Góngora cantó a Doñana en la poesía ‘Soledades’

Capítulo 3 del II Tomo de la obra Génesis «Cazadores–Guerreros»

Hubo ya en el siglo XVI cazadores guerreros que se hartaron de la vida en la Corte y en la gran ciudad y se retiraron a vivir en la naturaleza. El poeta Luis de Góngora cantó sus “soledades”, dejando testimonio de en qué medida el cazador–guerrero añora al cazador–recolector. Un hueco abierto a la esperanza de que el hombre pueda volver a ser libre y a vivir de nuevo en armonía con el mundo que le rodea.

Por Benigno Varillas

El VII duque de Medina Sidonia, Alonso Pérez de Guzmán (1550–1615), se casó en 1564, a los 14 años, con Ana Gómez de Silva y de Mendoza (1560–1610) hija de los príncipes de Éboli, duques de Pastrana, cuando ella tenía 4 años. La boda apañada por sus progenitores, como era costumbre entre los poseedores de títulos nobiliarios hereditarios y también de los más arcaicos pueblos de pastores y de labriegos. En 1579 nació su primer hijo, Juan Manuel, apadrinado en el bautizo por sus tíos, los duques de Béjar. En 1585, cuando él tenía 35 años, ella 25 y Juan Manuel 6, abandonaron la Corte madrileña y trasladaron la residencia familiar a su palacio en Sanlúcar de Barrameda.

En 1587, el VII duque de Medina Sidonia amplió su posesión comprando al Concejo de Almonte las tierras que se extienden desde la boca del Guadalquivir hasta el Charco del Toro, tierras otrora de su familia que, tras el pleito iniciado en tiempos de los Reyes Católicos se habían incorporado a los propios del municipio de Almonte. Vuelven los almonteños a perder esa marismas por dinero.

En pleno corazón del Coto de Las Rocinas, es decir, de las yeguas, como aún se llamaba Doñana, los duques mandan construir un cortijo andaluz clásico, al que llamaron Palacio por comparación con los chozos de los habitantes de la zona. Hoy aloja a los investigadores de la reserva de la EBD. Lo ubicaron en pleno corazón de Doñana, en la Vera, el espacio de mayor frescor, en la frontera del monte con la marisma. Ese mismo año la autoridad conminó a los vecinos de Hinojos a que “los hombres en edad de llevar armas salieran al campo a matar a lobos en Doñana”.

La tranquilidad en el Coto duró poco. En 1588, Felipe II ordenó al duque ponerse al mando de la “Armada Invencible”. Los fuertes temporales del Atlántico le impidieron cumplir la misión de atacar y doblegar a la corona británica. El estigma del fracaso le marcó. Pero Alonso Pérez de Guzmán y su esposa tenían ya claro desde antes que su mundo no estaba en Madrid, donde la Princesa de Éboli seguía con sus intrigas amorosas en la Corte, por las que penaba su hija, y que por ello, dicen, buscó refugio y paz en Las Rocinas.

Tras el desastre de la Invencible el duque regresó a su palacio de Sanlúcar y a su pabellón de caza en lo que empezaban a llamar el Coto de “Doña–Ana” –obviando otras etimologías– por la querencia de Doña Ana Gómez de Silva y de Mendoza hacia ese lugar, al punto de acabar viviendo en el aislado caserón de forma permanente y recibir sepultura en el mismo, al igual que su esposo diez años después. También se llamaba Ana la dueña de la fonda que allí había en la época, con lo que el topónimo bien puede venir de la mesonera de la venta en la arenosa intersección de atajos de Cartaya a Sevilla y de Almonte a Sanlúcar. Lo que si es seguro es que allí fueron felices los Guzmán, criando, a su primogénito Juan Manuel y al resto de la prole. 

Con el título de conde de Niebla, Juan Manuel Pérez de Guzmán (1579–1636), duque de Medina Sidonia en 1615, crece entre el palacio familiar de Sanlúcar y “la casa del bosque” de Doñana. Es educado por sus padres en la pasión de vivir en contacto con la naturaleza. En el horizonte de la otra orilla, veía a todas horas a la seductora Doñana. El joven Juan Manuel cruzaba el río para volar allí sus halcones. Era tan aficionado a la actividad cinegética que con 20 años fue nombrado Cazador Mayor del Reino por Felipe III, al año de subir éste al trono tras fallecer su padre, Felipe II, en 1598.

Juan  Manuel era apasionado cetrero y así le inmortalizó Luis de Góngora entre 1607 y 1614 en el poema de las “Soledades”,  el “más oscuro y ambicioso que el Príncipe de la Letras había concebido hasta esas fechas” 1, para hilaridad de Lope de Vega, Francisco Quevedo y demás literatos de la Corte que se mofaban del barroquismo del cordobés.

