Fin del apoyo mutuo entre depredadores al domesticar Homo las presas

Obra ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores
Capítulo 7

Por Benigno Varillas

Durante el Paleolítico el hombre se apoyó en otras especies para sobrevivir. Lo hizo sin que dejaran nunca de ser salvajes, él, sus aliados y sus presas. El pacto se establecía con animales con los que mejorar la eficiencia. Una simbiosis, un mutualismo, una cooperación mutua. Una relación de igual a igual, como la que sellamos en el gran pacto que representó aliarnos con el otro gran depredador social, el lobo, al punto que acabó siendo nuestro mejor e inseparable amigo hasta que le traicionamos para convertirle en perro y convertirlo en, más que amigo,  esclavo. Es más que probable que vista su capacidad para aliarse con los lobos, el hombre paleolítico se entendiera ya entonces también con otros seres libres, como el halcón y otras aves de presa empleadas en cetrería.

El cazador–domesticador que se apropió de la carne, constató que tener que cuidar rebaños de herbívoros envilecidos, asustados, dóciles y sobrealimentados, no aptos para defenderse de sus depredadores, así como tener que vigilarlos para que otros humanos no se los robaran, era un trabajo ímprobo. Le privaba de lo que era su pasión, la vida libre del cazador nómada, la que siempre había tenido y a la que no renunciaba ni por todas las posesiones del mundo. Se vio abocado a ir más lejos en la estrategia domesticadora que le permitía almacenar energía.
Abrumado por la maldición del trabajo –como lo califica literalmente “El Libro” al relatar la expulsión del Paraíso– y verse arreando rebaños de cabras, vacas, burros y borregos, que se reproducían y aumentaban sin parar, no dudó en emplear la herramienta de caza como arma para arrebatar por la fuerza, en campamentos ajenos, cuantas hembras pudiera. Mujeres raptadas para que le parieran zagales, mano de obra gratuita, a la vez que futuros padres de más pastorcillos domesticados. Todo alrededor de una tribu, donde uno era el patriarca. En una fase más agresiva, no se limitaron a engendrar ellos mismos la mano de obra. Los encargados de raptar hembras reproductoras empezaron a hacer esclavos también a jóvenes y adultos a los que podían explotar ya despiadadamente por no ser de su sangre.
Surge el Neolítico, el salitre, la salina, la sal, la salmuera, el salazón, la desazón, el salario, el asalariado, el miedo, en afloramientos naturales y en la costa cercana a estuarios de grandes ríos, el Eufrates, el Nilo, el Ganges, el Mekong, el Tarssis.

Al avispado cazador que se hizo con la patente de domar y conservar la carne le poseyó el afán de acumular energía. Pasó a ser neolítico erigiéndose en dueño y rey. Propietario de mujeres y de sus niños, que apacentaban sus rebaños, le traían agua y leña y le cultivaban el huerto.

Los clanes pasaron de tribus a reinos y llegaron a convertirse en ciudades e imperios. Inmensas cantidades de energía atesorada siglo a siglo. Las cuentas bancarias eran los rebaños de carne, los silos atiborrados de cereales, y más tarde los metales que los representan. Los sátrapas disponían de bienes y vidas a capricho. La estafa piramidal que destapó la quiebra de Lehmans–Brothers en el año 2007 empieza a fraguarse hace 6.000 años con las vacas.

Al igual que los paleolíticos, que no domesticaron nunca a nadie, ni a nada, la realeza y su corte que sí lo hicieron, la élite de domadores y dominantes, nunca dejaron de ser cazadores. A pesar de la degradación y alteración de las reglas de la naturaleza que supuso retener y domeñar la energía, en alguna parte de su cerebro, de su ADN sobrevivió oculto el hombre paleolítico cazador noble y libre que fuimos durante 100.000 años de sapiens. El rescoldo del cazador verdadero nunca se apagó del todo. El hombre magdaleniense al que traicionaron aquellos que se saltaron la sabiduría milenaria para acumular y despilfarrar la energía sigue latiendo en sus descendientes, por degradados que estén. Ello explica la pasión por la caza de la clase dominante, que hunde sus raíces en el origen del Neolítico.

