Capítulo 4. Sonidos ancestrales de la noche y el amanecer africano 30

Había ido cayendo así la tarde y habían llenado las horas más hermosas que se pueden vivir en las altas estepas de las mesetas del África oriental, llegaba la hora de retirarnos hacia nuestro campamento junto al río Seronera, nuestro campamento de tiendas, el ranger Kaloloi, que es protagonista, con el elefante de nuestra historia, nos dijo que era necesario emprender ya el regreso, si queríamos pasar por las praderas del Serengueti en el momento en que el sol se ponía, si queríamos detenernos durante una hora como habíamos programado junto a un kopje, cabezos graníticos enormes, cerca de los cuales suelen acampar las tribus de leones, y nosotros pretendíamos grabar en nuestros magnetófonos toda la fantástica sinfonía de la noche africana en las que son sobre todo protagonistas los leones.
Subimos a nuestro automóvil de todo terreno y nos pusimos en marcha hacia el no remoto, pero tampoco demasiado próximo campamento del río Seronera, tan pronto como salimos de una especie de valle más amplio, en el cual se encara la garganta de Olduvai, para trepar a las mesetas, donde se dan las estepas o praderas del Serengueti, fue cambiando paulatinamente la vegetación, en aquellas tierras bajas abundan los arbustos, sobre todos las acacias espinosas, con púas duras como el acero y con hojas sumamente nutritivas, hojas que alimentan tanto como la mejor alfalfa, como la mejor esparceta, hojas de las que se nutren todos los antílopes folífagos, como los impalas, los guerenuk, los menudos dik-diks, e incluso las jirafas.

Jirafas en el Ngorongoro. Foto©: benigno@quercus.es

Iban quedando a la vera de nuestro camino, solemnes y magnificas jirafas, que nos contemplaban desde la altura de sus seis metros, estas jirafas de esta región reciben el nombre precisamente de jirafas masais, por ser tierras masais aquellas en la que nosotros nos encontrábamos.
Tuvimos la oportunidad mientras atravesábamos este retazo, este retal de “nika”, es decir, de páramo arbustivo espinoso, de contemplar a la barahúnda de los tejedores, esos pajarillos que cuelgan en las ramas punteras de las acacias sus nidos en forma de cesta, tuvimos la oportunidad de contemplar en lo alto de las ramas haciendo brillar, traslúcido, sumamente atractivo el semáforos de sus picos multicolores, a los calaos, que estaban emitiendo sus llamadas monótonas. Nos paramos un momento para grabar también en nuestras cintas magnetofónicas el cantó fantástico de los pájaros de la estepa arbustiva.
Seguimos después escalando apaciblemente las pequeñas cuestas que conducen a la alta estepa del Serengueti, y cuando llegamos allí nos encontramos con el más fascinante de los espectáculos que puede contemplar el hombre en el planeta, en el que aún el hombre habita.

Ñus. Foto©: benigno@quercus.es

Las manadas migradoras de los ñus, eso antílopes fantasmagóricos de barbas de cabra, cuernos de baquilla y cola de caballo, que todos los años se trasladan desde las orillas del lago Victoria, y desde las faldas del Ngorongoro, hasta la estepa del Serengueti, el murmullo que emiten cientos de miles de ñus trasladándose sobre el pasto, la barahúnda que organizan los machos, que montan pequeños serrallos de hembras en sus territorio ambulantes, es algo indescriptible, que también fue quedando grabado en nuestros magnetófonos. Escuchando amigos míos, la noche africana, era mucho más fácil imaginarse cómo había sido la aurora de nuestro grupo zoológico.
Escuchando la noche africana era mucho más fácil sentir, percibir, ese profundo, emocionado sentimiento de amor, de respeto y de admiración hacia nuestros antepasados remotos.