Hadzabe crowdfunding: salvemos la cultura de los cazadores recolectores

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 8

Por Benigno Varillas

En el caso de los bosquimanos hadzabé de Tanzania, el territorio donde sobrevive un millar de individuos de esa raza humana, se libró, hasta hace un par de décadas, de la invasión de los pueblos neolíticos gracias a la malaria que azota el entorno del lago Eyasi. Allí se refugiaron tras ser exterminados en otras partes por pastores datoga, masais, irak y otros del noroeste de Tanzania, siendo su área de campeo, hasta hace bien poco, el territorio del hoy Parque Nacional del Seregenti, el gran cazadero de “la llanura infinita”, que es lo que significa su nombre, formado por la ceniza del volcán del Ngorongoro depositada desde la Garganta de Olduvai hasta los Grandes Lagos.
Hace 20 años, dos misioneros españoles construyeron con donaciones de Ana Gamazo y su marido Juan Abelló, así como de otras personas e instituciones, el hospital y la escuela del poblado de Mangola, en la esquina noreste del lago Eyasi, al sur del Serengeti. En dos décadas una avalancha de neolíticos –que suma ya 30.000 agricultores– invadieron con cultivos de cebollas el último refugio de los bosquimanos hadza.
Los estudiosos de los pueblos primitivos coinciden en considerar seres extraordinarios y especiales a los cazadores recolectores. Así lo transmiten los trabajos recientes sobre los hazdabé de Frank Marlowe de las universidades de Stanford y Cambridge, entre otros.
En España, los paleontólogos de Atapuerca, Eudald Carbonell –que los filmó en la serie de televisión “En busca del primer europeo”– y Juan L. Arsuaga, han peregrinado a verles, así como los paleontólogos españoles que trabajan en el mítico yacimiento de Olduvai de Tanzania –situado a 30 km de los hadzabé– Manuel Domínguez y Enrique Baquedano. Todos admiran al último vestigio del “hombre verdadero” que es lo que quiere decir “hadza” en un lenguaje “click” que suena como el de los Sun o bosquimanos del Kalahari, cuya cultura popularizó la película “Los dioses deben de estar locos”.

En 2010 se produjo un encuentro entre los masai y los hadzabé. Los primeros consiguieron que el gobierno tanzano autorizara un proyecto español de cooperación internacional para ver la posibilidad de que los ganaderos del Ngorongoro gestionen el territorio y además de criar carne favorezcan la biodiversidad. Aspiración vana, la de que un ganadero neolítico se transforme en gestor de vida salvaje. No es posible. Pero si lo es evitar que se extinga la cultura hadza.
Fruto de aquel proyecto el alcalde del Almonte, pueblo onubense que más territorio aporta a Doñana, firmó un protocolo para iniciar el hermanamiento de su municipio con el de los poblados de Oloirobi y Ngoile que pastorean el cráter del Ngorongoro. Ambos pueblos tienen en común cohabitar con “puntos calientes” de la biodiversidad de fama a nivel mundial. Unos, con permiso para bajar sus vacas al cráter del Ngorongoro y los otros para tener vacas y caballos campeando por Doñana.
La joven representante masai, Naini Leshweel, que firmó el inicio del protocolo con el alcalde Pepe Bella en el salón del plenos con todo el consistorio y parte de la población como testigos, fue tratada con honores de Estado en España. Firmó otro preacuerdo de hermanamiento similar al de Doñana con el alcalde de Atapuerca, Fernando Gómez Aguado, que contó con la presencia de representantes de numerosas instituciones burgalesas, entre ellas el presidente de la fundación Atapuerca, Eudald Carbonell, por coincidir que el distrito masai que ocupa el Ngorongoro tiene en su territorio el yacimiento de Olduvai, del que el de Burgos ha resultado ser “yacimiento hermano” por la antigüedad y riqueza de los hallazgos de homínidos de hace casi dos millones de años.
El hermanamiento entre los pastores masai y los yegüerizos de Doñana está aún pendiente de desarrollo. El de Olduvai y Atapuerca ha tenido algún avance y en 2014 una delegación masai fue invitada al XVII Congreso Mundial de Prehistoria y Protohistoria que se celebró en Burgos en ese año. El acuerdo entre Ngorongoro y Doñana tiene pendiente su primera acción, a desarrollar por los masasis, que es ayudar a los hadzabé. Un plan por el que empecemos a relacionar mostrencas con uros, retuertas con tarpanes y almonteños con antiguos cazadores recolectores como el pueblo hadza, trasladado a la Sociedad de la Información, reinterpretando la saca de yeguas y mostrencas como el método de obtener proteína en espacios silvestres que fue en el pasado y que propugnamos lo sea de nuevo para las aldeas de trabajadores del Biolítico.

