Libro I “Cazadores–Recolectores”

Primer tomo de la obra Genesis, sobre los hombres salvajes del Paleolítico y
los pueblos cazadores–recolectores que han sobrevivido hasta nuestros días

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Por Benigno Varillas

ÍNDICE:

  1. El golfo marino antecesor de Doñana
  2. Control de natalidad por la mujer paleolítica para evitar la superpoblación
  3. Darwin vio humanos beneficiados por la selección natural
  4. El elevado nivel de lenguaje de un pueblo salvaje
  5. Cazadores recolectores de las marismas
  6. D’ Oñana, aguazal de ánades en el coto de las rocinas salvajes
  7. Fin del apoyo mutuo entre depredadores al domesticar Homo las presas
  8. Hadzabe crowdfunding: salvemos la cultura de los cazadores recolectores
  9. La patente de domesticar hizo surgir las tensiones del Neolítico
  10. Reminiscencias del hombre primitivo en gentes de Doñana
  11. Cultura piscívora prehistórica en la desembocadura del Guadalquivir
  12. Los pigmeos de la selva y la moral ecológica de los cazadores recolectores
  13. Doñana, refugio de la fauna salvaje y del hombre paleolítico
  14. Alianza con las orcas en el origen de las almadrabas para capturar atunes
  15. Alianza con los halcones y las aves de presa en el origen de la cetrería
  16. Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa
  17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

TEXTO:

Capítulo 1

El golfo marino antecesor de Doñana

La cultura del periodo Magdaleniense fue brillante. Ocupó todo el final de la glaciación de Würm, la última que mantuvo media Europa cubierta de hielo. Los mayores rastros humanos de esa época, que transcurrió entre hace 17.000 y 10.500 años, se encuentran en la costa cantábrica española y en el macizo central francés. El refugio franco cantábrico defendió a los europeos de la glaciación, pero también las cuevas del resto de España, desde Atapuerca hasta Málaga, Cádiz y Huelva. Se han descubierto ya más de dos centenares de cavernas que conservan pinturas, tallas de marfil, huesos y restos de esos antepasados nuestros. En llano, sin abrigos pétreos, como Doñana, se pierde su rastro.
Esos indicios del pasado, y lo poco que sabemos de los pueblos paleolíticos cazadores recolectores que a duras penas sobreviven en 2014, indica que el hombre alcanzó, hace ya 15.000 años, un gran conocimiento de los misterios de la vida y un comportamiento integrado y sostenible con los procesos ecológicos, como el que los científicos del panel internacional sobre el cambio climático dicen que nosotros aún no tenemos, y piden adoptemos con urgencia si queremos que la civilización sobreviva. La sociedad de la información abre la esperanza de instaurar una humanidad basada en el sentido común y el respeto a lo libre, que evite que la reducción del consumo de energía y de población humana se implante por la fuerza, de forma caótica, por desastres naturales, y no porque la inteligencia nos mueva a una transición voluntaria que lleve a un modelo viable.

La dura climatología del final de la glaciación de Würm se desarrolló en tres ciclos de riguroso frío interrumpido por dos menos extremos. El momento de mayor regresión marina ocurrió hace 17.000 años, cuando el agua del Cantábrico llegó a estar 120 metros por debajo del nivel actual. La línea de costa transcurría entre tres y doce kilómetros mar adentro respecto a la de hoy. La cueva asturiana del Pindal –la del mamut de Pimiango– colgada hoy sobre un acantilado marino de verdes y profundas aguas, rodeadas de exuberante selva cantábrica, estaba, cuando fue pintada, a cuatro kilómetros del mar. Al elevarse la temperatura, el océano aumentó de volumen, se derritieron los glaciares y el agua fue subiendo, inundando cientos de cuevas. ¿Qué obras del arte rupestre, qué otras capillas sixtinas del Paleolítico, no estarán sumergidas bajo las olas?
El nivel del agua se estabilizó hace 7.000 años, aunque no por ello el litoral dejó de sufrir cambios. En el sur de España, tras ser tragada por el mar la línea de costa, los dos amplios estuarios que quedaron en las desembocaduras de los ríos Guadalquivir y Guadalete, con escotaduras laterales denominadas esteros, sufrieron un proceso de colmatación que se prolongó hasta la Edad Media y aún sigue hasta que sean unas infinitas llanuras.
Doñana es, pues, un golfo que se hizo lago, luego pantanal y finalmente marisma, bordeado por lo que hoy es Sevilla, Aznalcazar, Pilas, Hinojos, Almonte, enclaves que en tiempos de Itálica serían campamentos a pie de playa de cazadores nómadas, recolectores pescadores.
Al final del periodo de más de 600 años en el que Hispania fue romana, en el siglo IV, la población española se estima podría ser ya de unos 4 millones. Lo que es Doñana era entonces el ‘Lago Ligustino’. La desembocadura bética al golfo se situaba en Caura, la actual Coria del Río a escasos kilómetros de Itálica, la primera ciudad romana que se fundó en España, hace 2.200 años. Itálica pudo tener 8.000 habitantes. Su anfiteatro, con asientos para 25.000 personas, indica picos de población, tipo campamentos militares y una población rural que acudía al mercado y a los fastos de la urbe.
Los estudios geológicos permiten reconstruir las características físicas de la antigua costa en lo que hoy es Doñana. Discurría por la actual cota de 10 metros de altitud, en unas zonas con poca pendiente y en otras con perfiles abruptos.  Al sur de este enclave se abría un golfo marítimo de 50 kilómetros de Este a Oeste y unos 60 km de Norte a Sur, ocupando una extensión de 1.200 kilómetros cuadrados.
Recoge Rodrigo Caro: “El moro Rasis, que escribió poco después que Averroes, hablando de Sevilla dice, Sevilla yace al levante de Niebla, y al meridión de Córdoba. E Sevilla fue una de las ciudades que los reyes cristianos eligieron para sí. E cuando Hércules pobló a Sevilla, púsole nombre isla de palos (…)  Y de Isla de Palos deriva His–palis. Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, nos aclara este punto. Dice (libro 15, cap. 1) que “Hispalis tomó su nombre del lugar sobre el que fue edificada, el cual era suelo palustre, por lo que hubo que hincar palos en lo profundo para que lo edificado no callese”. (1)

Iberia era casi toda ella un gran bosque, cuenta el historiador romano Estrabón. Seguro que lo era, pero no el que algunos creen, al pensar en la ardilla cruzando la Península de copa en copa, imagen que evoca apretada y oscura foresta como la del norte de Europa. Hispania, por su clima, era otra cosa. Tenía bosques, pero de grandes árboles, con fustes gigantes, a distancia unos de otros, tocándose las copas, pero dejando pasar luz a la hierba. Dehesas modeladas por herbívoros salvajes y el fuego, con pastizales que soportaban una nutrida población de rumiantes, a su vez alimento de una gran comunidad de depredadores, entre ellos los magdalenienses. (2)
Ciervos, tarpanes, encebros, uros, bisontes, cabras monteses, eran piezas principales de los españoles cazadores–recolectores hace 12.000 años. Menos ciervos y cabras monteses, que a punto estuvieron, los grandes herbívoros se extinguieron en la Edad Media, sin que se sepa cuándo ni cómo. Hoy se hace difícil pensar en vacas, caballos y burros como piezas de caza. Pero, en su estado salvaje, tuvieron aprovechamiento cinegético hasta épocas no lejanas en la media España que permaneció poco tocada por el hombre neolítico. Su captura la disfrutaban dos tipos de cazadores, unos, que ostentaban el poder y se reservaban para sí las grandes piezas cinegéticas, y otros, considerados furtivos, fuera de la ley promulgada por los primeros. (3)
“El uro ibérico era de menor tamaño que su congénere del norte de Europa, cuyos machos llegaban a alcanzar los dos metros de alzada y una tonelada de peso, si bien la talla media de la especie rondaba los 160–180 cm en los machos y 130–150 cm las hembras. (…) Por las pinturas rupestres que los representan podemos saber que su aspecto era similar al de algunas de nuestras razas de vacuno autóctono pero con menos papada y morrillo. (…)
Pero no solo había uros en la “piel de toro”.  Además de rumiantes salvajes con cuernos, la península ibérica tenía grandes poblaciones de tarpanes. (4)
“La región Eurosiberiana estaba habitada por un tipo de caballo conocido como Equus caballus gallicus. La región mediterránea, por el Equus caballus antunesi (Cardoso y Eisenmann, 1989). (…) Con el final de la glaciación se produjo un brusco cambio de temperaturas; en 50 años ascendieron 7º C. Los hielos se repliegan hacia el polo norte. Donde había tundra y taiga se cubre de un espeso bosque de coníferas que posterior y paulatinamente serían parcialmente sustituidos por árboles caducifolios. Al sur se aclaran los bosques. Este hecho afectaría negativamente al Equus caballus gallicus, que se vio forzado a retirarse hacia las estepas del este de Europa, pero beneficiaría al Equus caballus antunesi, que vio ampliada su área de dispersión al tiempo que se suavizaban las temperaturas. (…) Es posible que las duras condiciones climáticas en las que se había desarrollado el E. c. gallicus hubieran afectado a su temperamento, haciendo de él, como con el tarpán y el caballo de Przewalski, un animal arisco, obstinado y de escasa aptitud para la domesticación. Por el contrario el E. c. antunesi, al haberse desarrollado en un clima más favorable, con alimentación abundante y variada y con diversidad de biotopos le habría hecho ser un animal más adaptable y de mejor temperamento (estas cualidades se siguen apreciando de forma destacada entre las razas caballares ibéricas), lo que habría permitido su domesticación en épocas remotas. (…) En la Península ibérica se produjo una neolitización muy temprana en su zona levantina y sudoccidental, mientras que en el norte e interior peninsular fue más débil y difusa.” (5)
Esta información sobre el origen de las razas equinas, recopilada por Ricardo de Juana la complementa este especialista con su experiencia criando manadas asilvestradas de caballo losino, raza que salvó de la extinción. Sobre el hecho de que no se hallen fósiles de grandes herbívoros domesticados en los yacimientos, lo que hizo llegar a decir que los caballos y vacas domesticados tienen su origen en Asia, escribe de Juana:
“He criado caballos en régimen de semilibertad. Pastaban durante toda su vida en un monte abrupto de más de 700 Has. Los sementales se domaban a la edad de cuatro años y se les soltaba al monte con cinco, para padrear con las yeguas. Cuatro años más tarde se procedía a retirarlos para cambiar la sangre y, el mismo día en que se capturaban, se les ensillaba y montaba de la misma manera que a cualquier otro de los que habían permanecido en las cuadras, sin haber notado nunca el más mínimo extraño o recelo en sus conductas, a pesar de no haberles puesto la silla ni el bocado durante los cuatro años anteriores. Usos similares debieron practicar las tribus ibéricas, de las que los romanos creían que tomaban los caballos salvajes de los montes para ir a la guerra. Difícilmente, un caballo que ha sido capturado con tres años, domado a los cuatro, vuelto a poner en libertad y recogido con nueve, como en mi caso, o esporádicamente (en el caso de las tribus prerromanas) podría presentar modificaciones esqueléticas como para que un paleontólogo lo pudiera conceptuar como doméstico, lo que no es óbice para que ofrezca un inestimable y completo servicio a su amo. Este hecho es, posiblemente, el que dificulta la obtención de evidencias osteológicas que avalen la hipótesis del inicio de la equitación en la Península Ibérica. Aún así, parece probable la presencia del caballo doméstico en el yacimiento del Neolítico inicial de la cueva del Parralejo o de Dos Hermanas en Arcos de la Frontera.”

Castejón consideraba un grupo aparte al “caballo castellano, tipo estepario, entroncado genotípicamente con el tarpán, de alzada media original entre 1,30 y 1,40, pelaje castaño claro (color “salvaje”), descendiente igualmente de especies que han poblado la Península Ibérica desde tiempos terciarios y cuaternarios hasta nuestros días, produciendo en general los actuales caballos indígenas de ambas Castillas…”. Señala De Juana:
“Tal vez fuese el mismo al que los romanos llamaban thieldón o celdón  y, posteriormente, se llamó “caballo de los puertos” en Asturias y León. Más que una raza podría ser una forma de transición, mezcla de la variedad de caballo de montaña o serrano (el caballo gallego, el asturcón, el monchino, el pottoka y el losino) con la variedad de estepa o las campiñas (el sorraia portugués) en los que cabe diferenciar los troncos primigenios de los caballos ibéricos que vivieron en poblaciones en estado salvaje y semisalvaje por toda España hasta el siglo XIX. (…) Hoy en día se conoce como caballo marismeño al que se produce en Doñana. Estos animales ya no responden al tipo natural porque han sufrido muchos cruzamientos, no sólo con otras castas españolas, sino también con otras razas exóticas, pero muchos de ellos conservan aun peculiaridades propias del medio en que viven. Son escasos los datos que han trascendido sobre la población denominada “caballos de las Retuertas”, de estas mismas marismas, pero sospechamos que no se trataría de una población relicta de caballos marismeños sino, probablemente, de jacas onubenses introducidas en las marismas.”

