Control de natalidad por la mujer paleolítica para evitar la superpoblación

Obra ‘Genesis’
Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 2

Por Benigno Varillas

El control de natalidad en los pueblos primitivos fue observado por Félix de Azara, cartógrafo español que de 1781 a 1801 recorrió el río de La Plata y conoció las tribus de hombres cazadores recolectores de lo que hoy es el norte de Argentina y Paraguay. Sobre su estricto cumplimiento por los cazadores recolectores escribe en el capítulo décimo “De los indios salvajes” del tomo II de su obra “Viajes por la América Meridional”, que “las indias dejaban morir a muchas de sus crías”. Recoge un comentario de una nativa que le dice “nada más engorroso para nosotras que criar los niños y llevarlos en nuestras diferentes marchas, en las que con frecuencia nos faltan los víveres”.
Azara comenta que, en determinadas tribus, las mujeres “conservan ordinariamente el último hijo del que quedan embarazadas, cuando esperan no tener más, en vista de su edad y el estado de sus fuerzas. Si se equivocan en el cálculo y tienen otro después del que han conservado, matan al último. Algunas se quedan sin hijos porque han calculado mal que tendrían aún otro. Yo me encontraba en medio de muchas de estas mujeres con sus maridos y les hacía severos reproches porque permitían sacrificar a sus propios hijos y exterminar así su nación, puesto que no podían ignorar que un matrimonio formado por marido y mujer no producía así mas que un hijo. Me respondieron, sonriendo, que los hombres no se deben mezclar en asuntos de las mujeres.”
Es seguro que las indias habrían discutido a Azara la idea que de ellas propagó, de que “matan a sus hijos”. Ellas dirían que su proceder era más bien el contrario, el de salvar a los hijos que las leyes de la supervivencia les indicaban podían tener. Nunca más que el alimento disponible. Los hijos debían nacer en el momento oportuno y sin sobrepasar la población que establece la capacidad de carga del territorio. Por sabiduría empírica sabían que debían hacerlo así, si no querían que la regulación la impusiera la hambruna, como sucede en el resto de las especies, lo que es una experiencia más dramática en los humanos que regular la natalidad.
Como en el aborto, la polémica está servida y es insalvable para mentes neolíticas que creen ciegamente en la posibilidad del crecimiento indefinido de la población humana domesticando energía acumulada. La mujer paleolítica se guiaba por la experiencia de milenios para garantizar la sostenibilidad. La evolución de la especie, no su crecimiento numérico, es la meta de las leyes de la energía que rigen la vida.
También recoge que algunas indígenas interrumpían la gestación “con gran peligro de sus vidas”. El evitar riesgos a la madre sería el motivo de que algunas mujeres prefirieran llevar a término la gestación,  malogrando al recién nacido al no darle la asistencia necesaria para sobrevivir a los primeros minutos del parto, en lugar de interrumpir el embarazo al principio del mismo con métodos en los que la mujer salía malparada o moría por las lesiones que le provocaba el aborto con técnicas primitivas. Azara anota que las indígenas “paren solas y con gran facilidad” lo que  explica aún más que se decantaran por la opción de interrumpir la vida del feto en el instante de nacer y no antes.
En otro capítulo, dedicado a hacer “algunas reflexiones sobre mis indios silvestres” Azara alude al modo de subsistencia y dice que distintas naciones “son sumamente diminutas en número de individuos” y por ello “no han padecido las alteraciones que engendra la muchedumbre en todas las sociedades”.

Por las deducciones casi detectivescas de los indicios que encuentran los paleontólogos y arqueólogos que investigan los yacimientos y la información recopilada de los pueblos primitivos que han llegado más o menos en estado paleolítico y han podido ser descritos por fuentes fiables podemos hacernos una idea de cómo serían sus semejantes en zonas donde hace tiempo se han extinguido, como es el caso del Bajo Guadalquivir y de Doñana.
Dadas las muchas características comunes que se observan en pueblos primitivos paleolíticos cazadores recolectores de distintos continentes observados en diferentes siglos, cabe pensar en la posibilidad de que nuestros antepasados en el entorno de Doñana se asemejen también a ese mismo patrón, con lo que una manera de imaginar cómo serían y actuarían es fijarse en esos otros pueblos, aparentemente lejanos en el tiempo y en el espacio pero que al evolucionar para resolver las mismas necesidades tienen una similitud prodigiosa entre ellos.

