueblos primitivos, y escribió: “Me maravillo de cómo un pueblo tan depravado y miserable ha mantenido este idioma, que es tan amplio y regular. Esto solo puede ser entendido teniendo en cuenta su vida social, sin estar encerrados en reclusión familiar. Así es que ellos siempre se mueven en grupos y cuatro o más familias se amontonan en una sola choza. Los niños oyen todos los temas que se hablan, llegan a estar en contacto con centenares de personas, oyendo el discurso de muchos. Esta pobre gente conoce a muchas más personas qué la mayor parte de los que vivimos en comunidades civilizadas. Oyen y participan en muchas más conversaciones de lo que es común en una sociedad que lee y que está muy ocupada.” (22)
No tenemos el dato del número de yámanas que Bridges consultó para hacer su diccionario. Pero el propio misionero calculaba que en su época quedaban ya apenas 400 yámanas, dispersos por el Canal de Beagle, de los 3.000 que podría haber habido cuando llegaron allí Fitz Roy y Darwin, 30 años atrás, y las enfermedades de los blancos y las matanzas aún no habían diezmado a los nativos.
Con una población tan exigua, de la que Bridges se supone interrogaría solamente a una pequeña parte, es portentoso que llegara a sonsacar a unos pocos hombres salvajes ¡32.000 palabras! Un resultado inimaginable si interrogáramos hoy a un número equivalente de europeos sin estudios. Para darnos una idea, el escritor Miguel de Cervantes manejó en su libro “Don Quijote de la Mancha” un total de 23.000 palabras distintas y el escritor inglés Shakespeare utilizó 31.000 en todas sus obras. (23)

Que unos salvajes desnudos usaran semejante vocabulario da qué pensar. Nos retrotrae a las dudas que asaltaron a Picasso (24) en 1902, quien pensó que desde el Paleolítico hemos ido para atrás, al difundirse aquel año por todo el mundo que la obra pictórica de Altamira tenía más de 12.000 años de antigüedad, tras 25 años negándole todo el mundo a Ignacio Sanz de Sautuola (1831–1888) que las pinturas de bisontes que su hija María Justina de 12 años había descubierto cuando le acompañaba en la prospección de cavernas que hizo en el verano de 1879 en la cueva cántabra fueran auténticas. El experto en la industria lítica de la edad de piedra. Su principal crítico, Cartailhac, tuvo que rendirse a la evidencia al descubrirse otras pinturas similares en una cueva al sur de Francia y entonó su famoso “Mea Culpa de un Sceptique”, que llegaba tarde, porque Don Ignacio, el tatarabuelo de la familia Botín, propietaria del Banco Santander, ya había muerto, profundamente afectado de que se le acusara de urdir un engaño. (25)
Son habilidades del intelecto que ahora mismo no tenemos la mayoría de los mortales. Facultades que indican un nivel intelectual del hombre primitivo mucho mayor del que habitualmente se le atribuye y muy superior al de la media actual. Así opinaba Félix Rodríguez de la Fuente, otro chamán de la palabra, que nos consta no conoció los datos que aquí exponemos, y tal vez el comentario que dejó sobre este tema –grabado con su voz como no podía ser de otra manera hablando de la cultura oral– son reflexiones sacadas de su experiencia propia. (pincha aquí para oír el audio).

La admiración de los que convivieron con pueblos primitivos por sus cualidades, son iguales a las que expresó entre 1966 y 1980 el naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente tras visitar a los pigmeos de la selva de Ituri, en el Congo; a los bosquimanos del Kalahari y a los inuk de Groenlandia. Félix murió con su equipo en 1980, al accidentarse en Canadá la avioneta con la que filmaban una carrera de trineos, durante una expedición de varios años en la que buscó en el Gran Norte a los indios no contactados Yahani, dados ya entonces por extinguidos al haberse dejado de ver los ultimos de ellos hacía medio siglo. Pero dada la legendaria capacidad de aquellos indios para hacerse invisibles a los ojos de los blancos, viviendo en lo más apartado y profundo de los bosques de Canadá, y la desbordante imaginación y el entusiasmo sin límite de Félix, el gran divulgador de la naturaleza confiaba en que adentrándose en el parque nacional del Nahane, igual descubría aún, aunque fuera con su febril y poética vena literaria, el último campamento nómada de esta legendaria tribu.
Su afán, durante toda su vida, fue “contemplar el rostro de los autores de las pinturas rupestres de la cueva de Altamira” y constatar, en quien aún hoy se les pudiera asemejar, si aquellos antepasados suyos, artistas del Magdaleniense de hace 14.000 años, guardaban en su comportamiento claves para recuperar la nueva conciencia que él buscaba y ansiaba para devolver a la especie humana a un modelo de vida sostenible. Un desarrollo basado en la felicidad, la creatividad, la ciencia y la cultura, y no en acumular bienes materiales, que permita la supervivencia, al no destruir los procesos ecológicos.