La carne de mamíferos y aves fue importante pero no lo único, ni lo principal, de la dieta paleolítica. Tanto o más peso que los grandes o veloces vertebrados, difíciles de cazar, tenía para los españoles cazadores nómadas la ingesta de frutos silvestres, bulbos, bayas, semillas, numerosas plantas, raíces y setas, así como miel y pequeñas presas. Una aportación segura, constante y de mayor peso en la dieta, recolectada sobre todo por mujeres. Este hecho les daba un papel relevante. Junto a otros factores, como la sacralización y el respeto a lo que es capaz de generar o reproducir vida, favoreció el matriarcado como forma de organización social de los humanos primitivos, en el que las mujeres tenían solo los hijos que sus reservas alimenticias –las de su cuerpo y las del entorno– les indicaban podrían alimentar, así como otras prerrogativas femeninas que el Neolítico anuló. (6)

Capítulo 2

Control de natalidad por la mujer paleolítica para evitar la superpoblación

El control de natalidad en los pueblos primitivos fue observado por Félix de Azara, cartógrafo español que de 1781 a 1801 recorrió el río de La Plata y conoció las tribus de hombres cazadores recolectores de lo que hoy es el norte de Argentina y Paraguay. Sobre su estricto cumplimiento por los cazadores recolectores escribe en el capítulo décimo “De los indios salvajes” del tomo II de su obra “Viajes por la América Meridional”, que “las indias dejaban morir a muchas de sus crías”. Recoge un comentario de una nativa que le dice “nada más engorroso para nosotras que criar los niños y llevarlos en nuestras diferentes marchas, en las que con frecuencia nos faltan los víveres”.
Azara comenta que, en determinadas tribus, las mujeres “conservan ordinariamente el último hijo del que quedan embarazadas, cuando esperan no tener más, en vista de su edad y el estado de sus fuerzas. Si se equivocan en el cálculo y tienen otro después del que han conservado, matan al último. Algunas se quedan sin hijos porque han calculado mal que tendrían aún otro. Yo me encontraba en medio de muchas de estas mujeres con sus maridos y les hacía severos reproches porque permitían sacrificar a sus propios hijos y exterminar así su nación, puesto que no podían ignorar que un matrimonio formado por marido y mujer no producía así mas que un hijo. Me respondieron, sonriendo, que los hombres no se deben mezclar en asuntos de las mujeres.”
Es seguro que las indias habrían discutido a Azara la idea que de ellas propagó, de que “matan a sus hijos”. Ellas dirían que su proceder era más bien el contrario, el de salvar a los hijos que las leyes de la supervivencia les indicaban podían tener. Nunca más que el alimento disponible. Los hijos debían nacer en el momento oportuno y sin sobrepasar la población que establece la capacidad de carga del territorio. Por sabiduría empírica sabían que debían hacerlo así, si no querían que la regulación la impusiera la hambruna, como sucede en el resto de las especies, lo que es una experiencia más dramática en los humanos que regular la natalidad.
Como en el aborto, la polémica está servida y es insalvable para mentes neolíticas que creen ciegamente en la posibilidad del crecimiento indefinido de la población humana domesticando energía acumulada. La mujer paleolítica se guiaba por la experiencia de milenios para garantizar la sostenibilidad. La evolución de la especie, no su crecimiento numérico, es la meta de las leyes de la energía que rigen la vida.
También recoge que algunas indígenas interrumpían la gestación “con gran peligro de sus vidas”. El evitar riesgos a la madre sería el motivo de que algunas mujeres prefirieran llevar a término la gestación,  malogrando al recién nacido al no darle la asistencia necesaria para sobrevivir a los primeros minutos del parto, en lugar de interrumpir el embarazo al principio del mismo con métodos en los que la mujer salía malparada o moría por las lesiones que le provocaba el aborto con técnicas primitivas. Azara anota que las indígenas “paren solas y con gran facilidad” lo que  explica aún más que se decantaran por la opción de interrumpir la vida del feto en el instante de nacer y no antes.
En otro capítulo, dedicado a hacer “algunas reflexiones sobre mis indios silvestres” Azara alude al modo de subsistencia y dice que distintas naciones “son sumamente diminutas en número de individuos” y por ello “no han padecido las alteraciones que engendra la muchedumbre en todas las sociedades”.Por las deducciones casi detectivescas de los indicios que encuentran los paleontólogos y arqueólogos que investigan los yacimientos y la información recopilada de los pueblos primitivos que han llegado más o menos en estado paleolítico y han podido ser descritos por fuentes fiables podemos hacernos una idea de cómo serían sus semejantes en zonas donde hace tiempo se han extinguido, como es el caso del Bajo Guadalquivir y de Doñana.
Dadas las muchas características comunes que se observan en pueblos primitivos paleolíticos cazadores recolectores de distintos continentes observados en diferentes siglos, cabe pensar en la posibilidad de que nuestros antepasados en el entorno de Doñana se asemejen también a ese mismo patrón, con lo que una manera de imaginar cómo serían y actuarían es fijarse en esos otros pueblos, aparentemente lejanos en el tiempo y en el espacio pero que al evolucionar para resolver las mismas necesidades tienen una similitud prodigiosa entre ellos.De los comentarios de Azara sobre los cazadores recolectores de Sudamérica son especialmente significativos los siguientes, extraídos de diferentes capítulos en los que describe las tribus que conoció, o de las que llegó a tener información:
“Son ágiles, derechos y bien proporcionados, y no se encuentra uno solo que sea demasiado grueso, demasiado delgado o contrahecho. Tienen la cabeza levantada, la frente y la fisonomía abiertas, signos de su orgullo y aun de su ferocidad. Su color se aproxima más al negro que al blanco, casi sin mezcla alguna de rojo. Los trazos de su cara son muy regulares, aunque su nariz me parece un poco más estrecha y hundida entre los ojos. Estos ojos son un poco pequeños, brillantes, siempre negros, nunca azules, y jamás enteramente abiertos; pero tienen sin duda la vista doble más larga y mejor que los europeos. Tienen también el oído muy superior al nuestro”.
“Nunca han cultivado la tierra, al menos no lo hacen hoy, y se alimentan únicamente de la carne de vacas salvajes, que abundan en su distrito. Las mujeres guisan, pero todos sus guisos se reducen al asado sin sal”.
“Nunca levantan la voz y hablan siempre muy bajo, sin gritar, ni aun para quejarse cuando se los mata. Esto llega hasta el punto de que si tienen que tratar algo con alguno que vaya diez pasos por delante no lo llaman, y prefieren andar hasta alcanzarlo.”
“No adoran a ninguna divinidad ni tienen ninguna religión. No tienen, igualmente, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni recompensas, ni castigos, ni jefes para mandarlos”.
“Son las partes mismas las que arreglan sus diferencias particulares; si no están de acuerdo se pelean a puñetazos hasta que uno vuelve la espalda y abandona al otro, sin que se vuelva a hablar del asunto. En estos duelos jamás hacen uso de armas, y nunca he oído decir que hubiera ningún muerto”.
“Poco celosos entre sí de la autoridad, cuya adquisición es más penosa que deseable la posesión, reunidos por un mismo interés, ignoran el tumulto de las facciones y las tormentas de las disensiones políticas. Su pequeño número, resultado necesario de su manera de vivir, contribuye aún a hacer reinar entre ellos la mayor unión y el más perfecto acuerdo”.
“La mayoría no tienen por toda arma mas que una lanza de once pies, armada de hierro muy largo, que les facilitan los portugueses, y los que no las tienen se sirven de flechas muy cortas, que llevan en un carcaj suspendido del hombro”.
“Cuando un hombre tiene muchas mujeres, éstas lo abandonan en cuanto encuentran otro del que puedan ser únicas esposas. El divorcio es igualmente libre para los dos sexos; pero es raro que se separen cuando tienen hijos. El adulterio no tiene otra consecuencia que algunos puñetazos que la parte ofendida administra a los dos cómplices, y esto solamente si los coge in fraganti. No enseñan ni prohíben nada a sus hijos, y éstos no tienen respeto alguno a sus padres; siguiendo en esto su principio universal de hacer cada uno lo que le parece, sin estar limitado por ningún miramiento ni ninguna autoridad. Si los niños quedan huérfanos se encarga de ellos algún pariente”.
“No sirven a nadie, no se prestan nada unos a otros, no reparten el botín”.
“Muestran mucha ternura por sus hijos, aunque no les enseñan nada”.
“No tienen religión, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni caciques, ni jefes”.
“Tienen horror a la leche”.
“Saben encender fuego sin piedra de chispa. Para este efecto hacen dar vueltas a un pedazo de palo, del grueso de un dedo, que hacen entrar por un extremo en otro pedazo agujereado al efecto, y le dan un movimiento como el de un molinillo de chocolate, hasta que este movimiento, reiterado, produce un polvo semejante a la yesca inflamada. Como a todos los indios salvajes, nuestra forma de casas les da miedo, ya sea a causa de su oscuridad, ya porque teman que se les caiga encima, y nada del mundo puede reducirlos a pasar en ella una sola noche”.
En un resumen que el mismo Azara realiza sobre las cualidades de los indígenas, coincide con las conclusiones de otros autores que estudiaron tribus similares en América y África:
“Los indios se asemejan a los animales por la delicadeza del oído, por la blancura, limpieza y disposición regular de sus dientes; en que no hacen uso de la palabra sino rara vez; en que nunca ríen a carcajadas; en que los dos sexos se unen sin preámbulos ni ceremonias; en que las mujeres dan a luz fácilmente y sin ninguna consecuencia enojosa; en que gozan en todo de entera libertad; en que no reconocen ni superioridad ni autoridad, en que siguen en su conducta ciertas prácticas a que no están obligados ni sujetos y de las que ignoran el origen y la razón; en que no conocen ni juegos, ni danzas, ni cantos, ni instrumentos de música; en que soportan pacientemente la intemperie del cielo y el hambre; en que no beben más que antes o después de la comida, pero nunca mientras comen; en que no se sirven más que de la lengua para quitar las espinas del pescado que comen y las conservan en los ángulos de la boca; en que no saben lavarse, ni limpiarse, ni coser; en que no dan instrucción ninguna a sus hijos y algunas naciones matan a los suyos; en que no se ocupan del pasado ni del porvenir; en que mueren sin inquietud por la suerte de sus hijos y mujeres y de cuanto dejan en el mundo; y finalmente, en que no conocen ni religión ni divinidad de ninguna especie. Todas estas cualidades parecen aproximarlos a los cuadrúpedos, y parecen tener aún alguna relación con las aves por la fuerza y finura de su vista”.¿Eran así los españoles de hace 10.000 años?

Capítulo 3

Darwin vio humanos beneficiados por la selección natural
¿los reconoció?

El cartógrafo español, Félix de Azara, reunió información de treinta naciones indias cazadoras recolectoras en las dos últimas décadas del siglo XVIII. Algunas prácticamente extinguidas cuando él las conoció, en tierras de misiones jesuitas en el río de la Plata y Paraguay. Varios de esos pueblos siguieron indómitos tras la independencia argentina, a  principios del siglo XIX. Para someterlos, el ejército del nuevo estado americano emprendió, en 1874, la campaña militar “Conquista del Desierto”. De igual manera se exterminaron en aquellos años las tribus de hombres cazadores del norte de América, de África, de Asia y de Oceanía. Y en Europa ¿qué fue de los magdalenienses?

En el año 2012 se publicaron dos trabajos científicos sobre el pueblo Hadza, tribu parecida a la etnia Sun del Kalahari, conocidos por el nombre de bosquimanos. Los hadzabé son cazadores–recolectores cuya población fue reducida y arrinconada por los masais y otros pueblos de pastores neolíticos, a unos mil individuos que aún sobreviven alrededor del lago tanzano de Eyasi, en la falda del Ngorongoro, al sur del Serengeti.

Ambos estudios coinciden con las observaciones de Azara en el siglo XVIII, y las de otros observadores de pueblos paleolíticos posteriores. Uno de los estudios es sobre el patrón de sus movimientos cuando cazan, que comentaremos más adelante, y otro sobre su ADN. Sarah Tishkoff y su equipo de la Universidad de Pensilvania, secuenciaron el genoma de 15 cazadores recolectores africanos de tres poblaciones: los pigmeos de Camerún y los sandawe y los hadza de Tanzania. En las secuencias de ADN identificaron más de tres millones de variaciones –de un total de trece millones– que están ausentes en el resto de humanos. En comparación con las poblaciones agrícolas y ganaderas los cazadores recolectores muestran distintos patrones de ADN en genes implicados en la inmunidad, el metabolismo, el olfato y el gusto. El descubrimiento revela signos de la selección natural a la que la mayoría de los humanos hemos dejado de estar sometidos hace miles de años. Un hallazgo extraordinario, aunque fuera previsible en pueblos paleolíticos inmersos en la vida silvestre libre.“

En sus descripciones Azara está lejos del mito del buen salvaje”, dice Horacio Capel. “No hay en sus relatos ni estado de felicidad ni utilización de ese pretendido estado dichoso para hacer críticas oportunistas contra la civilización o contra la ciudad –que sin embargo no están ausentes en su obra, aunque por otras razones.”

En general, el mito del buen salvaje tiene grandes detractores, por quienes consideran que todos somos malos y que eso de que pudo haber, o hay todavía, hombres salvajes bondadosos es un mito ridículo. La polémica reside en la confusión de lo que se considera un hombre salvaje.

He tenido la extraña experiencia de haber convivido –por decisión de ellos, a la vez, durante un año y en solitario, sin ser misionero, sino sabiendo ellos que todo lo contrario, lo que les llenaba de regocijo y afianzaba su confianza, ni tampoco pretendía obtener datos científicos y, por tanto, beneficio de ellos– con dos pueblos primitivos vecinos, opuestos el uno del otro. A la luz de esa experiencia pienso ahora que ambas partes, la de los pro buen salvaje y la de sus detractores, tienen su parte de razón.

Si se considera salvaje una tribu como la masai –pastores neolíticos primitivos puros– decir de ellos, o de cualquier otro pastor, que son un “buen salvaje” es verdaderamente una mitificación fruto del desconocimiento, ya que un masai es un ganadero con las mismas miserias y virtudes que cualquiera de nosotros, en particular de cualquiera de sus homólogos ganaderos españoles, mientras que si se considera como “buen salvaje” a su tribu vecina de bosquimanos cazadores recolectores puros, los hadzabé, hay razones para afirmar que el “buen salvaje” existe y que de mito nada, porque no es normal que coincidan en ello Marlowe, Azara, Bridges, Gusinde y otros autores que convivieron con pueblos cazadores en épocas tan dispares y lejanos unos de otros. La bondad no se refiere, evidentemente, a que no puedan ser malos a nivel personal, que seguro lo somos todos los que tenemos capacidad de pensar, sino a no estar tocados por el afán de poseer y lo que eso conlleva, así como que su máximo valor sea “ser libres”. Azara también detectó que, como los bosquimanos hazda que aún sobreviven en Tanzania, el hombre verdadero –como estos pueblos paleolíticos se llaman a sí mismos– no tiene ni amo, ni jefes, ni Dios.

