La concepción de la vida de los reyes franceses Borbones que arribaron a España en 1700, su aversión a lo zahareño, les llevó a una decisión más reprobable aún que acabar con el antiguo Cuerpo de Halconeros, que los Austrias habían heredado de los reyes castellanos. Quisieron acabar también con los hombres nómadas.

A los cortesanos de Fernando VI, tanto en los Carabancheles como en el resto de España, les molestaba la existencia de andariegos libres, que para más irritación capturaban conejos y liebres con podencos y galgos, cuando no caballos de monte y encebros salvajes. Eran rebeldes, vagabundos y diferentes.

Ya su padre, Felipe V –que cazó en el Lomo del Grullo en 1729, visita regia que no se repetiría hasta 153 años después, con una cacería de Alfonso XII– había dictado un “decreto de pena de muerte contra cualquier gitano sorprendido fuera del término que tuviera asignado”. La norma incluía todo nómada andariego, en la idea de hacerlos sedentarios. Pero la represión alcanzó su cenit con la orden de ‘Recolección General de Gitanos’, aprobada por Fernando VI, a los dos años de subir al trono.

El 30 de julio de 1749, el Ejército hizo una redada nocturna, ordenada por el marqués de la Ensenada. El objetivo era capturar por sorpresa a “los gitanos”. Unas 9.000 personas fueron apresadas. A los adultos y a los adolescentes se les condenó a trabajos forzados en los astilleros de la Marina y en las minas de mercurio. La mayoría murieron enfermos y por el trauma del cautiverio. A las mujeres y a los menores de 12 años se les confinó en guetos. La Iglesia apoyó la redada, negando el derecho de asilo en las iglesias a los que huían. Algún clérigo, a título personal, clamó contra el desmán, como el Vicario de Sevilla, pero su protesta no surtió efecto alguno.

Lógicamente, no los detuvieron a todos, ni mucho menos, que para eso eran nómadas. Comenta Ildefonso Falcones, autor de la novela histórica “La reina descalza” basada en este criminal episodio, que “el marqués de la Ensenada cometió un error. Detuvo a los gitanos que estaban censados y trabajaban, pero no a los trashumantes».

La vida infrahumana hizo que los hombres apresados fueran aniquilados. Tras morir Fernando VI, el nuevo rey, Carlos III, abolió en 1783 el decreto de aniquilación de los nómadas. Pero para entonces, de los miles que fueron hechos cautivos en la redada ya sólo quedaban vivos unos 150.
La primera referencia a los gitanos en España es un texto que les cita en el año 1425, atravesando el Pirineo aragonés. Según fuentes no verificadas, venían expulsados por los turcos de una zona de los Balcanes, o de Grecia, llamada “Pequeño Egipto”, de ahí el nombre de egiptanos. Eran los de esta primera cita histórica un grupo de unas cien personas, con un “conde” o “duque” al frente, que algún historiador cree que, en efecto, lo había sido en su tierra. Morenos, de barba y melena negra los hombres, y con turbante y adornos las mujeres. Un salvoconducto del rey Alfonso V de Aragón, autorizó al “Duque Juan de Egipto Menor” a viajar por su reino. El texto muestra la hospitalidad con la que les acogieron a su llegada:

“El Rey Alfonso, (…) a todos y cada uno de sus nobles, amados y fieles nuestros y sendos gobernadores, justicias, subvengueros, alcaldes, tenientes de alcalde y otros cualesquiera oficiales y súbditos nuestros, e incluso a cualquier guarda de puertos y cosas vedadas en cualquier parte de nuestros reinos y tierras, al cual o a los cuales la presente ser presentada, o a los lugartenientes de aquellos, salud y dilección. Como nuestro amado y devoto don Juan de Egipto Menor, que con nuestro permiso ir a diversas partes, entiende que debe pasar por algunas partes de nuestros reinos y tierras, y queremos que sea bien tratado y acogido, a vosotros y cada uno de vosotros os decimos y mandamos expresamente y desde cierto conocimiento, bajo pena de nuestra ira e indignación, que el mencionado don Juan de Egipto y los que con él irán y lo acompañarán, con todas sus cabalgaduras, ropas, bienes, oro, plata, alforjas y cualesquiera otras cosas que lleven consigo, sean dejado ir, estar y pasar por cualquier ciudad, villa, lugar y otras partes de nuestro señorío a salvo y con seguridad, siendo apartadas toda contradicción, impedimento o contraste. Proveyendo y dando a aquellos pasaje seguro y siendo  conducidos cuando el mencionado don Juan lo requiera a través del presente salvoconducto nuestro, el cual queremos que lleve durante tres meses del día de la presente contando hacia adelante. Entregada en Zaragoza con nuestro sello el día doce de enero del año del nacimiento de nuestro Señor 1425.

Nadie ha podido averiguar de donde salen los gitanos. Egipto, la India, los Balcanes. Pero antes de la fecha que se dice llegaron, Iberia tenía sus propios “homes andariegos” nómadas, que se movían con libertad por todas partes. Una Ordenanza de Hermandad de Vizcaya del año 1394 habla de ellos:

“Hay muchos andariegos e non auen señores propiamente con quien sirvan (…) andan pidiendo por la tierra e faciendo otros muchos males e daños e desaguisados de lo qual se siguen gran daño e destruimiento de la tierra, por ende si el andariego fuere tomado que por la primera vez que yazga en el cepo seis meses e que por la segunda vez que mura por ello”

En el lote irían vagabundos, pobres arruinados por las desgracias y las calamidades, que habían dejado sus pueblos y vivían en las cunetas y los arrabales, pero también orgullosas tribus nómadas, que circulaban por España desde siempre. Colectivos de españoles que han llevado ese tipo de vida hasta fechas recientes. ¿Eran lo que quedaba del hombre Paleolítico? Ciertos aspectos apuntan a ello. (Continuará) Apúntate a esta WEB para recibir próximos capítulos.

Capítulo 4 del II tomo de la obra Genesis “Cazadores – Guerreros”

La alianza con otros depredadores del hombre paleolítico, al punto se decía “hablaban con los animales”, se rompió en el domus dómine domini Neolítico, domador, dominador, domesticador, dominante. El lobo, el mejor amigo de Homo sapiens sylvestris, fue esclavizado y pasó a perro. Se mantuvo, sin embargo, el pacto con las aves de presa, hasta que la simbiosis cetrera fue también anulada con el avance de la mentalidad neolítica en la España sedentaria y espesa del siglo XVIII

por Benigno Varillas

El protocolo de la Corte hizo que Fernando VI (1713–1759), que compartía techo con su padre Felipe V en el Palacio Real de Madrid, tuviera que comunicarse con él por escrito. Así lo hizo a lo largo de su infancia y juventud, en francés, idioma de Felipe V, nieto del rey francés Luis XIV, que en 1700 se mudó de París a España para sustituir la dinastía de los Austrias. Cambios en la cúpula del poder entre cazadores guerreros que se sucedieron desde los primeros reyes tartessos, refinando costumbres y distanciándose de sus orígenes a cada siglo, pero siempre atraídos, como por un imán, por los inmutables cotos. Los cazaderos reales fueron cambiando de manos durante 10.000 años, pero la esencia siguió siendo casi la misma, aunque cada vez más descafeinada.

En 1748, al año de subir al trono, Fernando VI ordenó la extinción de la Real Caza de Volatería y del Real Cuerpo de Halconeros de la Casa Real.  Según Antonio de Castro, el rey tomó la decisión atendiendo las quejas que sus vasallos de los alrededores de Madrid le habían presentado respecto a “los gravámenes y perjuicios que el ejercicio de esta real diversión significaba en sus haciendas”

Una real cédula de Fernando el Católico estableció en 1478 el aposentamiento de sus cazadores reales en los Carabancheles. Las gabelas que los de Carabanchel tenían que pagar eran tales que, 270 años más tarde, Fernando VI, ajeno a misterios y alianzas entre lo salvaje y el hombre, eliminó de un plumazo a los cetreros del rey.

En este pueblo de Madrid se produjeron a mediados del siglo XX dos acontecimientos de interés para la naturaleza y el resurgir de los hombres libres. En Carabanchel descubrió la ornitología el joven Tono Valverde, inmovilizado en 1944 en el hospital de tuberculosos de esa localidad. Fue de la mano de las obras de Lleget y de Brehm, que le regaló una tía para que se distrajera, y también de las historias que le contaba un compañero de habitación, jornalero del campo andaluz, que antes de fallecer le desveló los secretos de la caza de pajaritos con liga y ballesta. A sus 18 años Valverde descubrió lo que era un naturalista de campo de acción como Brehm y el compañero pajarero le desveló los profundos conocimientos de la fauna que puede llegar a tener la gente del campo obligada por la vida y la necesidad a vivir en y de la naturaleza. Desde entonces se interesó por todo furtivo, alimañero, pescador, artesano o recovero que se cruzó en su vida, entablando siempre fructífera conversación con ellos y desembuchándoles “los libros” que llevaban “escritos” en la memoria, historias oídas a sus ancestros y experiencias propias que morirían con ellos al ser el último eslabón de un medio rural que, justo por aquellas fechas de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, emigró a la ciudad.

Allí hizo Rodríguez de la Fuente, a sus 28 años, recién llegado a Madrid en 1956 del pueblo burgalés de Briviesca, sus primeras demostraciones de altanería en los entonces campos de “Venta la Rubia”, en las afueras de Carabanchel, ante el conde de Mayalde y la condesa de Pastrana, para proponerles resucitar de nuevo la cetrería en España. Apoyos decisivos para entrar en contacto con la corte de la capital del reino, donde desarrolló su meteórica carrera.