Félix Rodríguez de la Fuente nos puso, entre otras muchos secretos del Paleolítico, tras la pista del potencial que tiene la voz humana para modelar y generar sinergias insospechadas en los cerebros humanos, actuando como una fernomona capaz de activar la conciencia colectiva. La capacidad de comunicar de la vida inteligente a través de la voz, la cultura oral desarrollada por el hombre paleolítico, habría llevado a la especie humana a dominar a unos niveles insospechados su cerebro, lo que le había dotado de unas capacidades que hoy no tenemos, perdidas al dejar de vivir inmersos en la naturaleza y perder las facultades que aporta mantenerse activos dentro de los esquemas y las exigencias de la evolución de la vida.
No solo coinciden, en sus observaciones, los pioneros que en los dos últimos siglos tuvieron la oportunidad de vivir con pueblos primitivos hoy extinguidos. Los trabajos científicos más recientes, como los del antropólogo norteamericano Marlowe sobre los bosquimanos cazadores recolectores Hadza de Tanzania, realizados a finales del siglo XX y principios del XXI, concuerdan con las observaciones de Azara, Bridges y Gusinde, al punto que leer los comentarios de estos diferentes autores, basados en observaciones hechas con más de cien años de diferencia de uno a otro, es como leer un mismo texto, escrito por una misma persona, sobre un único pueblo, en un único momento histórico. Como si el transcurrir del tiempo fuera inexistente en el “hombre verdadero”.
Si los humanos paleolíticos se asemejan en tan diferentes lugares y épocas, cabe pensar, como opinaba Rodríguez de la Fuente, que los hasta 100.000 magdalenienses que se estima pudo haber en Iberia hace 12.000 años –los que pintaron Altamira y Côa  y cazaban el uro y el caballo en las praderas de la cueva de La Moratina del río Nalón y en la desembocadura del Betis antes de que a Gerión se le ocurriera degradarlos domesticándolos– tuvieran también esa cultura, cosmovisión y actitud similar a la de los pueblos cazadores recolectores de los que hay noticia.
Las características de Homo sapiens no domesticado, como constatan los que han recogido información, se resume en una: ser libre. Libres como su entorno y las presas de las que se alimentaban. Libres, como la vida salvaje no domada y no dominada. Libres como lo es, o lo debiera ser, la energía, con sus leyes universales de optimización de su consumo, que el Neolítico alteró al domesticarla y retenerla para acumularla.

En el siglo XIX las tribus de cazadores recolectores del río de La Plata fueron perseguidas a sangre y fuego, pero, sobre todo, lo que pudo con ellos fueron las enfermedades que les contagiaba el hombre blanco con solo darles la mano. El misionero salesiano Martín Gusinde, un austríaco que acabaría siendo jefe de sección del Museo Nacional de Etnología y Antropología de Santiago de Chile en 1913, relató en sus obras cómo los europeos aniquilaron a las tribus de la Tierra de Fuego y en el canal de Beagle, al sur de la hoy Patagonia argentina y chilena.
“A los buscadores de oro siguieron otros enemigos de los indios más perversos y peligrosos: los estancieros. En el año 1878, se intentó la cría comercial de ganado. Cuando a pesar del largo invierno se obtenían tan buenos resultados, se instalaron en la orilla norte de la Isla Grande de la Tierra del Fuego varias estancias, cercando con alambradas extensas llanuras; con ello se expulsó a los indios de sus cotos de caza, quitándoles su principal fuente de alimentos. Cuando los hambrientos indios se aproximaban a los cercados eran recibidos a tiros por los guardas y pastores. Los guanacos habían sido ahuyentados por los intrusos blancos y en su mayoría aniquilados; en su lugar pastaban miles y miles de carneros”. Y prosigue: “De todos los males que han sido deparados a los fueguinos por el contacto con los europeos, nada iguala a las ruinas que causaron algunas enfermedades. La mortandad en masa de los Yámanas empezó poco después de la fundación de la estación misional anglicana.” (…) Viruela, tosferina, tifus, gripe, sífilis y otras epidemias causaron estragos. Las familias que por permanecer en el bosque no habían tenido contacto con los europeos se mantuvieron sanas durante algún tiempo hasta que siguieron la misma triste suerte que sus compañeros de tribu. Con la más extraordinaria rapidez se despobló el archipiélago meridional. La primitiva población de cerca de 2.500 miembros de la tribu Yámana había descendido a fines de 1945 a menos de cincuenta”.

Este libro trata de desvelar qué queda de “lo libre” y, en qué medida, Doñana, uno de los iconos que lo representa desde hace 800 años, es bastión de especies olvidadas, como los grandes herbívoros salvajes ibéricos, de modo que donde hoy vemos vacas y caballos en la marisma, podamos empezar a ver uros y tarpanes y, sobre todo, aprendemos a ver, y a ser, Homos sylvestris, como llamaron Chapman y Buck a los españoles primitivos que encontraron en sus correrías por la Península ibérica en el siglo XIX. A tener la arquitectura mental de los Hombres verdaderos cuya inteligencia les hizo conocer el secreto de no alterar el equilibrio ecológico de este planeta y, con ello, el secreto de la supervivencia, de evitar que una crisis ambiental se los tragara, como ahora nos podría ocurrir a esta orgullosa civilización que se cree omnipotente y es tan frágil como que todo su aparatoso despliege depende de un fino y frágil hilo. Y no hablamos solo del cada día más sobrecargado tendido eléctrico, sino del modelo neolítico que, al basarse en el crecimiento continuo, se desvela como una gran estafa piramidal, a la que nadie osa, o sabe, desmontar.