De los comentarios de Azara sobre los cazadores recolectores de Sudamérica son especialmente significativos los siguientes, extraídos de diferentes capítulos en los que describe las tribus que conoció, o de las que llegó a tener información:
“Son ágiles, derechos y bien proporcionados, y no se encuentra uno solo que sea demasiado grueso, demasiado delgado o contrahecho. Tienen la cabeza levantada, la frente y la fisonomía abiertas, signos de su orgullo y aun de su ferocidad. Su color se aproxima más al negro que al blanco, casi sin mezcla alguna de rojo. Los trazos de su cara son muy regulares, aunque su nariz me parece un poco más estrecha y hundida entre los ojos. Estos ojos son un poco pequeños, brillantes, siempre negros, nunca azules, y jamás enteramente abiertos; pero tienen sin duda la vista doble más larga y mejor que los europeos. Tienen también el oído muy superior al nuestro”.
“Nunca han cultivado la tierra, al menos no lo hacen hoy, y se alimentan únicamente de la carne de vacas salvajes, que abundan en su distrito. Las mujeres guisan, pero todos sus guisos se reducen al asado sin sal”.
“Nunca levantan la voz y hablan siempre muy bajo, sin gritar, ni aun para quejarse cuando se los mata. Esto llega hasta el punto de que si tienen que tratar algo con alguno que vaya diez pasos por delante no lo llaman, y prefieren andar hasta alcanzarlo.”
“No adoran a ninguna divinidad ni tienen ninguna religión. No tienen, igualmente, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni recompensas, ni castigos, ni jefes para mandarlos”.
“Son las partes mismas las que arreglan sus diferencias particulares; si no están de acuerdo se pelean a puñetazos hasta que uno vuelve la espalda y abandona al otro, sin que se vuelva a hablar del asunto. En estos duelos jamás hacen uso de armas, y nunca he oído decir que hubiera ningún muerto”.
“Poco celosos entre sí de la autoridad, cuya adquisición es más penosa que deseable la posesión, reunidos por un mismo interés, ignoran el tumulto de las facciones y las tormentas de las disensiones políticas. Su pequeño número, resultado necesario de su manera de vivir, contribuye aún a hacer reinar entre ellos la mayor unión y el más perfecto acuerdo”.
“La mayoría no tienen por toda arma mas que una lanza de once pies, armada de hierro muy largo, que les facilitan los portugueses, y los que no las tienen se sirven de flechas muy cortas, que llevan en un carcaj suspendido del hombro”.
“Cuando un hombre tiene muchas mujeres, éstas lo abandonan en cuanto encuentran otro del que puedan ser únicas esposas. El divorcio es igualmente libre para los dos sexos; pero es raro que se separen cuando tienen hijos. El adulterio no tiene otra consecuencia que algunos puñetazos que la parte ofendida administra a los dos cómplices, y esto solamente si los coge in fraganti. No enseñan ni prohíben nada a sus hijos, y éstos no tienen respeto alguno a sus padres; siguiendo en esto su principio universal de hacer cada uno lo que le parece, sin estar limitado por ningún miramiento ni ninguna autoridad. Si los niños quedan huérfanos se encarga de ellos algún pariente”.
“No sirven a nadie, no se prestan nada unos a otros, no reparten el botín”.
“Muestran mucha ternura por sus hijos, aunque no les enseñan nada”.
“No tienen religión, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni caciques, ni jefes”.
“Tienen horror a la leche”.
“Saben encender fuego sin piedra de chispa. Para este efecto hacen dar vueltas a un pedazo de palo, del grueso de un dedo, que hacen entrar por un extremo en otro pedazo agujereado al efecto, y le dan un movimiento como el de un molinillo de chocolate, hasta que este movimiento, reiterado, produce un polvo semejante a la yesca inflamada. Como a todos los indios salvajes, nuestra forma de casas les da miedo, ya sea a causa de su oscuridad, ya porque teman que se les caiga encima, y nada del mundo puede reducirlos a pasar en ella una sola noche”.
En un resumen que el mismo Azara realiza sobre las cualidades de los indígenas, coincide con las conclusiones de otros autores que estudiaron tribus similares en América y África:
“Los indios se asemejan a los animales por la delicadeza del oído, por la blancura, limpieza y disposición regular de sus dientes; en que no hacen uso de la palabra sino rara vez; en que nunca ríen a carcajadas; en que los dos sexos se unen sin preámbulos ni ceremonias; en que las mujeres dan a luz fácilmente y sin ninguna consecuencia enojosa; en que gozan en todo de entera libertad; en que no reconocen ni superioridad ni autoridad, en que siguen en su conducta ciertas prácticas a que no están obligados ni sujetos y de las que ignoran el origen y la razón; en que no conocen ni juegos, ni danzas, ni cantos, ni instrumentos de música; en que soportan pacientemente la intemperie del cielo y el hambre; en que no beben más que antes o después de la comida, pero nunca mientras comen; en que no se sirven más que de la lengua para quitar las espinas del pescado que comen y las conservan en los ángulos de la boca; en que no saben lavarse, ni limpiarse, ni coser; en que no dan instrucción ninguna a sus hijos y algunas naciones matan a los suyos; en que no se ocupan del pasado ni del porvenir; en que mueren sin inquietud por la suerte de sus hijos y mujeres y de cuanto dejan en el mundo; y finalmente, en que no conocen ni religión ni divinidad de ninguna especie. Todas estas cualidades parecen aproximarlos a los cuadrúpedos, y parecen tener aún alguna relación con las aves por la fuerza y finura de su vista”.