Y en los Carabancheles de Fernando el Católico me encontré en 2013, dando una conferencia sobre “el Biolítico” en un improvisado y alternativo centro cultural ubicado en una modesta y vieja casa condenada al derribo“okupada” por jóvenes del barrio donde se reunían los del 11 M y topé entre la audiencia a Patricia –hija de Ernesto Junco, cetrero de Félix en 1971 que con Dory le puso tras la pista de los asturcones– que cuida aun hoy halcones y azores con su pareja para que la llama de los seres libres no se apague.

La decisión de Fernando VI del año 1748 revela algo más que un conflicto vecinal. Nunca un rey anterior a él hubiera extinguido la Real Caza de Volatería y el Real Cuerpo de Halconeros. Aquella medida indica que la Corte se distanciaba cada vez más de sus orígenes como descendientes, reales o simbólicos, del reducido grupo de cazadores–recolectores que se transformaron hace 9.000 años en cazadores–guerreros, domesticando todo ser vivo útil que se dejara. Estaban alejándose de lo poco que les conectaba con la vida salvaje.

El aislamiento de la naturaleza iba aumentado a cada siglo. La ciudad acabó por engullir y sellar lo que quedaba de espíritu libre en los que ostentaron el poder durante 10.000 años. Los Borbones siguieron siendo empedernidos cazadores, pero ya solo de escopeta, dando la espalda a los halcones.

Dice el diccionario: “Zahareño: “Voz árabe, usada en altanería. 1. pájaro bravo. que no se amansa, o que con mucha dificultad se domestica. 2. adj. desdeñoso, esquivo, intratable o irreductible.”

El cetrero llama zahareña el ave capturada cuando ya tiene más de un año”.

A mediados del siglo XVIII, los halcones, los azores, lo irreductible, abandonó el corazón de los hombres, lo mismo que lo había hecho el lobo 10.000 años antes. Dejaron de ser aliados. Pasaron a ser vistos como competidores, enemigos. Lo de que las rapaces llegaban donde no lo conseguía la flecha y el culto a la caza reminiscencia de cuando éramos poderosos depredadores, se apagó con la sofisticación de la sociedad. La mentalidad y la forma mercantilista de entender el mundo, artificial y alejado de la naturaleza, hizo mella en los sucedáneos de cazadores e hizo ver claramente que la libertad y la nobleza ni se compra ni se hereda en papeles, sino en los genes. A la altura de 1748, el ADN de los cazadores de escopeta debía tener ya solo miligramos de hombre verdadero…

Puedes leer los dos primeros tomos completos ya editados en: www.paleovivo.org

Capítulo 3 del II Tomo de la obra Génesis “Cazadores–Guerreros”

Hubo ya en el siglo XVI cazadores guerreros que se hartaron de la vida en la Corte y en la gran ciudad y se retiraron a vivir en la naturaleza. El poeta Luis de Góngora cantó sus “soledades”, dejando testimonio de en qué medida el cazador–guerrero añora al cazador–recolector. Un hueco abierto a la esperanza de que el hombre pueda volver a ser libre y a vivir de nuevo en armonía con el mundo que le rodea.

Por Benigno Varillas

El VII duque de Medina Sidonia, Alonso Pérez de Guzmán (1550–1615), se casó en 1564, a los 14 años, con Ana Gómez de Silva y de Mendoza (1560–1610) hija de los príncipes de Éboli, duques de Pastrana, cuando ella tenía 4 años. La boda apañada por sus progenitores, como era costumbre entre los poseedores de títulos nobiliarios hereditarios y también de los más arcaicos pueblos de pastores y de labriegos. En 1579 nació su primer hijo, Juan Manuel, apadrinado en el bautizo por sus tíos, los duques de Béjar. En 1585, cuando él tenía 35 años, ella 25 y Juan Manuel 6, abandonaron la Corte madrileña y trasladaron la residencia familiar a su palacio en Sanlúcar de Barrameda.

En 1587, el VII duque de Medina Sidonia amplió su posesión comprando al Concejo de Almonte las tierras que se extienden desde la boca del Guadalquivir hasta el Charco del Toro, tierras otrora de su familia que, tras el pleito iniciado en tiempos de los Reyes Católicos se habían incorporado a los propios del municipio de Almonte. Vuelven los almonteños a perder esa marismas por dinero.

En pleno corazón del Coto de Las Rocinas, es decir, de las yeguas, como aún se llamaba Doñana, los duques mandan construir un cortijo andaluz clásico, al que llamaron Palacio por comparación con los chozos de los habitantes de la zona. Hoy aloja a los investigadores de la reserva de la EBD. Lo ubicaron en pleno corazón de Doñana, en la Vera, el espacio de mayor frescor, en la frontera del monte con la marisma. Ese mismo año la autoridad conminó a los vecinos de Hinojos a que “los hombres en edad de llevar armas salieran al campo a matar a lobos en Doñana”.

La tranquilidad en el Coto duró poco. En 1588, Felipe II ordenó al duque ponerse al mando de la “Armada Invencible”. Los fuertes temporales del Atlántico le impidieron cumplir la misión de atacar y doblegar a la corona británica. El estigma del fracaso le marcó. Pero Alonso Pérez de Guzmán y su esposa tenían ya claro desde antes que su mundo no estaba en Madrid, donde la Princesa de Éboli seguía con sus intrigas amorosas en la Corte, por las que penaba su hija, y que por ello, dicen, buscó refugio y paz en Las Rocinas.

Tras el desastre de la Invencible el duque regresó a su palacio de Sanlúcar y a su pabellón de caza en lo que empezaban a llamar el Coto de “Doña–Ana” –obviando otras etimologías– por la querencia de Doña Ana Gómez de Silva y de Mendoza hacia ese lugar, al punto de acabar viviendo en el aislado caserón de forma permanente y recibir sepultura en el mismo, al igual que su esposo diez años después. También se llamaba Ana la dueña de la fonda que allí había en la época, con lo que el topónimo bien puede venir de la mesonera de la venta en la arenosa intersección de atajos de Cartaya a Sevilla y de Almonte a Sanlúcar. Lo que si es seguro es que allí fueron felices los Guzmán, criando, a su primogénito Juan Manuel y al resto de la prole. 

Con el título de conde de Niebla, Juan Manuel Pérez de Guzmán (1579–1636), duque de Medina Sidonia en 1615, crece entre el palacio familiar de Sanlúcar y “la casa del bosque” de Doñana. Es educado por sus padres en la pasión de vivir en contacto con la naturaleza. En el horizonte de la otra orilla, veía a todas horas a la seductora Doñana. El joven Juan Manuel cruzaba el río para volar allí sus halcones. Era tan aficionado a la actividad cinegética que con 20 años fue nombrado Cazador Mayor del Reino por Felipe III, al año de subir éste al trono tras fallecer su padre, Felipe II, en 1598.

Juan  Manuel era apasionado cetrero y así le inmortalizó Luis de Góngora entre 1607 y 1614 en el poema de las “Soledades”,  el “más oscuro y ambicioso que el Príncipe de la Letras había concebido hasta esas fechas” 1, para hilaridad de Lope de Vega, Francisco Quevedo y demás literatos de la Corte que se mofaban del barroquismo del cordobés.

Góngora documenta en verso “la contemplación de la naturaleza, la vida recogida en contacto directo con las formas primigenias y sencillas, la asimilación del paisaje a lo pictórico, la conjunción de lo rústico y lo marino, la exaltación poética de las cosas menudas”, escribe Jesús Ponce Cárdenas, en su ensayo: “Góngora y el conde de Niebla. Las sutiles gestiones del mecenazgo”, del que extraemos las citas que siguen, en las que se descubre una faceta poco conocida de los poetas del Siglo de Oro, como es la de cronistas, en verso, de la atracción que despertaba la vida salvaje, Doñana en particular, en la nobleza cazadora. 2

“Ya antes que Góngora”, dice Jesús Ponce, “el poeta Cristóbal de Mesa había inmortalizado a su señor, el marqués de Gibraleón y duque de Béjar (tío y padrino de Juan Manuel) durante el ejercicio de esas mismas actividades cinegéticas, como atestiguan estos versos de su Epístola al marqués de Cerralbo en 1606: “Partiéronse los duques luego donde está en Gibraleón su marquesado, que al de Ayamonte cerca corresponde […]. Si el duque mi señor pasa a la Maya con sacras, girifaltes y neblíes, manda que yo también a caza vaya; si tagarotes lleva y baharíes a San Muñoz, Ochando o Salamanca, alfaneques, azores y borníes” 3

En 1603, Góngora había sido invitado por un tío materno de Juan Manuel, a pasar unos días en su finca de la ribera del Duero. El poeta compuso un soneto en el que alababa el sosiego y el disfrute de la naturaleza que provocaba “la soledad” de aquel lugar. Poco después le invita el duque de Béjar a la finca El Bosque, donde aun cazaban osos en aquella época. Góngora se entusiasma y describe en verso su impresión de una montería y de las escenas de cetrería a las que asiste.

Otro trovador del siglo XVII, describe la pasión por la vida silvestre de los herederos de títulos de nobleza, y establece la comparación entre las posesiones bejaranas de su señor y sus dominios andaluces en el paisaje marino de la costa onubense. Señala como más apto para la caza de altanería este último: “Afirman que, gustando de la caza de garzas y dorales, las marismas son de este menester la mejor plaza”. 4

Y a ellas se dirige Góngora en 1607, invitado a disfrutar de las posesiones del marqués de Ayamonte, en la marisma del Odiel, así como de las del conde de Niebla, Juan Manuel, en el Coto de Doñana, pocos años antes de que pasara a ostentar el título de VIII duque de Medina Sidonia, al morir su padre en 1615.

La estancia de Luis de Góngora en la costa onubense es fructífera. Acogido por el marqués de Ayamonte y por el conde de Niebla en sus cotos y palacios, el poeta cordobés escribe poemas a la familia del marqués y hace la dedicatoria del poema “Polifemo” al conde de Niebla, cuya vida de retiro en los bosques y marismas de Doñana y su alejamiento de la Corte observa y aprecia.

