Introducción

 Por Benigno Varillas

Las marismas, los ríos, los océanos, las lagunas, el monte mediterráneo, se distinguen por su alta productividad de biomasa. Al levante de Niebla y al poniente de Gibraltar se da la conjunción de esos cinco ecosistemas. A ello se une el paso y la invernada de aves, peces y mamíferos marinos por su situación estratégica, entre dos continentes y dos mares.

Una gran despensa para depredadores, edén perdido de naturalistas. Ese ha sido y es su atractivo. Ser reservorio de vida. Doñana, uno de los últimos espacios de España y de Europa rebosante de comida. La dieta allí es variada. En platos de carne de lo que en su día fueron uros, tarpanes, encebros, así como ciervos, jabalíes, conejos, liebres y otros mamíferos; patos, gansos, perdices y otras aves; atunes, albures, anguilas y otros peces; ranas, lagartos, galápagos y otros reptiles; caracoles, saltamontes, hormigas, entre muchos invertebrados y coquinas, camarones, ortiguillas entre abundantes frutos del mar. Aderezado con vegetales, hierbas, frutos, raíces, bulbos, miel y demás integrantes de la pirámide trófica.

Pero hay más, tiene que haber más para que, a lo largo de la historia, Doñana y España suscitaran tamaño interés. Claro que lo hay, pero invisible. Su magia. A pesar de las perrerías que le hemos hecho, hasta en la zona más desecada, transformada, cultivada, sepultada, se percibe que algo late con fuerza bajo nuestros pies, por sellado que esté. Es un corazón de fango, calor y agua. Es el palpitar de la Tierra, bombeando vida indómita, salvaje, atractiva, irresistible.

Más que un espacio, Doñana es un concepto, el de la energía que se niega a ser domesticada. Por eso, no es tanto el espectáculo que depara como la resistencia, la resiliencia que encarna. Símbolo de libertad. Cada uno la detecta en la dosis y grado que requiera o sea capaz de percibir de ella.

Hace 18.000 años, al inicio de la última etapa del Paleolítico, que conocemos como Magdaleniense, casi un tercio del planeta estaba bajo el hielo. El resto, en particular la franja de 7.000 kilómetros que va del Eufrates al Guadalquivir, bordeando el Mediterráneo por el norte o por el sur, era un gran cazadero. El poderoso Homo sapiens compartía los grandes herbívoros con los lobos y se los disputaba a los osos, las hienas y los leones. Por aquellos tiempos cambió el clima y Doñana dejó de existir. El agua del mar se calentó y subió de nivel, adentrándose muy lentamente, siglo a siglo, varios kilómetros tierra adentro. Todo ese espacio que hoy es una gran marisma, viva o sellada, se hizo un golfo hasta la línea del horizonte atlántico. Las olas llegaban hasta el barrio de Triana y la ría y la marjal de la desembocadura del Guadalquivir estaba donde hoy se levanta la ciudad de Sevilla. Su fauna, sus gentes vivían en zonas cercanas. Lo que conocemos como Doñana fue mar y aún lo era en la Hispania romana.

A finales del Paleolítico, hace 12.000 años, podían estar desperdigados por el globo seis millones de personas. En lo que es hoy España se habla de entre 50.000 y 100.000, es decir, como mucho un par de individuos cada 500 hectáreas. Si la carga media de grandes herbívoros salvajes en la península Ibérica es del orden de un gran herbívoro por cada 10 a 20 hectáreas, sea tarpán (caballo), uro (vaca), encebro (asno) o bisonte, en España caben en estado silvestre tres o cuatro millones de herbívoros de gran tamaño, entre nodrizas con crías de diferentes edades y sementales disputándose el territorio en el que pastar con su harén de hembras y jóvenes. Cálculos aproximativos, que nos acercan al aspecto que podría tener Iberia al final del Paleolítico y enmarca el arranque de esta incursión.

El espíritu de lo libre empezó a declinar al desatarse hace 10.000 años la fiebre de domesticar y acumular. Doñana fue uno de los espacios naturales, que en el mundo pervivieron, donde encontró refugio lo silvestre, incluidos los últimos seres humanos que vivieron como lo hizo nuestra especie durante cien mil años, es decir, de la caza y la recolección, sin conocer la domesticación de los herbívoros, ni de las plantas, ni menos de otros hombres.

Es este un una crónica de investigación sobre lo que algunos autores denominan “lo libre”. Establece la tesis de que la arquitectura mental del hombre de la Sociedad de la Información del futuro entroncará con la del hombre sin ataduras que era el cazador recolector de nuestros orígenes.