Ya antes que Azara, el francés Bougainville, capturado por los indios del Río de la Plata en 1767, y forzado a vivir con ellos durante más de un año, destacó, al relatar su aventura, que eran “tan amantes de la pereza como de su libertad” interpretando como vagancia el innato ahorro de movimientos y de gasto energético de todo ser vivo.

Más radical en su percepción del “hombre verdadero” fue  Charles Darwin, que conoció a los fueguinos en la expedición en la que participó de 1831 a 1836 a bordo del Beagle como acompañante del capitán FitzRoy. En su libro “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” dice de ellos que son “criaturas abyectas y miserables” y añade: “Me sorprendió ver que la diferencia entre el hombre salvaje y el civilizado era tan grande; es mayor que la diferencia entre un animal silvestre y uno domesticado”

En la expedición del Beagle, Darwin colectó datos y observaciones que le inspiraron la teoría de la evolución, que acabaría publicando en 1859. Dedicó su vida a estudiar la selección natural en los animales salvajes y a constatar en qué medida ese fenómeno modela a los que sobreviven y hace que los más aptos sean los que perpetuan y mejoran su especie.

Darwin sabía que los desarrapados y salvajes indígenas, que nada más fondear su barco en las aguas de Tierra de Fuego se acercaron en canoas, buscando intercambiar víveres por bagatelas, podían ser malolientes y andar desnudos, pero eran inteligentes y aprendían rápido. Lo había constatado observando durante todo aquel año de 1832 a tres de ellos que venían a bordo del Beagle desde Inglaterra.

FitzRoy los había llevado a Londres en un viaje anterior, que de 1826 a 1830 había hecho a Tierra de Fuego. Eran indígenas kawésqar que había capturado como rehenes para liberarlos en cuanto los nativos de esa etnia le devolvieran un bote que le sustrajeron en febrero de 1830, cuando le quedaban seis meses para finalizar la primera fase de las prospecciones cartográficas que le había encargado el almirantazgo de la marina real británica y regresar a Inglaterra. Pero los días pasaron y el bote no apareció. Los indígenas se acomodaron a la nueva vida, en la que fueron bautizados como York Minster, el mayor, que tenía unos 26 años de edad; a otro más joven, de unos 20 años, le llamaron Boat Memory, y la niña, de 9 años, Fuegia Basket. La adaptación a la vida en el barco y la buena convivencia que se entabló con los retenidos, hizo que FitzRoy concibiera el plan de llevarlos a Inglaterra,  en la idea de traerlos de nuevo a su tierra en un siguiente viaje, de manera que se fueran con los suyos una vez hubieran aprendido inglés y se civilizaran. En un siguiente encuentro con un grupo de canoeros, FitzRoy embarcó y retuvo a bordo a un muchacho de14 años, de la etnia yagán, al que dio el nombre de James Button.

Que los nativos dejaran de ser cazadores–recolectores nómadas y se hicieran agroganaderos sedentarios, tras aprender no solo inglés, sino también a cultivar hortalizas y alimentos, tenía su lado práctico. Los barcos que bordeaban el despoblado cono sur de América en dirección al océano Pacífico, navegando por la desangelada y tormentosa Tierra de Fuego, no tenían núcleo humano alguno en el que recalar a por víveres. Así que crear un asentamiento inglés con granjas y ganado, atendido por aquellos nativos, que ya de forma espontánea les abastecían de pescado y marisco, era una buena idea.

Una vez en Londres, uno de ellos, Boat Memory, falleció de viruela, con lo que solo tres regresaron a su tierra. Pero, a pesar de la esmerada educación recibida durante los años que estuvieron en contacto con la civilización, y el trato que se les dio, llegando a ser recibidos en audiencia con todos los honores por los Reyes de Inglaterra, Darwin y FitzRoy constataron con estupor cómo a los pocos meses de devolverlos con los suyos, los tres indígenas abandonaron la misión y volvieron por completo a la vida salvaje de su cultura cazadora–recolectora.

En “El Origen de las Especies” Darwin escribió: “los habitantes de la Tierra del Fuego son contados entre los salvajes más inferiores; pero siempre he quedado sorprendido de ver como tres de ellos, a bordo del Beagle, que habían vivido algunos años en Inglaterra y hablaban algo de inglés, se parecían a nosotros por su disposición y por casi todas nuestras facultades mentales.”

Darwin no solo reconoció que los indígenas podían llegar a ser como los humanos civilizados, una vez educados y tratados de cerca. En su obra admira y destaca sus capacidades linguísticas, comentando que: “Fuegia Basket era una linda muchachita, modesta y reservada, con una expresión afable, pero triste a veces, y gran facilidad para aprender cualquier cosa, especialmente idiomas. Así lo demostró imponiéndose del portugués y español para hacerse entender en el breve tiempo que se detuvo en Río de Janeiro y en Montevideo, y en su conocimiento del inglés.”

Los yaganes no solo tenían una capacidad de comunicación extraordinaria, sino unas excelentes condiciones físicas. A pesar de ser pequeños de estatura, salían vencedores en la mayoría de las pruebas y competiciones de fuerza con los marineros, al punto que Fitz-Roy prohibió a su tripulación medirse con ellos, no fueran a pensar que los ingleses eran fáciles de vencer.

Darwin consideraba que la vida de los hombres salvajes era mala. Al constatar que el experimento domesticador de Fitz Roy había fallado, escribió: «Aunque hayan pasado solo tres años con hombres civilizados, no dudo de que nuestros tres fueguinos hubieran sido mucho más felices conservando nuestras costumbres, pero no era posible. Hasta temo mucho que su visita a Europa les haya sido perjudicial.»

Es de suponer que un observador fino, como el joven Darwin, reflexionando sobre lo domesticado y lo salvaje, es decir, lo privado de libertad y lo libre, al comparar la vida de los fueguinos y la de los suyos, viera en los hombres verdaderos no solo su mugre externa sino también su espíritu interior libre, que les venía de vivir inmersos en las leyes de la evolución integradas en la armonía del Universo, que precisamente descubrió Darwin.

Sería interesante saber si en el desarrollo de la teoría de la evolución, que le sugirió lo que vió y anotó en aquel viaje de 5 años alrededor del mundo, influyó su encuentro con los hombres salvajes. Y lo mismo si los humanos primitivos hicieron también reflexionar a los seguidores de Darwin aglutinados en el llamado Club X de Londres que fundó Thomas Huxley en 1862. Sería un miembro de aquel distinguido club, el banquero John Lubbock, el que en 1865 dió nombres separados a esos dos mundos de arquitectura mental opuesta, inventando los términos Paleolítico y Neolítico. En su libro “Prehistoric Times” Lubbock sustituyó con ellos los conceptos bíblicos de “diluviano” y “antediluviano” para referirse al Rubicón entre las dos formas de sociedades que marcan la diferencia que Darwin percibió en las formas, y esperemos que también en el fondo, entre los hombres cazadores–recolectores primigenios y las posteriores sociedades humanas domesticadoras y domesticadas de los pastores–agricultores neolíticos.

Al igual que Darwin, Lubbock y sus colegas podrían haber sido conscientes de ese factor diferencial entre el hombre salvaje y el civilizado que es el concepto de lo que vive inmerso en la energía libre o lo que ya está inmerso en el mundo de la energía domada y retenida, y no haber pensado solamente en dividir la Edad de Piedra en dos eras bien diferenciadas, porque el factor que inspirara la divisoria fuera que en los 100.000, o dos millones de años, depende a cuándo queramos remontarnos, de la Edad de Piedra antigua, o Paleolítico, las herramientas se tallaban toscamente, por percusión de unas piedras contra otras, y en el Neolítico, iniciado hace 10.000 años con la domesticación de los herbívoros (y de la humanidad, que debía cuidar de ellos), las herramientas de piedra se empezaron a pulimentar.

Posiblemente el banquero y sus ocho contertulios del Club X estuvieran ya detrás de esta pista, que se insinua al descubrir que si los seres vivos se perfeccionan con los procesos de optimización que aporta la evolución, y hace 9.000 años un domador nos echó de ella, resulta más que evidente que a la especie homínida superviviente la metieron en un peligroso proceso de degradación. Tal vez por ello los miembros del Club X apoyaron las ideas eugenésicas del cuñado de Darwin, Francis Galton, para, con ayuda de la ciencia intentar aportar de forma programada a la especie sapiens los beneficios que la selección otorga de forma natural a las especies no domadas.

La tesis de que las Edades de la Prehistoria no aparecieron por evolución lineal autóctona, sino con la llegada de nuevos pueblos, procedentes en su mayoría de Oriente, fue secundada por Lubbock. Igualmente sostuvo la opinión del sueco Sven Nilsson –que Lubbock tradujo al inglés– de que la insuficiencia de testimonios arqueológicos para explicar el pasado se podía suplir estudiando a los pueblos primitivos.

Algunos europeos, que tuvieron la oportunidad de tratar con pueblos cazadores durante años –no como Darwin que los vio fugazmente y los juzgó prácticamente desde la borda del Beagle– tuvieron una opinión más positiva de ellos. Así, los comentarios del español Félix de Azara, que vivió y recorrió durante dos décadas los territorios de indígenas paleolíticos y los del alemán Martín Gusinde, que vivió  entre 1913 y 1920 casi dos años, con las mismas etnias que conoció Darwin, en sus campamentos del canal de Beagle. Ambos autores desprenden admiración por esos humanos primitivos, aún cuando Azara vea bien que se les pretenda civilizar y Gusinde no renuncie a su condición de clérigo y quiera ver en ellos “fe en Dios”, aunque no habla de cristianizarlos, tal vez por detectar que su espiritualidad innata no necesitaba dioses.

Capítulo 4

El elevado nivel de lenguaje de un pueblo salvaje

Quien sí intentó cristianizar a los fueguinos fue el reverendo anglicano Thomas Bridges (1842 aprox. – 1898). Lo de “aproximadamente” se debe a que Bridges fue encontrado debajo de un puente –de ahí el apellido que le dieron– de la ciudad británica de Bristol, en 1846, cuando aparentaba 4 años de edad. Fue adoptado por el reverendo anglicano George Despard quien, diez años más tarde le llevaría con el resto de su familia a las islas Malvinas, base militar británica en el Atlántico que aún reivindica Argentina, estratégica para el control de la ruta marítima al Pacífico. Thomas murió a los 56 años de edad, tras convivir casi 40 años con el pueblo paleolítico yámana de Tierra de Fuego. Falleció en 1898 en un hospital de Buenos Aires, a causa de un cáncer.
Su padrasto había retomado la labor iniciada por el capitán FitzRoy en 1830 de enseñar inglés y domesticar a los indios salvajes del canal de Beagle para asentar en sus cazaderos una colonia británica que facilitara provisiones a los barcos que navegaban del Atlántico al Pacífico por el extremo sur del continente americano.
La Sociedad Misionera Patagónica empezó en 1856 a trasladar grupos de yámanas a las islas Malvinas “para su educación cristiana”. En esos años, Thomas Bridges aprendió de ellos el idioma yámana o yagán. En 1859 se estableció una misión en la isla Navarino, donde lo había intentado FitzRoy 30 años antes, pero los yámanas mataron a los misioneros, se dice que liderados o instigados por Button, el más aventajado de los cuatro indígenas que trató de domesticar FitzRoy en 1830.
En 1863, Thomas Bridges, a sus 21 años, lo intentó de nuevo. Al comunicarse en lengua yámana o yagán, como también se la llama, explicó sus intenciones y logró asentarse. En 1886, Bridges cambió por la argentina la bandera británica de la misión, al tiempo que obtenía del Gobierno argentino una concesión de 20.000 hectáreas de terreno para establecerse en ella con sus hijos como granjeros de vacas y ovejas. La llegada de más colonos, buscando oro e implantando más haciendas ganaderas en los cazaderos paleolíticos, provocó a finales del siglo XIX el genocidio de todos los indígenas que habitaban Tierra de Fuego, tanto el de los resistentes canoeros yámanas y alacalufes, pescadores recolectores de piernas cortas y fuertes brazos, que pasaban media vida en su piragua, como el de los altos, veloces y diestros flecheros, los poderosos selknam, cazadores–recolectores de tierra a dentro, a los que los blancos llamaron onas y de los que Bridges escribió: “Cazan pájaros y guanacos con flechas, pero para matar las focas se valen de arpones. Se apoderan también de ellas penetrando en sus cuevas y matándolas a palos. Complementan su alimentación, las almejas, las llámparas y otros moluscos así como frutillos silvestres. (…) El agua constituye su única bebida.” (20)

El guanaco, que puede pesar los 100 kilos, y la más pequeña vicuña, son los herbívoros salvajes de mayor tamaño de la estepa patagónica y del altiplano andino. Estos dos camélidos son piezas claves de los ecosistemas sudamericanos donde vive. Las vicuñas se distribuyen actualmente en un área de 250.000 km2 de la zona altoandina de Perú, Bolivia, Argentina y Chile, a más de 3.200 metros sobre el nivel del mar. En el siglo XVI se estima que había en Perú una población de unos 2 millones de vicuñas. A mediados del siglo XX apenas quedaban 10.000. El guanaco ocupaba en esos mismos países un amplio rango de ecosistemas áridos y semiáridos desde el nivel del mar hasta más de 4.500 metros de altura en los Andes. La población prehispánica de guanacos se estima que pudo ser de 30 a 50 millones de individuos. Hoy quedan unos 600.000, tras haber perdido el 60% de su área de distribución original, y ser relegada el 90% de su población actual a la región patagónica Argentina.

Para los paleolíticos, como los selknam del Canal de Beagle, el guanaco, era su principal recurso. Con las armas de fuego se provocó una disminución drástica de ambas poblaciones, que fueron masacradas sin restricción alguna por todo el que quisiera apropiarse de ellas. Los guanacos y las vicuñas salvajes se diezmaron a decenas de miles para exportar sus pieles. El declive se acentuó con la alteración del hábitat y la competencia por el pasto del ganado exótico. La regresión se revirtió en las últimas décadas, con la firma de convenios internacionales y el desarrollo de un marco legal e intensos esfuerzos nacionales y regionales de conservación. Las medidas de conservación van dando resultado y, a pesar de la caza, que se continua ilegalmente, algunas poblaciones de vicuñas y guanacos se recuperan.