“El marqués de Ayamonte, aparece en un poema como pescador, el conde de Niebla como cetrero y el duque de Béjar como montero.  (…) El capellán ducal sostiene que en su juventud el conde de Niebla «trató retirarse a la soledad de Huelva». La insistencia en el término es significativa pues, pocas líneas después escribe: «en esta soledad le halló el príncipe de los poetas» (Góngora). La palabra “Soledades” cuadra bien a los dominios señoriales de un noble que prefiere retirarse y vivir en contacto con la naturaleza, al medrar incierto de una carrera en la corte y al tráfago de la vida en la ciudad.” (…)

“El elogio de un retiro señorial se conjuga con la exaltación de las bellezas del mundo natural, con el menosprecio de una Corte corrompida”, comenta Jesús Ponce y continúa: “La continuada permanencia de Juan Manuel en sus dominios señoriales, «en su retiro de Huelva», en palabras del capellán ducal, propiciaría «el episodio de la cetrería y la aparición del conde de Niebla en la trama narrativa» de las Soledades.5

La primera Soledad comienza con la descripción de una tempestad que arroja al pie de un acantilado a un náufrago: 

“Que siendo Amor una deidad alada,
bien previno la hija de la espuma
a batallas de amor campo de pluma”.

Vislumbra un palacio de mármol que iluminan los rayos del sol naciente. Ve salir de él a un grupo de cazadores a caballo, que llevan con ellos toda clase de aves rapaces utilizadas en altanería y desde la barca en la que se desplaza asiste a las diferentes fases de una cacería de cetrería. Luego los halconeros llegan a una pobre aldea costera”.

Para Jesús Ponce, “como si de una elocuente vanitas se tratara, el locutor poético execra en estos versos la corrupción de la privanza, el carácter de cárcel y muerte del espíritu que se condensa en la corte, la falsedad de las vanas apariencias, la futilidad de las suntuosas pompas.” (…)

“Ayamonte, Gibraleón, Huelva y Niebla parecen definir los cuatro puntos cardinales del espacio poético eternizado en uno de los textos más herméticos de nuestra historia literaria”.

Cabe añadir que la Doñana de hoy estaba incluida en la posesión ducal de Niebla, hoy provincia de Huelva. Las octavas iniciales de la Fábula de Polifemo y Galatea, describen a Juan Manuel Alonso de Guzmán practicando la cetrería en esas tierras:

“Templado pula en la maestra mano
el generoso pájaro su pluma
o tan mudo en la alcándara que en vano
aun desmentir al cascabel presuma;
tascando haga el freno de oro cano
del caballo andaluz la ociosa espuma;
gima el lebrel en el cordón de seda
y al cuerno, al fin, la cítara suceda”.

“Góngora sitúa la escena de montería de la Dedicatoria de las Soledades a orillas del Tormes, en los dominios bejaranos del marqués de Gibraleón, no lejos de la residencia palaciega de El Bosque. Tal nota geográfica podría establecer un parámetro atendible: el señor se encuentra en sus posesiones, donde practica la caza del oso”. (…) “La zona de marismas que todavía hoy goza de mayor fama en España; allí organizaba sus majestuosas partidas de cetrería don Manuel Alonso de Guzmán: la espléndida comitiva de jinetes partía de su Palacio de Huelva hacia las desembocaduras del Tinto y el Odiel para atrapar garzas y dorales…”  6 

El rey Felipe IV hizo en 1624 la más celebre de todas las visitas a Doñana. El VIII duque de Medina Sidonia le invitó,  y acudió acompañado de un séquito de 12.000 personas, a una estancia de 5 días en el Coto de Las Rocinas. Entre los invitados estaba hasta el mismísimo Quevedo, que se apuntó sin hacer ascos a que el poeta de cámara del duque de Medina Sidonia fuera su satirizado y despreciado Góngora, con el que mantuvo una dura rivalidad, en la que el culto y barroco cordobés sufrió la mordaz y mortífera pluma del de Villegas. Quevedo hizo un horrible viaje en carruaje del que dejó escritas pestes, tal vez predispuesto a detestar de antemano “las soledades” de Doñana.

Del 9 al 14 febrero de 1624 la marisma vivió una invasión de gente, con un jolgorio de personas pululando por la vera que tendría que esperar casi cuatro siglos para repetirse. Semejante despropósito se produce ahora cada año con el paso de decenas de miles de personas que aprovechan la peregrinación del Rocío para cruzar en vehículos todo terreno por el corazón del Parque Nacional en plena época de nidificación. Cerca de 100.000 romeros acampan cada mes de mayo cerca de las pajareras, icono del espacio natural.

Los gustos gastronómicos del duque Juan Manuel quedan patentes en la lista de víveres que mandó para aprovisionar al Rey y su séquito en los 5 días que camparon en los alrededores del Palacio del Coto de Doñana: 7.000 kilos de pescado, se supone que mojama de atún de la almadraba, más, todos los días, importantes partidas de pescado fresco extraído del cercano mar; carne de caza al por mayor, obtenida sin tregua en el coto por los propios invitados, que a eso iban, y para comer sin cocinar y picotear, 2.400 barriles de ostras y lenguados en escabeche; 1.400 empanadas de lamprea; 200 jamones de cerdo ibérico de bellota; 300 quesos de 4 kilos cada uno; 600 kilos de miel y 1.000 barriles de aceitunas. A ello añadió 1.000 litros diarios de leche suministrados por 600 cabras recién paridas; 1.000 gallinas; 44.000 kilos de harina para hacer pan; 4.600 litros de aceite de oliva; 100 tocinos; 600 kilos de manteca; 6.000 litros de vinagre; 10 carretadas de sal; 10.000 huevos; 2.400 kilos de azúcar; 400 melones; 8.000 naranjas; 3.000 limones; 4.500 kilos de otras frutas y 2.400 de almíbares.

Las copiosas comidas se regaron con 48.000 litros de vino. El festín se celebró en la segunda semana de febrero, que en Doñana puede significar un agradable tiempo de principios de primavera, adelantada como llega respecto a la meseta y al norte de España, es decir, ni frío ni calor. A pesar de ello, se supone que, para mantener el pescado fresco, se hizo llevar la nieve apelmazada que cabía en las albardas de 46 mulas, transportada desde un pozo nevero de la cercana sierra de Cadiz.

Cruzar los víveres y demás abastos a través del río Guadalquivir dificultaba el inmenso operativo de intendencia que hubo que desplegar para celebrar aquella cacería regia.

Al lado del campamento con miles de tiendas de lona que hubo que montar, se instalaron varias cocinas de campaña, que sumaban 40 metros de longitud, en cuyos fuegos se consumieron 4.800 kilos de carbón vegetal más toda la leña para hacer fogatas recogida en el alcornocal, entonces una espesa mata que daba nombre de bosque a Las Rocinas. Para las caballerías, hubo de llevar 83.000 kilos de cebada y 250 carretas de paja, al margen de lo que pastaran en el propio coto, que en esa época tenía hierba en abundancia.“La caza fue sin duda la diversión favorita de nuestros reyes y en ella gastaron grandes cantidades de dinero, aunque la economía del país estuviera en un estado lamentable. Por la caza algunos monarcas abandonaron incluso sus obligaciones principales”, escribe Alejandro Peris Barrio.

Este autor investigó los avatares de una saga de Teniente Mayor de la Caza de Volatería, conocidos como los Pernía, naturales de Villamuriel de Campos, en Valladolid, que sirvieron en el siglo XVII a los Austrias Felipe III, Felipe IV y Carlos II y, en los albores del siglo XVIII, al primero de los Borbones, Felipe V.

“Para su gran afición dispusieron los reyes de un pequeño ejército de dependientes especializados en las distintas tareas y distribuidos en tres gremios: Real Caza de Montería, Real Caza de Ballestería y Real Caza de Volatería. Al frente de cada uno de ellos estaban el montero mayor, el ballestero mayor y el halconero o cazador mayor, respectivamente. Por debajo de estos importantes cargos, que fueron desempeñados por individuos de la nobleza, hubo tenientes y otros puestos de menor responsabilidad”.

“Era una profesión que pasaba de padres a hijos. “Un decreto de Felipe IV de 1649 incluyó dentro de esa preferencia a los hijos de los empleados más modestos de la Caza de Volatería, los mancebos, siempre que fueran mayores de 15 años, hábiles para montar a caballo, cruzar los ríos y buscar los halcones perdidos”. Y continúa Peris en su ensayo: “El teniente de cazador mayor era el encargado de las compras, en cualquier lugar de España y en el extranjero, de los muchos y costosos halcones que empleaban los monarcas. Ordenaba la búsqueda de las aves de rapiña perdidas cuando se apartaban de los vuelos alejándose demasiado al perseguir a sus presas y cuando éstas se refugiaban en lugares de abundante vegetación donde los halcones quedaban enredados. (…) Peor aún que la exigüidad del salario de los cazadores reales era el retraso con que el que cobraban. (…) Gracias a la abnegación, generosidad y esfuerzo de los Pernía y otros grandes cazadores como ellos, pudieron practicar los reyes su gran afición de la caza.” 7

La falta de gratitud de los Austrias a los desvelos de sus más fieles vasallos pudo influir negativamente en el ánimo del hijo del duque de Medina Sidonia, que en 1624, a sus 22 años, contempló la invasión de sus “soledades” por el séquito de Felipe IV durante su estancia en Doñana y el inmenso gasto que le ocasionó a su padre. Al poco de heredar el señorío, Gaspar Alonso Pérez de Guzmán y Sandoval (1602–1664) se confabuló con su pariente el duque de Ayamonte y con el apoyo de Holanda y Francia, entonces en guerra con España, participó en 1641 en una conspiración para independizar los reinos andaluces de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada en la que sería proclamado rey de Andalucía. No era una bravuconada. Un pariente suyo lo había hecho ya en Portugal y planeaban hacer lo mismo los del reino de Aragón y Cataluña.