(Continuará)

Bibliografía:

(20) «The South American Missionary Magazine». Covering the period 1867-1919 in 53 volumes, it is described on the title page of vol. 1 as a New series. Published on the first of January, March, May, July, September and November, with copious illustrations. According to the introduction to the first issue of “The South American Missionary Magazine”, which appeared in January 1867, this periodical follows the Society’s original monthly serial published from 1st January 1854 under the title “The voice of pity for South America”, changing at the beginning of 1863 to “A voice for South America”. The collection is wanting vol. 13 (1879). http://www.britishonlinearchives.co.uk/group.php?cat=&sid=&cid=9781851172009&date_option=equal&page=&pid=72009-mag

(21) “La importancia de diferenciar entre animales silvestres y domésticos: guanacos y vicuñas son fauna y no son ganado”. Reflexión acerca del Proyecto de Ley 1406-D-2008, redactada por Gabriela Lichtenstein, Bibiana Vilá (CONICET) y Martín Funes (WCS) en nombre del Grupo de Especialistas en Camélidos Sudamericanos (UICN/CSE/GECS), web’s:
http://data.iucn.org/themes/ssc/sgs/gecs/ 
http://www.wcs.org
http://www.vicam.org.ar
http://www.camelidosgecs.com.ar/
http://www.camelidosgecs.com.ar/pdf/GECS_Vicam_WCS.pdf

(22) “LOS INDIOS DEL ULTIMO CONFIN”, de Arnoldo Canclini, con textos de Thomas Bridges. Ed.: ZAGIER & URRUTY PUBLICATIONS – WORLD’S END Mapas & libros de viaje / Maps and travel books. www.patagoniashop.com http://store.patagoniashop.com/merchant2/merchant.mvc?Screen=PROD&Store_Code=6962&Product_Code=1879568497+

(23) http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/julio_14/29072014_01.htm

(24)  Paul Bahn, «A Lot of Bull? Pablo Picasso and Ice Age cave art»
http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/munibe/aa/200503217223.pdf
http://www.aranzadi-zientziak.org/fileadmin/docs/Munibe/200503217223AA.pdf

(25) Émile Cartailhac «La grotte d’Altamira, Espagne. Mea culpa d’un sceptique», L’Anthropologie, tome 13, 1902, p.348-354.

 

Agradezco que mandes el enlace a este texto a quien consideres ya que su difusión es libre y gratuita. Para continuar esta labor, de proteger lo salvaje, te pido te suscribas a esta obra y, cuando puedas, dones al ‘Proyecto Tarpán’ 0,50 céntimos de euro (esperando a sumar por lo menos 6 € o más para que la gestión bancaria o de Paypal no supere lo donado) por cada capítulo, que te guste o envíes, para ayudarme a seguir redactando este ensayo y a ejecutar acciones de recuperar naturaleza. Escríbeme si no sabes cómo donar, o quieres aclarar otros aspectos: benigno.varillas@gmail.com

Darwin vio humanos beneficiados por la selección natural

¿los reconoció?

Cap. 3 del libro Gnesis

por Benigno Varillas

El cartógrafo español, Félix de Azara, reunió información de treinta naciones indias cazadoras recolectoras en las dos últimas décadas del siglo XVIII. Algunas prácticamente extinguidas cuando él las conoció, en tierras de misiones jesuítas en el río de la Plata y Paraguay. Varios de esos pueblos siguieron indómitos tras la independencia argentina, a  principios del siglo XIX. Para someterlos, el ejército del nuevo estado americano emprendió, en 1874, la campaña militar “Conquista del Desierto”. De igual manera se exterminaron en aquellos años las tribus de hombres cazadores del norte de América, de África, de Asia y de Oceanía. Y en Europa ¿qué fue de los magdalenienses?

En el año 2012 se publicaron dos trabajos científicos sobre el pueblo Hadza, tribu parecida a la etnia Sun del Kalahari, conocidos por el nombre de bosquimanos. Los hadzabé son cazadores–recolectores cuya población fue reducida y arrinconada por los masais y otros pueblos de pastores neolíticos, a unos mil individuos que aún sobreviven alrededor del lago tanzano de Eyasi, en la falda del Ngorongoro, al sur del Serengeti.

Ambos estudios coinciden con las observaciones de Azara en el siglo XVIII, y las de otros observadores de pueblos paleolíticos posteriores. Uno de los estudios es sobre el patrón de sus movimientos cuando cazan, que comentaremos más adelante, y otro sobre su ADN. Sarah Tishkoff y su equipo de la Universidad de Pensilvania, secuenciaron el genoma de 15 cazadores recolectores africanos de tres poblaciones: los pigmeos de Camerún y los sandawe y los hadza de Tanzania. En las secuencias de ADN identificaron más de tres millones de variaciones –de un total de trece millones– que están ausentes en el resto de humanos. En comparación con las poblaciones agrícolas y ganaderas los cazadores recolectores muestran distintos patrones de ADN en genes implicados en la inmunidad, el metabolismo, el olfato y el gusto. El descubrimiento revela signos de la selección natural a la que la mayoría de los humanos hemos dejado de estar sometidos hace miles de años. Un hallazgo extraordinario, aunque fuera previsible en pueblos paleolíticos inmersos en la vida silvestre libre.

“En sus descripciones Azara está lejos del mito del buen salvaje”, dice Horacio Capel. “No hay en sus relatos ni estado de felicidad ni utilización de ese pretendido estado dichoso para hacer críticas oportunistas contra la civilización o contra la ciudad –que sin embargo no están ausentes en su obra, aunque por otras razones.”

En general, el mito del buen salvaje tiene grandes detractores, por quienes consideran que todos somos malos y que eso de que pudo haber, o hay todavía, hombres salvajes bondadosos es un mito ridículo. La polémica reside en la confusión de lo que se considera un hombre salvaje.