Hace 5000 años, sátrapas andinos domesticaron al guanaco, obteniendo la llama. De las vicuñas, obtuvieron la alpaca. Luego neolitizaron y esclavizaron a sus hijos y a sus descendientes, formando pueblos tal como lo hicieron sus aniquiladores, con la cultura neolítica originaria del continente eurasiático, norte de África y Europa mediterránea, que impuso la cultura agropastoril en los valles de los ríos Nilo, Eúfrates, Tigris, Ganges y Tarsis así como en las islas griegas y zonas ribereñas del Mediterráneo. Otra raza humana que inició el proceso domesticador que sigue imperando, fue la del fértil valle del río Mekong y otros grandes ríos y archipiélagos del Este asiático.

Al contrario que en Europa y Asia, donde la vaca y el caballo salvaje se extinguieron, la existencia simultánea de especies silvestres y de sus versiones domesticadas, derivadas de la primigenia, se da en los grandes herbívoros sudamericanos y genera gran confusión, como demostró un Proyecto de Ley argentino de 2008 para sacar rendimiento económico a los camélidos, que motivó un escrito del Grupo de Especialistas de la UICN, explicando “la importancia de diferenciar entre animales silvestres y domésticos”, defendiendo que guanacos y vicuñas son fauna salvaje que no debe gestionarse como ganado. (21)

El cineasta español Javier Trueba, que casó ya en el siglo XXI con una argentina del canal de Beagle, comenta que allí aún se recuerda la legendaria puntería de los esbeltos y atléticos selknam. Los guanacos, que eran su principal alimento, cuando se alarmaban se escondían entre los árboles y arbustos. Al cabo de un tiempo inmóviles, acaban por mover levemente la cabeza para asomar un ojo entre la hojarasca para controlar las intenciones de su perseguidor. Se dice que los selknam eran tan altos y corpulentos como requería el poder tensar sus duros y potentes arcos, que exigían mucha fuerza muscular para manejarlos. Con ellos colaban su flecha desde una distancia considerable entre las ramas y lograban clavarla con una puntería sin igual en el único blanco que proporcionaba la presa, el pequeño y casi invisible ojo del guanaco camuflado entre la vegetación.

Hablando de sus dos vecinas etnias canoeras, los yámanas y los alacalufes, ambas de fuertes brazos y aptas piernas cortas para la vida en canoa, rechonchos de grasa para combatir el frío húmedo de la vida acuática, Bridges escribe, en octubre de 1882: “Los moluscos son la forma habitual de subsistencia de los fueguinos, aunque también comen carne de foca y de lobo marino, o de aves, especialmente de pingüino y de ganso magallánico. Su estómago no se revuelve con la grasa de una ballena, cuando por fortuna uno de estos Leviatán les queda varado en la costa, aun cuando haya llegado a la etapa de descomposición. Toda la gente de las proximidades corre al lugar, mientras flotas de canoas rodean al monstruo encallado y su cuerpo es cubierto de hombrecillos de color de cobre, arrancando la grasa con sus cuchillos de valvas. Cada uno corta todo lo que puede y, cuando ha arrancado y cortado un gran trozo de grasa, hace un agujero en medio y lo mete alrededor del cuello, lo que les deja las manos libres para llevar más de la sabrosa comida.” (22)

En una conferencia que Bridges impartió en la sociedad literaria inglesa de Buenos Aires, en agosto de 1886, afirmaba: “Los indígenas acostumbran ir libremente a aquellos que tengan alimentos de sobra, para procurarse una parte de los mismos, y siempre salen satisfechos. Jamás piden nada, pero se comprende perfectamente el objeto de la visita. Nunca dan las gracias, pero en toda ocasión están listos para retribuir estos servicios.” (22)

De otros textos que redactó a lo largo de su vida, extraemos las siguientes citas:
“Los indígenas han desarrollado todas las cualidades más útiles para la vida que llevan: sus canoas son perfectas de su clase y otro tanto puede decirse de todos sus utensilios e implementos. Con los materiales de que disponen no comprendo cómo podrían ser mejorados. Se adaptan perfectamente al suelo y clima del país en que se encuentran (…) Sus arcos y sus flechas, aunque sin adornos, eran perfectas; no podría estar mejor hechas, como ocurre con todas las armas e instrumentos de los yámana y, supongo, de todas las razas primitivas.” (…) “Profesaban gran respeto por la vida.” (…) “Los niños son objeto de tiernos cuidados y en ausencia de la madre los amamanta cualquier otra mujer antes que dejarlos sufrir. (…) “Jamás contraían matrimonio dentro de los grados de consanguinidad prohibidos por la ley natural.” (…) “No reconocen un Creador ni tienen idea del futuro, ni esperar nada después de la muerte”. (…) “No conservan tradición alguna de su pasada historia, ni saben de donde han venido”. (20)

“Gran parte de los ancianos pasaban por brujos. Estos no eran tan sólo los que habían adquirido cierta influencia a causa de la superioridad de su inteligencia o por sus fuerzas físicas, sino que entre ellos se encontraban hombres de todas clases. Llegados a esta condición, pretendían poseer poderes extraordinarios. He visto a uno de ellos lanzarse sobre la fogata y bailar sobre el fogón recalentado. En la práctica del arte de curar, emplean encantos y saltos y pasan las manos por encima del enfermo, haciendo chascar los dedos. Por estos medios, se sobreexcitan los curanderos e inducen cierto grado de hipnotismo en los enfermos. Cuando existe algún dolor local, manipulan esa parte. También pretendían que podían hacer buen tiempo, allí escaso y codiciado”. (22)

Pero el descubrimiento más portentoso que hizo el reverendo Bridges de este pueblo de cazadores–recolectores del Paleolítico que sobrevivió hasta principios del siglo XX, fue su idioma. La última superviviente yámana, que aún lo dominaba como lengua materna, vivió hasta los 100 años de edad y logró con su longevidad que su etnia no se extinguiera hasta el año 2003, en que murió. Un idioma que cautivó de tal manera a Bridges, que se puso a hacer un diccionario del mismo, al ver la variedad y originalidad de su vocabulario.
Las lenguas en Europa se han enriquecido con los imperios coloniales, al dominar países donde se hablan otros idiomas y mezclarse con ellos. Igualmente agrandaron el vocabulario los tecnicismos de la industrialización y el avance científico, cultural y tecnológico, al punto de multiplicar por diez el número de palabras de hace cinco siglos. Hay diccionarios de algunos idiomas que llegan ya a un millón de palabras recopiladas. Pero el vocabulario pasivo, es decir, el que comprendemos aunque no usemos, es de unas 15.000 a 30.000 palabras, y eso en personas con una formación académica media, y el vocabulario activo, es decir, el que uno usa de forma regular, desciende a menos de 20.000 palabras, siendo lo normal no manejar más de 10.000. La mayoría de la gente no llega a 2.000 palabras en su vida diaria, umbral por debajo del cual se expresan mal las ideas y se comunica fatal.
Thomas Bridges hizo un diccionario del idioma yámana que contiene 32.000 palabras. A los pocos meses de instalarse en territorio yámana, en abril de 1879, anotó: “Es muy regular e ingenioso en su estructura y tiene una marca divina en su apariencia” aunque, como destaca Arnoldo Canclini en su libro “Los indios del último confín”, que recoge los escritos de Thomas Bridges y otros misioneros que citamos en este ensayo, Bridges se quejaba de que el yámana era un instrumento inadecuado para expresar los conceptos cristianos, por no tener palabras para nombrar a Dios, los ángeles y otros conceptos que aparecen continuamente en la Biblia, como rey, general, fariseo, oveja, pan, mesa, etc”. Y añade Canclini: “Aún más, tampoco se podrían mencionar en yagán (yámana) los principios psicológicos y éticos del cristianismo, ya que eran muy escasas las palabras que designaban vicios o virtudes.” (22) Carencias linguísticas de los yámanas que dicen mucho, por cierto, de la arquitectura mental del Paleolítico.

Bridges que quiso domesticarlos y acabó dejándolos por imposible, admiró, como hemos visto, su capacidad de expresarse y de comunicar. Relacionaba esa facultad con la forma de vida de los pueblos primitivos, y escribió: “Me maravillo de cómo un pueblo tan depravado y miserable ha mantenido este idioma, que es tan amplio y regular. Esto solo puede ser entendido teniendo en cuenta su vida social, sin estar encerrados en reclusión familiar. Así es que ellos siempre se mueven en grupos y cuatro o más familias se amontonan en una sola choza. Los niños oyen todos los temas que se hablan, llegan a estar en contacto con centenares de personas, oyendo el discurso de muchos. Esta pobre gente conoce a muchas más personas qué la mayor parte de los que vivimos en comunidades civilizadas. Oyen y participan en muchas más conversaciones de lo que es común en una sociedad que lee y que está muy ocupada.” (22)
No tenemos el dato del número de yámanas que Bridges consultó para hacer su diccionario. Pero el propio misionero calculaba que en su época quedaban ya apenas 400 yámanas, dispersos por el Canal de Beagle, de los 3.000 que podría haber habido cuando llegaron allí Fitz Roy y Darwin, 30 años atrás, y las enfermedades de los blancos y las matanzas aún no habían diezmado a los nativos.
Con una población tan exigua, de la que Bridges se supone interrogaría solamente a una pequeña parte, resulta portentoso que llegara a sonsacar a unos pocos hombres salvajes ¡32.000 palabras! Un resultado inimaginable si interrogáramos hoy a un número equivalente de europeos sin estudios e incluso con ellos. Para darnos una idea, el escritor Miguel de Cervantes manejó en su libro “Don Quijote de la Mancha” un total de 23.000 palabras distintas y el escritor inglés Shakespeare utilizó 31.000 en todas sus obras. (23)

Que unos salvajes desnudos usaran semejante vocabulario da qué pensar. Nos retrotrae a las dudas que dicen algunos asaltaron a Picasso (24) en 1902, quien pensó que desde el Paleolítico hemos ido para atrás. Se le atribuye esta expresión por la fecha en que se confirmó internacionalmente que la obra pictórica de Altamira tenía más de 12.000 años de antigüedad, tras 25 años negándole todo el mundo a su decubridor, el santanderino Ignacio Sanz de Sautuola (1831–1888). Solo un científico, Santiago Vilanova le reconoció que las pinturas de bisontes que su hija María Justina de 12 años había descubierto cuando le acompañaba en la prospección de cavernas que hizo en el verano de 1879 en la cueva cántabra eran auténticas. El experto en la industria lítica de la edad de piedra y principal crítico de Sautuola, Cartailhac, tuvo que rendirse a la evidencia al descubrirse pinturas similares en una cueva al sur de Francia. Entonó entonces su famoso “Mea Culpa de un Sceptique”, pero llegaba tarde, porque Don Ignacio, el tatarabuelo de la familia Botín, que mas tarde fundaría el Banco Santander, ya había muerto, profundamente afectado de que se le acusara de urdir un engaño. (25)

Aquellas habilidades lingüísticas, pictóricas, de supervivencia y armonía con el medio, requieren capacidades mentales que ahora mismo no tenemos la mayoría de los mortales. Facultades que indican un nivel intelectual del hombre primitivo mucho mayor del que habitualmente se le atribuye, muy superior al de la media actual. Así opinaba Félix Rodríguez de la Fuente, chamán de la palabra que nos consta no conoció los datos que aquí exponemos, y tal vez el comentario que dejó sobre este tema –grabado con su voz como no podía ser de otra manera hablando de la cultura oral– son reflexiones sacadas de su experiencia propia:

Félix Rodríguez de la Fuente nos puso, entre otras muchos secretos del Paleolítico, tras la pista del potencial que tiene la voz humana para modelar y generar sinergias insospechadas en los cerebros humanos, actuando como una feromona capaz de activar la conciencia colectiva. La capacidad de comunicar de la vida inteligente a través de la voz, la cultura oral desarrollada por el hombre paleolítico, habría llevado a la especie humana a dominar a unos niveles insospechados su cerebro, lo que le había dotado de unas capacidades que hoy no tenemos, perdidas al dejar de vivir inmersos en la naturaleza y perder las facultades que aporta mantenerse activos dentro de los esquemas y las exigencias de la evolución de la vida.
No solo coinciden, en sus observaciones, los pioneros que en los dos últimos siglos tuvieron la oportunidad de vivir con pueblos primitivos hoy extinguidos. Los trabajos científicos más recientes, como los del antropólogo norteamericano Marlowe sobre los bosquimanos cazadores recolectores Hadza de Tanzania, realizados a finales del siglo XX y principios del XXI, concuerdan con las observaciones de Azara, Bridges y Gusinde, al punto que leer los comentarios de estos diferentes autores, basados en observaciones hechas con más de cien años de diferencia de uno a otro, es como leer un mismo texto, escrito por una misma persona, sobre un único pueblo, en un único momento histórico. Como si el transcurrir del tiempo fuera inexistente en el “hombre verdadero”.
Si los humanos paleolíticos se asemejan en tan diferentes lugares y épocas, cabe pensar, como opinaba Rodríguez de la Fuente, que los hasta 100.000 magdalenienses que se estima pudo haber en Iberia hace 12.000 años –los que pintaron Altamira, Siega Verde y Côa–  y cazaban el uro, y el caballo, en las praderas asturianas de la vega del río Nalón, en Tudela Veguín, que se extiende delante de la cueva de La Moratina,  y en la desembocadura del Betis, antes de que a Gerión se le ocurriera degradarlos domesticándolos– tuvieran también esa cultura, cosmovisión y actitud, similar a la de los pueblos cazadores recolectores de los que hay noticia.

Las características de Homo sapiens no domesticado, como constatan los que han recogido información, se resume en una: ser libre. Libres como su entorno y las presas de las que se alimentaban. Libres, como la vida salvaje no domada y no dominada. Libres como lo es, o lo debiera ser, la energía, con sus leyes universales de optimización de su consumo, que el Neolítico alteró al domesticarla y retenerla para acumularla.