En 1699 murió sin descendencia el sucesor de Felipe IV, el raro Carlos II, entablándose la guerra de sucesión entre pro Austrias y pro Borbones, que al final se impusieron. La guerra de sucesión trajo como consecuencia que los ingleses, que aspiraban a quedarse parte del imperio español apoyando a los Austrias se anexionaran el Peñón de Gibraltar tras asediar su escasas defensas.

Este hecho, mal que les pese a muchos nacionalistas españoles, tuvo consecuencias positivas para el devenir de Doñana. La “pérfida Albión” convirtió ese enclave en base naval a las puertas del señorío de Medina Sidonia. Como lugar estratégico para observar el paso migratorio de aves, estimuló la vocación ornitológica de varios militares británicos, que fueron los que disfrutaron del Estrecho. Sus correrías cinegético naturalistas iban de la mítica laguna de La Janda al famoso cazadero de Doñana, como veremos en próximos tomos de esta obra.

Capítulo 2 del II Tomo de la obra Génesis “Cazadores–Guerreros”

La pasión por la caza jugó un papel clave en la estrategia de conquistas que produjo el actual reparto de titularidad de la tierra. Los grandes cotos de caza de hoy tienen su origen en apropiaciones violentas que sucedidas a lo largo de la historia.

Por Benigno Varillas

Bastaría cartografiar los monasterios y ermitas románicos para poder establecer verosímilmente la situación de muchos de los centros estratégicos y los puntos de reunión a pié de monte de los monteros bajomedievales, y con ello la de los grandes montes vírgenes donde el oso abundaba”.

El zoólogo José Antonio Valverde estaba convencido de que en las capillas románicas diseminadas por el país, con sus capiteles, canecillos y otros elementos arquitectónicos plagados de bajorelieves con figuras de osos, halcones, lobos, jabalíes, ciervos, machos monteses, corzos, rebecos, conejos, urogallos, grullas, garzas y demás presas talladas en piedra, está el mensaje del móvil de reyes y nobles guerreros cristianos medievales para fundar monasterios en lugares remotos. Su afán benefactor no estaba tanto al servicio de lo divino, como lo religioso al servicio de lo venatorio. Lo importante eran los cazaderos, campear sin tregua. Hasta en la estrategia de guerra de algunos señores feudales pudo influir la codicia de conquistar nuevos cotos cinegéticos. Lo documentó dibujando 40 mapas de los cazaderos usados desde Alfonso X “El Sabio” y Alfonso XI “El Batallador”, autor de “El Libro de la Montería”, solapándolos con el avance de la llamada Reconquista.

Valverde sostenía que los monjes de los monasterios románicos, además del ora et labora benedictino y no tener descendientes que se lleguen a sentir dueños de donde nacieron, con su voto de pobreza y obediencia, eran los mejores guardas que un cazador pudiera soñar y a los que, por ello, se les facilitaba la construcción de capillas y cenobios para instalarse en los cotos. Muchos reyes y señores ordenaron en testamento ser enterrados en su cazadero favorito, cerca de los halcones, los azores, los osos y los venados con los que tanto habían disfrutado. Cedían el coto que albergaba su tumba a la orden religiosa de los monjes que lo vigilaran, atando con leyes el que no pudieran vender nunca las tierras en las que ellos reposarían en la Eternidad.

El trabajo de investigación sobre la distribución del oso en España en el Medievo lo hizo Valverde tras su retirada forzosa, en 1975, tanto de la dirección de la Estación Biológica de Doñana (EBD) como de la dirección del Parque Nacional del mismo nombre, debido a una serie de infartos por los que el médico le aconsejó apartarse de la agitada vida que implica gestionar Doñana.

En búsqueda de actividad que no le supusiera stress, Valverde se topó en 1976 con “El Libro de la Montería” de Alfonso XI en la biblioteca de la Universidad de Sevilla. Buscaba bibliografía para documentar su libro “Los lobos de Morla” que estaba escribiendo a medias con el pastor de esa localidad leonesa, Salvador Teruelo, y descubrió “el primer tratado de ecología escrito en el mundo”, en palabras de Valverde, que aporta preciosos datos sobre la distribución del lobo y el oso en 1.400 montes de lo que hoy son 30 provincias españolas que hace 700 años constituían el reino de Castilla y León. Durante diez años, Valverde no se separó de ese libro, publicado por primera vez a mediados del siglo XIV con caligrafía amanuense sobre pergamino de oveja merina. Fue uno de sus grandes descubrimientos. Hizo que su labor en el CSIC –como director ya “honorífico” de la EBD, apartado definitivamente de la dirección– fuera buscar los 1.400 montes buenos de osos y puerco (jabalí) que describe ese manual de caza medieval.

Con una fotocopia bajo el brazo del facsímil impreso a partir de la edición hecha en 1615 por Argote de Sevilla, el primer biólogo que estudió Doñana, se dedicó a recorrer España. 

A pesar de la toponimia cambiante, logró encontrar la mitad de las armadas, como se llamaban los lugares de las estrategias para montear osos y añadió a los textos del rey los suyos. En esa magna obra, que publicó en 2009 la Universidad de Salamanca en un DVD con los 40 mapas hechos a mano por Valverde y minuciosas descripciones de los territorios, afirma que la reconquista no se movió en sus inicios solo por objetivos militares sino también por ambicionar la nobleza cristiana las zonas de caza que estaban en tierras musulmanas.

Valverde encontró algo más que información sobre osos, lobos y jabalíes. Descubrió que la nobleza cazadora medieval de los pueblos del norte de España, como buenos descendientes de los que pintaron Candamo, Altamira y Ekain, eran cazadores empedernidos. Posiblemente primos hermanos de aquellos que en las marismas de Tartessos cazaban aves con halcones y hacían “sacas” de toros y caballos ya cuando Hércules se los robó. Difícil, interpretar mitos y leyendas, aunque Schliemann demostró que los griegos no contaban odas por contar y, desde Troya, hasta los más escépticos se abstienen de ridiculizar a los que las toman al pie de la letra. Fuera lo que fuera, asombra la vena cinegética compulsiva de los nobles guerreros medievales. El cazadero de Las Rocinas se lo quedó el rey Alfonso X en 1267 como botín de la toma del reino de Niebla.

La economía castellana creció tras la conquista de Sevilla. Se instauraron ferias ganaderas y el Honrado Concejo de La Mesta. Con la exportación de la lana se construyeron las catedrales de León, Salamanca, Coria, Palencia, Sevilla, Burgos, Segovia entre otras.

La trashumancia de ovejas entró en su apogeo. La raza merina era secreto de Estado por su lana. Exportar ejemplares vivos se penaba con la muerte. España era ganadera. Sin embargo, la Corte era cazadora. La nobleza se alimentaba y enriquecía con los animales domésticos pero su espíritu se nutría corriendo detrás de lo libre, como hacían sus antepasados cazadores–recolectores.

Alfonso X frecuentó el cazadero real de Las Rocinas. Su hijo Sancho IV (1258–1295), que lo debía disfrutar menos, recompensó a Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno, con el señorío de Medina Sidonia que incluía toda la parte sur de lo que hoy se conoce como Doñana. Estas tierras se acrecentaron después con cuatro grandes dehesas que el rey Fernando IV (1258–1312) añadió al coto del hijo de Guzmán el Bueno. Durante siglos, toda la zona sur estuvo vinculada a la casa de los Pérez de Guzmán.

La parte norte de Doñana siguió siendo coto real de la corona. Alfonso XI (1311–1350) cazaba media España, como demuestra “El libro de la Montería”, en el que sale la tantas veces mencionada cita de Doñana, que no podemos obviar por su belleza y la información que aporta:

“En tierra de Niebla hay una tierra quel dicen las Rocinas, et es llana, et es toda sotos, et hay siempre hí puercos. Et son de correr desta guisa. Poner la vocería entre un soto, et otro en lo más estrecho, et poner el armada al otro cabo en lo más ancho. Et non se puede correr esta tierra si non en ivierno muy seco, que non sea llovioso; et la razón porqué, porque hay muchos tremedales en ivierno lluvioso; et en verano non es de correr porque es muy seca, et muy dolenciosa. Et señaladamiente son los mejores sotos de correr cabo un iglesia que dicen Sancta María de las Rocinas. Et cabo otra iglesia, que dicen Sancta Olalla.

En cazaderos próximos a Sevilla y en la sierra de Aroche (Ladero,1980:66) había osos. Se señalan cinco puntos de invernada ocasionales o fijos, en los cauces de Siete Arroyos, las grandes Riberas de Cala y Huelva y en el alto Guadiamar. En las zonas más habitadas por el hombre, como las de Aljarafe, Guillena, Gerena y Aznalcollar, los osos habían ya desaparecido. Sin embargo, no era una erradicación absoluta, ya que hay constancia de que en tiempos de los Reyes Católicos, llegaba alguno hasta el mismo borde de la marisma. Una Real Cédula de 1490 prohibía cazar osos en Mures, Gatos, Hinojos y Los Palacios (Belmonte y Clemente, 1888, Ed. 1957:27).

