La nobleza reclama la caza

Capítulo 1 del Tomo II de la obra ‘Genesis’
Autor: Benigno Varillas

 

Las poblaciones de osos, lobos, linces y otras especies de la  fauna carnívora disminuyeron de forma brutal en los últimos siglos. El avance imparable del pastor y del agricultor neolítico se hizo a costa de lo silvestre. Solo en territorios menos productivos encontró refugio la vida salvaje y, con ella, los pocos humanos que no domesticaron ganado ni cultivo alguno. Los cazadores recolectores, bicheros, pajareros, piñeros, meleros, hueveros, pescadores, pateros, espíritus libres independientes, fueron arrinconados.

Los pueblos que extendieron la cultura neolítica por Europa, tribus del cercano oriente y de los fértiles deltas del Nilo y del Eufrates, egipcios, persas, griegos, fenicios, israelitas, cartagineses, escribieron la historia de sus imperios en guerras sin fin.

Acabó imponiéndose uno de ellos, politeísta, de agresivos guerreros, fundado según la leyenda por dos hermanos huérfanos adoptados de bebés por una loba que los amamantó. Hay quien dice haber dado en plena ciudad de Roma con la cueva donde sucedió ese mito de la historia, que remite a la alianza ancestral entre el hombre y el lobo. Los descendientes de Rómulo y Remo desarrollaron el imperio por antonomasia, el que duró mil años. Occidente, y España y el área latina en particular, siguen influenciadas por lo que fue la implantación masiva, metódica y organizada de la romanización como modelo de civilización, en particular la idea de propiedad privada que choca, por contrapuesta, con el concepto comunal de los ganaderos celtas y germánicos y no digamos nada con el comunismo primitivo anarquista del cazador–recolector. A medida que la ganadería y la agricultura fue aniquilando la vida salvaje en más y más territorio, no solo los que nunca dejaron de ser hombres libres perdieron sus cazaderos ancestrales. También los amos de lo domesticado –la nobleza guerrera, dueña de la tierra, de labriegos y pastores, pero de vocación cazadora, que cuando no tenían que guerrear pasaban los días dedicados a las prácticas venatorias– vieron reducirse los cotos.

Los que se apropiaron de la Tierra empezaron a endurecer la vigilancia y las represalias contra quien cazara sin su permiso, reservando ese privilegio solo a la élite dominante.

La actividad cinegética llegó a estar regulada férreamente. En el caso de la cetrería se legisló con detalle. Capturar aves rapaces o recoger sus huevos conllevaba fuertes multas. Un azor mudado y entrenado para la caza de garzas valía en el año 1252 lo mismo que seis bueyes domados.1

“Todo omme que fallare vezino estraño en nuestro término tomando açores o falcones o gavilanes, préndalo (…) Otrosí, qui tomar azor o falcón o gavilán viejo (…) Et tómengelo los alcaldes et denle de mano, et si non, sint perivatis.” (Ureña y Smenjaud & Bonilla y San Martín 1907: 3-4). “Et mando que nenguno non caçe desde las Carnestollendas fata sant Migael si non fuere con ave. Et qual quiere que ha nenguna cosa destos cotos de la caça passare, que peche por cada vegada que caçare e pierda la caça. Et el que non oviere de que pechar esta caloña, que yaga en mi prisión quanto    yo toviere por bien.” (Cortes de Sevilla de 1252).

“Otrossí, mando que non tomen los huevos a los açores, nin a los gavilanes, nin a los falcones. Et que non saquen nin tomen açor nin gavilán del nido fata que sea de dos negras. Et los falcones que non los tomen fata mediado el mes de abril. Et que nenguno non sea osado de sacar açor nin falcón nin gavilán de mios regnos si non fuere con mio mandado. Et el que sacare qual ave quiere destas de los Regnos, que peche el ave doblada et peche demás en coto por cada ave. Et el que tomare açor o falcón o gavilán, o huevos contra este mio coto sobredicho, quel’ corten la mano diestra. Et si otra vegada gelo fallaren quel’ enforquen. Et si non oviere el coto sobredicho que yaga en mi prisión quanto fuere mi merçet.”

“Otrossí mando que a açor nin ha falcón nin ha gavilán, quel’ non tomen yaziendo sobre los huevos, nin faziendo su nido, nin mientra que toviere fijos ho huevos. Et açor mudado nin gavilán nin falcón borní nin baharí quel’ non tomen de una muda adelante. Et los falcones neblís que los tomen mudados o como mejor pudieren. Et qual quiere que nenguna cosa destas fiziere, quel’ corten la mano, et si otra vegada lo fiziere quel’ enforquen por ello.” (Cortes de Sevilla, 1252).

Alfonso X acababa de invadir en 1252 el reino hispano–musulmán de Niebla, en Huelva. Tras asaltar la plaza fuerte y doblegar a sus habitantes, los cazadores –que amasaban reinos sin dejar de montear y volar halcones, mientras siervos y esclavos doblaban la cerviz en la agricultura o estaban atados al ganado– recorrieron su nuevo territorio hasta las marismas de Cartaya, la del Odiel y las de “las Rocinas”, infectadas de “sin papeles”, poco o nunca citados por los amanuenses, pero que no por ello dejaron de existir.

En los tiras y aflojas de las conquistas y reconquistas siempre se ha ignorado a los epipaleolíticos, los cazadores–recolectores recalcitrantes que, ignorando el curso de la historia han pululado entre nosotros etiquetados de bicheros, furtivos, contrabandistas, rebeldes y marginados.