En el siglo XIX las tribus de cazadores recolectores del río de La Plata fueron perseguidas a sangre y fuego, pero, sobre todo, lo que pudo con ellos fueron las enfermedades que les contagiaba el hombre blanco con solo darles la mano. El misionero salesiano Martín Gusinde, un austríaco que acabaría siendo jefe de sección del Museo Nacional de Etnología y Antropología de Santiago de Chile en 1913, relató en sus obras cómo los europeos aniquilaron a las tribus de la Tierra de Fuego y en el canal de Beagle, al sur de la hoy Patagonia argentina y chilena.
“A los buscadores de oro siguieron otros enemigos de los indios más perversos y peligrosos: los estancieros. En el año 1878, se intentó la cría comercial de ganado. Cuando a pesar del largo invierno se obtenían tan buenos resultados, se instalaron en la orilla norte de la Isla Grande de la Tierra del Fuego varias estancias, cercando con alambradas extensas llanuras; con ello se expulsó a los indios de sus cotos de caza, quitándoles su principal fuente de alimentos. Cuando los hambrientos indios se aproximaban a los cercados eran recibidos a tiros por los guardas y pastores. Los guanacos habían sido ahuyentados por los intrusos blancos y en su mayoría aniquilados; en su lugar pastaban miles y miles de carneros”. Y prosigue: “De todos los males que han sido deparados a los fueguinos por el contacto con los europeos, nada iguala a las ruinas que causaron algunas enfermedades. La mortandad en masa de los Yámanas empezó poco después de la fundación de la estación misional anglicana.” (…) Viruela, tosferina, tifus, gripe, sífilis y otras epidemias causaron estragos. Las familias que por permanecer en el bosque no habían tenido contacto con los europeos se mantuvieron sanas durante algún tiempo hasta que siguieron la misma triste suerte que sus compañeros de tribu. Con la más extraordinaria rapidez se despobló el archipiélago meridional. La primitiva población de cerca de 2.500 miembros de la tribu Yámana había descendido a fines de 1945 a menos de cincuenta”.

Este libro trata de desvelar qué queda de “lo libre” y, en qué medida, Doñana, uno de los iconos que lo representa desde hace 800 años, es bastión de especies olvidadas, como los grandes herbívoros salvajes ibéricos, de modo que donde hoy vemos vacas y caballos en la marisma, podamos empezar a ver uros y tarpanes y, sobre todo, aprendemos a ver, y a ser, Homos sylvestris, como llamaron Chapman y Buck a los españoles primitivos que encontraron en sus correrías por la Península ibérica en el siglo XIX. A tener la arquitectura mental de los Hombres verdaderos cuya inteligencia les hizo conocer el secreto de no alterar el equilibrio ecológico de este planeta y, con ello, el secreto de la supervivencia, de evitar que una crisis ambiental se los tragara, como ahora nos podría ocurrir a esta orgullosa civilización que se cree omnipotente y es tan frágil como que todo su aparatoso despliegue depende de un fino y frágil hilo. Y no hablamos solo del cada día más sobrecargado tendido eléctrico, sino del modelo neolítico que, al basarse en el crecimiento continuo, se desvela como una gran estafa piramidal, a la que nadie osa, o sabe, desmontar.

Capítulo 5

Los cazadores–recolectores de las marismas

Además de los frutos y los vegetales, que allí donde abundaban eran más esenciales en la dieta paleolítica que la carne de los grandes herbívoros, el español primitivo capturaba en zonas ribereñas peces, ranas, galápagos, caracoles, murciélagos; en partes más secas tortugas, serpientes y en todas ellas, hormigas, orugas, larvas, insectos, huevos y pajarillos. En el litoral marisqueaba los roquedos recogiendo lapas, mejillones, cangrejos, erizos, bígaros, ostras y en la arena coquinas, almejas, peces, algas y todo ser viviente que se dejara atrapar.

También aprovechaba los mamíferos marinos varados en las playas. En 2013, unos arqueólogos analizaron los restos de 167 balanos de dos especies distintas desenterrados en una cueva de Nerja, Málaga. Estos crustáceos crecen solo en la piel de la ballena franca austral, mamífero de 50 toneladas de peso. El descubrimiento indica que nuestros antepasados primitivos consumieron en la cueva carne de ese cetáceo. Por el análisis de la hoguera se sabe que el banquete se celebró hace 14.000 años. Las conchas de los crustáceos estaban mezcladas con vértebras quemadas de delfín y huesos de foca.

Un estudio, en el que participan Joaquín Rodríguez–Vidal, profesor de Geomorfología del Departamento de Geodinámica y Paleontología de la universidad onubense; Clive Finlayson del Museo de Gibraltar; Juan José Negro, de la Estación Biológica de Doñana e investigadores de las universidades de Murcia y de Toronto, plantea que la Península Ibérica, y el suroeste en particular, representan los remanentes más occidentales del prehistórico “Cinturón de Latitudes Medias” que llegaba hasta la cordillera del Himalaya. Ese trabajo corrobora que una franja costera bajo el nivel del mar actual estaba al descubierto, proporcionando pasillos al movimiento de las especies. En el Paleolítico, la costa de Gibraltar a Nerja no era como la de hoy, de acantilados y pequeñas calas. Dominaban entonces las playas infinitas, tipo Matalascañas en Doñana, con trenes de dunas que avanzan tierra adentro, sepultando y acorralando pinos y enebros. El paisaje de Gibraltar a Málaga era parecido al de las marismas del Guadalquivir de hoy. (26)

Clive Finlayson y su equipo del Museo de Gibraltar encontraron en el Peñón concheros del hombre de Neandertal –especie extinguida hace 30.000 años– lo que indica que “los otros” humanos que habitaron Iberia hasta fecha reciente explotaban los recursos marinos al igual que nuestros antepasados cromañones, pero no han hallado aún indicios de que en la cueva gibraltareña de Grorham, el hombre primitivo consumiera alguno de los muchos mamíferos marinos que cruzan el Estrecho y varan en la costa.

Quien sí encontró numerosos cetáceos muertos en las playas, y rápido colectó los cráneos y a veces esqueletos enteros para su colección taxonómica, fue un joven vallisoletano que recaló por la costa de Almería en 1957. Hombre de secano, el mar le atrajo poderosamente. Tropezarse con la fauna marina fue una emoción sublime para aquel joven, ávido de investigar los secretos de la vida. Tenía entonces 31 años. Le llamaban Tono. Acababa de ser contratado por el CSIC sin tener aún la carrera empezada. Aún no sabía cómo, pero tenía claro ya entonces que su misión en esta vida era salvar Doñana. Era José Antonio Valverde.
No tenía aún el título de Biólogo porque cuando a sus 18 años fue a matricularse en Ciencias Naturales a la Universidad de Madrid, un médico le oyó toser. En lugar de ingresar en la facultad ingresó en un hospital de tuberculosos de Carabanchel. Corría el año 1944 y aquel lugar era entonces puro campo, cerca de un Madrid sin coches ni autopistas. Allí, y en su habitación de Valladolid después, pasó su juventud con una pierna escayolada que le obligaba a caminar con muletas. Andar le aliviaba el dolor que le provocaba la calcificación de la rodilla y caminando por las márgenes y los bosques de ribera del Pisuerga descubrió la ecología de campo. En 1955 leyó que el galo Heim de Balsac planeaba estudiar la fauna del Sáhara español. Llenó de rabia escribió al Jefe de Estado, Francisco Franco, quejándose de que un extranjero planeara investigar el solar patrio y él no tuviera medios para hacerlo. La carta surtió efecto y aquella primavera pasó tres meses en el Sahara con el Ejército y, fruto de aquella expedición,  en noviembre de 1956 entregó al Instituto de Estudios Africanos el texto y los dibujos del libro “Aves del Sahara. Estudio ecológico del desierto” que causó sensación internacional y le abrió las puertas del CSIC. La primera tarea que le impusieron fue sacar la carrera y el doctorado para poder nombrarle director del centro de investigación de Zoología que quería crear en las marismas del Guadalquivir, donde empezó a anillar aves en 1952.

Fruto de aquella aventura, Valverde acabó comprando en 1964, con donativos de amantes de la naturaleza de todos los países del norte de Europa, una finca de caza que transformó en reserva, constituyendo con ella la primera reserva de la Estación Biológica de Doñana. Fue un primer crowdfunding, que impidió la destrucción de la principal zona de invernada de las aves acuáticas europeas. Miles de niños escandinavos salieron a las calles con una hucha, pidiendo una corona por cada ganso nórdico que venía a invernar a las marismas del Guadalquivir que se pretendía adquirir para garantizar su conservación.

En 2015, desde este blog hacemos un appeal internacional para continuar y rematar aquella ya legendaria acción de hace medio siglo, de modo que ahora, en ese mismo territorio, se pueda iniciar la de–domesticación de los grandes herbívoros europeos, devolviéndoles la libertad.

También para potenciar y estimular la conciencia del hombre libre del futuro, imbricado en la urdimbre de la vida. Para ello promovemos poblados de teletrabajadores nómadas, que se encarguen de cuidar y gestionar espacios donde aún sobreviven las especies emblemáticas de la fauna salvaje y de resilvestrar toros y caballos para que ocupen en ecosistemas abiertos el nicho ecológico de sus ancestros, los uros y los tarpanes. Será una forma del que el propio ser humano participe de esa de-domesticación y su mente vuelva a ser tan libre como la de los animales salvajes por los que vele. Los nuevos “cazadores–recolectores” de las marismas lo serán, pero ya de forma incruenta, capturando información científica, vivencias y sensaciones, que por sí mismas, propagadas al mundo, son un recurso con el que complementar la dieta, tanto la física como la cultural.

¡Si puedes deslocalizar tu actividad laboral actual y traértela contigo bajo el brazo a uno de esos paraísos de los que hablamos, no lo dudes: ¡Apúntate!

Juntos podemos acometer el sueño de iniciar un nuevo perfil laboral que aúne el mundo del ciberespacio con el de la vida salvaje al aíre libre. ¡Doñana y el Cantábrico nos esperan!

Capítulo 6

D’ Oñana, aguazal de ánades y coto de rocinas salvajes

Los humanos paleolíticos debieron aprender por selección natural a no apropiarse de los alimentos de forma indiscriminada, a no despilfarrar la energía acumulada en las potenciales presas o en sus músculos, a no malgastar su fuerza de forma absurda.

Sobrevivir decenas de miles de años apunta a un comportamiento equilibrado y respetuoso con el medio natural, como al que hoy aspiramos por reflexión y por advertencia de los científicos, que no cesan de avisar de que o volvemos a ser eficientes y sostenibles o la crisis ambiental producirá grandes estragos.

Las Venus talladas en marfil, halladas desde Siberia a España –estatuillas de grandes pechos, vientre preñado y vulva y nalgas resaltadas –aunque hay también una, que se haya encontrado, de caderas estrechas y talle moderno– producidas a lo largo de un inmenso periodo de entre hace 30.000 a 15.000 años, apuntan al culto a la fertilidad y a la fecundidad del sol, el agua y la tierra encarnada en el sexo femenino y su facultad de reproducir la vida.

Los primeros neolíticos, como los tartessos, así como los del cercano Oriente, el Nilo y el norte de África, heredaron esa veneración. Una representación de la diosa Astarte, precursora del fervor con el que aún hoy se adoran estatuas de madera de la Virgen, fue hallada al borde de la marisma del Guadalquivir en el brocal de bronce de un caballo de hace 7.000 años. Es un busto de mujer agarrando un ánade en cada mano. Hace poco los científicos de Doñana adornaron la fuente del patio del Palacio donde residen con una reproducción de esa imagen. Tal vez invocando a la Madre de la Marisma para que las cofradías que cruzan Doñana, ante el impacto que causan a la misma con el trasiego de miles de personas por el camino de arena que va de Sanlúcar a la ermita almonteña del Rocío, renuncien voluntariamente a hacer ese itinerario y elijan otro por respeto a lo que encarna la Virgen de la Paloma. El atravesar en primavera el borde del humedal lo altera y provoca un impacto negativo, muy a pesar de la mayoría de los romeros. El sentido común aconseja, dado el tumulto en el que derivó la peregrinación, rodear el espacio sagrado de la Vera y de la Madre de la Marisma.

Algunos autores relacionan Oña con la voz precéltica Onna, curso de agua en lengua ibérica y en vasco, lo que podría hacer pensar que Doñana encaja con el Oñana de textos antiguos que así la llaman. Oña–ana sería pues, aguazal de anátidas. En un acta de 1888 de una asamblea de la Real Sociedad Española de Historia Natural, fundada en Madrid en 1871 por hombres de ciencia como Ignacio Bolívar, Jiménez de la Espada, Pérez Arcas, Juan Vilanova y otros pioneros de la biología, se habla de los “Cotos del Rey y de Oñana que tantas riquezas zoológicas proporcionan”.
En dicho documento aluden a las rarezas ornitológicas, entre ellas el calamón: “El gallo azul abundaba bastante en el coto de Oñana aún no hace muchos años, y hoy es imposible encontrar un solo ejemplar. Otro tanto parece ha acontecido desde hace algunos años en la Albufera de Valencia, según el Sr. Arévalo.  Añadió que le han asegurado que de otra especie que se tenía por extinguida en esta parte de Andalucía acaba de verse un bando en las marismas de la provincia de Huelva: se refiere al hermoso pato tarro (Tadorna rutila pallas), una de las bellezas ornitológicas de esta región; pero ya van en persecución de dicho bando los cazadores mercenarios a que antes hacía referencia y pronto pasarán a Londres estos últimos restos de tan rara y hermosa especie”.

De la actitud de la época hacia lo silvestre habla la solución que adoptan para afrontar el problema de los naturalistas coleccionistas ingleses que operaban desde Gibraltar, como Irwin, o desde Jerez, como los bodegueros Buck y Chapman:  “Terminó el Sr. Calderón, encareciendo a los socios aficionados a la caza y por medio de estos a sus amigos, que procurasen hacerse con los raros ejemplares que puedan hallar de dichas especies, para que queden en España estos últimos representantes de las bellezas ornitológicas de nuestra fauna.”
Así era la mentalidad de los primeros naturalistas. La atención que prestaron los españoles del siglo XIX a Doñana, incluso el que vivía en Sevilla, Antonio Machado, fue escasa. Machado, abuelo del poeta, hizo el “Catálogo de las Aves de Andalucía”, pero dejó “la interesante zona de Doñana para más adelante”. Al final, el momento no llegó. Quedó sin hacer.

