El elevado nivel de lenguaje de un pueblo salvaje

Obra ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores
Capítulo 4

Por Benigno Varillas

Quien sí intentó cristianizar a los fueguinos fue el reverendo anglicano Thomas Bridges (1842 aprox. – 1898). Lo de “aproximadamente” se debe a que Bridges fue encontrado debajo de un puente –de ahí el apellido que le dieron– de la ciudad británica de Bristol en 1846, cuando aparentaba 4 años de edad. Fue adoptado por el reverendo anglicano George Despard quien, diez años más tarde, le llevaría con el resto de su familia a las islas Malvinas, base militar británica en el Atlántico que aún reivindica Argentina, estratégica para el control de la ruta marítima al Pacífico. Thomas murió a los 56 años de edad, tras convivir casi 40 años con el pueblo paleolítico yámana de Tierra de Fuego. Falleció en 1898 en un hospital de Buenos Aires, a causa de un cáncer.
Su padrasto había retomado la labor iniciada por el capitán FitzRoy en 1830 de enseñar inglés y domesticar a los indios salvajes del canal de Beagle para asentar en sus cazaderos una colonia británica que facilitara provisiones a los barcos que navegaban del Atlántico al Pacífico por el extremo sur del continente americano.
La Sociedad Misionera Patagónica empezó en 1856 a trasladar grupos de yámanas a las islas Malvinas “para su educación cristiana”. En esos años, Thomas Bridges aprendió de ellos el idioma yámana o yagán. En 1859 se estableció una misión en la isla Navarino, donde lo había intentado FitzRoy 30 años antes, pero los yámanas mataron a los misioneros, se dice que liderados o instigados por Button, el más aventajado de los cuatro indígenas que trató de domesticar FitzRoy en 1830.
En 1863, Thomas Bridges, a sus 21 años, lo intentó de nuevo. Al comunicarse en lengua yámana o yagán, como también se la llama, explicó sus intenciones y logró asentarse. En 1886, Bridges cambió por la argentina la bandera británica de la misión, al tiempo que obtenía del Gobierno argentino una concesión de 20.000 hectáreas de terreno para establecerse en ella con sus hijos como granjeros de vacas y ovejas. La llegada de más colonos, buscando oro e implantando más haciendas ganaderas en los cazaderos paleolíticos, provocó a finales del siglo XIX el genocidio de todos los indígenas que habitaban Tierra de Fuego, tanto el de los resistentes canoeros yámanas y alacalufes, pescadores recolectores de piernas cortas y fuertes brazos, que pasaban media vida en su piragua, como el de los altos, veloces y diestros flecheros, los poderosos selknam, cazadores–recolectores de tierra a dentro, a los que los blancos llamaron onas y de los que Bridges escribió: “Cazan pájaros y guanacos con flechas, pero para matar las focas se valen de arpones. Se apoderan también de ellas penetrando en sus cuevas y matándolas a palos. Complementan su alimentación, las almejas, las llámparas y otros moluscos así como frutillos silvestres. (…) El agua constituye su única bebida.” (20)

El guanaco, que puede pesar los 100 kilos, y la más pequeña vicuña, son los herbívoros salvajes de mayor tamaño de la estepa patagónica y del altiplano andino. Estos dos camélidos son piezas claves de los ecosistemas sudamericanos donde vive.

Las vicuñas se distribuyen actualmente en un área de 250.000 km2 de la zona altoandina de Perú, Bolivia, Argentina y Chile, a más de 3.200 metros sobre el nivel del mar. En el siglo XVI se estima que había en Perú una población de unos 2 millones de vicuñas. A mediados del siglo XX apenas quedaban 10.000. El guanaco ocupaba en esos mismos países un amplio rango de ecosistemas áridos y semiáridos desde el nivel del mar hasta más de 4.500 metros de altura en los Andes. La población prehispánica de guanacos se estima que pudo ser de 30 a 50 millones de individuos. Hoy quedan unos 600.000, tras haber perdido el 60% de su área de distribución original, y ser relegada el 90% de su población actual a la región patagónica Argentina.