¿Eran así los españoles de hace 10.000 años?

(Continuará…)

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Bibliografía:

1 AZARA, Félix de. 1810. “Viajes por la America Meridional”. Tomo II. Capitulo X. De los indios salvajes.

12 TISHKOFF A. et all. 2012. “Evolutionary History and Adaptation from High-Coverage Whole-Genome Sequences of Diverse African Hunter-Gatherers”. Elsevier Inc. “Cell” pp. 457– 469.

13  CAPEL, Horacio. El ingeniero militar Félix de Azara y la frontera americana como reto para la ciencia española. En Tras las huellas de Félix de Azara (1742-1821). Jornadas sobre la vida y la obra del naturalista español Don Félix de Azara (Madrid: Fundación Biodiversidad, 19-22 de octubre de 2005). Diputación de Huesca, 2005, p. 83-132 [ISBN: 84-35005-72-7].
http://www.ub.edu/geocrit/sv-97.htm

14 MARLOWE, Frank “Why the Hadza are Still Hunter-Gatherers”. Department of Anthropology, Harvard University.

15 La Etnología más austral del planeta: ARTESANIA Y CONOCIMIENTO YAGÁN (pdf) http://www.osara.org/darwin_2009/articles/Ethno_Book_SAC07.pdf

16 GUSINDE, Martín. “YAMANA: Los primitivos más australes de la Tierra” (pdf) http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0001754.pdf

http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0001754.pdf

http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-3412.html#links

17 AZARA, Félix de. 1810. “Viajes por la América Meridional”. Tomo II. Capítulo X. De los indios salvajes.

 

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Campamento Oso – Teverga /Asturias
Campamento Lobo –  Almeida /Portugal
Campamento Lince – Aznalcazar /Doñana
Campamento Quebrantahuesos –  San Juan de la Peña /Huesca
Campamento Águila imperial – Monfragüe /Piornal, Cáceres
Campamento Tarpán – Llanes /Asturias
Campamento Uro – …. (pendiente de asignar)
Campamento Bisonte – San Cebrián /Palencia
Campamento Encebro – /Valencia
Campamento Buitre negro – Atapuerca /Burgos