Góngora documenta en verso “la contemplación de la naturaleza, la vida recogida en contacto directo con las formas primigenias y sencillas, la asimilación del paisaje a lo pictórico, la conjunción de lo rústico y lo marino, la exaltación poética de las cosas menudas”, escribe Jesús Ponce Cárdenas, en su ensayo: “Góngora y el conde de Niebla. Las sutiles gestiones del mecenazgo”, del que extraemos las citas que siguen, en las que se descubre una faceta poco conocida de los poetas del Siglo de Oro, como es la de cronistas, en verso, de la atracción que despertaba la vida salvaje, Doñana en particular, en la nobleza cazadora. 2

“Ya antes que Góngora”, dice Jesús Ponce, “el poeta Cristóbal de Mesa había inmortalizado a su señor, el marqués de Gibraleón y duque de Béjar (tío y padrino de Juan Manuel) durante el ejercicio de esas mismas actividades cinegéticas, como atestiguan estos versos de su Epístola al marqués de Cerralbo en 1606: “Partiéronse los duques luego donde está en Gibraleón su marquesado, que al de Ayamonte cerca corresponde […]. Si el duque mi señor pasa a la Maya con sacras, girifaltes y neblíes, manda que yo también a caza vaya; si tagarotes lleva y baharíes a San Muñoz, Ochando o Salamanca, alfaneques, azores y borníes” 3

En 1603, Góngora había sido invitado por un tío materno de Juan Manuel, a pasar unos días en su finca de la ribera del Duero. El poeta compuso un soneto en el que alababa el sosiego y el disfrute de la naturaleza que provocaba “la soledad” de aquel lugar. Poco después le invita el duque de Béjar a la finca El Bosque, donde aun cazaban osos en aquella época. Góngora se entusiasma y describe en verso su impresión de una montería y de las escenas de cetrería a las que asiste.

Otro trovador del siglo XVII, describe la pasión por la vida silvestre de los herederos de títulos de nobleza, y establece la comparación entre las posesiones bejaranas de su señor y sus dominios andaluces en el paisaje marino de la costa onubense. Señala como más apto para la caza de altanería este último: “Afirman que, gustando de la caza de garzas y dorales, las marismas son de este menester la mejor plaza”. 4

Y a ellas se dirige Góngora en 1607, invitado a disfrutar de las posesiones del marqués de Ayamonte, en la marisma del Odiel, así como de las del conde de Niebla, Juan Manuel, en el Coto de Doñana, pocos años antes de que pasara a ostentar el título de VIII duque de Medina Sidonia, al morir su padre en 1615.

La estancia de Luis de Góngora en la costa onubense es fructífera. Acogido por el marqués de Ayamonte y por el conde de Niebla en sus cotos y palacios, el poeta cordobés escribe poemas a la familia del marqués y hace la dedicatoria del poema “Polifemo” al conde de Niebla, cuya vida de retiro en los bosques y marismas de Doñana y su alejamiento de la Corte observa y aprecia.

“El marqués de Ayamonte, aparece en un poema como pescador, el conde de Niebla como cetrero y el duque de Béjar como montero.  (…) El capellán ducal sostiene que en su juventud el conde de Niebla «trató retirarse a la soledad de Huelva». La insistencia en el término es significativa pues, pocas líneas después escribe: «en esta soledad le halló el príncipe de los poetas» (Góngora). La palabra “Soledades” cuadra bien a los dominios señoriales de un noble que prefiere retirarse y vivir en contacto con la naturaleza, al medrar incierto de una carrera en la corte y al tráfago de la vida en la ciudad.” (…)

“El elogio de un retiro señorial se conjuga con la exaltación de las bellezas del mundo natural, con el menosprecio de una Corte corrompida”, comenta Jesús Ponce y continúa: “La continuada permanencia de Juan Manuel en sus dominios señoriales, «en su retiro de Huelva», en palabras del capellán ducal, propiciaría «el episodio de la cetrería y la aparición del conde de Niebla en la trama narrativa» de las Soledades.5

La primera Soledad comienza con la descripción de una tempestad que arroja al pie de un acantilado a un náufrago: 

“Que siendo Amor una deidad alada,
bien previno la hija de la espuma
a batallas de amor campo de pluma”.

Vislumbra un palacio de mármol que iluminan los rayos del sol naciente. Ve salir de él a un grupo de cazadores a caballo, que llevan con ellos toda clase de aves rapaces utilizadas en altanería y desde la barca en la que se desplaza asiste a las diferentes fases de una cacería de cetrería. Luego los halconeros llegan a una pobre aldea costera”.