Para los paleolíticos, como los selknam del Canal de Beagle, el guanaco, era su principal recurso. Con las armas de fuego se provocó una disminución drástica de ambas poblaciones, que fueron masacradas sin restricción alguna por todo el que quisera apropiarse de ellas. Los guanacos y las vicuñas salvajes se diezmaron a decenas de miles para exportar sus pieles. El declive se acentuó con la alteración del hábitat y la competencia por el pasto del ganado exótico. La regresión se reviertió en las últimas décadas, con la firma de convenios internacionales y el desarrollo de un marco legal e intensos esfuerzos nacionales y regionales de conservación. Las medidas de conservación van dando resultado y, a pesar de la caza, que se continua ilegalmente, algunas poblaciones de vicuñas y guanacos se recuperan.

Hace 5000 años, sátrapas andinos domesticaron al guanaco, obteniendo la llama. De las vicuñas, obtuvieron la alpaca. Luego neolitizaron y esclavizaron a sus pueblos de forma similar a como lo hicieron sus aniquiladores del continente eurasiático, que impusieron la cultura agropastoril en los valles de los ríos Nilo, Eúfrates, Tigris, Ganges y Tarsis. La tercera raza humana que inició el proceso domesticador que sigue imperando, fue la del fértil valle del río Mekong y otros del Este asiático.

Al contrario que en Europa y Asia, donde la vaca y el caballo salvaje se extinguieron, la existencia simultánea de especies silvestres y de sus versiones domésticadas, derivadas de la primigenia, se da en los grandes herbívoros sudamericanos y genera gran confusión, como demostró un Proyecto de Ley argentino de 2008 para sacar rendimiento económico a los camélidos, que motivó un escrito del Grupo de Especialistas de la UICN, explicando “la importancia de diferenciar entre animales silvestres y domésticos”, defendiendo que guanacos y vicuñas son fauna salvaje que no debe gestionarse como ganado. (21)

El cineasta español Javier Trueba, que casó ya en el siglo XXI con una argentina del canal de Beagle, comenta que allí aún se recuerda la legendaria puntería de los esbeltos y atléticos selknam. Los guanacos, que eran su principal alimento, cuando se alarmaban se escondían entre los árboles y arbustos y, al cabo de un tiempo inmoviles, acaban por mover levemente la cabeza para asomar un ojo entre la hojarasca de modo que puedan controlar las intenciones de su perseguidor. Se dice que los selknam eran tan altos y corpulentos como requerían sus duros y potentes arcos, que exigían mucha fuerza muscular para tensarlos. Con ellos colaban su flecha, desde una distancia considerable, entre las ramas y lograban clavarla con una puntería sin igual en el único blanco que les proporcionaba la presa, que era el pequeño y casi invisible ojo camuflado entre la vegetación.

Hablando de sus dos vecinas etnias canoeras, los yámanas y los alacalufes, ambas de fuertes brazos y aptas piernas cortas para la vida en canoa, rechonchos de grasa para combatir el frío húmedo de la vida acuática, Bridges escribe, en octubre de 1882: “Los moluscos son la forma habitual de subsistencia de los fueguinos, aunque también comen carne de foca y de lobo marino, o de aves, especialmente de pingüino y de ganso magallánico. Su estómago no se revuelve con la grasa de una ballena, cuando por fortuna uno de estos Leviatán les queda varado en la costa, aun cuando haya llegado a la etapa de descomposición. Toda la gente de las proximidades corre al lugar, mientras flotas de canoas rodean al monstruo encallado y su cuerpo es cubierto de hombrecillos de color de cobre, arrancando la grasa con sus cuchillos de valvas. Cada uno corta todo lo que puede y, cuando ha arrancado y cortado un gran trozo de grasa, hace un agujero enmedio y lo mete alrededor del cuello, lo que les deja las manos libres para llevar más de la sabrosa comida.” (22)

En una conferencia que Bridges impartió en la sociedad literaria inglesa de Buenos Aires, en agosto de 1886, afirmaba: “Los indígenas acostumbran ir libremente a aquellos que tengan alimentos de sobra, para procurarse una parte de los mismos, y siempre salen satisfechos. Jamás piden nada, pero se comprende perfectamente el objeto de la visita. Nunca dan las gracias, pero en toda ocasión están listos para retribuir estos servicios.” (22)