La búsqueda del rescoldo de lo indómito lleva hasta los naturalistas que intentan entender los procesos naturales y establecer un diálogo con la vida en la Tierra. Los que más captan lo libre, no lo serán ellos mismos hasta que su libertad no sea a costa de la de los demás, hasta que vivir indagando y observando y sobre todo gestionando, vigilando y conservando la naturaleza, no deje de ser una actividad financiada a cargo de los impuestos generales del Estado, que esclavizan al prójimo.

La saga –en lo que se refiere a su pasión por el campo– que lleva de Humboldt, Azara, Darwin,  Brehm, Chapman, Valverde a Luis García y sus voluntarios y de Rodríguez de la Fuente al ejército de profesionales de las ciencias de la vida que generó con su labor, debe extenderse de unos pocos privilegiados a decenas de miles de personas que vivan inmersos en la naturaleza y sean el tejido social rural que la conserve y el referente social de la sostenibilidad y de la sociedad de la información que haga evolucionar a la especie a otros objetivos que no sean los de ahora. Una nueva generación, que hay que alentar, de teletrabajadores conservacionistas, que establezcan un modelo de gestión en los territorios de la denominada Red Natura 2000.

Nos adentramos en la naturaleza con ojos de los que la vivieron, disfrutaron y amaron. Y con las eternas preguntas de quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos y de qué vamos. Una aportación al cincuenta aniversario de la epopeya que fue la creación en 1964 de la Estación Biológica que propulsó José Antonio (Tono) Valverde tras adquirir el núcleo de 6.000 Ha de la reserva con una cuestación internacional del Fondo Mundial para la Vida Salvaje.

Europa entera se movilizó para hacer una colecta popular cuya recaudación se donó al Consejo Superior de Investigaciones Científicas del Gobierno de España para preservar este espacio. Una gesta que supuso, los primeros pasos de la conservación de la naturaleza entre 1952 y 1968, y la declaración del Parque Nacional de Doñana en 1969.

Este libro aborda la búsqueda de lo salvaje. Identificamos en Doñana supervivientes del pasado como Menegildo, que capturaba toros salvajes a cuerpo desnudo en el matorral de Doñana, los pateros, los hueveros, los pescadores de los corrales y las almadrabas, los cazadores de abejas o los yegüerizos. Rastreamos sus iguales en mercheros y jurdanos y para nuestra sorpresa encontramos que insignes plumas del Siglo de Oro seguían su pista, sabían de ellos y lamentaban lo perdido. Los homo sylvestris de España, que detectó Lope de Vega en el siglo XVI, Chapman y Buck a principios del XX, y sobreviven en el lago tanzano de Eyasi, han permanecido en los genes y en alguna esquina del cerebro hasta de los primogénitos que se han adueñado de la Tierra por ser herederos de la patente de domesticar, esa nobleza y élite social que, y en este libro lo detallamos, se aferró a la caza en un intento de ser como los hombres verdaderos libres, aquellos que en su día traicionaron introduciendo en el mundo la esclavitud, la superpoblación humanan y la acumulación de energía.

En Doñana glosó Gongora a los duques que en “sus soledades” ansiaban reencontrarse como hombres cazadores, tras constatar que los títulos de propiedad de la energía acumulada no son sinónimo de felicidad ya que al retener lo libre deja de serlo.

En el siglo XIX se suma a esa búsqueda la naciente burguesía de nuevos ricos, que compran cotos. Pero es, con la llegada de los naturalistas, cuando arriba a Doñana un perfil humano que puede considerarse próximo al cazador recolector. Al principio se hacen también con la pieza, no para comerla, ni menos por pasar el rato, sino por medirla y estudiarla. Hoy la captan con la mirada e intentan entenderla. Un proceso cuyo siguiente eslabón será desarrollar esa labor sin esclavizar al prójimo, haciendo que esa vida felicitaria del seguimiento de fauna no salga de los impuestos de los parias. La última revolución será recuperar un tejido social que, como el del hombre cazador recolector de los inicios, sea autosuficiente, autónomo y capaz de obtener lo que necesita con el pago directo por lo que produce.

El Neolítico hay que erradicarlo empezando por uno mismo. Solo así se adquiere fuerza moral para señalar las disfunciones de aquellos que están profundamente inmersos en la aberrante concepción de la vida de acumular, dominar, despilfarrar y, en niveles extremos, de robar, engañar y defraudar.

El último medio siglo, acumulando experiencia para rescatar lo libre encarnado en la naturaleza, ha sido el laboratorio y el crisol donde se fraguó una nueva forma de entender las relaciones del hombre con el resto de seres vivos y con la especie humana.

Cada nueva zona protegida ha sido un trocito de tierra indómita a la que agarrarse desesperadamente hasta que aflore esa sociedad humana que, de nuevo, viva en armonía con su entorno y consigo misma.

Nota del autor: Agradezco que mandes este enlace / PDF a quien consideres.
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