El semblante, la armonía, la felicidad y la libertad que se respira en los campamentos itinerantes Hadza, indica la calidad humana de esta raza. El trato de los hombres con los niños y las mujeres. Sus risas y sus bailes. Su saber nutrirse de todo contrasta con la rigidez masai que solo come de sus vacas y detestan lo salvaje. La percepción de estar ante seres especiales se incrementa cuando cazan. Van por la sabana como radares detectando comida, como lo haría un grupo de lobos. Su olfato, su oído, su sistema sensorial, capta vibraciones e interpreta señales más allá de cómo lo puede hacer un neolítico. Cerebros con capacidades desconocidas por nosotros. Investigadores norteamericanos publicaron en 2013, tras analizar sus movimientos con GPS y modelos matemáticos, que el patrón de caza de un grupo hadzabé es similar al de las abejas cuando colectan polen o al de los tiburones cuando buscan presas. Sus aparentemente recorridos erráticos resultan ser los que más posibilidades ofrecen para obtener alimento con el mínimo gasto energético.
Los bosquimanos hadzabé del lago Eyasi, cerca del Ngorongoro, en Tanzania. son cazadores pero, principalmente, son recolectores. Sus campamentos van cambiando de ubicación siguiendo las diferentes épocas de fructificación de determinados árboles silvestres que les proporcionan frutos apetecibles, llenos de vitaminas y azúcares.
Desde el campamentos los hombres salen todas las mañanas a cazar en busca de la proteína. Pero si por el camino detectan un árbol con una colmena se les olvida que iban buscando una presa animal y se transforman en recolectores de miel. Tiran los arcos a un lado, buscan un par de palos muy determinados que solo ellos saben encontrar en un santiamén, y con ayuda de hongos yesqueros o cualquier otro tipo de estopa que encuentran, frotan, girándolos durante unos minutos con las manos como si fuera un molinillo, uno de los palos secos metido en un agujero del otro y rápido hacen fuego.
Con la tea en la mano, y cuando necesita de ambas extremidades para trepar, agarrando el palo encendido con la boca, uno de ellos escala desnudo el tronco y mete la astilla humeante por la hendidura del árbol en la que las abejas han hecho la colmena. El enjambre sale atontado por el humo y se queda apiñado en una rama del árbol, salvo algunas más guerreras que atacan al intruso con sus aguijones. El hadza ni se inmuta y es como si no sintiera los picotazos. Va metiendo la mano hasta el fondo y entre grandes risotadas lanza trozos de panal lleno de miel a sus compañeros al pide del árbol, que lo devoran con cera y todo. Está buena.
El británico Irby escribió en 1872 en su obra Ornitología del Estrecho de Gibraltar: “el 19 de enero envié a Francisco, un cazador profesional de nidos de abejas salvajes, y un espléndido escalador, al nido del quebrantahuesos.” En España existió hasta hace poco la profesión de “cazador de colmenas de abejas salvajes”. Eran personas especializadas en aprovechar la miel de las mismas y, cuando se inició la apicultura, en capturar enjambres que se separaban de colmenas silvestres que criaban en árboles.

La llanura del Serengeti garantizaría hoy la supervivencia de los Hadza con darles el status que tienen otros depredadores protegidos por leyes y convenios internacionales. La más extraordinaria criatura, Homo sapiens sylvestris, está a punto de sucumbir por la usurpación de tierras por parte de conservacionistas, colonos, cazadores de safari y la presión turística que comercializa el “ir a verlos”. El turismo de pueblos primitivos interfiere su modo de vida al darles dinero por dejarse ver. Es tan grave para la supervivencia de su identidad cultural como la invasión de sus cazaderos.
Los hadzabé piden que pujemos por un “Área de Concesión de Caza” de los que el gobierno de Dar es Salam saca a subasta al sur del Serengeti para que se lo dejemos usar. Durante 100.000 años fueron sus tierras, pero desde hace 50 están a protegidas o invadidas. Los parques no admiten en su lista de especies a Homo sapiens sylvestris. El coto más idóneo para ellos es la zona cercana a Kakesio, donde el equipo de la paleontóloga Mary Leakey encontró en 1976 las huellas de Laetoli, pisadas de un grupo familiar de prehomínidos australopithecus de 4,5 millones de antigüedad que quedaron impresas en la ceniza volcánica fosilizada. Es posible que los hazda no se hayan movido nunca del sitio donde empezó la línea evolutiva que condujo a sapiens.
Un coto de caza como los que organizan safaris para ricos, pero en el que en lugar de disparar con rifle se dispare con arco y con cámaras fotográficas y de vídeo, que emitan al mundo en directo el día a día de los hadzabé en sus correrías tras la riada de carne de la gran migración. Evitaría la extinción de los cazadores–recolectores, de su modo de pensar y de ver, y facilitaría que nos ayuden a mejorar.  El hacer de su modo de vida la fuente de recursos que les permita pagar las tasas que los neolíticos les exigen para cazar en sus antiguos territorios, podría preservar su cultura. Sin oponerse a que el mundo global, que llega a todas las esquinas del planeta, se oculte a sus jóvenes, hay que intentar que esa cultura e idiosincrasia se conserve e ilumine a la Sociedad de la Información en su urgente necesidad de salir del Neolítico. El crowdfunding “Friends of the Hadzabe” que lanzamos en este libro, busca alcanzar el objetivo de que puedan seguir siendo cazadores recolectores. No hacer nada es cooperar en su extinción y, con ella, en la de nuestra esencia, la que aún poseamos del Homo sapiens “sylvestris” en libertad.
Difundir esta manera “de ver” de las nuevas generaciones de la Sociedad de la Información, en un blog conjunto, que divulgue en el ciberespacio cómo los hazda obtienen la proteína de cada día siguiendo la gran migración del Serengeti en competencia con leones y leopardos, y en este Hemisferio, cómo se gestiona territorio en aldeas de conservacionistas teletrabajadores, mostraría al mundo la belleza que rodea ambos territorios y la existencia de hombres libres, sin miedos neolíticos.

Hadzabés, Doñana, lobo, rewilding… son iconos del espíritu de la libertad.

(Continuará)

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