Estos campamentos consisten en construir, con una ONG de carácter no lucrativo, cabañas de madera o adobe con cobertura de banda ancha para alquilar a teletrabajadores–conservacionistas que gestionen con ganaderos locales concesiones de terreno de 500 Ha mínimo para resilvestrar caballos, vacas y asnos, y pongan en valor la biodiversidad de cada territorio. Las cabañas se ofrecen a una red internacional de personas o familias que vivan en dichos poblados en estancias de larga duración. Sus niños tendrán escuela de aulas al aire libre en el campo y teleenseñanza en inglés.

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El golfo marino antecesor de Doñana

Obra ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores.
Capítulo 1

Por Benigno Varillas

La cultura del periodo Magdaleniense fue brillante. Ocupó todo el final de la glaciación de Würm, la última que mantuvo media Europa cubierta de hielo. Los mayores rastros humanos de esa época, que transcurrió entre hace 17.000 y 10.500 años, se encuentran en la costa cantábrica española y en el macizo central francés. El refugio franco cantábrico defendió a los europeos de la glaciación, pero también las cuevas del resto de España, desde Atapuerca hasta Málaga, Cádiz y Huelva. Se han descubierto ya más de dos centenares de cavernas que conservan pinturas, tallas de marfil, huesos y restos de esos antepasados nuestros. En llano, sin abrigos pétreos, como Doñana, se pierde su rastro.
Esos indicios del pasado, y lo poco que sabemos de los pueblos paleolíticos cazadores recolectores que a duras penas sobreviven en 2014, indica que el hombre alcanzó, hace ya 15.000 años, un gran conocimiento de los misterios de la vida y un comportamiento integrado y sostenible con los procesos ecológicos, como el que los científicos del panel internacional sobre el cambio climático dicen que nosotros aún no tenemos, y piden adoptemos con urgencia si queremos que la civilización sobreviva. La sociedad de la información abre la esperanza de instaurar una humanidad basada en el sentido común y el respeto a lo libre, que evite que la reducción del consumo de energía y de población humana se implante por la fuerza, de forma caótica, por desastres naturales, y no porque la inteligencia nos mueva a una transición voluntaria que lleve a un modelo viable.