Para Jesús Ponce, “como si de una elocuente vanitas se tratara, el locutor poético execra en estos versos la corrupción de la privanza, el carácter de cárcel y muerte del espíritu que se condensa en la corte, la falsedad de las vanas apariencias, la futilidad de las suntuosas pompas.” (…)

“Ayamonte, Gibraleón, Huelva y Niebla parecen definir los cuatro puntos cardinales del espacio poético eternizado en uno de los textos más herméticos de nuestra historia literaria”.

Cabe añadir que la Doñana de hoy estaba incluida en la posesión ducal de Niebla, hoy provincia de Huelva. Las octavas iniciales de la Fábula de Polifemo y Galatea, describen a Juan Manuel Alonso de Guzmán practicando la cetrería en esas tierras:

“Templado pula en la maestra mano
el generoso pájaro su pluma
o tan mudo en la alcándara que en vano
aun desmentir al cascabel presuma;
tascando haga el freno de oro cano
del caballo andaluz la ociosa espuma;
gima el lebrel en el cordón de seda
y al cuerno, al fin, la cítara suceda”.

“Góngora sitúa la escena de montería de la Dedicatoria de las Soledades a orillas del Tormes, en los dominios bejaranos del marqués de Gibraleón, no lejos de la residencia palaciega de El Bosque. Tal nota geográfica podría establecer un parámetro atendible: el señor se encuentra en sus posesiones, donde practica la caza del oso”. (…) “La zona de marismas que todavía hoy goza de mayor fama en España; allí organizaba sus majestuosas partidas de cetrería don Manuel Alonso de Guzmán: la espléndida comitiva de jinetes partía de su Palacio de Huelva hacia las desembocaduras del Tinto y el Odiel para atrapar garzas y dorales…”  6 

El rey Felipe IV hizo en 1624 la más celebre de todas las visitas a Doñana. El VIII duque de Medina Sidonia le invitó,  y acudió acompañado de un séquito de 12.000 personas, a una estancia de 5 días en el Coto de Las Rocinas. Entre los invitados estaba hasta el mismísimo Quevedo, que se apuntó sin hacer ascos a que el poeta de cámara del duque de Medina Sidonia fuera su satirizado y despreciado Góngora, con el que mantuvo una dura rivalidad, en la que el culto y barroco cordobés sufrió la mordaz y mortífera pluma del de Villegas. Quevedo hizo un horrible viaje en carruaje del que dejó escritas pestes, tal vez predispuesto a detestar de antemano “las soledades” de Doñana.

Del 9 al 14 febrero de 1624 la marisma vivió una invasión de gente, con un jolgorio de personas pululando por la vera que tendría que esperar casi cuatro siglos para repetirse. Semejante despropósito se produce ahora cada año con el paso de decenas de miles de personas que aprovechan la peregrinación del Rocío para cruzar en vehículos todo terreno por el corazón del Parque Nacional en plena época de nidificación. Cerca de 100.000 romeros acampan cada mes de mayo cerca de las pajareras, icono del espacio natural.

Los gustos gastronómicos del duque Juan Manuel quedan patentes en la lista de víveres que mandó para aprovisionar al Rey y su séquito en los 5 días que camparon en los alrededores del Palacio del Coto de Doñana: 7.000 kilos de pescado, se supone que mojama de atún de la almadraba, más, todos los días, importantes partidas de pescado fresco extraído del cercano mar; carne de caza al por mayor, obtenida sin tregua en el coto por los propios invitados, que a eso iban, y para comer sin cocinar y picotear, 2.400 barriles de ostras y lenguados en escabeche; 1.400 empanadas de lamprea; 200 jamones de cerdo ibérico de bellota; 300 quesos de 4 kilos cada uno; 600 kilos de miel y 1.000 barriles de aceitunas. A ello añadió 1.000 litros diarios de leche suministrados por 600 cabras recién paridas; 1.000 gallinas; 44.000 kilos de harina para hacer pan; 4.600 litros de aceite de oliva; 100 tocinos; 600 kilos de manteca; 6.000 litros de vinagre; 10 carretadas de sal; 10.000 huevos; 2.400 kilos de azúcar; 400 melones; 8.000 naranjas; 3.000 limones; 4.500 kilos de otras frutas y 2.400 de almíbares.

Las copiosas comidas se regaron con 48.000 litros de vino. El festín se celebró en la segunda semana de febrero, que en Doñana puede significar un agradable tiempo de principios de primavera, adelantada como llega respecto a la meseta y al norte de España, es decir, ni frío ni calor. A pesar de ello, se supone que, para mantener el pescado fresco, se hizo llevar la nieve apelmazada que cabía en las albardas de 46 mulas, transportada desde un pozo nevero de la cercana sierra de Cadiz.

