La patente de domesticar hizo surgir las tensiones del Neolítico

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 9

Por Benigno Varillas

Un herbívoro salvaje, el búfalo africano, es aún hoy más temido en la sabana que los carnívoros. “La lanza atraviesa la testud del león sin problemas, pero en el búfalo rebota” dicen los masai que apacientan sus vaquillas en el Ngorongoro. Es probable que esos pastores nilóticos que afirman venir de Egipto, sean parte de la tribu que hace milenios, cuando el faraón convirtió al uro, al lobo y al halcón, en Apis, Anubis y Horus, respectivamente, domaran y domesticaran también al uro africano.
Como le ocurre al vaqueiro de alzada asturiano, a la vaca en masai se le dice masai, o sea, el mismo nombre ambos. Los masai, son pastores puros, tanto que tienen un gran rechazo a comer carne de caza, a la que hacen grandes ascos. Solo en casos de extrema hambre comerían un fitófago que no fuera doméstico. Ese es el motivo de que donde viven ellos la fauna africana se conserve. Rechazados por el agricultor sedentario, migraron de los fértiles pastos del delta egipcio convertido en cultivos, Nilo arriba hasta llegar a Kenia y Tanzania, donde encontraron el paraíso del pastoreo en el herbazal de la sabana del Serengeti y Masai Mara
Los masai son monoteistas. Sostienen que hay un solo dios, Engai, que seleccionó a su tribu y les dio la vaca en exclusiva, es decir, todo ganado vacuno les pertenece. Esta firme creencia es la base de sus sistema y organización social, desarrollada para incrementar y defender lo que ellos consideran deben cuidar por un orden divino que así lo ha determinado. Dicen ser el pueblo elegido, aunque deberían discutirlo con los judíos. Igual en los inicios del Neolítico los hebreos, que salieron también del valle del Nilo, solo que ellos mar Rojo adelante, y no río arriba, estuvieron tan detrás de la domesticación de la oveja como los masais lo estarían de la vaca. Visto el papel del cordero en la religión matriz de la cristiana y musulmana, así cabe pensarlo.
Pero el mundo no se divide en moros y cristianos, blancos y negros, rojos y fachas, sino en seres poseídos por el afán de acumular y dominar y seres libres, integrados en las leyes de la naturaleza. En mentes neolíticas y en mentes paleolíticas.
El masai cree que todo el que tenga una vaca es porque se la ha robado a uno de ellos. De los 16 a los 29 años se dedicaban –antes de que hubiera móvil con el que avisar y pistas por las que llegar el coche policía– a saquear vacas en las etnias vecinas “para devolverlas a su sitio”, es decir, su boma, su poblado. Tras la etapa de los 15 a los 30 años, en la que son moranis guerreros requisadores de vacas, empiezan a tener hijos. Cada nueva mujer les cuesta veinte vacas, que pagan al padre de la hembra a añadir al harén, no el de las mil y una noches, sino el de meras nodrizas. Las compran para que procreen pastorcitos que posibiliten cuidar más vacas con las que comprar más mujeres que den más pastorcitos, así hasta acumular el mayor stock de carne jamás soñado. Dos masais cerca del Ngorongoro, con mil vacas, 50 mujeres y 200 hijos, cada uno, tienen el record y la admiración de todos.
Si cabe pensar, que los antepasados de los masai domesticaron al uro africano en el delta del Nilo, y a saber quién al uro asiático en el Eufrates o el Ganges, ¿por qué no iban a domar los antepasados de los almonteños al uro europeo en las fértiles praderas de la desembocadura del Guadalquivir, allí donde los navegantes griegos descubrieron hace 4.000 años que pastaban unos asombrosos toros que un tal Gerión se había apropiado?
La historia del Neolítico es un imparable doblegar y dominar lo libre, fuera tierra, agua, plantas, fauna, hombres, sol o viento. Rodríguez de la Fuente, ateo como Valverde, sostenía que el Neolítico había inventado a Dios a su medida, humanizado, con barba, vengativo y violento, que se encolerizaba y lanzaba rayos de ira, domesticando incluso lo que para el humano no neolítico era la sacralización del respeto a la integración en los ciclos de la vida, la naturaleza y la energía.
La religión “del libro” nacida en Egipto y trasladada a Oriente Medio, así como la masai a África oriental, son monoteístas, aunque al Dios de estos últimos, Lengai, lo encarnen en el volcán activo Ol Doinyo Lengai; en una duna de arena negra magnética que avanza por el Serengeti y en al menos dos árboles, uno en la caldera del Ngorongoro y otro cerca del poblado de Endulen.

