Sinopsis

Sinopsis de la película AFRICA SALVAJE

 

Película “Africa Salvaje”

La serie de 24 capítulos que Rodríguez de la Fuente dejó grabada sobre su viaje de 1967 al África oriental, se titula “”Cuento de elefantes””. Doce horas de narración que son una obra cumbre del relato oral. En ella se desgrana el origen de la vida y la evolución de las especies hasta los primeros pasos de los humanos, hace dos millones de años, en el yacimiento de Olduvai. Todo a partir de un encuentro que su expedición tiene con una manada de trescientos elefantes que coinciden con la caravana de coches en la que viaja.

Africa Salvaje Foto@: benigno@quercus.es

Estos capítulos que fueron emitidos en 1978 por Radio Nacional de España son la alocución de una película que Felix quiso llevar a la gran pantalla sobre el origen del hombre y el paralelismo de su evolución con la de los elefantes.

El sortilegio se produce cuando la comitiva de plantígrados se para ante los Land Rover. Félix cree que la vieja elefanta que dirige la manada es capaz de captar vibraciones y pulsaciones que le permiten percibir hechos

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ocurridos hace muchos años. Su sexto sentido detecta que en los vehículos hay un temible cazador de elefantes. La alarma se extiende entre los proboscídeos. La elefanta agita sus gigantescas orejas, barrita, levanta la trompa, procesa información del presente y del pasado.

En su relato, Rodríguez de la Fuente los hace capaces de captar las vibraciones que debe emitir quien ha matado un elefante y vuelve a encontrarse cara a cara con ellos. Pero el temido cazador, al que la hembra detecta con ese sexto sentido y que, en efecto, viaja en la comitiva, a esas alturas ha dejado de serlo. Ahora, es guía, guarda, es el ranger Kaloloi.

La hembra decide que no hay peligro y los elefantes atraviesan la fila de coches parados. Pasan tan cerca que desde las ventanillas solo se ve un bosque de sólidas columnas en movimiento. El suelo retumba. Se llena de huellas en forma de plato. Es el momento en el que Félix acierta a ver cómo el ranger y el gran macho de la manada cruzan su mirada. El guía se vuelve extasiado y exclama en swahili: Buana Mkuba Tembo, el señor de los elefantes. Es la admiración del cazador paleolítico ante la más imponente de sus presas, el macho de la manada, el que no debe ser abatido, porque es el mejor para engendrar futuros elefantes.

A partir del profundo intercambio de miradas entre el ranger y el elefante, Félix hilvana toda una historia. La de dos especies frente a frente. Se imagina a ambos, Buana Mkuba Kaloloi y Buana Mkuba Tembo, nacidos el mismo año, el mismo día, en el mismo sitio, treinta años atrás.

Elefantes. Foto©: benigno@quercus.es

Describe cómo crece “Buana Mkuba Tembo”, protegido por elefantas. Cómo lo hace feliz en su poblado el niño Kaloloi. Cómo les separan del grupo materno. Cómo el hombre se inicia en el manejo de flechas envenenadas. Horas apasionantes, que hablan de éxitos evolutivos paralelos. De especies que optan, como

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Cómo lo hace “Buana Mkuba Kaloloi”, protegido por las madres, feliz en sus campamentos nçomadas. Cómo les separan del grupo materno. Cómo el hombre se inicia en el manejo de flechas envenenadas. Horas apasionantes, que hablan de éxitos evolutivos paralelos.

La estrategia evolutiva del elefante fue hacerse gigante para no tener depredador alguno. Pero otra especie se interpuso en su camino. Desarrolló otro tipo de gigantismo, el del cerebro, y con él, el de ser capaz de tener inteligencia. Con ella ganó la partida a los proboscídeos y se convirtió en su depredador. Sin el hombre, libres de todo enemigo, habrían proliferado sin fin hasta consumir todo el alimento disponible y hubieran perecido masivamente de inanición, arrastrando con ellos a muchas otras especies.

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De especies que optan, como forma de supervivencia, por el gigantismo. En tamaño corporal, el primero; en cerebro e inteligencia, el segundo. Narra su adaptación al medio, su primer encuentro, y el último, dramático.