La obsesión de que nadie les arrebatara sus piezas quedó documentada. Ladero Quesada recoge un edicto de 1433 por el que Enrique IV ordena al concejo de Ecija «que guarde los montes para que nadie mate en ellos Puercos, Osos ni Venados». Una ley del año 1485 habla de la construcción de un palacio en el Lomo del Grullo, propiedad de la corona, y otro, de 1495, de la prohibición de cazar en sus alrededores, que ilustra sobre las técnicas de caza en la época:

«… non sean osados con una legua al derredor de los dichos palacios del Lomo del Grullo de cazar ni cacen de noche nin de dia puercos nin ciervos nin liebre nin conejo ni otras algunas salvajinas cin cacen con falcone nin con otra cosa alguna perdiz ni garza ni abutarda ni lechuza ni alcaravan nin grua nin lavanco ni martinete ni aberramia ni otras reales aves conviene a saber con los dichos falcones ci con perro ni hurones ni con galgos ni perros ni ballestas ni arcos nin redes nin buey ni candil ni con otros armadijos ninguno nin menos traygan los dichos sus ganados de noche nin de dia paciendo nin cortando leña nin derrocando la dicha bellota en la dicha una legua en derredor de los dichos palacios…»

Desde sus orígenes, en tiempos del rey Juan II de Castilla (1398–1479), aunque fue Fernando de Aragón (1452–1516) quien más esplendor le dio, el Palacio del Rey era conocido desde el siglo XIII como Palacio del Coto de las Rocinas. “Fernando el Católico prohibió en 1478 cazar perdices y liebres en torno a Sevilla hasta cinco leguas por la campiña y siete por la parte del Aljarafe, reservando esa zona para sí y para los caballeros fijodalgos de la ciudad, que sólo podrían matarlos con aves y perros. Prohibía taxativamente el uso de «redes, ni candil, ni calderuela, ni con ballesta, ni con buey, ni con otra manera semejante», mencionando sistemas que, con la excepción de la ballesta, han seguido en uso hasta hace poco y aún lo están”.

Diversos documentos relatan jornadas cetreras de la casa real española renacentista, como la partida a la que el rey Fernando el Católico llevó a su yerno holandés, Felipe el Hermoso, cuando éste y su esposa, la princesa Juana, llegaron a Castilla en 1502 para ser jurados herederos de Isabel la Católica por las Cortes castellanas.

En 1493, los Reyes habían hecho donación de la Madre de las Marismas del Rocío a su secretario de Hacienda, Sebastián Pérez. Más interesado en el dinero que en el romanticismos, el hijo del secretario vendió la marisma al Concejo de Almonte en cuanto la heredó. Los lugareños volvían así a hacerse con parte del ancestral cazadero, pero por los mojones poco claros que lo delimitaban, estuvieron en pleitos con el duque de Medina Sidonia, dueño de la parte dolindante, durante mas de un siglo, hasta que un juez sentenció a favor de los almonteños, otorgándoles los lindes de la marisma que tanto reclamaban.

El monarca Felipe II dedicó tiempo, desde su palacio del Escorial, al cazadero real de Lomo del Grullo, hoy integrado en el espacio natural de Doñana, que la corona siguió poseyendo durante siglos al norte de la marisma. Aunque Felipe más que disfrutarlo, lo que hizo fue protegerlo de “los furtivos”, con normas, leyes, cédulas, disposiciones y ordenanzas.

El rey llegó a ampliar en una legua el perímetro del coto que tenía en Doñana pero, como su padre, estuvo demasiado atrapado por el éxito del imperio, como para permitirse el lujo de emular las correrías de Alfonso XI siglos atrás, o las del abuelo, Fernando de Aragón, que con su esposa Isabel de Castilla gustaba de recorrer su Reyno con su “Corte móvil”. Con frecuencia aposentaban sus reales en el Alcazar de Sevilla para hacer escapadas al cercano Lomo del Grullo.

La ausencia de los reyes en sus posesiones del sur no obedecían a una falta de interés de Felipe. Alrededor de 1540, con 13 años, el heredero gustaba salir al campo a disfrutar de la vida libre y salvaje, que le recordarían los genes de cazador–recolector que llevamos en la sangre:

«Va un día en la semana a caza con los halcones y ha habido días de buenos vuelos. Aunque huelga mucho en lo de la ballesta, cuando no puede gozar de aquello, huelga con los halcones y de cualquier manera que sea en el campo» (Alvar Ezquerra 2001: 30) y, “desde por la mañana, que monta a caballo, no vuelve hasta la noche, haga el tiempo que haga, y no cesa de volar sus aves de cetrería. Y, si el tiempo no es muy malo, hay ciento viente halconeros, y cada uno lleva un halcón de los cuales maneja él casi siempre la mayor parte. Y, llegando al campo, hace poner a cada uno en su sitio, lo más lejos que puede. Y, encuentre lo que sea, milanos, garzas reales, perdices u otros pájaros, lanza contra ellos tres o cuatro de diversas especies y hace volar a todos de una vez, y no maneja ningún hombre esas aves, más que los halconeros. El rey (Carlos I, padre del príncipe) y toda su gente no intervienen, aunque vean una cosa propicia.”

Felipe no fue manco a la hora de elegir residencia y la ubicó cerca de Madrid, en El Escorial, en medio de impresionantes bosques de robles y encinas. La capital del Reino lo fue no por ser centro de la Península, sino por “las condiciones extraordinarias del Monte del Pardo, un gran bosque de llanura, para lancear a caballo, una de las aficiones de Felipe II, como lo fue de su padre Carlos I y de su nieto Felipe IV, todos ellos excelentes jinetes que alanceaban jabalí, oso y venado como más tarde lo haría Alfonso XIII en Doñana.”

“En 1863 Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia, fue invitada a un lanceo organizado por el Duque de Medina Sidonia en Doñana, uno de los mejores cazaderos para ese deporte. En los cotos donde no se acosa mucho al jabalí, estos se confían y salen a pleno día, con lo que es factible correrlos a caballo. (…) En las cacerías con lanza y caballo de Alfonso XIII participaron personajes de toda Europa como el Príncipe de Gales y su hermano, futuros Reyes Eduardo VIII y Jorge VI de Inglaterra. El jabalí se ha lanceado a caballo en España desde muy antiguo. Un bronce de hace 1.800 años, hallado en Mérida, reproduce la imagen de un jinete al galope lanceando un jabalí”, citas recogidas por Morenes.(46)

Capítulo 1 del Tomo II de la obra ‘Genesis’
Autor: Benigno Varillas

 

Las poblaciones de osos, lobos, linces y otras especies de la  fauna carnívora disminuyeron de forma brutal en los últimos siglos. El avance imparable del pastor y del agricultor neolítico se hizo a costa de lo silvestre. Solo en territorios menos productivos encontró refugio la vida salvaje y, con ella, los pocos humanos que no domesticaron ganado ni cultivo alguno. Los cazadores recolectores, bicheros, pajareros, piñeros, meleros, hueveros, pescadores, pateros, espíritus libres independientes, fueron arrinconados.

Los pueblos que extendieron la cultura neolítica por Europa, tribus del cercano oriente y de los fértiles deltas del Nilo y del Eufrates, egipcios, persas, griegos, fenicios, israelitas, cartagineses, escribieron la historia de sus imperios en guerras sin fin.

Acabó imponiéndose uno de ellos, politeísta, de agresivos guerreros, fundado según la leyenda por dos hermanos huérfanos adoptados de bebés por una loba que los amamantó. Hay quien dice haber dado en plena ciudad de Roma con la cueva donde sucedió ese mito de la historia, que remite a la alianza ancestral entre el hombre y el lobo. Los descendientes de Rómulo y Remo desarrollaron el imperio por antonomasia, el que duró mil años. Occidente, y España y el área latina en particular, siguen influenciadas por lo que fue la implantación masiva, metódica y organizada de la romanización como modelo de civilización, en particular la idea de propiedad privada que choca, por contrapuesta, con el concepto comunal de los ganaderos celtas y germánicos y no digamos nada con el comunismo primitivo anarquista del cazador–recolector. A medida que la ganadería y la agricultura fue aniquilando la vida salvaje en más y más territorio, no solo los que nunca dejaron de ser hombres libres perdieron sus cazaderos ancestrales. También los amos de lo domesticado –la nobleza guerrera, dueña de la tierra, de labriegos y pastores, pero de vocación cazadora, que cuando no tenían que guerrear pasaban los días dedicados a las prácticas venatorias– vieron reducirse los cotos.

Los que se apropiaron de la Tierra empezaron a endurecer la vigilancia y las represalias contra quien cazara sin su permiso, reservando ese privilegio solo a la élite dominante.

La actividad cinegética llegó a estar regulada férreamente. En el caso de la cetrería se legisló con detalle. Capturar aves rapaces o recoger sus huevos conllevaba fuertes multas. Un azor mudado y entrenado para la caza de garzas valía en el año 1252 lo mismo que seis bueyes domados.1

“Todo omme que fallare vezino estraño en nuestro término tomando açores o falcones o gavilanes, préndalo (…) Otrosí, qui tomar azor o falcón o gavilán viejo (…) Et tómengelo los alcaldes et denle de mano, et si non, sint perivatis.” (Ureña y Smenjaud & Bonilla y San Martín 1907: 3-4). “Et mando que nenguno non caçe desde las Carnestollendas fata sant Migael si non fuere con ave. Et qual quiere que ha nenguna cosa destos cotos de la caça passare, que peche por cada vegada que caçare e pierda la caça. Et el que non oviere de que pechar esta caloña, que yaga en mi prisión quanto    yo toviere por bien.” (Cortes de Sevilla de 1252).

“Otrossí, mando que non tomen los huevos a los açores, nin a los gavilanes, nin a los falcones. Et que non saquen nin tomen açor nin gavilán del nido fata que sea de dos negras. Et los falcones que non los tomen fata mediado el mes de abril. Et que nenguno non sea osado de sacar açor nin falcón nin gavilán de mios regnos si non fuere con mio mandado. Et el que sacare qual ave quiere destas de los Regnos, que peche el ave doblada et peche demás en coto por cada ave. Et el que tomare açor o falcón o gavilán, o huevos contra este mio coto sobredicho, quel’ corten la mano diestra. Et si otra vegada gelo fallaren quel’ enforquen. Et si non oviere el coto sobredicho que yaga en mi prisión quanto fuere mi merçet.”