He tenido la extraña experiencia de haber convivido –por decisión de ellos, a la vez, durante un año y en solitario, sin ser misionero, sino sabiendo ellos que todo lo contrario, lo que les llenaba de regocijo y afianzaba su confianza, ni tampoco pretendía obtener datos científicos y, por tanto, beneficio de ellos– con dos pueblos primitivos vecinos, opuestos el uno del otro. A la luz de esa experiencia pienso ahora que ambas partes, la de los pro buen salvaje y la de sus detractores, tienen su parte de razón.

Si se considera salvaje una tribu como la masai –pastores neolíticos primitivos puros– decir de ellos, o de cualquier otro pastor, que son un “buen salvaje” es verdaderamente una mitificación fruto del desconocimiento, ya que un masai es un ganadero con las mismas miserias y virtudes que cualquiera de nosotros, en particular de cualquiera de sus homólogos ganaderos españoles, mientras que si se considera como “buen salvaje” a su tribu vecina de bosquimanos cazadores recolectores puros, los hadzabé, hay razones para afirmar que el “buen salvaje” existe y que de mito nada, porque no es normal que coincidan en ello Marlowe, Azara, Bridges, Gusinde y otros autores que convivieron con pueblos cazadores en épocas tan dispares y lejanos unos de otros. La bondad no se refiere, evidentemente, a que no puedan ser malos a nivel personal, que seguro lo somos todos los que tenemos capacidad de pensar, sino a no estar tocados por el afán de poseer y lo que eso conlleva, así como que su máximo valor sea “ser libres”. Azara también detectó que, como los bosquimanos hazda que aún sobreviven en Tanzania, el hombre verdadero –como estos pueblos paleolíticos se llaman a sí mismos– no tiene ni amo, ni jefes, ni Dios.

Ya antes que Azara, el francés Bougainville, capturado por los indios del Río de la Plata en 1767, y forzado a vivir con ellos durante más de un año, destacó, al relatar su aventura, que eran “tan amantes de la pereza como de su libertad” interpretando como vagancia el innato ahorro de movimientos y de gasto energético de todo ser vivo.

Más radical en su percepción del “hombre verdadero” fue  Charles Darwin, que conoció a los fueguinos en la expedición en la que participó de 1831 a 1836 a bordo del Beagle como acompañante del capitán FitzRoy. En su libro “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” dice de ellos que son “criaturas abyectas y miserables” y añade: “Me sorprendió ver que la diferencia entre el hombre salvaje y el civilizado era tan grande; es mayor que la diferencia entre un animal silvestre y uno domesticado”

En la expedición del Beagle, Darwin colectó datos y observaciones que le inspiraron la teoría de la evolución, que acabaría publicando en 1859. Dedicó su vida a estudiar la selección natural en los animales salvajes y a constatar en qué medida ese fenómeno modela a los que sobreviven y hace que los más aptos sean los que perpetuan y mejoran su especie.

Darwin sabía que los desarrapados y salvajes indígenas, que nada más fondear su barco en las aguas de Tierra de Fuego se acercaron en canoas, buscando intercambiar víveres por bagatelas, podían ser malolientes y andar desnudos, pero eran inteligentes y aprendían rápido. Lo había constatado observando durante todo aquel año de 1832 a tres de ellos que venían a bordo del Beagle desde Inglaterra.

FitzRoy los había llevado a Londres en un viaje anterior, que de 1826 a 1830 había hecho a Tierra de Fuego. Eran indígenas kawésqar que había capturado como rehenes para liberarlos en cuanto los nativos de esa etnia le devolvieran un bote que le sustrajeron en febrero de 1830, cuando le quedaban seis meses para finalizar la primera fase de las prospecciones cartográficas que le había encargado el almirantazgo de la marina real británica y regresar a Inglaterra. Pero los días pasaron y el bote no apareció. Los indígenas se acomodaron a la nueva vida, en la que fueron bautizados como York Minster, el mayor, que tenía unos 26 años de edad; a otro más joven, de unos 20 años, le llamaron Boat Memory, y la niña, de 9 años, Fuegia Basket. La adaptación a la vida en el barco y la buena convivencia que se entabló con los retenidos, hizo que FitzRoy concibiera el plan de llevarlos a Inglaterra,  en la idea de traerlos de nuevo a su tierra en un siguiente viaje, de manera que se fueran con los suyos una vez hubieran aprendido inglés y se civilizaran. En un siguiente encuentro con un grupo de canoeros, FitzRoy embarcó y retuvo a bordo a un muchacho de14 años, de la etnia yagán, al que dio el nombre de James Button.

Que los nativos dejaran de ser cazadores–recolectores nómadas y se hicieran agroganaderos sedentarios, tras aprender no solo inglés, sino también a cultivar hortalizas y alimentos, tenía su lado práctico. Los barcos que bordeaban el despoblado cono sur de América en dirección al océano Pacífico, navegando por la desangelada y tormentosa Tierra de Fuego, no tenían nucleo humano alguno en el que recalar a por víveres. Así que crear un asentamiento inglés con granjas y ganado, atendido por aquellos nativos, que ya de forma espontánea les abastecían de pescado y marisco, era una buena idea.