De otros textos que redactó a lo largo de su vida, extraemos las siguientes citas:
“Los indígenas han desarrollado todas las cualidades más útiles para la vida que llevan: sus canoas son perfectas de su clase y otro tanto puede decirse de todos sus utensilios e implementos. Con los materiales de que disponen no comprendo cómo podrían ser mejorados. Se adaptan perfectamente al suelo y clima del país en que se encuentran (…) Sus arcos y sus flechas, aunque sin adornos, eran perfectas; no podría estar mejor hechas, como ocurre con todas las armas e instrumentos de los yagán y, supongo, de todas las razas primitivas.” (…) “Profesaban gran respeto por la vida.” (…) “Los niños son objeto de tiernos cuidados y en ausencia de la madre los amamanta cualquier otra mujer antes que dejarlos sufrir. (…) “Jamás contraían matrimonio dentro de los grados de consanguinidad prohibidos por la ley natural.” (…) “No reconocen un Creador ni tienen idea del futuro, ni esperar nada después de la muerte”. (…) “No conservan tradición alguna de su pasada historia, ni saben de donde han venido”. (20)

“Gran parte de los ancianos pasaban por brujos. Estos no eran tan sólo los que habían adquirido cierta influencia a causa de la superioridad de su inteligencia o por sus fuerzas físicas, sino que entre ellos se encontraban hombres de todas clases. Llegados a esta condición, pretendían poseer poderes extraordinarios. He visto a uno de ellos lanzarse sobre la fogata y bailar sobre el fogón recalentado. En la práctica del arte de curar, emplean encantos y saltos y pasan las manos por encima del enfermo, haciendo chascar los dedos. Por estos medios, se sobreexcitan los curanderos e inducen cierto grado de hipnotismo en los enfermos. Cuando existe algún dolor local, manipulan esa parte. También pretendían que podían hacer buen tiempo, allí escaso y codiciado”. (22)

Pero el descubrimiento más portensoso que hizo el reverendo Bridges de este pueblo de cazadores–recolectores del Paleolítico que sobrevivió hasta principios del siglo XX, fue su idioma. La última superviviente yámana, que aún lo dominaba como lengua materna, vivió hasta los 100 años de edad y logró con su longevidad que su etnia no se extinguiera hasta el año 2003, en que murió. Un idioma que cautivó de tal manera a Bridges, que se puso a hacer un diccionario del mismo, al ver la variedad y originalidad de su vocabulario.
Las lenguas en Europa se han enriquecido con los imperios coloniales, al dominar países donde se hablan otros idiomas y mezclarse con ellos. Igualmente agrandaron el vocabulario los tecnicismos de la industrialización y el avance científico, cultural y tecnológico, al punto de multiplicar por diez el número de palabras de hace cinco siglos. Hay diccionarios de algunos idiomas que llegan ya a un millón de palabras recopiladas. Pero el vocabulario pasivo, es decir, el que comprendemos aunque no usemos, es de unas 15.000 a 30.000 palabras, y eso en personas con una formación académica media, y el vocabulario activo, es decir, el que uno usa de forma regular, desciende a menos de 20.000 palabras, siendo lo normal no manejar más de 10.000. La mayoría de la gente no llega a 2.000 palabras en su vida diaria, umbral por debajo del cual se expresan mal las ideas y se comunica fatal.
Thomas Bridges hizo un diccionario del idioma yámana que contiene 32.000 palabras. A los pocos meses de instalarse en territorio yámana, en abril de 1879, anotó: “Es muy regular e ingenioso en su estructura y tiene una marca divina en su apariencia” aunque, como destaca Arnoldo Canclini en su libro “Los indios del último confín”, que recoge los escritos de Thomas Bridges y otros misioneros que citamos en este ensayo, Bridges se quejaba de que el yámana era un instrumento inadecuado para expresar los conceptos cristianos, por no tener palabras para nombrar a Diós, los ángeles y otros conceptos que aparecen continuamente en la Biblia, como rey, general, fariseo, oveja, pan, mesa, etc”. Y añade Canclini “Aún más, tampoco se podrían mencionar en yagan los principios psicológicos y éticos del cristianismo, ya que eran muy escasas las palabras que designaban vicios o virtudes.” (22) Carencias linguísticas de los yámanas que dicen mucho, por cierto, de la arquitectura mental del Paleolítico.
Bridges que quiso domesticarlos y acabó dejándolos por imposible, admiró sin embargo, como ya hemos visto, su capacidad de expresarse y de comunicar. Relacionaba esa facultad la forma de vida de los pueblos primitivos, y escribió: “Me maravillo de cómo un pueblo tan depravado y miserable ha mantenido este idioma, que es tan amplio y regular. Esto solo puede ser entendido teniendo en cuenta su vida social, sin estar encerrados en reclusión familiar. Así es que ellos siempre se mueven en grupos y cuatro o más familias se amontonan en una sola choza. Los niños oyen todos los temas que se hablan, llegan a estar en contacto con centenares de personas, oyendo el discurso de muchos. Esta pobre gente conoce a muchas más personas qué la mayor parte de los que vivimos en comunidades civilizadas. Oyen y participan en muchas más conversaciones de lo que es común en una sociedad que lee y que está muy ocupada.” (22)
No tenemos el dato del número de yámanas que Bridges consultó para hacer su diccionario. Pero el propio misionero calculaba que en su época quedaban ya apenas 400 yámanas, dispersos por el Canal de Beagle, de los 3.000 que podría haber habido cuando llegaron allí Fitz Roy y Darwin, 30 años atrás, y las enfermedades de los blancos y las matanzas aún no habían diezmado a los nativos.
Con una población tan exigua, de la que Bridges se supone interrogaría solamente a una pequeña parte, es portentoso que llegara a sonsacar a unos pocos hombres salvajes ¡32.000 palabras! Un resultado inimaginable si interrogáramos hoy a un número equivalente de europeos sin estudios. Para darnos una idea, el escritor Miguel de Cervantes manejó en su libro “Don Quijote de la Mancha” un total de 23.000 palabras distintas y el escritor inglés Shakespeare utilizó 31.000 en todas sus obras. (23)