A la domesticación de los herbívoros sucedió la de las plantas. El Abel pastor desplazó al magdaleniense cazador. Pero fue sucedido a su vez y con la misma violencia por el Caín agricultor. Dice “el libro” que no a golpe de arado, que hubiera sido lo suyo, sino con la quijada de un encebro domesticado por el ganadero. Le comería los sembrados. Lo solucionó como solventó antes Abel domador el que los hombres cazadores depredaran lo que consideraba “sus” herbívoros, por haberlos extraído vivos de los rebaños salvajes, sacando las crías a las yeguas, no solo para alimentarse, sino también para comerciar con ellas.
El arado golpeó, y mucho, la tierra fértil de las laderas. La erosión, que se inició al arrancar de su estado natural salvaje el solar hispano, eliminó la delicada capa de humus formada por siglos de hojas caídas de los árboles. Allí donde se quemaba, roturaba, araba y cultivaba, las tormentas arrastraron la tierra fértil al “Río Grande” dejando las laderas peladas. Primero íberos y tartesos, más tarde hispano–romanos, hispano–visigodos, hispano–musulmanes, hispano–cristianos, aceleraron el que en la desembocadura del Guadalquivir surgiera, como por arte de magia, un territorio nuevo, virgen, silvestre, que hace 1.500 años no existía.
Los sedimentos se depositan lentamente. Desplazan al agua por acumulación de nuevas capas de limo. Las grandes riadas acumulaban grandes masas de fango, particularmente tras las talas y las quemas, cambiando cauces y vetas. Un territorio impracticable emergió del agua. El proceso de colmatación del estuario Ligustrinus –tras pasar por una fase de lago y otra de laberinto de cauces– hizo que el aguazal se enmarañara buscando salida en la arena. Dibujó un paisaje de ramificaciones dendríticas enrevesadas –esas que capta Héctor Garrido desde la avioneta al censar la avifauna de Doñana– que acabó en marisma. Con el limo que arrastraban los ríos y la arena depositada por el mar en barras y dunas, se generó un entramado de islas, vetas y paciles en lenguaje marismeño.
“En el seno de la marisma se distinguen diversas morfologías resultado de la intensa dinámica fluvio–mareal. Hay meandros abandonados colmatados de sedimentos, antiguos abanicos de desbordamiento y “vetas”. Estas últimas son cordones litorales arenosos, con restos de malacofauna, que parecen haberse originado por eventos erosivos intensos, como tormentas o tsunamis. Los más antiguos corresponden a los cordones de Carrizosa y Veta la Arena, con una edad de 4.735 años B.P., y los más recientes a los de La Plancha y Vetalengua, datados de hace 1.808 y 1.753 años B.P.”
Así fue, como el propio Neolítico generó Doñana. Ese bastión de tierra virgen que hoy se antoja primigenia, libre, arca de Noé de la vida salvaje y de la energía inteligente no domesticada, tabla de salvación en medio de un océano de cultivos, no es que sobreviviera a la aniquilación: es subproducto de ella. Un refugio de lo paleolítico, expulsado de sus pagos ancestrales por el proceso de neolitización. Cuanto más se roturaba y araba las laderas tras las quemas, para cultivar los montes y forzar los pastos, más tierra fértil se iba con la escorrentía a reproducir en el fondo de la bahía, cambiándolo de sitio, “el Paraíso” perdido río arriba. Y cuantas más lagunas se desecaban, más vida acuática buscaba refugio en “el lugar nuevo”.

Continuará…

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