Cruzar los víveres y demás abastos a través del río Guadalquivir dificultaba el inmenso operativo de intendencia que hubo que desplegar para celebrar aquella cacería regia.

Al lado del campamento con miles de tiendas de lona que hubo que montar, se instalaron varias cocinas de campaña, que sumaban 40 metros de longitud, en cuyos fuegos se consumieron 4.800 kilos de carbón vegetal más toda la leña para hacer fogatas recogida en el alcornocal, entonces una espesa mata que daba nombre de bosque a Las Rocinas. Para las caballerías, hubo de llevar 83.000 kilos de cebada y 250 carretas de paja, al margen de lo que pastaran en el propio coto, que en esa época tenía hierba en abundancia.“La caza fue sin duda la diversión favorita de nuestros reyes y en ella gastaron grandes cantidades de dinero, aunque la economía del país estuviera en un estado lamentable. Por la caza algunos monarcas abandonaron incluso sus obligaciones principales”, escribe Alejandro Peris Barrio.

Este autor investigó los avatares de una saga de Teniente Mayor de la Caza de Volatería, conocidos como los Pernía, naturales de Villamuriel de Campos, en Valladolid, que sirvieron en el siglo XVII a los Austrias Felipe III, Felipe IV y Carlos II y, en los albores del siglo XVIII, al primero de los Borbones, Felipe V.

“Para su gran afición dispusieron los reyes de un pequeño ejército de dependientes especializados en las distintas tareas y distribuidos en tres gremios: Real Caza de Montería, Real Caza de Ballestería y Real Caza de Volatería. Al frente de cada uno de ellos estaban el montero mayor, el ballestero mayor y el halconero o cazador mayor, respectivamente. Por debajo de estos importantes cargos, que fueron desempeñados por individuos de la nobleza, hubo tenientes y otros puestos de menor responsabilidad”.

“Era una profesión que pasaba de padres a hijos. “Un decreto de Felipe IV de 1649 incluyó dentro de esa preferencia a los hijos de los empleados más modestos de la Caza de Volatería, los mancebos, siempre que fueran mayores de 15 años, hábiles para montar a caballo, cruzar los ríos y buscar los halcones perdidos”. Y continúa Peris en su ensayo: “El teniente de cazador mayor era el encargado de las compras, en cualquier lugar de España y en el extranjero, de los muchos y costosos halcones que empleaban los monarcas. Ordenaba la búsqueda de las aves de rapiña perdidas cuando se apartaban de los vuelos alejándose demasiado al perseguir a sus presas y cuando éstas se refugiaban en lugares de abundante vegetación donde los halcones quedaban enredados. (…) Peor aún que la exigüidad del salario de los cazadores reales era el retraso con que el que cobraban. (…) Gracias a la abnegación, generosidad y esfuerzo de los Pernía y otros grandes cazadores como ellos, pudieron practicar los reyes su gran afición de la caza.” 7

La falta de gratitud de los Austrias a los desvelos de sus más fieles vasallos pudo influir negativamente en el ánimo del hijo del duque de Medina Sidonia, que en 1624, a sus 22 años, contempló la invasión de sus “soledades” por el séquito de Felipe IV durante su estancia en Doñana y el inmenso gasto que le ocasionó a su padre. Al poco de heredar el señorío, Gaspar Alonso Pérez de Guzmán y Sandoval (1602–1664) se confabuló con su pariente el duque de Ayamonte y con el apoyo de Holanda y Francia, entonces en guerra con España, participó en 1641 en una conspiración para independizar los reinos andaluces de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada en la que sería proclamado rey de Andalucía. No era una bravuconada. Un pariente suyo lo había hecho ya en Portugal y planeaban hacer lo mismo los del reino de Aragón y Cataluña.

En 1699 murió sin descendencia el sucesor de Felipe IV, el raro Carlos II, entablándose la guerra de sucesión entre pro Austrias y pro Borbones, que al final se impusieron. La guerra de sucesión trajo como consecuencia que los ingleses, que aspiraban a quedarse parte del imperio español apoyando a los Austrias se anexionaran el Peñón de Gibraltar tras asediar su escasas defensas.

Este hecho, mal que les pese a muchos nacionalistas españoles, tuvo consecuencias positivas para el devenir de Doñana. La “pérfida Albión” convirtió ese enclave en base naval a las puertas del señorío de Medina Sidonia. Como lugar estratégico para observar el paso migratorio de aves, estimuló la vocación ornitológica de varios militares británicos, que fueron los que disfrutaron del Estrecho. Sus correrías cinegético naturalistas iban de la mítica laguna de La Janda al famoso cazadero de Doñana, como veremos en próximos tomos de esta obra.

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