Observar el comportamiento de los masais  y compararlo con el de los ganaderos cantábricos, vaqueiros de Alzada, pasiegos, maragatos y tantos otros pueblos, “malditos” a ojos de los sedentarios por ser pastores trashumantes que vivían por y para sus vacas, nos hace ver cómo se origino el modelo de sociedad en el que vivimos.
Los amos eran libres respecto a sus siervos, pero esclavos de sus posesiones y de su miedo a perderlas. Cada patriarca, más tarde rey, surgido de entre los poseedores de la patente de domesticar dio a sus hijos “reconocidos”, así como a los que mejor le servían, títulos de “nobleza”. Acreditaron en pergaminos, sellos y escudos la condición de ricos homes fidalgos, diferenciados de los bastardos, esclavos, siervos, leguleyos desposeídos.

Por mucho título nobiliario que repartieran, la casta dominante fue cada vez menos “noble”, atada al vil metal con el que simbolizaron sus pesados bienes, heredados y acumulados a lo largo de generaciones de primogénitos. Nada que ver con el que nunca se doblegó al becerro de oro y permaneció noble sin necesidad de título, hombre verdadero, que se autodenominó. Nómada libre que camina con lo puesto, sin animales domésticos que arrear, al que el labriego sedentario y el pastor admiran y envidian, aunque le persigan.

El mundo pasó a tener los dos tipos de “nobles” sobre los que tanto reflexionó José Ortega y Gasset en sus obras “España Invertebrada” y la “Rebelión de las masas”. Innatos unos, de título heredado, los otros. Puros y contaminados, originales y reminiscencias.

Se generaron en el Neolítico tres estirpes: la del hombre libre, que nunca dejó de ser cazador–recolector paleolítico, sin sentido de la propiedad, hombre verdadero para él, salvaje para los demás, noble por naturaleza.
La del noble guerrero, dueño de lo domado, acumulador de carne y energía, que usó la herramienta de caza como arma para forzar a otros a trabajar para él y así seguir cazando por placer, noble de título que así le acredita pero que casi nunca coincide ya que el gen mutante del afán de acumular degrada y modifica el ADN del hombre verdadero.
Y los parias, siervos, pastores y labriegos, llamados a multiplicarse y llenar la Tierra, cuyo sentido en la vida es trabajar, al que los chamanes renegados convertidos en sacerdotes, que llevan las cuentas de publicidad de los cazadores guerreros, transformadas en leyes cuando no logran persuadir por las buenas, les prometen la felicidad eterna en “la otra vida” a cambio de que se sacrifiquen en esta.

Un plan perfecto, el del jerarca, si no fuera porque pretender escapar a las reglas o mecanismos de funcionamiento universal que rigen la materia y la energía –esas sí son leyes– lleva parejo activar el dispositivo de la autodestrucción, que tarde o temprano llega a las especies menos eficientes incapaces de adaptarse a los cambios del clima o del agotamiento de los recursos.

A los empecinados en ser hombres libres y seguir inmersos “en el todo” de la urdimbre de los seres vivos no domésticos y los agentes naturales, la de los seleccionados, “elegidos” no por dioses neolíticos sino por las normas de la evolución que impulsan la vida, se les declaró proscritos. Se les persiguió y aniquiló como al resto de animales salvajes. Sobrevivieron pocos. Llegaron a nuestros días en lugares inhóspitos, inaccesibles, donde los insectos transmisores de enfermedades y las condiciones extremas les defendieron del pastor y del arado. Fue el caso de Doñana, donde la malaria no se erradicó hasta 1953 y un puñado de “pateros” que vivían de una caza no regulada, sobrevivieron hasta que el nefasto ingeniero del Ministerio de Agricultura, de triste recuerdo, Ricardo Grande Covián, desecó la marisma y la transformó en campo de cultivo para probos colonos labriegos.