La dura climatología del final de la glaciación de Würm se desarrolló en tres ciclos de riguroso frío interrumpido por dos menos extremos. El momento de mayor regresión marina ocurrió hace 17.000 años, cuando el agua del Cantábrico llegó a estar 120 metros por debajo del nivel actual. La línea de costa transcurría entre tres y doce kilómetros mar adentro respecto a la de hoy. La cueva asturiana del Pindal –la del mamut de Pimiango– colgada hoy sobre un acantilado marino de verdes y profundas aguas, rodeadas de exuberante selva cantábrica, estaba, cuando fue pintada, a cuatro kilómetros del mar. Al elevarse la temperatura, el océano aumentó de volumen, se derritieron los glaciares y el agua fue subiendo, inundando cientos de cuevas. ¿Qué obras del arte rupestre, qué otras capillas sixtinas del Paleolítico, no estarán sumergidas bajo las olas?
El nivel del agua se estabilizó hace 7.000 años, aunque no por ello el litoral dejó de sufrir cambios. En el sur de España, tras ser tragada por el mar la línea de costa, los dos amplios estuarios que quedaron en las desembocaduras de los ríos Guadalquivir y Guadalete, con escotaduras laterales denominadas esteros, sufrieron un proceso de colmatación que se prolongó hasta la Edad Media y aún sigue hasta que sean unas infinitas llanuras.
Doñana es, pues, un golfo que se hizo lago, luego pantanal y finalmente marisma, bordeado por lo que hoy es Sevilla, Aznalcazar, Pilas, Hinojos, Almonte, enclaves que en tiempos de Itálica serían campamentos a pie de playa de cazadores nómadas, recolectores pescadores.
Al final del periodo de más de 600 años en el que Hispania fue romana, en el siglo IV, la población española se estima podría ser ya de unos 4 millones. Lo que es Doñana era entonces el ‘Lago Ligustino’. La desembocadura bética al golfo se situaba en Caura, la actual Coria del Río a escasos kilómetros de Itálica, la primera ciudad romana que se fundó en España, hace 2.200 años. Itálica pudo tener 8.000 habitantes. Su anfiteatro, con asientos para 25.000 personas, indica picos de población, tipo campamentos militares y una población rural que acudía al mercado y a los fastos de la urbe.
Los estudios geológicos permiten reconstruir las características físicas de la antigua costa en lo que hoy es Doñana. Discurría por la actual cota de 10 metros de altitud, en unas zonas con poca pendiente y en otras con perfiles abruptos.  Al sur de este enclave se abría un golfo marítimo de 50 kilómetros de Este a Oeste y unos 60 km de Norte a Sur, ocupando una extensión de 1.200 kilómetros cuadrados.
Recoge Rodrigo Caro: “El moro Rasis, que escribió poco después que Averroes, hablando de Sevilla dice, Sevilla yace al levante de Niebla, y al meridión de Córdoba. E Sevilla fue una de las ciudades que los reyes cristianos eligieron para sí. E cuando Hércules pobló a Sevilla, púsole nombre isla de palos (…)  Y de Isla de Palos deriva His–palis. Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, nos aclara este punto. Dice (libro 15, cap. 1) que “Hispalis tomó su nombre del lugar sobre el que fue edificada, el cual era suelo palustre, por lo que hubo que hincar palos en lo profundo para que lo edificado no callese”. (1)

