Capítulo 11. Trasgresión por matar al intocable gran padre elefante

Fueron los safaris y los furtivos del marfil, armados con rifles, los que en menos de cien años masacraron a los elefantes en África. Cuando quedaron pocos, se protegieron. Incluir en esa protección la actividad depredadora de los pueblos primitivos, reguladora de las poblaciones de sus presas, fue un error, porque el único depredador de elefante es el hombre.

En los descastes de parte de las manadas para evitar que una superpoblación acabe con todos. La manera de diezmar a seres sociales tan cohesionados es matar a grupos maternos enteros. Eliminar solo a parte de las hembras se comprobó que altera de tal manera al resto de la manada que los expertos consideran preferible matarlas a todas, y así evitar la locura y el sufrimiento de las supervivientes.

Entre el dilema de su exterminio, a tiros por los furtivos, o de hambre por crecimiento desmesurado de sus poblaciones, hay una tercera posibilidad. El hombre primitivo es el único depredador del elefante, el que de forma natural regulaba el crecimiento de sus poblaciones. La tribu de Buana Kaloloi vivía en armonía con las manadas de elefantes y el tributo que se cobraban con sus flechas y lanzas ni exterminaba a la gran presa, ni dejaba que ésta proliferara y acabara con la vegetación que la alimentaba. Así ocurría desde hace dos millones de años.

En el final del cuento de elefantes del Serengeti narrado por Félix, las autoridades del parque obligan a Buana Kaloloi a que mate con su patrulla a un grupo de hembras. Kaloloi cumple las órdenes. Pero cuando abordan al grupo elegido, ignoran que el gran macho“Buana Mkuba Tembo” anda cerca, porque hay hembras en celo. Al iniciarse la matanza, mientras están acribillándolas, “Buana Mkuba Tembo” aparece súbitamente, lanzado a la carrera, como loco, barritando. Irrumpe en medio del tiroteo para defender a su manada. Carga contra Buana Kaloloi. Éste ve que se le echa encima y no le queda más remedio que disparar. Kaloloi siega en seco la vida del gran macho.

Tas la traumática y desoladora experiencia de ver caer fulminado al elefante, al semental intocable, abatido precisamente por él, Kaloloi rompe allí mismo el rifle contra una piedra, se arranca los galones, se dirige a las oficinas, tira su gorra de ranger sobre la mesa de su jefe, dimite y se marcha a su pueblo natal. No entiende cómo primero le encarcelan por matar elefantes y luego le obligan a masacrarlos y, en el colmo de la locura, hasta a quitarle incluso la vida a un “Buana Mkuba Tembo”, al padre de todos los elefantes, al que ni él ni nadie de su pueblo jamás mataría, porque saben de su importancia en la manada.

«“No se si Kaloloi seguirá vivo»”, acaba Félix Rodríguez de la Fuente su relato. «“Dicen que tras dimitir, regresó a su aldea y volvió a ser furtivo”».