Capítulo 7. Leones y guepardos cazadores y humanos carroñeros

En el horizonte lejano, rodando como un cañonazo el rugido del león machos, que estaba marcando el territorio y que de alguna manera decía también a los miembros de su tribu que venía para tomar parte en el festín, que era necesario que todo el mundo se apartara, para que él pudiera comerse lo mejor de la presa. Pronto comenzaron a escucharse también esas risotadas histéricas, y sobre todos esos aullidos lúgubres de las hienas.

Tan pronto como los hombrecillos de un metro veinte de estatura, de treinta kilos de peso, llegaron a veinte metros de los carroñeros, de las hienas y de los la chacales, siguiendo precisamente el vuelo de los buitres, una lluvia de piedras con tremenda puntería cayó sobre las infectas hienas, algunas de ellas dieron de lleno en la cabezota de aquellos carnívoros, que si bien eran lo suficientemente audaces como para disputar a un cachorro de león o a un leona la pata, el cráneo, o la jaula torácica de la cebra, huyeron ante aquel extraño e insólito animal que era capaz de hacer daño a distancia.
Tomaron entonces los hombrecillos del Serengueti, los hombrecillos de Olduvai los restos de la comida que habían dejado los leones, pero no lo devoraron allí, cargaron los machos y las hembras adultas con cabezas, con jaulas torácicas, con restos de extremidades y emprendieron nuevamente la marcha hacia la caverna del “kopje”, hacia aquel abrigo, que estaba a siete u ocho metros de altura del suelo, donde ningún animal podía disputarles lo que habían robado a los leones.
Allí tranquilamente machacando los huesos con sus piedras poliédrica, que no solamente le servían para expulsar a los enemigos, y para dar muerte algún que otro animalillo, sino también para quebrantar lo que no podían comer ni siquiera los leones, es decir, la medula de los huesos, y el contenido de los cráneos, el cerebro, se pusieron a comer tranquilamente mientras pasaba el día.
Después cayó la tarde, vino la noche, nuevamente la estepa africana se llenó con los rugidos de los leones que mataba, con el serrucho de leopardo que estaba acechando a la presa, con el ladrido del perro cazador que acababa de abatir también a su víctima, hasta el oído de los hombrecillos de Olduvai llegaban diferenciadas estas notas, exactamente igual que habían llegado a nuestros magnetófonos. Al día siguiente, al amanecer, estarían nuevamente en pie de guerra para buscar los restos que habían dejado los matadores y que durante mil, dos mil, quien sabe, si durante un millón de años permitieron crecer y diferenciarse a los hombrecillos de Olduvai.