Una vez en Londres, uno de ellos, Boat Memory, falleció de viruela, con lo que solo tres regresaron a su tierra. Pero, a pesar de la esmerada educación recibida durante los años que estuvieron en contacto con la civilización, y el trato que se les dió, llegando a ser recibidos en audiencia con todos los honores por los Reyes de Inglaterra, Darwin y FitzRoy constataron con estupor cómo a los pocos meses de devolverlos con los suyos, los tres indígenas abandonaron la misión y volvieron por completo a la vida salvaje de su cultura cazadora–recolectora.

En “El Origen de las Especies” Darwin escribió: “los habitantes de la Tierra del Fuego son contados entre los salvajes más inferiores; pero siempre he quedado sorprendido de ver como tres de ellos, a bordo del Beagle, que habían vivido algunos años en Inglaterra y hablaban algo de inglés, se parecían a nosotros por su disposición y por casi todas nuestras facultades mentales.”

Darwin no solo reconoció que los indígenas podían llegar a ser como los humanos civilizados, una vez educados y tratados de cerca. En su obra admira y destaca sus capacidades linguísticas, comentando que: «Fuegia Basket era una linda muchachita, modesta y reservada, con una expresión afable, pero triste a veces, y gran facilidad para aprender cualquier cosa, especialmente idiomas. Así lo demostró imponiéndose del portugués y español para hacerse entender en el breve tiempo que se detuvo en Río de Janeiro y en Montevideo, y en su conocimiento del inglés.”

Los yaganes no solo tenían una capacidad de comunicación extraordinaria, sino unas excelentes condiciones físicas. A pesar de ser pequeños, salían vencedores en la mayoría de las pruebas y competiciones de fuerza de los marineros, al punto que Fitz-Roy prohibió a su tripulación medirse con ellos, no fueran a pensar que los ingleses eran fáciles de vencer.

Darwin consideraba que la vida de los hombres salvajes era mala. Al constatar que el experimento domesticador de Fizt Roy había fallado, escribió: «Aunque hayan pasado solo tres años con hombres civilizados, no dudo de que nuestros tres fueguinos hubieran sido mucho más felices conservando nuestras costumbres, pero no era posible. Hasta temo mucho que su visita a Europa les haya sido perjudicial.»

Es de suponer que un observador fino, como el joven Darwin, reflexionando sobre lo domesticado y lo salvaje, es decir, lo privado de libertad y lo libre, al comparar la vida de los fueguinos y la de los suyos, viera en los hombres verdaderos no solo su mugre externa sino también su espíritu interior libre, que les venía de vivir inmersos en las leyes de la evolución integradas en la armonía del Universo, que precisamente descubrió Darwin.

Sería interesante saber si en el desarrollo de la teoría de la evolución, que le sugirió lo que vió y anotó en aquel viaje de 5 años alrededor del mundo, influyó su encuentro con los hombres salvajes. Y lo mismo si los humanos primitivos hicieron también reflexionar a los seguidores de Darwin aglutinados en el llamado Club X de Londres que fundó Thomas Huxley en 1862. Sería un miembro de aquel distinguido club, el banquero John Lubbock, el que en 1865 dió nombres separados a esos dos mundos de arquitectura mental opuesta, inventando los términos Paleolítico y Neolítico. En su libro “Prehistoric Times” Lubbock sustituyó con ellos los conceptos bíblicos de “diluviano” y “antediluviano” para referirse al Rubicón entre las dos formas de sociedades que marcan la diferencia que Darwin percibió en las formas, y esperemos que también en el fondo, entre los hombres cazadores–recolectores primigenios y las posteriores sociedades humanas domesticadoras y domesticadas de los pastores–agricultores neolíticos.

Al igual que Darwin, Lubbock y sus colegas podrían haber sido conscientes de ese factor diferencial entre el hombre salvaje y el civilizado que es el concepto de lo que vive inmerso en la energía libre o lo que ya está inmerso en el mundo de la energía domada y retenida, y no haber pensado solamente en dividir la Edad de Piedra en dos eras bien diferenciadas, porque el factor que inspirara la divisoria fuera que en los 100.000, o dos millones de años, depende a cuándo queramos remontarnos, de la Edad de Piedra antigua, o Paleolítico, las herramientas se tallaban toscamente, por percusión de unas piedras contra otras, y en el Neolítico, iniciado hace 10.000 años con la domesticación de los herbívoros (y de la humanidad, que debía cuidar de ellos), las herramientas de piedra se empezaron a pulimentar.

Posiblemente el banquero y sus ocho contertulios del Club X estuvieran ya detrás de esta pista, que se insinua al descubrir que si los seres vivos se perfeccionan con los procesos de optimización que aporta la evolución, y hace 9.000 años un domador nos echó de ella, resulta más que evidente que a la especie homínida superviviente la metieron en un peligroso proceso de degradación. Tal vez por ello los miembros del Club X apoyaron las ideas eugenésicas del cuñado de Darwin, Francis Galton, para, con ayuda de la ciencia intentar aportar de forma programada a la especie sapiens los beneficios que la selección otorga de forma natural a las especies no domadas.

La tesis de que las Edades de la Prehistoria no aparecieron por evolución lineal autóctona, sino con la llegada de nuevos pueblos, procedentes en su mayoría de Oriente, fue secundada por Lubbock. Igualmente sostuvo la opinión del sueco Sven Nilsson –que Lubbock tradujo al inglés– de que la insuficiencia de testimonios arqueológicos para explicar el pasado se podía suplir estudiando a los pueblos primitivos.