A partir de la Edad Media, el protagonismo de la caza no fue de los que la practicaban como medio de subsistencia, sino de los caballeros que buscaban deleite y distinción en ella. Venar consagraba el estatus de élite dominante. Así, los que acudieron a Doñana a reconquistar el paraíso perdido, el cazadero infinito, lo reclamaron para sí mismos y quedó para siempre como coto privado de ricos homes todopoderosos. La caza pasó a ser símbolo, no de libertad, en un mundo cada vez más esclavo de sus miedos, sino de apropiación de lo libre.

Pero, ¿quiénes eran esos invasores, picados por la fiebre de querer parecerse al hombre cazador?

Antes que ellos coincidieron con el primitivo cazador–recolector de Doñana los neolíticos refinados, cultivadores de frutales, huertos y regadíos, los musulmanes de los cármenes. Los yegüerizos acudían a por potros a la marisma para domarlos. Dice la crónica que Almanzor (939–1002) apacentaba en Doñana sus manadas de caballos. Haría también una vez al año la “saca” de potros de las yeguas salvajes que correteaban libres por la llanura dolentrosa, para que llevaran a sus huestes a vencer al enemigo.

Tantos millones de patos, gansos, grullas, garzas y otras aves, concentradas en invierno en aquel humedal, hacían de Doñana un territorio cetrero sin parangón. “En el siglo XIV las Marismas eran sin duda un área palúdica en cuyas inmediaciones el cultivo era  imposible, sólo apta para ganadería (Isla Mayor e isla Menor eran famosas por sus pastizales entre los hispano musulmanes) o para correr montes, volar halcones y huevear”. 2

Las marismas del Guadalquivir y sus alrededores fueron cotos de caza idóneos para la cetrería y para lancear osos y jabalíes y perseguir lobos.

“Mures, actual Hato Ratón, fue el lugar elegido por Alfonso X para dar tierras a sus monteros, precisamente en el borde de los terrenos donde en el siglo XV establecieron los Reyes Católicos el Coto de Lomo de Grullo, actual Coto del Rey. Al parecer en Doñana construyó Alfonso X la capilla de Santa Olalla (Fernández, 1982:13). Hay Cédulas de los Reyes Católicos, fechadas entre 1485 y 1494, referidas al coto de Lomo de Grullo por las que se prohíbe derribar bellotas para que no se ausente la caza, y ordenando que en «los montes y términos de Mures y Gatos y Hinojos y los Palacios… non sean osados de matar. .. Puercos monteses e Osos e Venados e Gamos».3

Sobre quiénes eran los bárbaros del norte cristianizados que volvían por sus fueros, sostiene Valverde:

“Aparte de los grandes cazadores postglaciales cromañones, que nos dejaron  en Altamira y cuevas cántabro-galaicas sus grandes murales cinegéticos, han debido sucederse en la Península, desde el inicio del Neolítico hace 9.000 años hasta los romanos, hace 2.000, las siguientes culturas: I. Ibero-bellota-cerdo; II. Ibero-cerealista neolítica y III. Integradora romana, muy diversificada (atunes, olivo, etc.)

Tras las invasiones judías, bárbaras y árabes, quedó la sociedad medieval  española estructurada en tres culturas:

Ibero–cristiana. Ganadera (oveja, cerdo, vaca) y cerealista. Come chicha  y pan, y bebe vino para andar el camino. Es ecológicamente exigente y con alto metabolismo.

Mora. Sobre todo vegetariana (cereales, almendras, uvas pasas, higos) a la que añaden dos elementos tróficos mediterráneos importantes: el ganado menor y la miel. Su expansión por lo que fueron los restos del imperio romano estuvo sin duda favorecida por un alimento altamente energético: el aceite de oliva. Instalados en climas de inviernos suaves, con exigencias energéticas menores que se reflejaban en su austeridad tanto trófica («con poco se sustentan», decían sus exasperados enemigos que no lograban rendirles por el hambre).

Judía. Tabúes religiosos vedan también el consumo del cerdo. Es una  comunidad simbionte con las anteriores –que son antagónicas– y ocupa nichos bien definidos: son todos ellos ciudadanos, que no se emplean en el campo (como labradores o ganaderos) ni en el ejército, y que se ocupaban de oficios manuales, comercio y banca. Expulsados justo cuando el medioevo terminaba y penetraban por el NE los gitanos, que no pasaron de ser herreros y tratantes en ganado mayor.” 4

¿Hispano–cristianos monteros, dueños de ganado? ¿Hispano–musulmanes cetreros, dueños de regadíos? ¿Hispano–judíos tramperos, artesanos dueños de la banca? ¿Hispano–mercheros galgueros, tratantes de caballos? Estereotipados repartos de tareas y de aficiones predatorias por etnias y creencias, desde luego, que añade al esquema alimenticio de Valverde lo que pudo quedar en cada cual del cazador–recolector que todos fuimos. La nostalgia cinegética como expresión de la libertad perdida.

¿Y el hispano–magdaleniense? ¿Dónde queda en este escenario el cazador recolector verdadero? Bicheros fuera de norma aparte –que alguno sobrevivió– tal vez los genes paleolíticos estén ocultos y repartidos entre los descendientes de todos los neolíticos, y rebroten de tarde en tarde, con mayor fuerza que la media, en algunos de sus miembros. No cabe duda que cada uno de nosotros lleva dentro, aunque sean miligramos, de “hombre verdadero” entendiendo como tal el impulso que impele a seguir relacionándose con lo libre y a serlo.

Puedes ver los tomos completos ya publicados en: www.paleovivo.org 

Bibliografía:

1–4 José Antonio Valverde. Citado JAV “Introducción LM”.
http://www.eusal.es/es/libro/titulos/matematicas-ciencias-naturales/anotaciones-al-libro-de-la-monteria-del-rey-alfonso-xi-detalle

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