Si la Oñana que citan los primeros naturalistas y viajeros fuera palabra antigua, siendo el espacio moderno, como que hace dos mil años no existía, cabe pensar que los que le dieron nombre en tiempos relativamente recientes a esa marisma eran gentes que aún denominaban Onna a los aguazales. Hombres salvados por la malaria de ser arrollados por el Neolítico al encontrar en ciénagas palúdicas refugio y comida. Modos de vida que sobrevivieron en cazadores de ánades, pateros, que sobrevivieron en la marisma hasta que el Neolítico les arrolló definitivamente a mediados del siglo XX.

El término Mesolítico denomina la etapa intermedia entre Paleolítico y Neolítico. Los investigadores hablan de Epipaleolítico para referirse a la continuidad cultural de un periodo en otro. Se llama epipaleolíticos a los que mantuvieron la continuidad cultural del cazador–recolector y mesolíticos al grupo humano en vías de neolitización. Fue uno de ellos, que se movería entre el Eufrates y Anatolia, el que logró, un buen o  mal día, según se mire –habrá que considerar que las cosas han sucedido por evolución y no por una mutación cancerígena– domesticar hace 10.000 años una cabra salvaje. Amansar un macho montés y a sus hembras supuso un cambio drástico para la especie humana.

Capítulo 7

Fin del apoyo mutuo entre depredadores al domesticar Homo las presas

Durante el Paleolítico el hombre se apoyó en otras especies para sobrevivir. Lo hizo sin que dejaran nunca de ser salvajes, él, sus aliados y sus presas. El pacto se establecía con animales con los que mejorar la eficiencia. Una simbiosis, un mutualismo, una cooperación mutua. Una relación de igual a igual, como la que sellamos en el gran pacto que representó aliarnos con el otro gran depredador social, el lobo, al punto que acabó siendo nuestro mejor e inseparable amigo hasta que le traicionamos para convertirle en perro y convertirlo en, más que amigo,  esclavo. Es más que probable que vista su capacidad para aliarse con los lobos, el hombre paleolítico se entendiera ya entonces también con otros seres libres, como el halcón y otras aves de presa empleadas en cetrería.

El cazador–domesticador que se apropió de la carne, constató que tener que cuidar rebaños de herbívoros envilecidos, asustados, dóciles y sobrealimentados, no aptos para defenderse de sus depredadores, así como tener que vigilarlos para que otros humanos no se los robaran, era un trabajo ímprobo. Le privaba de lo que era su pasión, la vida libre del cazador nómada, la que siempre había tenido y a la que no renunciaba ni por todas las posesiones del mundo. Se vio abocado a ir más lejos en la estrategia domesticadora que le permitía almacenar energía.
Abrumado por la maldición del trabajo –como lo califica literalmente “El Libro” al relatar la expulsión del Paraíso– y verse arreando rebaños de cabras, vacas, burros y borregos, que se reproducían y aumentaban sin parar, no dudó en emplear la herramienta de caza como arma para arrebatar por la fuerza, en campamentos ajenos, cuantas hembras pudiera. Mujeres raptadas para que le parieran zagales, mano de obra gratuita, a la vez que futuros padres de más pastorcillos domesticados. Todo alrededor de una tribu, donde uno era el patriarca. En una fase más agresiva, no se limitaron a engendrar ellos mismos la mano de obra. Los encargados de raptar hembras reproductoras empezaron a hacer esclavos también a jóvenes y adultos a los que podían explotar ya despiadadamente por no ser de su sangre.
Surge el Neolítico, el salitre, la salina, la sal, la salmuera, el salazón, la desazón, el salario, el asalariado, el miedo, en afloramientos naturales y en la costa cercana a estuarios de grandes ríos, el Eufrates, el Nilo, el Ganges, el Mekong, el Tarssis.

Al avispado cazador que se hizo con la patente de domar y conservar la carne le poseyó el afán de acumular energía. Pasó a ser neolítico erigiéndose en dueño y rey. Propietario de mujeres y de sus niños, que apacentaban sus rebaños, le traían agua y leña y le cultivaban el huerto.

Los clanes pasaron de tribus a reinos y llegaron a convertirse en ciudades e imperios. Inmensas cantidades de energía atesorada siglo a siglo. Las cuentas bancarias eran los rebaños de carne, los silos atiborrados de cereales, y más tarde los metales que los representan. Los sátrapas disponían de bienes y vidas a capricho. La estafa piramidal que destapó la quiebra de Lehmans–Brothers en el año 2007 empieza a fraguarse hace 6.000 años con las vacas.

Al igual que los paleolíticos, que no domesticaron nunca a nadie, ni a nada, la realeza y su corte que sí lo hicieron, la élite de domadores y dominantes, nunca dejaron de ser cazadores. A pesar de la degradación y alteración de las reglas de la naturaleza que supuso retener y domeñar la energía, en alguna parte de su cerebro, de su ADN sobrevivió oculto el hombre paleolítico cazador noble y libre que fuimos durante 100.000 años de sapiens. El rescoldo del cazador verdadero nunca se apagó del todo. El hombre magdaleniense al que traicionaron aquellos que se saltaron la sabiduría milenaria para acumular y despilfarrar la energía sigue latiendo en sus descendientes, por degradados que estén. Ello explica la pasión por la caza de la clase dominante, que hunde sus raíces en el origen del Neolítico.

Observar el comportamiento de los masais  y compararlo con el de los ganaderos cantábricos, vaqueiros de Alzada, pasiegos, maragatos y tantos otros pueblos, “malditos” a ojos de los sedentarios por ser pastores trashumantes que vivían por y para sus vacas, nos hace ver cómo se origino el modelo de sociedad en el que vivimos.
Los amos eran libres respecto a sus siervos, pero esclavos de sus posesiones y de su miedo a perderlas. Cada patriarca, más tarde rey, surgido de entre los poseedores de la patente de domesticar dio a sus hijos “reconocidos”, así como a los que mejor le servían, títulos de “nobleza”. Acreditaron en pergaminos, sellos y escudos la condición de ricos homes fidalgos, diferenciados de los bastardos, esclavos, siervos, leguleyos desposeídos.

Por mucho título nobiliario que repartieran, la casta dominante fue cada vez menos “noble”, atada al vil metal con el que simbolizaron sus pesados bienes, heredados y acumulados a lo largo de generaciones de primogénitos. Nada que ver con el que nunca se doblegó al becerro de oro y permaneció noble sin necesidad de título, hombre verdadero, que se autodenominó. Nómada libre que camina con lo puesto, sin animales domésticos que arrear, al que el labriego sedentario y el pastor admiran y envidian, aunque le persigan.

El mundo pasó a tener los dos tipos de “nobles” sobre los que tanto reflexionó José Ortega y Gasset en sus obras “España invertebrada” y la “Rebelión de las masas”. Innatos unos, de título heredado, los otros. Puros y contaminados, originales y reminiscencias.

Se generaron en el Neolítico tres estirpes: la del hombre libre, que nunca dejó de ser cazador–recolector paleolítico, sin sentido de la propiedad, hombre verdadero para él, salvaje para los demás, noble por naturaleza.
La del noble guerrero, dueño de lo domado, acumulador de carne y energía, que usó la herramienta de caza como arma para forzar a otros a trabajar para él y así seguir cazando por placer, noble de título que así le acredita pero que casi nunca coincide ya que el gen mutante del afán de acumular degrada y modifica el ADN del hombre verdadero.
Y los parias, siervos, pastores y labriegos, llamados a multiplicarse y llenar la Tierra, cuyo sentido en la vida es trabajar, al que los chamanes renegados convertidos en sacerdotes, que llevan las cuentas de publicidad de los cazadores guerreros, transformadas en leyes cuando no logran persuadir por las buenas, les prometen la felicidad eterna en “la otra vida” a cambio de que se sacrifiquen en esta.

Un plan perfecto, el del jerarca, si no fuera porque pretender escapar a las reglas o mecanismos de funcionamiento universal que rigen la materia y la energía –esas sí son leyes– lleva parejo activar el dispositivo de la autodestrucción, que tarde o temprano llega a las especies menos eficientes incapaces de adaptarse a los cambios del clima o del agotamiento de los recursos.

A los empecinados en ser hombres libres y seguir inmersos “en el todo” de la urdimbre de los seres vivos no domésticos y los agentes naturales, la de los seleccionados, “elegidos” no por dioses neolíticos sino por las normas de la evolución que impulsan la vida, se les declaró proscritos. Se les persiguió y aniquiló como al resto de animales salvajes. Sobrevivieron pocos. Llegaron a nuestros días en lugares inhóspitos, inaccesibles, donde los insectos transmisores de enfermedades y las condiciones extremas les defendieron del pastor y del arado. Fue el caso de Doñana, donde la malaria no se erradicó hasta 1953 y un puñado de “pateros” que vivían de una caza no regulada, sobrevivieron hasta que el nefasto ingeniero del Ministerio de Agricultura, de triste recuerdo, Ricardo Grande Covián, desecó la marisma y la transformó en campo de cultivo para probos colonos labriegos.

Queremos pensar que los hombres libres no se exterminaron del todo. Que a día de hoy hasta en el ADN del más domesticado y neolitizado de nosotros, aunque sea en dosis imperceptible, queda algo del “hombre verdadero”, del magdaleniense creativo y sabio que pintó Altamira. En ese haplotipo paleolítico que hay en los bosquimanos y en los pigmeos, pero también en nosotros, en lo que queda del hombre recolector–cazador en el planeta Tierra, reside la esperanza de que la especie evolucione hacia esa sociedad globalizada de la información y el conocimiento que podría ser.

Siempre se consideró que en Europa la sociedad paleolítica basada en la caza y la recolección desapareció al inicio de la domesticación del ganado y de las plantas, hace unos 7.000 años. En 2013 se publicó el análisis de los restos de un grupo de cazadores–recolectores hallado en Blätterhöhle, Alemania, investigados por los antropólogos Michael Richards y Olaf Nehlich de la Universidad de la Columbia Británica de Canadá. que mantuvo su estilo de vida hasta al menos hace 5.000 años. Los resultados de ese estudio revelan que el estilo de vida paleolítico perduró en el viejo continente hasta fechas más recientes de lo que se creía. Y si nos atenemos a ciertos individuos y colectivos, cabe pensar que la cultura cazadora recolectora coexistió por estos pagos durante miles de años con la agroganadera.
El análisis de los isótopos de azufre, nitrógeno y carbono en huesos y dientes determinó la antigüedad de ese último grupo de cazadores–recolectores de Europa Central. Otro grupo de científicos, dirigido por Ruth Bollongino de la universidad alemana de Johannes Gutenberg, de Mainz, hizo pruebas genéticas que “revelan la casi total ausencia de cruces de un grupo con otro”. Los cazadores–recolectores hacían solo pareja y formaban familias con personas de su clan y los agroganaderos con el suyo. También tenían dietas distintas.
No se sabe el tipo de relaciones entre ambos grupos. Lo descubierto hasta ahora indica que, pese a vivir en la misma zona, ambas tribus no convivían entre ellas. Son muchas las dudas que dejó este descubrimiento. “¿Desconfiaban unos de otros? ¿Las costumbres y tradiciones de una sociedad impedían aceptar nuevos usos como sí hacía la otra? ¿Había un choque cultural entre lo antiguo y lo nuevo? ¿Fue un grupo el que marginó al otro, o el rechazo era mutuo?”, se preguntan los expertos, y añaden: “Ni siquiera está claro si ambas tribus coexistían en paz o si guerreaban una contra otra. Lo que resulta evidente es el aislamiento social en el que acabó sumido el último clan de cazadores–recolectores de Centroeuropa descubierto hasta ahora”.

Si nos atenemos a lo que sucedió en América en el siglo XIX, allí los ganaderos blancos mataron a los cazadores–recolectores. Los colonos de Chile y Argentina, a los de la Patagonia, los de Argentina y Paraguay a los del Río de la Plata; los de Norteamérica a las tribus indias y al bisonte de las praderas, en muchos casos más por enfermedades, para las que no tenían defensas los pueblos paleolíticos, que por muerte violenta, pero también perseguidos y cazados sin piedad alguna. Los que sobrevivieron en reservas se desculturizaron en el siglo XX. Hoy quedan reductos de pueblos cazadores en Paraguay así como en las selvas de Bolivia, Perú, Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador.

Podría considerarse que el exterminio del hombre paleolítico fue consecuencia del choque con los blancos, es decir, de razas de culturas dispares en grado de civilización. Pero en África el choque y el exterminio sucedió igual, y allí fueron personas del mismo color y similar estado de primitivismo las que acabaron con los cazadores recolectores. Eso sí, entre ambos había un elemento diferenciador clave, que es el “gen mutante de la domesticación” incrustado en los neolíticos que persiguieron a los cazadores recolectores sun y a los pigmeos. El choque fue, pues, en todas partes, de pastores, de ganaderos de lo domesticado, contra hombres cazadores de lo libre.