“Otrossí mando que a açor nin ha falcón nin ha gavilán, quel’ non tomen yaziendo sobre los huevos, nin faziendo su nido, nin mientra que toviere fijos ho huevos. Et açor mudado nin gavilán nin falcón borní nin baharí quel’ non tomen de una muda adelante. Et los falcones neblís que los tomen mudados o como mejor pudieren. Et qual quiere que nenguna cosa destas fiziere, quel’ corten la mano, et si otra vegada lo fiziere quel’ enforquen por ello.” (Cortes de Sevilla, 1252).

Alfonso X acababa de invadir en 1252 el reino hispano–musulmán de Niebla, en Huelva. Tras asaltar la plaza fuerte y doblegar a sus habitantes, los cazadores –que amasaban reinos sin dejar de montear y volar halcones, mientras siervos y esclavos doblaban la cerviz en la agricultura o estaban atados al ganado– recorrieron su nuevo territorio hasta las marismas de Cartaya, la del Odiel y las de “las Rocinas”, infectadas de “sin papeles”, poco o nunca citados por los amanuenses, pero que no por ello dejaron de existir.

En los tiras y aflojas de las conquistas y reconquistas siempre se ha ignorado a los epipaleolíticos, los cazadores–recolectores recalcitrantes que, ignorando el curso de la historia han pululado entre nosotros etiquetados de bicheros, furtivos, contrabandistas, rebeldes y marginados.

A partir de la Edad Media, el protagonismo de la caza no fue de los que la practicaban como medio de subsistencia, sino de los caballeros que buscaban deleite y distinción en ella. Venar consagraba el estatus de élite dominante. Así, los que acudieron a Doñana a reconquistar el paraíso perdido, el cazadero infinito, lo reclamaron para sí mismos y quedó para siempre como coto privado de ricos homes todopoderosos. La caza pasó a ser símbolo, no de libertad, en un mundo cada vez más esclavo de sus miedos, sino de apropiación de lo libre.

Pero, ¿quiénes eran esos invasores, picados por la fiebre de querer parecerse al hombre cazador?

Antes que ellos coincidieron con el primitivo cazador–recolector de Doñana los neolíticos refinados, cultivadores de frutales, huertos y regadíos, los musulmanes de los cármenes. Los yegüerizos acudían a por potros a la marisma para domarlos. Dice la crónica que Almanzor (939–1002) apacentaba en Doñana sus manadas de caballos. Haría también una vez al año la “saca” de potros de las yeguas salvajes que correteaban libres por la llanura dolentrosa, para que llevaran a sus huestes a vencer al enemigo.

Tantos millones de patos, gansos, grullas, garzas y otras aves, concentradas en invierno en aquel humedal, hacían de Doñana un territorio cetrero sin parangón. “En el siglo XIV las Marismas eran sin duda un área palúdica en cuyas inmediaciones el cultivo era  imposible, sólo apta para ganadería (Isla Mayor e isla Menor eran famosas por sus pastizales entre los hispano musulmanes) o para correr montes, volar halcones y huevear”. 2

Las marismas del Guadalquivir y sus alrededores fueron cotos de caza idóneos para la cetrería y para lancear osos y jabalíes y perseguir lobos.

“Mures, actual Hato Ratón, fue el lugar elegido por Alfonso X para dar tierras a sus monteros, precisamente en el borde de los terrenos donde en el siglo XV establecieron los Reyes Católicos el Coto de Lomo de Grullo, actual Coto del Rey. Al parecer en Doñana construyó Alfonso X la capilla de Santa Olalla (Fernández, 1982:13). Hay Cédulas de los Reyes Católicos, fechadas entre 1485 y 1494, referidas al coto de Lomo de Grullo por las que se prohíbe derribar bellotas para que no se ausente la caza, y ordenando que en «los montes y términos de Mures y Gatos y Hinojos y los Palacios… non sean osados de matar. .. Puercos monteses e Osos e Venados e Gamos».3

Sobre quiénes eran los bárbaros del norte cristianizados que volvían por sus fueros, sostiene Valverde:

“Aparte de los grandes cazadores postglaciales cromañones, que nos dejaron  en Altamira y cuevas cántabro-galaicas sus grandes murales cinegéticos, han debido sucederse en la Península, desde el inicio del Neolítico hace 9.000 años hasta los romanos, hace 2.000, las siguientes culturas: I. Ibero-bellota-cerdo; II. Ibero-cerealista neolítica y III. Integradora romana, muy diversificada (atunes, olivo, etc.)

Tras las invasiones judías, bárbaras y árabes, quedó la sociedad medieval  española estructurada en tres culturas:

Ibero–cristiana. Ganadera (oveja, cerdo, vaca) y cerealista. Come chicha  y pan, y bebe vino para andar el camino. Es ecológicamente exigente y con alto metabolismo.

Mora. Sobre todo vegetariana (cereales, almendras, uvas pasas, higos) a la que añaden dos elementos tróficos mediterráneos importantes: el ganado menor y la miel. Su expansión por lo que fueron los restos del imperio romano estuvo sin duda favorecida por un alimento altamente energético: el aceite de oliva. Instalados en climas de inviernos suaves, con exigencias energéticas menores que se reflejaban en su austeridad tanto trófica («con poco se sustentan», decían sus exasperados enemigos que no lograban rendirles por el hambre).

Judía. Tabúes religiosos vedan también el consumo del cerdo. Es una  comunidad simbionte con las anteriores –que son antagónicas– y ocupa nichos bien definidos: son todos ellos ciudadanos, que no se emplean en el campo (como labradores o ganaderos) ni en el ejército, y que se ocupaban de oficios manuales, comercio y banca. Expulsados justo cuando el medioevo terminaba y penetraban por el NE los gitanos, que no pasaron de ser herreros y tratantes en ganado mayor.” 4

¿Hispano–cristianos monteros, dueños de ganado? ¿Hispano–musulmanes cetreros, dueños de regadíos? ¿Hispano–judíos tramperos, artesanos dueños de la banca? ¿Hispano–mercheros galgueros, tratantes de caballos? Estereotipados repartos de tareas y de aficiones predatorias por etnias y creencias, desde luego, que añade al esquema alimenticio de Valverde lo que pudo quedar en cada cual del cazador–recolector que todos fuimos. La nostalgia cinegética como expresión de la libertad perdida.

¿Y el hispano–magdaleniense? ¿Dónde queda en este escenario el cazador recolector verdadero? Bicheros fuera de norma aparte –que alguno sobrevivió– tal vez los genes paleolíticos estén ocultos y repartidos entre los descendientes de todos los neolíticos, y rebroten de tarde en tarde, con mayor fuerza que la media, en algunos de sus miembros. No cabe duda que cada uno de nosotros lleva dentro, aunque sean miligramos, de “hombre verdadero” entendiendo como tal el impulso que impele a seguir relacionándose con lo libre y a serlo.

Puedes ver los tomos completos ya publicados en: www.paleovivo.org 

Bibliografía:

1–4 José Antonio Valverde. Citado JAV “Introducción LM”.
http://www.eusal.es/es/libro/titulos/matematicas-ciencias-naturales/anotaciones-al-libro-de-la-monteria-del-rey-alfonso-xi-detalle

Genesis2

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”

“Un fantástico rastreo desde los indicios dejados por el hombre cazador–recolector del Paleolítico, antepasado nuestro, depredador y respetuoso con la vida que fue, hasta el cazador–recolector incruento de hoy, que captura armonía, sensaciones y conocimiento para amar la vida salvaje.”

Obra en 8 tomos de los que el 1º y el 2º ya están disponibles, el 3º en correcciones y los siguientes en fase de redacción. Si los quieres leer ayúdame para poder dedicar tiempo a escribirlos. Haz un donativo (ver vía PayPal en el botón correspondiente, o cualquier otra forma) o invierte en Crowdfunding Rewilding Spain.

¡NOVEDAD!: EL TOMO 2, TAMBIÉN GRATIS!

YA ESTÁ DISPONIBLE EN: http://www.wildspain.org/producto/cazadores-guerreros-tomo-2-de-la-obra-genesis/

 

‘Genesis’

Tomo I: Cazadores–Recolectores

Capítulo 18

La posibilidad de una alianza con las rapaces en la noche de los tiempos, cautivaba a Félix Rodríguez de la Fuente, pero la idea de un pacto prehistórico entre el hombre y el lobo, de una convivencia en armonía entre los dos grandes cazadores sociales, de una larga etapa de amistad feliz con el ahora gran enemigo de los neolíticos que se apropiaron de la carne, desbordaba su imaginación.

Quería estudiar si en la jerarquía del lobo el jefe, el alfa, es verdaderamente “el mejor”, mental y físicamente. Pensaba que el modelo de organización social de los cánidos salvajes había influenciado hace cientos de miles de años en la organización social de los homínidos. Le interesaba analizar la jerarquía y las pautas para relevar de la cúpula al líder cuando dejaba de ser el más apto para dirigir al grupo. Una idea que le inspiraba la lectura de las obras de Ortega y Gasset ‘España Invertebrada’ y ‘La rebelión de las masas’ donde se aborda la importancia del reconocimiento por la sociedad de sus miembros más capaces y valiosos para que asuman el liderazgo.

Intentó averiguar cómo el hombre y el lobo se aliaron, de tal manera que de esa relación pudiera haber surgido el perro. ¿Cuándo se rompió el pacto, y con qué violencia, para que el mejor amigo del hombre se transformara en odiadaalimaña?

En recuperar esa relación simbiótica veía la esperanza de la supervivencia. Interrogaba a los lobos en la profundidad de su mirada. Buscaba en ellos claves ocultas a los ojos del hombre moderno.