Buana Kaloloi, nacido para cazar. Justo cuando él cumplió la edad de 30 años, los blancos conservacionistas redujeron las grandes matanzas de los safaris. También el furtivismo de los traficantes de marfil. Se decretó la protección del elefante. Incluidos los territorios de caza de Buana Kaloloi y su tribu.

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El depredador del paleolítico que seguía con sus prácticas ancestrales acabó acusado de furtivismo por leyes hechas para proteger a los elefantes del exterminio de los hombres del rifle. Fue encarcelado por cazar como lo hacía desde hacía decenas de miles de años. Confundir las flechas y lanzas de Kaloloi con los que diezman a los elefantes con rifles y fusiles de guerra fue un error, como veremos más adelante. Pero la Ley es ciega.

Dentro del infortunio, tuvo suerte, Su legendaria fama de rastreador traspasó los barrotes del calabozo. Se necesitaban hombres que supieran seguir animales a la carrera. Le propusieron la librertad a cambio de ser ranger. Aceptó. Con ese uniforme le conoció Rodríguez de la Fuente.

El ‘Cuento de elefantes’ de Félix Rodríguez de la Fuente narra cómo el modelo de civilización impuesta por el hombre blanco diezmó a estos paquidermos. Luego protegieron a los que quedaron vivos, declarando sus territorio espacios protegidos. Pero simultáneamente se introdujeron cultivos agrícolas y explotaciones ganaderas que rodean los parques e impiden hacer las migraciones de antaño.

De mediados del siglo XIX a mediados del XX, ingleses y alemanes, a los que se añadió en tropel la clase pudiente cazadora de otros países, aniquilaron a la mayoría de los elefantes de África oriental. El comercio de marfil es un negocio –ilegal desde 1989– altamente lucrativo. Se calcula que cuando se iniciaron los primeros safaris de cazadores blancos, hace poco más de cien años, había unos diez millones de elefantes, extendidos desde el sur de Libia hasta la península del Cabo. Hoy quedan unos 600.000, la mayoría recluidos en parque nacionales.

Cuando la expedición de 1967 avistó una manada de 300 ejemplares la consideraron excepcional por numerosa, indicadora de que las cosas empezaban a cambiar. Los nuevos gobiernos de la independencia africana habían empezado a promover la industria turística. Kenia pasó de tener unos pocos miles de elefantes en los años sesenta a casi 60.000 en los noventa.

Un elefante adulto come trescientos kilos diarios de masa vegetal. En periodo de sequía, si no pueden migrar y se acaba la hierba, ingieren cortezas y astillas de los troncos de los árboles, que derriban empujándolos con su poderosa frente.

Muerte por hambre al no poder migrar y comérselo todo

La alegría que tuvieron los expedicionarios de 1967 al avistar, por fin, un numeroso grupo de elefantes, la empañó el botánico del grupo. Estaban ingiriendo las cortezas de las acacias. El experto se percató de que aquello no era un ramoneo habitual sino una anomalía que podía acabar en tragedia, porque los elefantes tumbaban y astillaban los troncos para comerlos. Tras destruir los bosquetes de la sabana arbustiva, sobreviene su propio exterminio, al acabar con la fuente de alimento. La proliferación excesiva de elefantes lleva a su extinción, lo mismo que le ocurriría a cualquier otra especie, incluida la humana. La norma conservacionista que prohibió matar elefantes a los pueblos cazadores, condenó a la extinción tanto a las formas de vida de esos nómadas nativos como a los mismos elefantes, que al crecer por encima de la capacidad de carga de los territorios, acabaron diezmados por el hambre. Al cabo de los años, los gestores de los parques tuvieron que reducir la población de paquidermos para dejar territorio disponible para los supervivientes y demás especies herbívoras.

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La fauna salvaje de gran porte es incompatible con la actividad agrícola moderna y con el crecimiento de las poblaciones sedentarizadas al estilo occidental que empiezan a rodear a los espacios naturales. Cuando el desarrollo en torno a los mismos impide los procesos ecológicos, ocurre la tragedia. En su relato, Félix se remonta al origen del hombre, al visitar con la expedición el valle de Olduvai, en Tanzania, cerca del cráter del Ngorongoro. Fue allí donde los Leaky descubrieron en 1961 el fósil de Homo habilis, de dos millones de años de antigüedad y capacidad craneal muy superior al australopithecus. En el año de la expedición narrada por Félix, en 1967, acababan de encontrar restos de Keniapithecus africanus, otro homínido.

