Darwin vio humanos beneficiados por la selección natural

¿los reconoció?

Cap. 3 del libro Gnesis

por Benigno Varillas

El cartógrafo español, Félix de Azara, reunió información de treinta naciones indias cazadoras recolectoras en las dos últimas décadas del siglo XVIII. Algunas prácticamente extinguidas cuando él las conoció, en tierras de misiones jesuítas en el río de la Plata y Paraguay. Varios de esos pueblos siguieron indómitos tras la independencia argentina, a  principios del siglo XIX. Para someterlos, el ejército del nuevo estado americano emprendió, en 1874, la campaña militar “Conquista del Desierto”. De igual manera se exterminaron en aquellos años las tribus de hombres cazadores del norte de América, de África, de Asia y de Oceanía. Y en Europa ¿qué fue de los magdalenienses?

En el año 2012 se publicaron dos trabajos científicos sobre el pueblo Hadza, tribu parecida a la etnia Sun del Kalahari, conocidos por el nombre de bosquimanos. Los hadzabé son cazadores–recolectores cuya población fue reducida y arrinconada por los masais y otros pueblos de pastores neolíticos, a unos mil individuos que aún sobreviven alrededor del lago tanzano de Eyasi, en la falda del Ngorongoro, al sur del Serengeti.

Ambos estudios coinciden con las observaciones de Azara en el siglo XVIII, y las de otros observadores de pueblos paleolíticos posteriores. Uno de los estudios es sobre el patrón de sus movimientos cuando cazan, que comentaremos más adelante, y otro sobre su ADN. Sarah Tishkoff y su equipo de la Universidad de Pensilvania, secuenciaron el genoma de 15 cazadores recolectores africanos de tres poblaciones: los pigmeos de Camerún y los sandawe y los hadza de Tanzania. En las secuencias de ADN identificaron más de tres millones de variaciones –de un total de trece millones– que están ausentes en el resto de humanos. En comparación con las poblaciones agrícolas y ganaderas los cazadores recolectores muestran distintos patrones de ADN en genes implicados en la inmunidad, el metabolismo, el olfato y el gusto. El descubrimiento revela signos de la selección natural a la que la mayoría de los humanos hemos dejado de estar sometidos hace miles de años. Un hallazgo extraordinario, aunque fuera previsible en pueblos paleolíticos inmersos en la vida silvestre libre.

“En sus descripciones Azara está lejos del mito del buen salvaje”, dice Horacio Capel. “No hay en sus relatos ni estado de felicidad ni utilización de ese pretendido estado dichoso para hacer críticas oportunistas contra la civilización o contra la ciudad –que sin embargo no están ausentes en su obra, aunque por otras razones.”

En general, el mito del buen salvaje tiene grandes detractores, por quienes consideran que todos somos malos y que eso de que pudo haber, o hay todavía, hombres salvajes bondadosos es un mito ridículo. La polémica reside en la confusión de lo que se considera un hombre salvaje.

He tenido la extraña experiencia de haber convivido –por decisión de ellos, a la vez, durante un año y en solitario, sin ser misionero, sino sabiendo ellos que todo lo contrario, lo que les llenaba de regocijo y afianzaba su confianza, ni tampoco pretendía obtener datos científicos y, por tanto, beneficio de ellos– con dos pueblos primitivos vecinos, opuestos el uno del otro. A la luz de esa experiencia pienso ahora que ambas partes, la de los pro buen salvaje y la de sus detractores, tienen su parte de razón.

Si se considera salvaje una tribu como la masai –pastores neolíticos primitivos puros– decir de ellos, o de cualquier otro pastor, que son un “buen salvaje” es verdaderamente una mitificación fruto del desconocimiento, ya que un masai es un ganadero con las mismas miserias y virtudes que cualquiera de nosotros, en particular de cualquiera de sus homólogos ganaderos españoles, mientras que si se considera como “buen salvaje” a su tribu vecina de bosquimanos cazadores recolectores puros, los hadzabé, hay razones para afirmar que el “buen salvaje” existe y que de mito nada, porque no es normal que coincidan en ello Marlowe, Azara, Bridges, Gusinde y otros autores que convivieron con pueblos cazadores en épocas tan dispares y lejanos unos de otros. La bondad no se refiere, evidentemente, a que no puedan ser malos a nivel personal, que seguro lo somos todos los que tenemos capacidad de pensar, sino a no estar tocados por el afán de poseer y lo que eso conlleva, así como que su máximo valor sea “ser libres”. Azara también detectó que, como los bosquimanos hazda que aún sobreviven en Tanzania, el hombre verdadero –como estos pueblos paleolíticos se llaman a sí mismos– no tiene ni amo, ni jefes, ni Dios.