Su interés por los cánidos salvajes iba, pues, más allá de la mera admiración hacia una especie emblemática, bella, llena de atracción para un naturalista. Tanto el lobo, como las águilas y los halcones fueron el apoyo del hombre paleolítico para salir adelante como especie. Elegida por la evolución de la vida, no para desarrollar el olfato o aumentar la velocidad, disponer de poderosas garras, fuertes músculos o colmillos superlativos, sino para aumentar la masa craneal. A la especie humana le tocó desarrollar más que ninguna otra el delicado órgano con el que supo tomar prestadas “las garras” al león, en forma de lanzas y piedras; el olfato al lobo, aliándose con él, y la velocidad a las aves de presa, adiestrándolas para la caza de alto y bajo vuelo.

José María Moreno, sostiene que “Canis lupus y hombre paleolítico muestran un conjunto de aspectos esenciales paralelos: se muestran capaces de abatir animales grandes y pequeños (desde el toro al conejo) gracias a la cooperación de grupos. Ambos viven y conviven de y en un mismo espacio, y todo apunta a que el hombre siente por el cánido una casi veneración y ve en él la síntesis de todas las virtudes del cazador perfecto. Tal aseveración nos es permitido hacerla mediante el apoyo tanto de los datos que nos proporciona la arqueología y la historia como de los estudios sobre el comportamiento de los llamados cazadores paleolíticos históricos. El arte rupestre en la Península es parco a la hora de representar figuras de lobos y ello va a dificultar enormemente el conocimiento de la ya indicada relación del hombre con el animal. En el Tajo de las Figuras (Cádiz) y el abrigo de Los Arcos (Jaén) se observaban siluetas de cuadrúpedos que, al decir del investigador francés H. Breuil, representan lobos. Estos mismos animales figuran en pinturas esquemáticas del valle de Las Batuecas (Salamanca), concretamente en los abrigos conocidos como El Canchal de la Pizarra y El Risco de las Torres (…) Los heraldos hispanos se cubrían con una piel de lobo en señal de paz. Según Apiano, los nertobrigenses, sitiados por Marcelo en el año 152 antes de Cristo, enviaron a éste un emisario cubierto con una piel de lobo, sin duda alguna para testimoniar que la promesa de su pueblo quedaba tutelada por el mismo dios.”

Se han encontrado huesos de lobo en campamentos de homínidos del Pleistoceno medio en Boxgrove, cerca de la localidad británica de Kent, a los que se les calcularon 400.000 años de antigüedad y en la cueva de Lazaret, cerca de Niza, en Francia, estimados en 150.000 años de antigüedad. En Lazaret, cada refugio tenía un cráneo de lobo colocado intencionadamente en su entrada. Esta costumbre de colocar una cabeza de lobo en la boca de las cuevas habitadas por los homínidos hace cientos de miles de años, sigue viva en las tallas que presiden muchos pórticos románicos, como el de la catedral de St. Marie de Oloron, cerca de Pau, Francia, última parada antes de que los peregrinos centroeuropeos siguieran ruta para cruzar andando los temidos puertos pirenaicos del Camino de Santiago. 

Mietje Germonpré y otros paleontólogos, publicaron en octubre de 2008 un trabajo en el ‘Jounal of Archaelogical Science’ por el que remontan la domesticación del perro a hace 31.700 años. El descubrimiento se produjo en la cueva Goyet, en Bélgica, y los restos están asociados a la cultura Auriñaciense. Los fósiles más antiguos de otros animales domésticos son de ovejas domesticadas hace 10.000 años; el cerdo o jabalí, 9.000 años y los bovinos, 7.500 años. El lobo fue, pues, el primer animal salvaje que domesticó el hombre.

A pesar de que, según algunos investigadores, la convivencia entre humanos y lobos domesticados se remonta a unos 100.000 años, todavía el sitio, los tiempos y la forma en que ocurrió la domesticación siguen siendo un misterio que, poco a poco, ha ido aclarándose con los avances en la investigación genética.

Un equipo investigador que incluye a Belén Lorente, Óscar Ramírez y Tomás Marqués del Instituto de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Carles Vila de la Estación de Biología de Doñana, España, y científicos de EE.UU, Portugal, Italia, China, Hungría, Turquía, Israel y Croacia, ha establecido tras un estudio genético que el lobo y el perro evolucionó de un linaje lobuno común desaparecido hace aproximadamente 15.000 años, antes de que los humanos iniciaran sus sociedades agropecuarias. El estudio publicado en 2014 en Public Library of Science Genetics indaga en el proceso de domesticación que llevó al perro analizando el genoma de animales de Europa y de China, regiones que se han señalado como centros de la domesticación de los canes domésticos.

Son varias las teorías de cómo se produciría ese proceso. Lobos merodeando por los campamentos de los nómadas para comer restos. Así se fueron amansando. Encuentros fortuitos de cachorros, criados luego por los hombres y su papel como compañero cooperativo en la caza. O un proceso similar al del halconero y el halcón, que tras interceptar la pieza que cazan saben repartir la pitanza, en un proceso de simbiosis, buen trato y fidelidad del que ambos se benefician.

En una salida al campo que hicieron en 1964 a los cortados del río Manzanares para ver nidos de halcones que Félix Rodriguez de la Fuente controlaba en esa zona, Valverde afirma en sus memorias que animó a “Felisón” a que, con la buena mano que tenía para los animales, se pusiera a criar una manada de lobos para estudiar su comportamiento desde cachorros. “Déjate de halcones y dedícate a los lobos, que ahí están las claves”, le dijo.

Al cabo de los años Félix comentaba en la radio: “Efectivamente, antes de que el hombre se hiciera matador, antes de hacerse dueño de la Tierra, antes de que se hiciera dueño de la carne, antes de que el hombre se creyera el rey de la Creación –cosa que hoy sabe muy bien que no es– antes de eso, hasta los lobos pudieron ser sus amigos”.

FIN
(del primer tomo)

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 ‘Genesis’
Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 17

Por Benigno Varillas

El Calendario de Córdoba es una obra hispano–musulmana que da numerosos detalles acerca de la práctica de la cetrería en Al–Ándalus. Incluye notas ornitológicas de la época de migración del halcón neblí –nombre de los halcones peregrinos que se capturaban en el reino de Niebla, actual Huelva, o, viceversa, nombre del lugar donde se capturaban los neblís o halcones grisáceos– así como de la época de cría del halcón baharí (Falco peregrinus brookei), del tiempo necesario para incubar los huevos, de cuándo eclosionan, incluidos los del gavilán, o cuánto tiempo transcurre hasta que los pollos están totalmente emplumados.

Aunque los jeques de Arabia Saudí, ni muchos otros, ya no lo respeten, matar o cazar por diversión está prohibido en el Islam.  El Profeta Muhammad asegura que: “Aquel que mata a un pájaro por diversión lo verá dirigirse a Allah en el día de la Resurrección”.

Todo apunta a que la zona sur del imperio romano –reorganizada musulmana con la lengua que hacía y traducía Ciencia en la época, y la religión que infundía valor guerrero a pastores y labradores para librarse de los infieles bárbaros del norte– mantuvo la práctica ancestral de la cetrería como forma de aprovisionamiento de proteína.

En Marruecos, entre Al Jadida y Marrakech, el grupo tribal de los “Qwassen” o Kuasen, sigue practicando la cetrería pobre, nada que ver con la de la nobleza medieval, la renacentista, o la de los actuales jeques árabes del petróleo, aunque hace cuatro días aún eran beduinos del desierto y tendrían prácticas similares a las de estos halconeros de la costa Atlántica africana. Una dispensa del Rey Alauita, da a los Qwassem permiso para cazar alcaravanes con halcones, y liebres y conejos con lebreles. Su vida humilde, sin electricidad ni agua corriente, gira alrededor de sus tradiciones milenarias. El halcón es un miembro destacado de la familia, cuidado con mimo por hombres, niños y mujeres.

A la localidad de los Qwassem llegó un joven español en los años cincuenta del siglo XX, que quería resucitar la cetrería en España. Fue allí con objeto de aprender las prácticas cetreras de ese pueblo ancestral. Tradiciones del país de Doukkala que remontan a la noche de los tiempos. Parece ser que los cetreros más famosos procedían de la región de Lakouassem y del pueblo de Ouled Frej, donde el impetuoso español  pernoctó en casa de Mohamed Qasmi. Rápido se hizo amigo del mejor cetrero Qwassem, heredero de una orgullosa casta de halconeros que le mostró los más preciados secretos de su legendaria tribu. De él recibió las lecciones prácticas que ansiaba y necesitaba para aplicar correctamente las copiosas lecturas de textos medievales sobre cetrería que había hecho.

Un segundo cetrero español, Rafael Hernández Mancha, se presentó 35 años más tarde, en 1991, en el pueblo de Had Uled Frej y fue también a casa de Qasmi, que es a donde mandan los locales a todo forastero que arriba preguntando por los halconeros. Hernández Mancha había leído un reportaje en una revista francesa sobre los cetreros Qwassem y decidió ir a conocerlos y aprender de ellos. Al entrar por la puerta el viejo Mohamed le recibió como si le hubiera estado esperando años, rebuscó en un baúl y le mostró una foto donde salía al lado del “otro español que había estado allí en los años cincuenta”. Le preguntó si le conocía. Y tanto que le conozco, dijo atónito Rafael. En la vieja foto en blanco y negro que ya amarilleaba se veía a Qasmi portando orgulloso su halcón al lado de un joven Félix Rodríguez de la Fuente. El misterioso primer español, que recaló por Ouled hace ahora sesenta años, era Félix, que había viajado a Marruecos recién terminada su carrera de médico para beber de las fuentes y aprender el arte de la cetrería, mucho antes de hacerse famoso como divulgador de la naturaleza en Televisión Española.

Su recuerdo seguía indeleble en la memoria de Mohamed Qasmi, tras haberle acogido y enseñarle lo que sabía de la caza con halcones y del uso de la caperuzas. Con él aprendió Félix a mantener un halcón sereno y en condiciones psíquicas y físicas, con el plumaje perfecto para cazar. Qasmi le llevó a Marrakech a comprar pieles para hacer caperuzas, de modo que Félix volvió a España con varias de las hechas por el maestro, y los patrones dibujados en papel de seda para encargar su manufactura a guarnicioneros de Burgos que habían olvidado la habilidad de confeccionar las caperuzas de cuero que en su día fueron seña de identidad de los caballeros castellanos.