Que unos salvajes desnudos usaran semejante vocabulario da qué pensar. Nos retrotrae a las dudas que asaltaron a Picasso (24) en 1902, quien pensó que desde el Paleolítico hemos ido para atrás, al difundirse aquel año por todo el mundo que la obra pictórica de Altamira tenía más de 12.000 años de antigüedad, tras 25 años negándole todo el mundo a Ignacio Sanz de Sautuola (1831–1888) que las pinturas de bisontes que su hija María Justina de 12 años había descubierto cuando le acompañaba en la prospección de cavernas que hizo en el verano de 1879 en la cueva cántabra fueran auténticas. El experto en la industria lítica de la edad de piedra. Su principal crítico, Cartailhac, tuvo que rendirse a la evidencia al descubrirse otras pinturas similares en una cueva al sur de Francia y entonó su famoso “Mea Culpa de un Sceptique”, que llegaba tarde, porque Don Ignacio, el tatarabuelo de la familia Botín, propietaria del Banco Santander, ya había muerto, profundamente afectado de que se le acusara de urdir un engaño. (25)
Son habilidades del intelecto que ahora mismo no tenemos la mayoría de los mortales. Facultades que indican un nivel intelectual del hombre primitivo mucho mayor del que habitualmente se le atribuye y muy superior al de la media actual. Así opinaba Félix Rodríguez de la Fuente, otro chamán de la palabra, que nos consta no conoció los datos que aquí exponemos, y tal vez el comentario que dejó sobre este tema –grabado con su voz como no podía ser de otra manera hablando de la cultura oral– son reflexiones sacadas de su experiencia propia. (pincha aquí para oír el audio).

La admiración de los que convivieron con pueblos primitivos por sus cualidades, son iguales a las que expresó entre 1966 y 1980 el naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente tras visitar a los pigmeos de la selva de Ituri, en el Congo; a los bosquimanos del Kalahari y a los inuk de Groenlandia. Félix murió con su equipo en 1980, al accidentarse en Canadá la avioneta con la que filmaban una carrera de trineos, durante una expedición de varios años en la que buscó en el Gran Norte a los indios no contactados Yahani, dados ya entonces por extinguidos al haberse dejado de ver los ultimos de ellos hacía medio siglo. Pero dada la legendaria capacidad de aquellos indios para hacerse invisibles a los ojos de los blancos, viviendo en lo más apartado y profundo de los bosques de Canadá, y la desbordante imaginación y el entusiasmo sin límite de Félix, el gran divulgador de la naturaleza confiaba en que adentrándose en el parque nacional del Nahane, igual descubría aún, aunque fuera con su febril y poética vena literaria, el último campamento nómada de esta legendaria tribu.
Su afán, durante toda su vida, fue “contemplar el rostro de los autores de las pinturas rupestres de la cueva de Altamira” y constatar, en quien aún hoy se les pudiera asemejar, si aquellos antepasados suyos, artistas del Magdaleniense de hace 14.000 años, guardaban en su comportamiento claves para recuperar la nueva conciencia que él buscaba y ansiaba para devolver a la especie humana a un modelo de vida sostenible. Un desarrollo basado en la felicidad, la creatividad, la ciencia y la cultura, y no en acumular bienes materiales, que permita la supervivencia, al no destruir los procesos ecológicos.