Algunos europeos, que tuvieron la oportunidad de tratar con pueblos cazadores durante años –no como Darwin que los vio fugazmente y los juzgó prácticamente desde la borda del Beagle– tuvieron una opinión más positiva de ellos. Así los comentarios del español Félix de Azara, que vivió y recorrió durante dos décadas los territorios de indígenas paleolíticos y los del alemán Martín Gusinde, que vivió  entre 1913 y 1920 casi dos años, con las mismas etnias que conoció Darwin, en sus campamentos del canal de Beagle. Ambos autores desprenden admiración por esos humanos primitivos, aún cuando Azara vea bien que se les pretenda civilizar y Gusinde no renuncie a su condición de clérigo y quiera ver en ellos “fe en Dios”, aunque no habla de cristianizarlos, tal vez por detectar que su espiritualidad innata no necesitaba dioses.

(Continuará)

Suscríbete! (es completamente gratis) para recibir los siguientes capítulos. Solo si te gusta lo que lees y quieres apoyar los proyectos de rewilding asociados a este libro, puedes, si quieres, contribuir a nuestra campaña de Crowdfunding.

[wysija_form id=»2″]

Control de natalidad por la mujer paleolítica para evitar la superpoblación

Obra ‘Genesis’
Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 2

Por Benigno Varillas

El control de natalidad en los pueblos primitivos fue observado por Félix de Azara, cartógrafo español que de 1781 a 1801 recorrió el río de La Plata y conoció las tribus de hombres cazadores recolectores de lo que hoy es el norte de Argentina y Paraguay. Sobre su estricto cumplimiento por los cazadores recolectores escribe en el capítulo décimo “De los indios salvajes” del tomo II de su obra “Viajes por la América Meridional”, que “las indias dejaban morir a muchas de sus crías”. Recoge un comentario de una nativa que le dice “nada más engorroso para nosotras que criar los niños y llevarlos en nuestras diferentes marchas, en las que con frecuencia nos faltan los víveres”.
Azara comenta que, en determinadas tribus, las mujeres “conservan ordinariamente el último hijo del que quedan embarazadas, cuando esperan no tener más, en vista de su edad y el estado de sus fuerzas. Si se equivocan en el cálculo y tienen otro después del que han conservado, matan al último. Algunas se quedan sin hijos porque han calculado mal que tendrían aún otro. Yo me encontraba en medio de muchas de estas mujeres con sus maridos y les hacía severos reproches porque permitían sacrificar a sus propios hijos y exterminar así su nación, puesto que no podían ignorar que un matrimonio formado por marido y mujer no producía así mas que un hijo. Me respondieron, sonriendo, que los hombres no se deben mezclar en asuntos de las mujeres.”
Es seguro que las indias habrían discutido a Azara la idea que de ellas propagó, de que “matan a sus hijos”. Ellas dirían que su proceder era más bien el contrario, el de salvar a los hijos que las leyes de la supervivencia les indicaban podían tener. Nunca más que el alimento disponible. Los hijos debían nacer en el momento oportuno y sin sobrepasar la población que establece la capacidad de carga del territorio. Por sabiduría empírica sabían que debían hacerlo así, si no querían que la regulación la impusiera la hambruna, como sucede en el resto de las especies, lo que es una experiencia más dramática en los humanos que regular la natalidad.
Como en el aborto, la polémica está servida y es insalvable para mentes neolíticas que creen ciegamente en la posibilidad del crecimiento indefinido de la población humana domesticando energía acumulada. La mujer paleolítica se guiaba por la experiencia de milenios para garantizar la sostenibilidad. La evolución de la especie, no su crecimiento numérico, es la meta de las leyes de la energía que rigen la vida.
También recoge que algunas indígenas interrumpían la gestación “con gran peligro de sus vidas”. El evitar riesgos a la madre sería el motivo de que algunas mujeres prefirieran llevar a término la gestación,  malogrando al recién nacido al no darle la asistencia necesaria para sobrevivir a los primeros minutos del parto, en lugar de interrumpir el embarazo al principio del mismo con métodos en los que la mujer salía malparada o moría por las lesiones que le provocaba el aborto con técnicas primitivas. Azara anota que las indígenas “paren solas y con gran facilidad” lo que  explica aún más que se decantaran por la opción de interrumpir la vida del feto en el instante de nacer y no antes.
En otro capítulo, dedicado a hacer “algunas reflexiones sobre mis indios silvestres” Azara alude al modo de subsistencia y dice que distintas naciones “son sumamente diminutas en número de individuos” y por ello “no han padecido las alteraciones que engendra la muchedumbre en todas las sociedades”.

Por las deducciones casi detectivescas de los indicios que encuentran los paleontólogos y arqueólogos que investigan los yacimientos y la información recopilada de los pueblos primitivos que han llegado más o menos en estado paleolítico y han podido ser descritos por fuentes fiables podemos hacernos una idea de cómo serían sus semejantes en zonas donde hace tiempo se han extinguido, como es el caso del Bajo Guadalquivir y de Doñana.
Dadas las muchas características comunes que se observan en pueblos primitivos paleolíticos cazadores recolectores de distintos continentes observados en diferentes siglos, cabe pensar en la posibilidad de que nuestros antepasados en el entorno de Doñana se asemejen también a ese mismo patrón, con lo que una manera de imaginar cómo serían y actuarían es fijarse en esos otros pueblos, aparentemente lejanos en el tiempo y en el espacio pero que al evolucionar para resolver las mismas necesidades tienen una similitud prodigiosa entre ellos.