Iberia era casi toda ella un gran bosque, cuenta el historiador romano Estrabón. Seguro que lo era, pero no el que algunos creen, al pensar en la ardilla cruzando la Península de copa en copa, imagen que evoca apretada y oscura foresta como la del norte de Europa. Hispania, por su clima, era otra cosa. Tenía bosques, pero de grandes árboles, con fustes gigantes, a distancia unos de otros, tocándose las copas, pero dejando pasar luz a la hierba. Dehesas modeladas por herbívoros salvajes y el fuego, con pastizales que soportaban una nutrida población de rumiantes, a su vez alimento de una gran comunidad de depredadores, entre ellos los magdalenienses. (2)
Ciervos, tarpanes, encebros, uros, bisontes, cabras monteses, eran piezas principales de los españoles cazadores–recolectores hace 12.000 años. Menos ciervos y cabras monteses, que a punto estuvieron, los grandes herbívoros se extinguieron en la Edad Media, sin que se sepa cuándo ni cómo. Hoy se hace difícil pensar en vacas, caballos y burros como piezas de caza. Pero, en su estado salvaje, tuvieron aprovechamiento cinegético hasta épocas no lejanas en la media España que permaneció poco tocada por el hombre neolítico. Su captura la disfrutaban dos tipos de cazadores, unos, que ostentaban el poder y se reservaban para sí las grandes piezas cinegéticas, y otros, considerados furtivos, fuera de la ley promulgada por los primeros. (3)
“El uro ibérico era de menor tamaño que su congénere del norte de Europa, cuyos machos llegaban a alcanzar los dos metros de alzada y una tonelada de peso, si bien la talla media de la especie rondaba los 160–180 cm en los machos y 130–150 cm las hembras. (…) Por las pinturas rupestres que los representan podemos saber que su aspecto era similar al de algunas de nuestras razas de vacuno autóctono pero con menos papada y morrillo. (…)
Pero no solo había uros en la “piel de toro”.  Además de rumiantes salvajes con cuernos, la península ibérica tenía grandes poblaciones de tarpanes. (4)
“La región Eurosiberiana estaba habitada por un tipo de caballo conocido como Equus caballus gallicus. La región mediterránea, por el Equus caballus antunesi (Cardoso y Eisenmann, 1989). (…) Con el final de la glaciación se produjo un brusco cambio de temperaturas; en 50 años ascendieron 7º C. Los hielos se repliegan hacia el polo norte. Donde había tundra y taiga se cubre de un espeso bosque de coníferas que posterior y paulatinamente serían parcialmente sustituidos por árboles caducifolios. Al sur se aclaran los bosques. Este hecho afectaría negativamente al Equus caballus gallicus, que se vio forzado a retirarse hacia las estepas del este de Europa, pero beneficiaría al Equus caballus antunesi, que vio ampliada su área de dispersión al tiempo que se suavizaban las temperaturas. (…) Es posible que las duras condiciones climáticas en las que se había desarrollado el E. c. gallicus hubieran afectado a su temperamento, haciendo de él, como con el tarpán y el caballo de Przewalski, un animal arisco, obstinado y de escasa aptitud para la domesticación. Por el contrario el E. c. antunesi, al haberse desarrollado en un clima más favorable, con alimentación abundante y variada y con diversidad de biotopos le habría hecho ser un animal más adaptable y de mejor temperamento (estas cualidades se siguen apreciando de forma destacada entre las razas caballares ibéricas), lo que habría permitido su domesticación en épocas remotas. (…) En la Península ibérica se produjo una neolitización muy temprana en su zona levantina y sudoccidental, mientras que en el norte e interior peninsular fue más débil y difusa.” (5)
Esta información sobre el origen de las razas equinas, recopilada por Ricardo de Juana la complementa este especialista con su experiencia criando manadas asilvestradas de caballo losino, raza que salvó de la extinción. Sobre el hecho de que no se hallen fósiles de grandes herbívoros domesticados en los yacimientos, lo que hizo llegar a decir que los caballos y vacas domesticados tienen su origen en Asia, escribe de Juana:
“He criado caballos en régimen de semilibertad. Pastaban durante toda su vida en un monte abrupto de más de 700 Has. Los sementales se domaban a la edad de cuatro años y se les soltaba al monte con cinco, para padrear con las yeguas. Cuatro años más tarde se procedía a retirarlos para cambiar la sangre y, el mismo día en que se capturaban, se les ensillaba y montaba de la misma manera que a cualquier otro de los que habían permanecido en las cuadras, sin haber notado nunca el más mínimo extraño o recelo en sus conductas, a pesar de no haberles puesto la silla ni el bocado durante los cuatro años anteriores. Usos similares debieron practicar las tribus ibéricas, de las que los romanos creían que tomaban los caballos salvajes de los montes para ir a la guerra. Difícilmente, un caballo que ha sido capturado con tres años, domado a los cuatro, vuelto a poner en libertad y recogido con nueve, como en mi caso, o esporádicamente (en el caso de las tribus prerromanas) podría presentar modificaciones esqueléticas como para que un paleontólogo lo pudiera conceptuar como doméstico, lo que no es óbice para que ofrezca un inestimable y completo servicio a su amo. Este hecho es, posiblemente, el que dificulta la obtención de evidencias osteológicas que avalen la hipótesis del inicio de la equitación en la Península Ibérica. Aún así, parece probable la presencia del caballo doméstico en el yacimiento del Neolítico inicial de la cueva del Parralejo o de Dos Hermanas en Arcos de la Frontera.”