Ya antes que Azara, el francés Bougainville, capturado por los indios del Río de la Plata en 1767, y forzado a vivir con ellos durante más de un año, destacó, al relatar su aventura, que eran “tan amantes de la pereza como de su libertad” interpretando como vagancia el innato ahorro de movimientos y de gasto energético de todo ser vivo.

Más radical en su percepción del “hombre verdadero” fue  Charles Darwin, que conoció a los fueguinos en la expedición en la que participó de 1831 a 1836 a bordo del Beagle como acompañante del capitán FitzRoy. En su libro “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” dice de ellos que son “criaturas abyectas y miserables” y añade: “Me sorprendió ver que la diferencia entre el hombre salvaje y el civilizado era tan grande; es mayor que la diferencia entre un animal silvestre y uno domesticado”

En la expedición del Beagle, Darwin colectó datos y observaciones que le inspiraron la teoría de la evolución, que acabaría publicando en 1859. Dedicó su vida a estudiar la selección natural en los animales salvajes y a constatar en qué medida ese fenómeno modela a los que sobreviven y hace que los más aptos sean los que perpetuan y mejoran su especie.

Darwin sabía que los desarrapados y salvajes indígenas, que nada más fondear su barco en las aguas de Tierra de Fuego se acercaron en canoas, buscando intercambiar víveres por bagatelas, podían ser malolientes y andar desnudos, pero eran inteligentes y aprendían rápido. Lo había constatado observando durante todo aquel año de 1832 a tres de ellos que venían a bordo del Beagle desde Inglaterra.

FitzRoy los había llevado a Londres en un viaje anterior, que de 1826 a 1830 había hecho a Tierra de Fuego. Eran indígenas kawésqar que había capturado como rehenes para liberarlos en cuanto los nativos de esa etnia le devolvieran un bote que le sustrajeron en febrero de 1830, cuando le quedaban seis meses para finalizar la primera fase de las prospecciones cartográficas que le había encargado el almirantazgo de la marina real británica y regresar a Inglaterra. Pero los días pasaron y el bote no apareció. Los indígenas se acomodaron a la nueva vida, en la que fueron bautizados como York Minster, el mayor, que tenía unos 26 años de edad; a otro más joven, de unos 20 años, le llamaron Boat Memory, y la niña, de 9 años, Fuegia Basket. La adaptación a la vida en el barco y la buena convivencia que se entabló con los retenidos, hizo que FitzRoy concibiera el plan de llevarlos a Inglaterra,  en la idea de traerlos de nuevo a su tierra en un siguiente viaje, de manera que se fueran con los suyos una vez hubieran aprendido inglés y se civilizaran. En un siguiente encuentro con un grupo de canoeros, FitzRoy embarcó y retuvo a bordo a un muchacho de14 años, de la etnia yagán, al que dio el nombre de James Button.

Que los nativos dejaran de ser cazadores–recolectores nómadas y se hicieran agroganaderos sedentarios, tras aprender no solo inglés, sino también a cultivar hortalizas y alimentos, tenía su lado práctico. Los barcos que bordeaban el despoblado cono sur de América en dirección al océano Pacífico, navegando por la desangelada y tormentosa Tierra de Fuego, no tenían nucleo humano alguno en el que recalar a por víveres. Así que crear un asentamiento inglés con granjas y ganado, atendido por aquellos nativos, que ya de forma espontánea les abastecían de pescado y marisco, era una buena idea.

Una vez en Londres, uno de ellos, Boat Memory, falleció de viruela, con lo que solo tres regresaron a su tierra. Pero, a pesar de la esmerada educación recibida durante los años que estuvieron en contacto con la civilización, y el trato que se les dió, llegando a ser recibidos en audiencia con todos los honores por los Reyes de Inglaterra, Darwin y FitzRoy constataron con estupor cómo a los pocos meses de devolverlos con los suyos, los tres indígenas abandonaron la misión y volvieron por completo a la vida salvaje de su cultura cazadora–recolectora.

En “El Origen de las Especies” Darwin escribió: “los habitantes de la Tierra del Fuego son contados entre los salvajes más inferiores; pero siempre he quedado sorprendido de ver como tres de ellos, a bordo del Beagle, que habían vivido algunos años en Inglaterra y hablaban algo de inglés, se parecían a nosotros por su disposición y por casi todas nuestras facultades mentales.”

Darwin no solo reconoció que los indígenas podían llegar a ser como los humanos civilizados, una vez educados y tratados de cerca. En su obra admira y destaca sus capacidades linguísticas, comentando que: “Fuegia Basket era una linda muchachita, modesta y reservada, con una expresión afable, pero triste a veces, y gran facilidad para aprender cualquier cosa, especialmente idiomas. Así lo demostró imponiéndose del portugués y español para hacerse entender en el breve tiempo que se detuvo en Río de Janeiro y en Montevideo, y en su conocimiento del inglés.”