De los comentarios de Azara sobre los cazadores recolectores de Sudamérica son especialmente significativos los siguientes, extraídos de diferentes capítulos en los que describe las tribus que conoció, o de las que llegó a tener información:
“Son ágiles, derechos y bien proporcionados, y no se encuentra uno solo que sea demasiado grueso, demasiado delgado o contrahecho. Tienen la cabeza levantada, la frente y la fisonomía abiertas, signos de su orgullo y aun de su ferocidad. Su color se aproxima más al negro que al blanco, casi sin mezcla alguna de rojo. Los trazos de su cara son muy regulares, aunque su nariz me parece un poco más estrecha y hundida entre los ojos. Estos ojos son un poco pequeños, brillantes, siempre negros, nunca azules, y jamás enteramente abiertos; pero tienen sin duda la vista doble más larga y mejor que los europeos. Tienen también el oído muy superior al nuestro”.
“Nunca han cultivado la tierra, al menos no lo hacen hoy, y se alimentan únicamente de la carne de vacas salvajes, que abundan en su distrito. Las mujeres guisan, pero todos sus guisos se reducen al asado sin sal”.
“Nunca levantan la voz y hablan siempre muy bajo, sin gritar, ni aun para quejarse cuando se los mata. Esto llega hasta el punto de que si tienen que tratar algo con alguno que vaya diez pasos por delante no lo llaman, y prefieren andar hasta alcanzarlo.”
“No adoran a ninguna divinidad ni tienen ninguna religión. No tienen, igualmente, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni recompensas, ni castigos, ni jefes para mandarlos”.
“Son las partes mismas las que arreglan sus diferencias particulares; si no están de acuerdo se pelean a puñetazos hasta que uno vuelve la espalda y abandona al otro, sin que se vuelva a hablar del asunto. En estos duelos jamás hacen uso de armas, y nunca he oído decir que hubiera ningún muerto”.
“Poco celosos entre sí de la autoridad, cuya adquisición es más penosa que deseable la posesión, reunidos por un mismo interés, ignoran el tumulto de las facciones y las tormentas de las disensiones políticas. Su pequeño número, resultado necesario de su manera de vivir, contribuye aún a hacer reinar entre ellos la mayor unión y el más perfecto acuerdo”.
“La mayoría no tienen por toda arma mas que una lanza de once pies, armada de hierro muy largo, que les facilitan los portugueses, y los que no las tienen se sirven de flechas muy cortas, que llevan en un carcaj suspendido del hombro”.
“Cuando un hombre tiene muchas mujeres, éstas lo abandonan en cuanto encuentran otro del que puedan ser únicas esposas. El divorcio es igualmente libre para los dos sexos; pero es raro que se separen cuando tienen hijos. El adulterio no tiene otra consecuencia que algunos puñetazos que la parte ofendida administra a los dos cómplices, y esto solamente si los coge in fraganti. No enseñan ni prohíben nada a sus hijos, y éstos no tienen respeto alguno a sus padres; siguiendo en esto su principio universal de hacer cada uno lo que le parece, sin estar limitado por ningún miramiento ni ninguna autoridad. Si los niños quedan huérfanos se encarga de ellos algún pariente”.
“No sirven a nadie, no se prestan nada unos a otros, no reparten el botín”.
“Muestran mucha ternura por sus hijos, aunque no les enseñan nada”.
“No tienen religión, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni caciques, ni jefes”.
“Tienen horror a la leche”.
“Saben encender fuego sin piedra de chispa. Para este efecto hacen dar vueltas a un pedazo de palo, del grueso de un dedo, que hacen entrar por un extremo en otro pedazo agujereado al efecto, y le dan un movimiento como el de un molinillo de chocolate, hasta que este movimiento, reiterado, produce un polvo semejante a la yesca inflamada. Como a todos los indios salvajes, nuestra forma de casas les da miedo, ya sea a causa de su oscuridad, ya porque teman que se les caiga encima, y nada del mundo puede reducirlos a pasar en ella una sola noche”.
En un resumen que el mismo Azara realiza sobre las cualidades de los indígenas, coincide con las conclusiones de otros autores que estudiaron tribus similares en América y África:
“Los indios se asemejan a los animales por la delicadeza del oído, por la blancura, limpieza y disposición regular de sus dientes; en que no hacen uso de la palabra sino rara vez; en que nunca ríen a carcajadas; en que los dos sexos se unen sin preámbulos ni ceremonias; en que las mujeres dan a luz fácilmente y sin ninguna consecuencia enojosa; en que gozan en todo de entera libertad; en que no reconocen ni superioridad ni autoridad, en que siguen en su conducta ciertas prácticas a que no están obligados ni sujetos y de las que ignoran el origen y la razón; en que no conocen ni juegos, ni danzas, ni cantos, ni instrumentos de música; en que soportan pacientemente la intemperie del cielo y el hambre; en que no beben más que antes o después de la comida, pero nunca mientras comen; en que no se sirven más que de la lengua para quitar las espinas del pescado que comen y las conservan en los ángulos de la boca; en que no saben lavarse, ni limpiarse, ni coser; en que no dan instrucción ninguna a sus hijos y algunas naciones matan a los suyos; en que no se ocupan del pasado ni del porvenir; en que mueren sin inquietud por la suerte de sus hijos y mujeres y de cuanto dejan en el mundo; y finalmente, en que no conocen ni religión ni divinidad de ninguna especie. Todas estas cualidades parecen aproximarlos a los cuadrúpedos, y parecen tener aún alguna relación con las aves por la fuerza y finura de su vista”.