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El valle de Olduvai es considerado, como Atapuerca, una de las cunas de la humanidad. En esta garganta se encontraron también los testimonios más antiguos de caza de elefantes por homínidos, atribuida a Homo ergaster, hace 1,8 millones de años. De Olduvai se llevó Félix dos pedruscos de casi medio kilo cada uno, toscamente tallados por los primeros homínidos de hace dos millones de años: “Tengo los dos guijarros en mi casa. Ha sido éste uno de los escasos, diría yo, robos que he cometido en mi vida. No me arrepiento de ello. No les voy a contar ahora de donde les cogí, pero mis dos guijarros tallados por el hombre hace dos millones de años están en una estantería en mi despacho. De vez en cuando, cuando me tientan todas esas tentaciones que tenemos los hombres hacia el orgullo, hacia la supervaloración, miro con todo detenimiento los guijarros tallados por el hombre hace dos millones de años. Les tomo en mis manos, les sopeso, les acaricio con los pulpejos de los dedos, les lanzo al aire como si fueran una pelota de tenis, y observo, con verdadero asombro, que se adaptan perfectamente a mi mano.””

La manera de diezmar a seres sociales tan cohesionados es matar a grupos maternos enteros. Eliminar solo a parte de las hembras se comprobó que altera de tal manera al resto de la manada que los expertos consideran preferible matarlas a todas, y así evitar la locura y el sufrimiento de las supervivientes.
Entre el dilema de su exterminio, a tiros por los furtivos, o de hambre por crecimiento desmesurado de sus poblaciones, Rodríguez de la Fuente apunta en su relato a una tercera posibilidad. El hombre primitivo es el único depredador del elefante, el que de forma natural regulaba el crecimiento de sus poblaciones. La tribu de Buana Kaloloi vivía en armonía con las manadas de elefantes y el tributo que se cobraban con sus flechas y lanzas ni exterminaba a la gran presa, ni dejaba que ésta proliferara y acabara con la vegetación que la alimentaba. Así ocurría desde hace dos millones de años.

Las autoridades del parque obligan a Buana Kaloloi a que mate con su patrulla a un grupo de hembras. Kaloloi cumple las órdenes. Pero cuando abordan al grupo elegido, ignoran que el gran macho“Buana Mkuba Tembo” anda cerca, porque hay hembras en celo. Al iniciarse la matanza, mientras están acribillándolas, “Buana Mkuba Tembo” aparece súbitamente, lanzado a la carrera, como loco, barritando. Irrumpe en medio del tiroteo para defender a su manada. Carga contra Buana Kaloloi. Éste ve que se le echa encima y no le queda más remedio que disparar. Kaloloi siega en seco la vida del gran macho.

Tas la traumática y desoladora experiencia de ver caer fulminado al elefante, al semental intocable, abatido precisamente por él, Kaloloi rompe allí mismo el rifle contra una piedra, se arranca los galones, se dirige a las oficinas, tira su gorra de ranger sobre la mesa de su jefe, dimite y se marcha a su pueblo natal. No entiende cómo primero le encarcelan por matar elefantes y luego le obligan a masacrarlos y, en el colmo de la locura, hasta a quitarle incluso la vida a un “Buana Mkuba Tembo”, al padre de todos los elefantes, al que ni él ni nadie de su pueblo jamás mataría, porque saben de su importancia en la manada.

“No se si Kaloloi seguirá vivo””, acaba Félix Rodríguez de la Fuente su guión. “Dicen que tras dimitir, regresó a su aldea y volvió a ser furtivo””.

Es el cuento de elefantes una inmensa alegoría de cómo el hombre civilizado ignora la relación de los hombres primitivos con la fauna salvaje y les mete en el saco de los destructores de la naturaleza, cuando son parte del equilibrio entre las especies.

FIN