Castejón consideraba un grupo aparte al “caballo castellano, tipo estepario, entroncado genotípicamente con el tarpán, de alzada media original entre 1,30 y 1,40, pelaje castaño claro (color “salvaje”), descendiente igualmente de especies que han poblado la Península Ibérica desde tiempos terciarios y cuaternarios hasta nuestros días, produciendo en general los actuales caballos indígenas de ambas Castillas…”. Señala De Juana:
“Tal vez fuese el mismo al que los romanos llamaban thieldón o celdón  y, posteriormente, se llamó “caballo de los puertos” en Asturias y León. Más que una raza podría ser una forma de transición, mezcla de la variedad de caballo de montaña o serrano (el caballo gallego, el asturcón, el monchino, el pottoka y el losino) con la variedad de estepa o las campiñas (el sorraia portugués) en los que cabe diferenciar los troncos primigenios de los caballos ibéricos que vivieron en poblaciones en estado salvaje y semisalvaje por toda España hasta el siglo XIX. (…) Hoy en día se conoce como caballo marismeño al que se produce en Doñana. Estos animales ya no responden al tipo natural porque han sufrido muchos cruzamientos, no sólo con otras castas españolas, sino también con otras razas exóticas, pero muchos de ellos conservan aun peculiaridades propias del medio en que viven. Son escasos los datos que han trascendido sobre la población denominada “caballos de las Retuertas”, de estas mismas marismas, pero sospechamos que no se trataría de una población relicta de caballos marismeños sino, probablemente, de jacas onubenses introducidas en las marismas.”

La carne de mamíferos y aves fue importante pero no lo único ni lo principal de la dieta paleolítica. Tanto o más peso que los grandes o veloces vertebrados, difíciles de cazar, tenía para los españoles cazadores nómadas la ingesta de frutos silvestres, bulbos, bayas, semillas, numerosas plantas, raíces y setas, así como miel y pequeñas presas. Una aportación segura, constante y de mayor peso en la dieta, recolectada sobre todo por mujeres. Este hecho les daba un papel relevante. Junto a otros factores, como la sacralización y el respeto a lo que es capaz de generar o reproducir vida, favoreció el matriarcado como forma de organización social de los humanos primitivos, en el que las mujeres tenían solo los hijos que sus reservas alimenticias –las de su cuerpo y las del entorno– les indicaban podrían alimentar, así como otras prerrogativas femeninas que el Neolítico anuló. (6)

Referencias:

  1. Donaire, Alberto, 2012. WEB ‘Puerta Doñana’.
  2. VV.AA. 2011. “Arqueobotánica: Paisaje y gestión de los recursos vegetales durante la Prehistoria en Andalucía». Menga. Revista de Prehistoria de Andalucía, nº 2.
  3. Altuna, Jesus. “Historia de la domesticación animal en el País Vasco desde sus orígenes hasta la romanización”
  4. de Juana, Ricardo en su blog www.razasautoctonas.com
  5. de Juana, Ricardo en su blog www.razasautoctonas.com
  6. Carbonell Fabricio y Torrealba. Isa. 2008. “La cacería en Costa Rica, una síntesis histórica desde la perspectiva de la CIA-Sur. Diálogos Revista Electrónica de Historia ISSN 1409- 469X. Número especial. Dirección web: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/dialogos.htm
    – Yacobaccio, Hugo y Korstanje, M. Alejandra. 2007. “Los procesos de domesticación vegetal y animal”. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXII. Buenos Aires.

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Estos campamentos consisten en construir, con una ONG de carácter no lucrativo, cabañas de madera o adobe con cobertura de banda ancha para alquilar a teletrabajadores–conservacionistas que gestionen con ganaderos locales concesiones de terreno de 500 Ha mínimo para resilvestrar caballos, vacas y asnos, y pongan en valor la biodiversidad de cada territorio. Las cabañas se ofrecen a una red internacional de personas o familias que vivan en dichos poblados en estancias de larga duración. Sus niños tendrán escuela de aulas al aire libre en el campo y teleenseñanza en inglés.

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Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”

Un fantástico rastreo desde los indicios dejados por el hombre cazador–recolector del Paleolítico, antepasado nuestro, depredador y respetuoso con la vida que fue, hasta el cazador–recolector incruento de hoy, que captura armonía, sensaciones y conocimiento para amar la vida salvaje.”

Obra en 8 tomos de los que el 1º ya está disponible, el 2º en correcciones, el 3º casi escrito y los siguientes en fase de documentación. Si los quieres leer bájate gratisel primer tomo en www.paleovivo.org