Según contó Mohamed Qasmi, Félix aprendió allí la técnica para conseguir el picado del peregrino desde gran altura y cazar por altanería colocando el halcón alto y después sacarle la perdiz por debajo para que la acuchillara a 350 kilómetros por hora. También aprendió de los Qwassem a capturar aves rapaces en paso. Pero la mayor enseñanza que le transmitieron los humildes cetreros primitivos que sobreviven al otro lado del Estrecho fue la de ver cómo se puede ser feliz con poco; cómo valorar la libertad por encima de los bienes materiales y cómo llevar una vida plena, simplemente practicando una cetrería primitiva, sencilla, elemental, pero llena de sabiduría y tradición, transmitida de generación en generación.

Cuando Félix puso en práctica en España con sus halcones las enseñanzas de los Qwassem, alrededor de 1960, la península Ibérica era parecida al Marruecos de hoy. Un país agrario, con treinta millones de habitantes de los que la mitad vivían del secano y del pastoreo. El 42% de la población activa, cinco millones de personas, trabajaban en el campo. Una situación intermedia entre la España de 1900, cuando el 70% de los españoles aún vivían en el medio rural y la actual, netamente urbana, en la que sólo un 7% (con una media de edad rayana los sesenta años) habitan los pueblos, cifra a la que se llegó tras el abandono masivo del mundo agropecuario operado en el último medio siglo.

La alianza del hombre con el halcón dio a Félix Rodríguez de la Fuente un conocimiento profundo de las aves de presa. Y lo que fue más importante, le hizo descubrir otras dimensiones de sí mismo, del ser humano. Comprobó que no siempre debimos de ser como somos, competitivos y posesivos. Que entre nosotros y con otras especies, en la mayor parte de nuestra existencia, en más del 90% del tiempo que llevamos como sapiens sobre la faz de la Tierra, fuimos una especie más cooperativa de lo que lo somos ahora. Antes de las armas de fuego esa posición era no solo la más inteligente, sino la única posible. Donde no llegaba una flecha podía llegar un halcón.

La facultad reflexiva, el poder pensar, la inteligencia, tenía que servir para capacidades mucho más sofisticadas que la simplona de eliminar toda competencia que intente captar la energía que encierran las mismas presas o alimentos que uno mismo necesita apropiarse para nutrirse. Pensar que así queda todo para nosotros no nos hubiera llevado muy lejos. Si alguien hacía algo mejor que el hombre, si otras especies eran más veloces o más resistentes y gracias a esas facultades cazaban más y mejor las piezas que los hombres necesitan para comer, no se las eliminaba, como se hace ahora, y se hacía sobre todo en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo XX, por Decreto, en España. En el pasado lejano, aquellos antepasados nuestros de las cavernas, que algunos imaginan atrasados y embrutecidos, se aliaban con ellas.

(Continuará)

Último capítulo, por publicar, del primer tomo de Genesis:

  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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Genesis

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”
Libro I: Cazadores – recolectores

Capítulo 16

por Benigno Varillas

Desde 1967, se celebra en Túnez cada primavera el paso migratorio de gavilanes y codornices. El festival se desarrolla en la segunda semana de junio, en Nadi El Bayazara, sede de la Asociación de Cetreros de El Haouaria, ubicada en un paraje espectacular. Los gavilanes son lanzados en persecución de codornices previamente capturadas. Se puntúa el vuelo de persecución y la habilidad en la captura. Antes de soltarlos los ornitólogos anillan y pesan a los “piratas de la espesura”. El festival distingue al mejor cetrero y al ave más veloz.

En otro cuello de botella del flujo migratorio, el que pasa por el Bósforo que une Europa con Asia, el ateniense Aristóteles mencionaba, hace ya 2.350 años, en su obra “Historia de los animales”, a los cazadores que “comparten con las aves de presa las piezas capturadas”. Dice el filósofo: “En el distrito tracio llamado en su día Cedrípolis, los hombres cazan en la marisma a los pajarillos juntamente con los halcones. En efecto, sacuden con palos las cañas y los arbustos, para que los pajarillos se echen a volar, mientras los halcones, apareciendo por encima de ellos, los persiguen desde arriba obligándolos a bajar. Los pajarillos, aterrorizados, vuelven a volar hacia abajo, en dirección al suelo. Entonces los hombres los cogen golpeándolos con los palos, y dan a los halcones una parte de las piezas cobradas tirándoles al aire algunos pájaros que los halcones atrapan (Aristóteles, 517).

No es, pues, extraño que cerca del embudo que forma el tercer gran puente aéreo que usa el flujo migratorio entre Europa y África, en la localidad portuguesa de Mértola, a escasos 60 km de las marismas de Ayamonte río Guadiana arriba y a 100 km en línea recta de Doñana, se encontrara otro mosaico romano de un jinete con un azor en el puño rodeado de sus presas: un pato, una garza y una urraca, lo que acredita que también en Iberia se desarrolló la cetrería en tiempos remotos, como en todas partes donde la simbiosis con orcas, delfines, halcones, cormoranes, lobos, o el animal que fuera, permitiera  acceder más dócilmente a la energía nutricia.

Isidoro de Sevilla (570–636) hizo una clasificación de las aves en sus Etimologías, en la que dice: “Unas se posan en la mano del hombre, como el halcón” (XII, 7: 105).
Antes que los reyes castellanos, los hispano–musulmanes que construyeron la Torre del Oro acudían a las marismas de la desembocadura del Guadalquivir a volar sus falcones garceros, lo mismo que lo habían hecho los hispano–visigodos de Hispalis y antes que ellos los hispano–romanos de Itálica, los tartessos y antes, y con mayor motivo, los pueblos sin ganado ni cultivos, que dependían para sobrevivir de agudizar el ingenio y la capacidad de observar, cazar y recolectar.

(Continuará)

Capítulos por publicar del primer tomo de Genesis:

  • 17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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Genesis

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”
Libro I: Cazadores – recolectores

Capítulo 15

por Benigno Varillas

En territorio tunecino floreció hace 2.700 años la ciudad de Cartago. La fundaron los fenicios que venían de Tiro, zona del sur de Líbano cerca de la frontera que los palestinos disputan ahora al Estado de Israel. Judíos y fenicios procedían a su vez de la zona en la que hace 4.000 años se enfrentaban los imperios agrícolas de los deltas del Nilo y del Eúfrates con los reyes de escitas pastores de las estepas asiáticas del norte, ganaderos de caballos que inventaron el carro de guerra.
En medio de tanta batalla, fenicios y hebreos destacaron hace 3.000 años en el comercio y, los últimos, por desarrollar un conjunto de normas que consagraron la cultura neolítica con una religión monoteísta, de la que hace 2.000 años saldría la cristiana y 1.400 la musulmana. Entre las tres configuraron el escenario ideológico y filosófico de Occidente.
Estos pueblos, como los chinos hace 3.000 años, poseían ya grandes conocimientos de navegación marítima, impulsada por su dedicación al comercio, trasegando mercancías de uno a otro puerto marítimo y fundando colonias donde había recursos que explotar. Cartago se anexionó las ciudades fenicias del sur de España, en las que comerciaban con el floreciente y misterioso reino de Tartessos que los historiadores griegos sitúan por Cádiz o Huelva y algunos en Doñana.
Los romanos invadieron hace 2.160 años el imperio cartaginés.  En el saliente oriental de la bahía de Cartago, ahora Túnez capital, descubrieron cómo en el cabo Bon –punto más cercano para saltar de África a Europa en esa zona, a 140 kilómetros de Sicilia– sus habitantes aprovechaban la proteína que cada primavera se apelotona en el peñón: decenas de miles de codornices, y otros pájaros, en su viaje migratorio prenupcial hacia Europa. También lo hacen los gavilanes y demás aves de presa, de modo que llamaron a esta zona Aqualaria, es decir, el país de las águilas. En este punto de descanso de las aves en su ruta migratoria euroafricana, los gavilanes depredan el paso migratorio de codornices, que alcanza su momento álgido en la última semana de abril y la primera de mayo.
Los habitantes del cabo veían que los gavilanes llegaban dos semanas antes que el grueso del flujo de codornices. Con ingenio desarrollaron una técnica para, en ese corto espacio de tiempo, capturar y adiestrar al gavilán para cazar con él y compartir las codornices en los días que dura su paso migratorio. Después, los gavilanes son puestos en libertad. Además de evitar el coste de mantenerlos cautivos hasta la siguiente temporada, dejarles seguir ruta a sus puntos de cría facilita que su prole engrose las poblaciones que, en años venideros serán atrapadas y adiestradas para, durante un mes, ser comensales del hombre.
En la región del Cabo Bon el trampeo de gavilanes cuenta con una larga tradición que se transmite de generación en generación entre los 150 cetreros de la zona. En las afueras de El Haouaria, pueblo junto al mar ubicado en el extremo del Cabo Bon, enfrente de la isla de Zembra, hay un conjunto de cuevas romanas. En ellas vivieron los hombres cazadores recolectores que aprovechaban la proteína migratoria, aliándose con las águilas y los halcones para su captura.
Esta y otras técnicas de caza ancestrales fueron registradas en un mosaico romano del siglo V. En él dibujaron las técnicas de cetrería, cuchería con liga, caza de liebre con galgo a caballo, de jabalí con red y la caza a caballo de perdices.  El mosaico puede contemplarse en el Museo Bardo de la capital tunecina, que exhibe una de las mejores colecciones de mosaicos romanos.

(Continuará)

Capítulos por publicar:

  • 16. Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa
  • 17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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