Félix Rodríguez de la Fuente nos puso, entre otras muchos secretos del Paleolítico, tras la pista del potencial que tiene la voz humana para modelar y generar sinergias insospechadas en los cerebros humanos, actuando como una fernomona capaz de activar la conciencia colectiva. La capacidad de comunicar de la vida inteligente a través de la voz, la cultura oral desarrollada por el hombre paleolítico, habría llevado a la especie humana a dominar a unos niveles insospechados su cerebro, lo que le había dotado de unas capacidades que hoy no tenemos, perdidas al dejar de vivir inmersos en la naturaleza y perder las facultades que aporta mantenerse activos dentro de los esquemas y las exigencias de la evolución de la vida.
No solo coinciden, en sus observaciones, los pioneros que en los dos últimos siglos tuvieron la oportunidad de vivir con pueblos primitivos hoy extinguidos. Los trabajos científicos más recientes, como los del antropólogo norteamericano Marlowe sobre los bosquimanos cazadores recolectores Hadza de Tanzania, realizados a finales del siglo XX y principios del XXI, concuerdan con las observaciones de Azara, Bridges y Gusinde, al punto que leer los comentarios de estos diferentes autores, basados en observaciones hechas con más de cien años de diferencia de uno a otro, es como leer un mismo texto, escrito por una misma persona, sobre un único pueblo, en un único momento histórico. Como si el transcurrir del tiempo fuera inexistente en el “hombre verdadero”.
Si los humanos paleolíticos se asemejan en tan diferentes lugares y épocas, cabe pensar, como opinaba Rodríguez de la Fuente, que los hasta 100.000 magdalenienses que se estima pudo haber en Iberia hace 12.000 años –los que pintaron Altamira y Côa  y cazaban el uro y el caballo en las praderas de la cueva de La Moratina del río Nalón y en la desembocadura del Betis antes de que a Gerión se le ocurriera degradarlos domesticándolos– tuvieran también esa cultura, cosmovisión y actitud similar a la de los pueblos cazadores recolectores de los que hay noticia.
Las características de Homo sapiens no domesticado, como constatan los que han recogido información, se resume en una: ser libre. Libres como su entorno y las presas de las que se alimentaban. Libres, como la vida salvaje no domada y no dominada. Libres como lo es, o lo debiera ser, la energía, con sus leyes universales de optimización de su consumo, que el Neolítico alteró al domesticarla y retenerla para acumularla.

En el siglo XIX las tribus de cazadores recolectores del río de La Plata fueron perseguidas a sangre y fuego, pero, sobre todo, lo que pudo con ellos fueron las enfermedades que les contagiaba el hombre blanco con solo darles la mano. El misionero salesiano Martín Gusinde, un austríaco que acabaría siendo jefe de sección del Museo Nacional de Etnología y Antropología de Santiago de Chile en 1913, relató en sus obras cómo los europeos aniquilaron a las tribus de la Tierra de Fuego y en el canal de Beagle, al sur de la hoy Patagonia argentina y chilena.
“A los buscadores de oro siguieron otros enemigos de los indios más perversos y peligrosos: los estancieros. En el año 1878, se intentó la cría comercial de ganado. Cuando a pesar del largo invierno se obtenían tan buenos resultados, se instalaron en la orilla norte de la Isla Grande de la Tierra del Fuego varias estancias, cercando con alambradas extensas llanuras; con ello se expulsó a los indios de sus cotos de caza, quitándoles su principal fuente de alimentos. Cuando los hambrientos indios se aproximaban a los cercados eran recibidos a tiros por los guardas y pastores. Los guanacos habían sido ahuyentados por los intrusos blancos y en su mayoría aniquilados; en su lugar pastaban miles y miles de carneros”. Y prosigue: “De todos los males que han sido deparados a los fueguinos por el contacto con los europeos, nada iguala a las ruinas que causaron algunas enfermedades. La mortandad en masa de los Yámanas empezó poco después de la fundación de la estación misional anglicana.” (…) Viruela, tosferina, tifus, gripe, sífilis y otras epidemias causaron estragos. Las familias que por permanecer en el bosque no habían tenido contacto con los europeos se mantuvieron sanas durante algún tiempo hasta que siguieron la misma triste suerte que sus compañeros de tribu. Con la más extraordinaria rapidez se despobló el archipiélago meridional. La primitiva población de cerca de 2.500 miembros de la tribu Yámana había descendido a fines de 1945 a menos de cincuenta”.