¿Eran así los españoles de hace 10.000 años?

(Continuará…)

Si quieres seguir leyendo, subscríbete y recibirás gratis todos los capítulos que componen esta obra.

Para descargar el PDF del primer tomo pulsa: http://www.paleovivo.org/wp-content/uploads/2015/11/Tomo1Cazadores_Recolectores.pdf

—–o0o—–

Bibliografía:

1 AZARA, Félix de. 1810. “Viajes por la America Meridional”. Tomo II. Capitulo X. De los indios salvajes.

12 TISHKOFF A. et all. 2012. “Evolutionary History and Adaptation from High-Coverage Whole-Genome Sequences of Diverse African Hunter-Gatherers”. Elsevier Inc. “Cell” pp. 457– 469.

13  CAPEL, Horacio. El ingeniero militar Félix de Azara y la frontera americana como reto para la ciencia española. En Tras las huellas de Félix de Azara (1742-1821). Jornadas sobre la vida y la obra del naturalista español Don Félix de Azara (Madrid: Fundación Biodiversidad, 19-22 de octubre de 2005). Diputación de Huesca, 2005, p. 83-132 [ISBN: 84-35005-72-7].
http://www.ub.edu/geocrit/sv-97.htm

14 MARLOWE, Frank “Why the Hadza are Still Hunter-Gatherers”. Department of Anthropology, Harvard University.

15 La Etnología más austral del planeta: ARTESANIA Y CONOCIMIENTO YAGÁN (pdf) http://www.osara.org/darwin_2009/articles/Ethno_Book_SAC07.pdf

16 GUSINDE, Martín. “YAMANA: Los primitivos más australes de la Tierra” (pdf) http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0001754.pdf

http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0001754.pdf

http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-3412.html#links

17 AZARA, Félix de. 1810. “Viajes por la América Meridional”. Tomo II. Capítulo X. De los indios salvajes.

 

Agradezco que mandes este enlace / PDF a quien consideres ya que su difusión es libre y gratuita. Para continuar esta labor, de proteger lo salvaje, te pido te suscribas a esta obra y, cuando puedas, dones al ‘Proyecto Tarpán’ 0,50 céntimos de euro (esperando a sumar por lo menos 6 € o más para que la gestión bancaria o de Paypal no supere lo donado) por cada capítulo, que te guste o envíes, para ayudarme a seguir redactando este ensayo y a ejecutar acciones de recuperar naturaleza. Escríbeme si no sabes cómo donar, o quieres aclarar otros aspectos: benigno.varillas@gmail.com

—————————————

Proyecto Rewilding Iberia

Este es el segundo de los capítulos de un libro que está sin acabar. Necesito revisarlo y que lo revisen expertos para su versión definitiva. Es un trabajo paralelo a un plan para ejecutar lo que en él se predica, dinamizando el entorno de espacios naturales con una red de inicialmente 10 campamentos de 10 teletrabajadores productores de vida salvaje, dispuestos a construir el Biolítico en zonas claves para la conservación:

Campamento Oso – Teverga /Asturias
Campamento Lobo –  Almeida /Portugal
Campamento Lince – Aznalcazar /Doñana
Campamento Quebrantahuesos –  San Juan de la Peña /Huesca
Campamento Águila imperial – Monfragüe /Piornal, Cáceres
Campamento Tarpán – Llanes /Asturias
Campamento Uro – …. (pendiente de asignar)
Campamento Bisonte – San Cebrián /Palencia
Campamento Encebro – /Valencia
Campamento Buitre negro – Atapuerca /Burgos

Estos campamentos consisten en construir, con una ONG de carácter no lucrativo, cabañas de madera o adobe con cobertura de banda ancha para alquilar a teletrabajadores–conservacionistas que gestionen con ganaderos locales concesiones de terreno de 500 Ha mínimo para resilvestrar caballos, vacas y asnos, y pongan en valor la biodiversidad de cada territorio. Las cabañas se ofrecen a una red internacional de personas o familias que vivan en dichos poblados en estancias de larga duración. Sus niños tendrán escuela de aulas al aire libre en el campo y teleenseñanza en inglés.

Una manera de ‘pagar’ por recibir los capítulos de este libro y poner en marcha acciones de rewilding es enviar un donativo al ‘Proyecto Tarpán’ cada vez que recibas un capítulo y sumarte a otras opciones de Crowdfundig que proponemos. La escala de donativos es:

0,50€: Por capítulo semanal (se pasa el cargo cada 12 capítulos).
20€: Inclusión en el listado de colaboradores del libro y por publicar tus aportaciones.
50€: Miembro durante un año de la ONG que impulsa el proyecto.
100€: Participar en el rodeo de saca de yeguas en Doñana y títular de 1/5 de caballo.
500€: Título de propiedad de un caballo salvaje que cuidaremos hasta que te lo lleves
1000€: Vivir una semana en cabañas de teletrabajo y seguimiento de fauna a elegir
3000€: Vivir un mes en cabañas de teletrabajo y seguimiento de fauna a elegir
4000€: Miembro de pleno derecho del colectivo de teletrabajadores que viven de forma nómada en poblados de paraísos naturales para realizar seguimiento de fauna.
5000€: Miembro de pleno derecho del colectivo teletrabajador y de la teleescuela.

Deja un comentario

Conectado como benigno.varillas@biodivers.com. ¿Quieres salir?

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>