Queremos pensar que los hombres libres no se exterminaron del todo. Que a día de hoy hasta en el ADN del más domesticado y neolitizado de nosotros, aunque sea en dosis imperceptible, queda algo del “hombre verdadero”, del magdaleniense creativo y sabio que pintó Altamira. En ese haplotipo paleolítico que hay en los bosquimanos y en los pigmeos, pero también en nosotros, en lo que queda del hombre recolector–cazador en el planeta Tierra, reside la esperanza de que la especie evolucione hacia esa sociedad globalizada de la información y el conocimiento que podría ser.

Siempre se consideró que en Europa la sociedad paleolítica basada en la caza y la recolección desapareció al inicio de la domesticación del ganado y de las plantas, hace unos 7.000 años. En 2013 se publicó el análisis de los restos de un grupo de cazadores–recolectores hallado en Blätterhöhle, Alemania, investigados por los antropólogos Michael Richards y Olaf Nehlich de la Universidad de la Columbia Británica de Canadá. que mantuvo su estilo de vida hasta al menos hace 5.000 años. Los resultados de ese estudio revelan que el estilo de vida paleolítico perduró en el viejo continente hasta fechas más recientes de lo que se creía. Y si nos atenemos a ciertos individuos y colectivos, cabe pensar que la cultura cazadora recolectora coexistió por estos pagos durante miles de años con la agroganadera.
El análisis de los isótopos de azufre, nitrógeno y carbono en huesos y dientes determinó la antigüedad de ese último grupo de cazadores–recolectores de Europa Central. Otro grupo de científicos, dirigido por Ruth Bollongino de la universidad alemana de Johannes Gutenberg, de Mainz, hizo pruebas genéticas que “revelan la casi total ausencia de cruces de un grupo con otro”. Los cazadores–recolectores hacían solo pareja y formaban familias con personas de su clan y los agroganaderos con el suyo. También tenían dietas distintas.
No se sabe el tipo de relaciones entre ambos grupos. Lo descubierto hasta ahora indica que, pese a vivir en la misma zona, ambas tribus no convivían entre ellas. Son muchas las dudas que dejó este descubrimiento. “¿Desconfiaban unos de otros? ¿Las costumbres y tradiciones de una sociedad impedían aceptar nuevos usos como sí hacía la otra? ¿Había un choque cultural entre lo antiguo y lo nuevo? ¿Fue un grupo el que marginó al otro, o el rechazo era mutuo?”, se preguntan los expertos, y añaden: “Ni siquiera está claro si ambas tribus coexistían en paz o si guerreaban una contra otra. Lo que resulta evidente es el aislamiento social en el que acabó sumido el último clan de cazadores–recolectores de Centroeuropa descubierto hasta ahora”.

Si nos atenemos a lo que sucedió en América en el siglo XIX, allí los ganaderos blancos mataron a los cazadores–recolectores. Los colonos de Chile y Argentina, a los de la Patagonia, los de Argentina y Paraguay a los del Río de la Plata; los de Norteamérica a las tribus indias y al bisonte de las praderas, en muchos casos más por enfermedades, para las que no tenían defensas los pueblos paleolíticos, que por muerte violenta, pero también perseguidos y cazados sin piedad alguna. Los que sobrevivieron en reservas se desculturizaron en el siglo XX. Hoy quedan reductos de pueblos cazadores en Paraguay así como en las selvas de Bolivia, Perú, Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador.

Podría considerarse que el exterminio del hombre paleolítico fue consecuencia del choque con los blancos, es decir, de razas de culturas dispares en grado de civilización. Pero en África el choque y el exterminio sucedió igual, y allí fueron personas del mismo color y similar estado de primitivismo las que acabaron con los cazadores recolectores. Eso sí, entre ambos había un elemento diferenciador clave, que es el “gen mutante de la domesticación” incrustado en los neolíticos que persiguieron a los cazadores recolectores sun y a los pigmeos. El choque fue, pues, en todas partes, de pastores, de ganaderos de lo domesticado, contra hombres cazadores de lo libre.