Capítulo 8

Hadzabe crowdfunding: salvemos la cultura de los cazadores recolectores

En el caso de los bosquimanos hadzabé de Tanzania, el territorio donde sobreviven menos de un millar de individuos de esa raza humana se libró hasta hace un par de décadas de la invasión de los pueblos neolíticos, gracias a la malaria que azota el entorno del lago Eyasi. Allí se refugiaron tras ser exterminados en otras partes por pastores datoga, masais, irak y otros del noroeste de Tanzania, siendo su área de campeo, hasta hace bien poco, el territorio del hoy Parque Nacional del Seregenti, el gran cazadero de “la llanura infinita”, que es lo que significa su nombre, formado por la ceniza del volcán del Ngorongoro depositada desde la Garganta de Olduvai hasta los Grandes Lagos.
Hace 20 años, dos misioneros españoles construyeron con donaciones de Ana Gamazo y su marido Juan Abelló, así como de otras personas e instituciones, el hospital y la escuela del poblado de Mangola, en la esquina noreste del lago Eyasi, al sur del Serengeti. En dos décadas una avalancha de neolíticos –que suma ya 30.000 agricultores– invadieron con cultivos de cebollas el último refugio de los bosquimanos hadza.
Los estudiosos de los pueblos primitivos coinciden en considerar seres extraordinarios y especiales a los cazadores recolectores. Así lo transmiten los trabajos recientes sobre los hazdabé de Frank Marlowe de las universidades de Stanford y Cambridge, entre otros.
En España, los paleontólogos de Atapuerca, Eudald Carbonell –que los filmó en la serie de televisión “En busca del primer europeo”– y Juan L. Arsuaga, han peregrinado a verles, así como los paleontólogos españoles que trabajan en el mítico yacimiento de Olduvai de Tanzania –situado a 30 km de los hadzabé– Manuel Domínguez y Enrique Baquedano. Todos admiran al último vestigio del “hombre verdadero” que es lo que quiere decir “hadza” en un lenguaje “click” que suena como el de los Sun o bosquimanos del Kalahari, cuya cultura popularizó la película “Los dioses deben de estar locos”.

En 2010 se produjo un encuentro entre los masai y los hadzabé. Los primeros consiguieron que el gobierno tanzano autorizara un proyecto español de cooperación internacional para ver la posibilidad de que los ganaderos del Ngorongoro gestionen el territorio y además de criar carne favorezcan la biodiversidad. Aspiración vana, la de que un ganadero neolítico se transforme en gestor de vida salvaje. No es posible. Pero si lo es evitar que se extinga la cultura hadza.

Fruto de aquel proyecto el alcalde del Almonte, pueblo onubense que más territorio aporta a Doñana, firmó un protocolo para iniciar el hermanamiento de su municipio con el de los poblados de Oloirobi y Ngoile que pastorean el cráter del Ngorongoro. Ambos pueblos tienen en común cohabitar con “puntos calientes” de la biodiversidad de fama a nivel mundial. Unos, con permiso para bajar sus vacas al cráter del Ngorongoro y los otros para tener vacas y caballos campeando por Doñana.
La joven representante masai, Naini Leshweel, que firmó el inicio del protocolo con el alcalde Paco Bella en el salón del plenos con todo el consistorio y parte de la población como testigos, fue tratada con honores de Estado en España. Firmó otro preacuerdo de hermanamiento similar al de Doñana con el alcalde de Atapuerca, Fernando Gómez Aguado, que contó con la presencia de representantes de numerosas instituciones burgalesas, entre ellas el presidente de la fundación Atapuerca, Eudald Carbonell, por coincidir que el distrito masai que ocupa el Ngorongoro tiene en su territorio el yacimiento de Olduvai, del que el de Burgos ha resultado ser “yacimiento hermano” por la antigüedad y riqueza de los hallazgos de homínidos de hace casi dos millones de años.

El hermanamiento entre los pastores masai y los yegüerizos de Doñana está aún pendiente de desarrollo. El de Olduvai y Atapuerca ha tenido algún avance y en 2014 una delegación masai fue invitada al XVII Congreso Mundial de Prehistoria y Protohistoria que se celebró en Burgos en ese año. El acuerdo entre Ngorongoro y Doñana tiene pendiente su primera acción, a desarrollar por los masasis, que es ayudar a los hadzabé. Un plan por el que empecemos a relacionar mostrencas con uros, retuertas con tarpanes y almonteños con antiguos cazadores recolectores como el pueblo hadza, trasladado a la Sociedad de la Información, reinterpretando la saca de yeguas y mostrencas como el método de obtener proteína en espacios silvestres que fue en el pasado y que propugnamos lo sea de nuevo para las aldeas de trabajadores del Biolítico.

El semblante, la armonía, la felicidad y la libertad que se respira en los campamentos itinerantes Hadza, indica la calidad humana de esta raza. El trato de los hombres con los niños y las mujeres. Sus risas y sus bailes. Su saber nutrirse de todo contrasta con la rigidez masai que solo come de sus vacas y detestan lo salvaje. La percepción de estar ante seres especiales se incrementa cuando cazan. Van por la sabana como radares detectando comida, como lo haría un grupo de lobos. Su olfato, su oído, su sistema sensorial, capta vibraciones e interpreta señales más allá de cómo lo puede hacer un neolítico. Cerebros con capacidades desconocidas por nosotros. Investigadores norteamericanos publicaron en 2013, tras analizar sus movimientos con GPS y modelos matemáticos, que el patrón de caza de un grupo hadzabé es similar al de las abejas cuando colectan polen o al de los tiburones cuando buscan presas. Sus aparentemente recorridos erráticos resultan ser los que más posibilidades ofrecen para obtener alimento con el mínimo gasto energético.

Los bosquimanos hadzabé del lago Eyasi, cerca del Ngorongoro, en Tanzania. son cazadores pero, principalmente, son recolectores. Sus campamentos van cambiando de ubicación siguiendo las diferentes épocas de fructificación de determinados árboles silvestres que les proporcionan frutos apetecibles, llenos de vitaminas y azúcares.
Desde el campamentos los hombres salen todas las mañanas a cazar en busca de la proteína. Pero si por el camino detectan un árbol con una colmena se les olvida que iban buscando una presa animal y se transforman en recolectores de miel. Tiran los arcos a un lado, buscan un par de palos muy determinados que solo ellos saben encontrar en un santiamén, y con ayuda de hongos yesqueros o cualquier otro tipo de estopa que encuentran, frotan, girándolos durante unos minutos con las manos como si fuera un molinillo, uno de los palos secos metido en un agujero del otro y rápido hacen fuego.
Con la tea en la mano, y cuando necesita de ambas extremidades para trepar, agarrando el palo encendido con la boca, uno de ellos escala desnudo el tronco y mete la astilla humeante por la hendidura del árbol en la que las abejas han hecho la colmena. El enjambre sale atontado por el humo y se queda apiñado en una rama del árbol, salvo algunas más guerreras que atacan al intruso con sus aguijones. El hadza ni se inmuta y es como si no sintiera los picotazos. Va metiendo la mano hasta el fondo y entre grandes risotadas lanza trozos de panal lleno de miel a sus compañeros al pide del árbol, que lo devoran con cera y todo. Está buena.
El británico Irby escribió en 1872 en su obra Ornitología del Estrecho de Gibraltar: “el 19 de enero envié a Francisco, un cazador profesional de nidos de abejas salvajes, y un espléndido escalador, al nido del quebrantahuesos.” En España existió hasta hace poco la profesión de “cazador de colmenas de abejas salvajes”. Eran personas especializadas en aprovechar la miel de las mismas y, cuando se inició la apicultura, en capturar enjambres que se separaban de colmenas silvestres que criaban en árboles.

La llanura del Serengeti garantizaría hoy la supervivencia de los Hadza con darles el status que tienen otros depredadores protegidos por leyes y convenios internacionales. La más extraordinaria criatura, Homo sapiens sylvestris, está a punto de sucumbir por la usurpación de tierras por parte de conservacionistas, colonos, cazadores de safari y la presión turística que comercializa el “ir a verlos”. El turismo de pueblos primitivos interfiere su modo de vida al darles dinero por dejarse ver. Es tan grave para la supervivencia de su identidad cultural como la invasión de sus cazaderos.
Los hadzabé piden que pujemos por un “Área de Concesión de Caza” de los que el gobierno de Dar es Salam saca a subasta al sur del Serengeti para que se lo dejemos usar. Durante 100.000 años fueron sus tierras, pero desde hace 50 están a protegidas o invadidas. Los parques no admiten en su lista de especies a Homo sapiens sylvestris. El coto más idóneo para ellos es la zona cercana a Kakesio, donde el equipo de la paleontóloga Mary Leakey encontró en 1976 las huellas de Laetoli, pisadas de un grupo familiar de prehomínidos australopithecus de 4,5 millones de antigüedad que quedaron impresas en la ceniza volcánica fosilizada. Es posible que los hazda no se hayan movido nunca del sitio donde empezó la línea evolutiva que condujo a sapiens.
Un coto de caza como los que organizan safaris para ricos, pero en el que en lugar de disparar con rifle se dispare con arco y con cámaras fotográficas y de vídeo, que emitan al mundo en directo el día a día de los hadzabé en sus correrías tras la riada de carne de la gran migración. Evitaría la extinción de los cazadores–recolectores, de su modo de pensar y de ver, y facilitaría que nos ayuden a mejorar.  El hacer de su modo de vida la fuente de recursos que les permita pagar las tasas que los neolíticos les exigen para cazar en sus antiguos territorios, podría preservar su cultura. Sin oponerse a que el mundo global, que llega a todas las esquinas del planeta, se oculte a sus jóvenes, hay que intentar que esa cultura e idiosincrasia se conserve e ilumine a la Sociedad de la Información en su urgente necesidad de salir del Neolítico. El crowdfunding “Friends of the Hadzabe” que lanzamos en este libro, busca alcanzar el objetivo de que puedan seguir siendo cazadores recolectores. No hacer nada es cooperar en su extinción y, con ella, en la de nuestra esencia, la que aún poseamos del Homo sapiens “sylvestris” en libertad.
Difundir esta manera “de ver” de las nuevas generaciones de la Sociedad de la Información, en un blog conjunto, que divulgue en el ciberespacio cómo los hazda obtienen la proteína de cada día siguiendo la gran migración del Serengeti en competencia con leones y leopardos, y en este Hemisferio, cómo se gestiona territorio en aldeas de conservacionistas teletrabajadores, mostraría al mundo la belleza que rodea ambos territorios y la existencia de hombres libres, sin miedos neolíticos.

Hadzabés, Doñana, lobo, rewilding… son iconos del espíritu de la libertad.

Capítulo 9

La patente de domesticar hizo surgir las tensiones del Neolítico

Un herbívoro salvaje, el búfalo africano, es aún hoy más temido en la sabana que los carnívoros. “La lanza atraviesa la testud del león sin problemas, pero en el búfalo rebota” dicen los masai que apacientan sus vaquillas en el Ngorongoro. Es probable que esos pastores nilóticos que afirman venir de Egipto, sean parte de la tribu que hace milenios, cuando el faraón convirtió al uro, al lobo y al halcón, en Apis, Anubis y Horus, respectivamente, domaran y domesticaran también al uro africano.
Como le ocurre al vaqueiro de alzada asturiano, a la vaca en masai se le dice masai, o sea, el mismo nombre ambos. Los masai, son pastores puros, tanto que tienen un gran rechazo a comer carne de caza, a la que hacen grandes ascos. Solo en casos de extrema hambre comerían un fitófago que no fuera doméstico. Ese es el motivo de que donde viven ellos la fauna africana se conserve. Rechazados por el agricultor sedentario, migraron de los fértiles pastos del delta egipcio convertido en cultivos, Nilo arriba hasta llegar a Kenia y Tanzania, donde encontraron el paraíso del pastoreo en el herbazal de la sabana del Serengeti y Masai Mara
Los masai son monoteistas. Sostienen que hay un solo dios, Engai, que seleccionó a su tribu y les dio la vaca en exclusiva, es decir, todo ganado vacuno les pertenece. Esta firme creencia es la base de sus sistema y organización social, desarrollada para incrementar y defender lo que ellos consideran deben cuidar por un orden divino que así lo ha determinado. Dicen ser el pueblo elegido, aunque deberían discutirlo con los judíos. Igual en los inicios del Neolítico los hebreos, que salieron también del valle del Nilo, solo que ellos mar Rojo adelante, y no río arriba, estuvieron tan detrás de la domesticación de la oveja como los masais lo estarían de la vaca. Visto el papel del cordero en la religión matriz de la cristiana y musulmana, así cabe pensarlo.
Pero el mundo no se divide en moros y cristianos, blancos y negros, rojos y fachas, sino en seres poseídos por el afán de acumular y dominar y seres libres, integrados en las leyes de la naturaleza. En mentes neolíticas y en mentes paleolíticas.
El masai cree que todo el que tenga una vaca es porque se la ha robado a uno de ellos. De los 16 a los 29 años se dedicaban –antes de que hubiera móvil con el que avisar y pistas por las que llegar el coche policía– a saquear vacas en las etnias vecinas “para devolverlas a su sitio”, es decir, su boma, su poblado. Tras la etapa de los 15 a los 30 años, en la que son moranis guerreros requisadores de vacas, empiezan a tener hijos. Cada nueva mujer les cuesta veinte vacas, que pagan al padre de la hembra a añadir al harén, no el de las mil y una noches, sino el de meras nodrizas. Las compran para que procreen pastorcitos que posibiliten cuidar más vacas con las que comprar más mujeres que den más pastorcitos, así hasta acumular el mayor stock de carne jamás soñado. Dos masais cerca del Ngorongoro, con mil vacas, 50 mujeres y 200 hijos, cada uno, tienen el record y la admiración de todos.
Si cabe pensar, que los antepasados de los masai domesticaron al uro africano en el delta del Nilo, y a saber quién al uro asiático en el Eufrates o el Ganges, ¿por qué no iban a domar los antepasados de los almonteños al uro europeo en las fértiles praderas de la desembocadura del Guadalquivir, allí donde los navegantes griegos descubrieron hace 4.000 años que pastaban unos asombrosos toros que un tal Gerión se había apropiado?
La historia del Neolítico es un imparable doblegar y dominar lo libre, fuera tierra, agua, plantas, fauna, hombres, sol o viento. Rodríguez de la Fuente, ateo como Valverde, sostenía que el Neolítico había inventado a Dios a su medida, humanizado, con barba, vengativo y violento, que se encolerizaba y lanzaba rayos de ira, domesticando incluso lo que para el humano no neolítico era la sacralización del respeto a la integración en los ciclos de la vida, la naturaleza y la energía.
La religión “del libro” nacida en Egipto y trasladada a Oriente Medio, así como la masai a África oriental, son monoteístas, aunque al Dios de estos últimos, Engai, lo encarnen en el volcán activo Ol Doinyo Lengai; en una duna de arena negra magnética que avanza por el Serengeti y en al menos dos árboles, uno en la caldera del Ngorongoro y otro cerca del poblado de Endulen.