Este libro trata de desvelar qué queda de “lo libre” y, en qué medida, Doñana, uno de los iconos que lo representa desde hace 800 años, es bastión de especies olvidadas, como los grandes herbívoros salvajes ibéricos, de modo que donde hoy vemos vacas y caballos en la marisma, podamos empezar a ver uros y tarpanes y, sobre todo, aprendemos a ver, y a ser, Homos sylvestris, como llamaron Chapman y Buck a los españoles primitivos que encontraron en sus correrías por la Península ibérica en el siglo XIX. A tener la arquitectura mental de los Hombres verdaderos cuya inteligencia les hizo conocer el secreto de no alterar el equilibrio ecológico de este planeta y, con ello, el secreto de la supervivencia, de evitar que una crisis ambiental se los tragara, como ahora nos podría ocurrir a esta orgullosa civilización que se cree omnipotente y es tan frágil como que todo su aparatoso despliege depende de un fino y frágil hilo. Y no hablamos solo del cada día más sobrecargado tendido eléctrico, sino del modelo neolítico que, al basarse en el crecimiento continuo, se desvela como una gran estafa piramidal, a la que nadie osa, o sabe, desmontar.

(Continuará)

Bibliografía:

(20) “The South American Missionary Magazine”. Covering the period 1867-1919 in 53 volumes, it is described on the title page of vol. 1 as a New series. Published on the first of January, March, May, July, September and November, with copious illustrations. According to the introduction to the first issue of “The South American Missionary Magazine”, which appeared in January 1867, this periodical follows the Society’s original monthly serial published from 1st January 1854 under the title “The voice of pity for South America”, changing at the beginning of 1863 to “A voice for South America”. The collection is wanting vol. 13 (1879). http://www.britishonlinearchives.co.uk/group.php?cat=&sid=&cid=9781851172009&date_option=equal&page=&pid=72009-mag

(21) “La importancia de diferenciar entre animales silvestres y domésticos: guanacos y vicuñas son fauna y no son ganado”. Reflexión acerca del Proyecto de Ley 1406-D-2008, redactada por Gabriela Lichtenstein, Bibiana Vilá (CONICET) y Martín Funes (WCS) en nombre del Grupo de Especialistas en Camélidos Sudamericanos (UICN/CSE/GECS), web’s:
http://data.iucn.org/themes/ssc/sgs/gecs/ 
http://www.wcs.org
http://www.vicam.org.ar
http://www.camelidosgecs.com.ar/
http://www.camelidosgecs.com.ar/pdf/GECS_Vicam_WCS.pdf

(22) “LOS INDIOS DEL ULTIMO CONFIN”, de Arnoldo Canclini, con textos de Thomas Bridges. Ed.: ZAGIER & URRUTY PUBLICATIONS – WORLD’S END Mapas & libros de viaje / Maps and travel books. www.patagoniashop.com http://store.patagoniashop.com/merchant2/merchant.mvc?Screen=PROD&Store_Code=6962&Product_Code=1879568497+

(23) http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/julio_14/29072014_01.htm

(24)  Paul Bahn, “A Lot of Bull? Pablo Picasso and Ice Age cave art”
http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/munibe/aa/200503217223.pdf
http://www.aranzadi-zientziak.org/fileadmin/docs/Munibe/200503217223AA.pdf

(25) Émile Cartailhac “La grotte d’Altamira, Espagne. Mea culpa d’un sceptique”, L’Anthropologie, tome 13, 1902, p.348-354.

 

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