Alianza con las orcas en el origen de las almadrabas para capturar atunes

Genesis

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”

“Un fantástico rastreo desde los indicios dejados por el hombre cazador–recolector del Paleolítico, antepasado nuestro, depredador y respetuoso con la vida que fue, hasta el cazador–recolector incruento de hoy, que captura armonía, sensaciones y conocimiento para amar la vida salvaje.”
Libro I: Cazadores – recolectores

Capítulo 14

por Benigno Varillas

Los atunes aún se cuelan por el laberinto de redes de la últimas almadrabas que los atrapan. Miles de estos gigantescos y nutritivos peces se acercan a la línea de costa para sortear el fuerte chorro de la corriente de agua que viene del Mediterráneo en dirección al Atlántico. Un festín de músculos de carne roja salvaje, apretada y fuerte, que capturan cada verano las almadrabas andaluzas y levantinas. Los empuja hacia la playa no solo la corriente sino también las manadas de orcas, que los cercan hasta llevarlos a aguas de escasa profundidad para allí devorarlos con más facilidad. Algunos atunes en la desesperación de salvar su vida saltan a la arena donde quedan varados. El hombre primitivo, que interactuaba en tierra con el lobo para la caza, se benefició también de ese fenómeno provocado por las orcas. Tal vez por ello los inuk, pueblo cazador pescador esquimal de los mares árticos, dicen de las orcas que son lobos que cayeron al mar y se transformaron en mamíferos marinos.

Las almadrabas de la factoría de Baela Claudia, en la playa gaditana de Bolonia, la de Zahara de los Atunes, la de Barbate, la de Torre Carbonero en Doñana, y todas las almadrabas que desde tiempos inmemoriales se armaron en la costa de Tarifa a Portugal, iban en el lote de tierras que el rey regaló al alguacil de la plaza de Tarifa, un tal Guzmán, de León, cuyos descendientes sumando títulos nobiliarios acabaron duques de Medina Sidonia. Convirtió a su fiel vasallo, y a sus herederos, en los hombres más poderosos de España durante varios siglos, a causa de los atunes, de los que el Rey cristiano tal vez no era bien consciente de a dónde podía llegar su cosecha una vez organizada. Aunque Guzman había pagado ya bien caro el regalo, porque la gracia real le fue concedida por dejar que el enemigo sacrificara a su primogénito, que había caído prisionero, delante de las murallas de la plaza de Tarifa, previamente asaltada y arrebatada a sus dueños. Cesiones territoriales, como la del Señorío de Medina Sidonia, propiedades hasta entonces comunales, o del prójimo, que son las que más alegremente se ceden, las hacían los reyes a diestro y siniestro en toda España, como reparto del botín arrebatado por los descendientes de los invasores godos y sus mercenarios del camino de Santiago a los habitantes de la España hispano romana, que en el siglo VII adoptaron y desarrollaron la cultura, la lengua y la religión musulmana, que no todo fueron invasores, siendo estos solo parte.
Los reyes entregaban, en este orden, “tierras, aguas, costas, árboles, caza, animales, casas y personas que en ellas hubiere” como reza la carta puebla de la localidad levantina de Pego–Oliva, otorgada por el rey de Aragón Jaime I, en 1350, a los antecesores de los actuales propietarios. Otorgamiento este que tiene el mismo origen que los demás títulos de propiedad habidos y por haber. La revolución de la Sociedad de la Información de cultura hacker igual no solo ignorará la propiedad intelectual vigente, y un día revise también el reparto neolítico de tierras, devolviendo a la humanidad el Planeta sin vallas ni fronteras que siempre fue, en una sociedad tecnológica global sin nacionalismos, religiones, fronteras, vallas y privilegios, dentro de una visión de la vida no competitiva ni excluyente. A saber.

A mediados del siglo XVI las almadrabas alcanzaron el récord de atrapar en sus redes 155.000 atunes, en tres meses de temporada. Multiplicado por un promedio de 120 kilos de peso, dan 15 millones de kilos de carne. Hecha salazón y mojama, que aguanta años para su consumo, podía ser transportada y comercializada. Abastecían a medio Reyno y a los barcos que partían de Cádiz, Palos de Moguer y otros puertos hacia las Américas, las islas Filipinas y el resto de Europa. Un inmenso negocio que fue próspero en la Hispania romana, en la musulmana, en la castellana y del Renacimiento a hoy.
El atún rojo llegó a denominarse “buey marino” y “buey de los cartujos». En muchos monasterios se utilizaba para suplir la carne de vaca en los cuarenta días a dieta sin carne de la Cuaresma. Lo mismo le pasó a la ballena, por el parecido de su carne roja a la del buey, aunque en ese caso era la inversa, se hacía pasar por pescado un animal que no por vivir en el agua deja de ser tan mamífero como la vaca de sangre más caliente, así que los buenos frailes pecaban por ignorancia.
Hoy en día, la almadraba de Barbate no llega a 2.000 atunes por temporada, lo que delata la regresión de la especie. La sobrepesca en alta mar por busques factoría y, en particular, las capturas con redes de deriva que usaron los franceses e italianos están detrás del desastre. Los atunes los compran los japoneses, cuyos consumidores llegan a pagarlos hasta a 70 euros el kilo. En el traspaso de barco a barco, en el puerto de Barbate, se produce una selección ocular de calidad, gracias a la cual los españoles pueden al menos probar, a precio más asequible, lo que los nipones desechan.
“En Conil, Barbate y Zahara de los Atunes, las orcas atacan los bancos de atunes en paso a principios de la primavera, en particular  con luna llena. En la Grecia antigua llamaban oryx al carnero y orca al “carnero marino”. En Algeciras, bajo el Cerro de la Horca se sitúa Punta Carnero, lugar famoso para observar la migración de las aves. Antaño también lo era para avistar las grandes aletas de las orcas que delatan la llegada de los atunes.”
A Poseidón se le representa con sus canes marinos. Ca marí, es decir, Can marino, es orca en catalán. El cabo de Zahara de los Atunes donde las orcas cazan a los túnidos, se llama Camarinal. En el Estrecho de Gibraltar, Cabo Espartel lleva el nombre con el que los pescadores denominan a la orca en el Golfo de Cádiz. Espardarte era la espada medieval de base ancha de aspecto similar a la aleta de dos metros de longitud de la orca macho que asoma por encima del agua y avisa a gran distancia, tanto de su presencia como de la de los preciados atunes que persigue.
Una cita de principios del siglo XVIII, cuenta cómo en la almadraba de Zahara de los Atunes, al no avistar las orcas, se ordenó tallar una de madera, atarla a un bote de remos y moverla por la bahía para intentar asustar a los atunes y ver si así arrimaban en su huida hacia la costa, donde les esperaba la almadraba. Posiblemente ese comportamiento de las orcas hizo que ya el hombre primitivo se sintiera aliado de ellas, al aprovechar los atunes que, al huir despavoridos se echaban a sus pies, varados en la arena de la playa.

(Continuará)

Capítulos por publicar
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  • 15. Alianza con los halcones y las aves de presa en el origen de la cetrería
  • 16. Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa
  • 17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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