Los yaganes no solo tenían una capacidad de comunicación extraordinaria, sino unas excelentes condiciones físicas. A pesar de ser pequeños, salían vencedores en la mayoría de las pruebas y competiciones de fuerza de los marineros, al punto que Fitz-Roy prohibió a su tripulación medirse con ellos, no fueran a pensar que los ingleses eran fáciles de vencer.

Darwin consideraba que la vida de los hombres salvajes era mala. Al constatar que el experimento domesticador de Fizt Roy había fallado, escribió: «Aunque hayan pasado solo tres años con hombres civilizados, no dudo de que nuestros tres fueguinos hubieran sido mucho más felices conservando nuestras costumbres, pero no era posible. Hasta temo mucho que su visita a Europa les haya sido perjudicial.»

Es de suponer que un observador fino, como el joven Darwin, reflexionando sobre lo domesticado y lo salvaje, es decir, lo privado de libertad y lo libre, al comparar la vida de los fueguinos y la de los suyos, viera en los hombres verdaderos no solo su mugre externa sino también su espíritu interior libre, que les venía de vivir inmersos en las leyes de la evolución integradas en la armonía del Universo, que precisamente descubrió Darwin.

Sería interesante saber si en el desarrollo de la teoría de la evolución, que le sugirió lo que vió y anotó en aquel viaje de 5 años alrededor del mundo, influyó su encuentro con los hombres salvajes. Y lo mismo si los humanos primitivos hicieron también reflexionar a los seguidores de Darwin aglutinados en el llamado Club X de Londres que fundó Thomas Huxley en 1862. Sería un miembro de aquel distinguido club, el banquero John Lubbock, el que en 1865 dió nombres separados a esos dos mundos de arquitectura mental opuesta, inventando los términos Paleolítico y Neolítico. En su libro “Prehistoric Times” Lubbock sustituyó con ellos los conceptos bíblicos de “diluviano” y “antediluviano” para referirse al Rubicón entre las dos formas de sociedades que marcan la diferencia que Darwin percibió en las formas, y esperemos que también en el fondo, entre los hombres cazadores–recolectores primigenios y las posteriores sociedades humanas domesticadoras y domesticadas de los pastores–agricultores neolíticos.

Al igual que Darwin, Lubbock y sus colegas podrían haber sido conscientes de ese factor diferencial entre el hombre salvaje y el civilizado que es el concepto de lo que vive inmerso en la energía libre o lo que ya está inmerso en el mundo de la energía domada y retenida, y no haber pensado solamente en dividir la Edad de Piedra en dos eras bien diferenciadas, porque el factor que inspirara la divisoria fuera que en los 100.000, o dos millones de años, depende a cuándo queramos remontarnos, de la Edad de Piedra antigua, o Paleolítico, las herramientas se tallaban toscamente, por percusión de unas piedras contra otras, y en el Neolítico, iniciado hace 10.000 años con la domesticación de los herbívoros (y de la humanidad, que debía cuidar de ellos), las herramientas de piedra se empezaron a pulimentar.

Posiblemente el banquero y sus ocho contertulios del Club X estuvieran ya detrás de esta pista, que se insinua al descubrir que si los seres vivos se perfeccionan con los procesos de optimización que aporta la evolución, y hace 9.000 años un domador nos echó de ella, resulta más que evidente que a la especie homínida superviviente la metieron en un peligroso proceso de degradación. Tal vez por ello los miembros del Club X apoyaron las ideas eugenésicas del cuñado de Darwin, Francis Galton, para, con ayuda de la ciencia intentar aportar de forma programada a la especie sapiens los beneficios que la selección otorga de forma natural a las especies no domadas.

La tesis de que las Edades de la Prehistoria no aparecieron por evolución lineal autóctona, sino con la llegada de nuevos pueblos, procedentes en su mayoría de Oriente, fue secundada por Lubbock. Igualmente sostuvo la opinión del sueco Sven Nilsson –que Lubbock tradujo al inglés– de que la insuficiencia de testimonios arqueológicos para explicar el pasado se podía suplir estudiando a los pueblos primitivos.

Algunos europeos, que tuvieron la oportunidad de tratar con pueblos cazadores durante años –no como Darwin que los vio fugazmente y los juzgó prácticamente desde la borda del Beagle– tuvieron una opinión más positiva de ellos. Así los comentarios del español Félix de Azara, que vivió y recorrió durante dos décadas los territorios de indígenas paleolíticos y los del alemán Martín Gusinde, que vivió  entre 1913 y 1920 casi dos años, con las mismas etnias que conoció Darwin, en sus campamentos del canal de Beagle. Ambos autores desprenden admiración por esos humanos primitivos, aún cuando Azara vea bien que se les pretenda civilizar y Gusinde no renuncie a su condición de clérigo y quiera ver en ellos “fe en Dios”, aunque no habla de cristianizarlos, tal vez por detectar que su espiritualidad innata no necesitaba dioses.

(Continuará)

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