A la domesticación de los herbívoros sucedió la de las plantas. El Abel pastor desplazó al magdaleniense cazador. Pero fue sucedido a su vez y con la misma violencia por el Caín agricultor. Dice “el libro” que no a golpe de arado, que hubiera sido lo suyo, sino con la quijada de un encebro domesticado por el ganadero. Le comería los sembrados. Lo solucionó como solventó antes Abel domador el que los hombres cazadores depredaran lo que consideraba “sus” herbívoros, por haberlos extraído vivos de los rebaños salvajes, sacando las crías a las yeguas, no solo para alimentarse, sino también para comerciar con ellas.
El arado golpeó, y mucho, la tierra fértil de las laderas. La erosión, que se inició al arrancar de su estado natural salvaje el solar hispano, eliminó la delicada capa de humus formada por siglos de hojas caídas de los árboles. Allí donde se quemaba, roturaba, araba y cultivaba, las tormentas arrastraron la tierra fértil al “Río Grande” dejando las laderas peladas. Primero íberos y tartesos, más tarde hispano–romanos, hispano–visigodos, hispano–musulmanes, hispano–cristianos, aceleraron el que en la desembocadura del Guadalquivir surgiera, como por arte de magia, un territorio nuevo, virgen, silvestre, que hace 1.500 años no existía.
Los sedimentos se depositan lentamente. Desplazan al agua por acumulación de nuevas capas de limo. Las grandes riadas acumulaban grandes masas de fango, particularmente tras las talas y las quemas, cambiando cauces y vetas. Un territorio impracticable emergió del agua. El proceso de colmatación del estuario Ligustrinus –tras pasar por una fase de lago y otra de laberinto de cauces– hizo que el aguazal se enmarañara buscando salida en la arena. Dibujó un paisaje de ramificaciones dendríticas enrevesadas –esas que capta Héctor Garrido desde la avioneta al censar la avifauna de Doñana– que acabó en marisma. Con el limo que arrastraban los ríos y la arena depositada por el mar en barras y dunas, se generó un entramado de islas, vetas y paciles en lenguaje marismeño.
“En el seno de la marisma se distinguen diversas morfologías resultado de la intensa dinámica fluvio–mareal. Hay meandros abandonados colmatados de sedimentos, antiguos abanicos de desbordamiento y “vetas”. Estas últimas son cordones litorales arenosos, con restos de malacofauna, que parecen haberse originado por eventos erosivos intensos, como tormentas o tsunamis. Los más antiguos corresponden a los cordones de Carrizosa y Veta la Arena, con una edad de 4.735 años B.P., y los más recientes a los de La Plancha y Vetalengua, datados de hace 1.808 y 1.753 años B.P.”
Así fue, como el propio Neolítico generó Doñana. Ese bastión de tierra virgen que hoy se antoja primigenia, libre, arca de Noé de la vida salvaje y de la energía inteligente no domesticada, tabla de salvación en medio de un océano de cultivos, no es que sobreviviera a la aniquilación: es subproducto de ella. Un refugio de lo paleolítico, expulsado de sus pagos ancestrales por el proceso de neolitización. Cuanto más se roturaba y araba las laderas tras las quemas, para cultivar los montes y forzar los pastos, más tierra fértil se iba con la escorrentía a reproducir en el fondo de la bahía, cambiándolo de sitio, “el Paraíso” perdido río arriba. Y cuantas más lagunas se desecaban, más vida acuática buscaba refugio en “el lugar nuevo”.

Capítulo 10

Reminiscencias del hombre primitivo en gentes de Doñana

En sus memorias, el naturalista que arrancó Doñana de manos neolíticas e impidió su destrucción, el zoólogo Tono Valverde, habla con admiración de los hombres capaces de sobrevivir por sí mismos:
“En junio de 1971 viajaba en Mauritania hacia la punta del Cabo Blanco por una costa desnuda donde grandes machos de foca monje (Monachus monachus) separados de sus hembras, que se agrupan en colonias más al norte, nadaban perezosamente junto a unas redes. Un chorro de blancas golondrinas de mar de pico amarillo –las preciosas Sterna maxima– doblaban el cabo procedentes del golfo. Entre las olas, en el playazo, asomando por encima del agua dos ojos como periscopios, corrían grandes y rápidos cangrejos amarillos y planos. Algunos huían alocados tierra adentro y cuando el Land Rover cruzaba una parte arenosa del interior, encontré el cadáver reseco de uno de ellos que se había perdido entre las dunas hasta quedar muerto en pie, muy lejos de la costa. Le miraba incrédulo, cadáver impoluto entre la arena limpia, cuando no sé de dónde apareció un pescador. Iba descalzo, llevaba un desastrado pantalón oscuro, tenía el pelo corto y negro y la piel tan atezada que parecía parda contra la blancura de su camiseta. Al pasar me dio los buenos días con acento canario y siguió su camino, seguro de sí mismo, sin miedo al desierto, sin necesidad de nada que yo pudiera darle. Le reconocí en el acto. Años antes había pedido que pusieran un guarda en la pajarera de Doñana para que no la esquilmaran los almonteños que acudían a aprovisionarse de huevos y Mauricio González puso a Menegildo.”
“Menegildo no era el pescador canario, pero llevaba la misma ropa y vida, con un ranchito que consistía en un paravientos de brezo, una cama hecha de palos en alto, donde no le alcanzaran las víboras, y un hoyo en el suelo para sacar agua.”
“La pajarera de Doñana era con mucho la mayor de España y reunía al final de la cría 40.000 pájaros. Hasta entonces había sido explotada sistemáticamente por los habitantes de Doñana, que cogían primero toda clase de huevos y luego solo los pollos grandes de martinete, de buen comer. Pero como este aprovechamiento era incompatible con el anillamiento, pedimos un guarda y, como he dicho, Mauricio puso a Menegildo, luego mi compañero permanente de excursiones, que residía en la pajarera durante los meses críticos de cría.”

“Menegildo, de nombre Pepe, era una especie de criado para todo en el personal que tenían los González en el Coto de Doñana. Se le permitía vivir en el Palacio, ocupando la más oscura de las habitaciones, a cambio de una variada serie de servicios, el más importante de los cuales era coger vivos a los toros y vacas destinados al matadero. Coger vivos parece una frase tonta y no lo es. Lo cierto es que el ganado mostrenco del coto, que pertenecía en gran parte a ganaderos de fuera, era tan salvaje que cuando venía el camión del carnicero a llevarse las reses debían ser muertas a balazos por los guardas, con la consiguiente depreciación de la carne y el riesgo de que llegara al matadero “faisandée”. Menegildo se ofreció a coger vivo por una pequeña cantidad aquel ganado y entraba a por él con un coraje que despertaba admiración. En el raro caso de que los caballistas las llevaran a campo abierto, las daba un par de capotazos y agarrándolas de la cola las derribaba al suelo, donde se amarraban. Pero la mayor parte de las vacas, muy resabiadas, se internaban en los grandes brezales enmarañados con zarzas, donde no podían entrar los garrochistas y de allí las tenía que sacar Menegildo. Por el mismo carril que la vaca había hecho en la espesura entraba a buscarla, esquivaba la acometida, y lograba sacarla, a veces agarrado al rabo.”
“Había recibido así tantas cornadas que cuando por presumir descubría el torso, aparecía lleno de costurones. Pero ello, y su capacidad para beberse una botella de ginebra de un tirón sin apartar el gollete de la boca, y su coraje al catar las colmenas de los alcornoques, sin protegerse con humo ni ropa –le he visto una vez un brazo erizado de aguijones– le habían valido un aprecio y nombradía local que procuraba equilibrar con borracheras épicas. Apenas ganado el dinero de la recogida de vacas, mercaba en el Rocío una arroba de tinto y sentado mano a mano con un colega no se levantaban hasta apurarla, en una larga y a veces agresiva sesión de bebercio. Una noche, ya en la Reserva donde había sido elevado a la categoría de guarda por puro nepotismo del jefe, daba traspiés alrededor del Palacio pegando tiros al aire con una escopeta de dos caños y grandes voces: “¡Y el otro para el Guarda Mayor!” (Boixo), que evidentemente no compareció.”

“Entre los años 1953 y 1957 mis excursiones por Doñana, orientadas al anillamiento de garzas y su estudio ecológico, eran siempre a partir del Palacio, con soportes logísticos de Mauricio González y de la Sociedad de Ciencias Naturales “Aranzadi” de San Sebastián. En el coto contaba con Menegildo y La Pelegrina, una buena mula torda. La “Pelegrina” era mi montura, de dulce carácter comparada con la fiera que montaba Menegildo, que no solo te tiraba al suelo si podía, sino que allí mismo te mordía y coceaba. Al salir por las mañanas ella y Menegildo luchaban de poder a poder, armado él de un palo, hasta que el animal se aquietaba. El resto del día transcurría en un paseo plácido, tomando yo notas, aprendiendo mucho de Menegildo y del campo, y ambos subiendo a árboles, gateando entre matas o entrando en las lagunas. Fuimos muchas jornadas y bastantes años compañeros de excursión y ciertamente mi más querido compañero.”

“A pesar de su brusquedad, Menegildo era hombre respetuoso y sobre todo muy considerado con hombres y animales. Al marcharse de Doñana vivió hasta su muerte –ya en los años 90 del siglo XX– en su bohío a la orilla de la desembocadura del Guadalquivir, en Bonanza, en un trozo de la playa con árboles transparentes (Myoporum) que le daban sombra, un par de perros y quizá 15 o 20 gatos que le acompañaban a comer y dormir. Era un enclave paradisíaco, como una isla del sur sin piratas.”

Valverde, que por esa fecha adquirió un apartamento para pasar temporadas en Chipiona, visitaba y llevaba comida cada mes a la choza palafítica que Menegildo se hizo en la playa de Bonanza. Enfermo, no hubo manera de convencerle que fuera a un médico e ingresara en un hospital. Murió, dónde y cómo había nacido, rebelde y libre.

Capítulo 11.

Cultura piscívora prehistórica en la desembocadura del Guadalquivir

“Manolo es amigo mío. Se gana la vida pescando entre las rocas bajas de la desembocadura del Guadalquivir, en las que se encuentran unas antiquísimas construcciones llamados corrales”.

Con tan breve y cálida afirmación, Valverde inicia así uno de los capítulos del último de los siete tomos de sus memorias. Condensa con maestría literaria su forma de ver y entender el mundo. Tan sencilla frase contiene toda su admiración por la inteligencia natural de un pescador–recolector, símbolo de los humanos capaces de sobrevivir en la naturaleza sin alterarla. Habla de su interés por la sabiduría y los conocimientos del pasado. Tono, como Félix, era experto en detectar a quien guardara aún información, transmitida de generación en generación durante milenios sobre la cultura antigua. Describe la técnica de captura de la vida marina que emplea Manolo. Una actividad que remonta al Paleolítico.

En la etapa previa a convertirse en marisma, la marea jugaba en Doñana un papel primordial. En la bajamar dejaba al descubierto un laberinto de piscinas repletas de peces y frutos marinos, atrapados durante horas por diques de fango y lenguas de arena.

Los depredadores encontraban en esos corrales un maná fácil de apresar, entre ellos los humanos, que se abastecían también de esa proteína. Eran comunidades de pescadores como los que aun hoy sobreviven en Orango, en el archipiélago de las Bijagos de Guinea Bissau, y no tan lejos, en las playas de la desembocadura del Guadalquivir, donde Valverde encontró a Manolo el de Chipiona. Era una de las personas que más admiraba, respetaba y apreciaba, un recolector pescador de los corrales de esa localidad gaditana. Valverde describe así en sus memorias sus técnicas de captura:

“Son corrales extensos, hechos de piedra que se encargan de cementar los ostiones (Crassostraea) hasta dejarlos sólidos como muros, capaces de aguantar los oleajes que rompen contra ellos en las mareas altas. Durante la pleamar el corral desaparece y en bajamar queda transformado en una especie de damero hecho por muretes más bajos que dividen el corral en lo piélagos, nombre que delata ya su antigüedad”.

“El pescado entra con la marea alta y al bajar queda encerrado mientras el agua se escurre por boquetes enmallados abiertos en la base de los muros. Luego todo se limita a coger los peces en los someros piélagos. La habilidad del pescador es entonces poco creíble. Provisto de un farol, un romo sable curvo, un largo gancho para sacar pulpos y sepias de sus escondrijos y un esparavel –tarralla– para cazar los peces grandes, recorre lentamente los piélagos, con el agua por encima de la rodilla. Mata a los peces que nadan entre dos aguas con golpes de la punta del pesado sable dirigidos con rapidez y tino certero a la cabeza. La mayoría de ellos, aún siendo pequeños, reciben el sablazo entre los ojos, en una mancha que Manolo llama el matadero y que marca por transparencia la situación del cerebro, como aprendí yo en prácticas de anatomía”.

“Los peces grandes huyen formando una ola fácil de seguir, y he visto a doradas (Sparus auratus) de un par de kilos nadar en busca de los cobijos que los pescadores han preparado como trampas en el piélago y que consisten en unas piedras planas, no muy grandes, apoyadas sobre otras pequeñas, como si fueran mesitas. Es asombroso ver a una enorme dorada, que nada con su elevado lomo vertical, inclinarse de lado y penetrar bajo la losa, donde es capturada con el esparavel. Otras veces, grandes anchovas que dejan un reguero de espuma en su carrera, pasan de un piélago a otro perseguidas a sablazos por el pescador, que acaba por tronzarlas la nuca o el espinazo”.

“Observando a Manolo, el pescador de Chipiona, puede llegarse a comprender cómo un hombre solo, puede sobrevivir en cualquier costa, e incluso alimentar a algunos más. Coge almejas, saca navajas –esas conchas alargadas que viven en la arena fangosa y que aquí llaman longuerones– extrayéndolas de su hondo agujero con una varilla, atrapa cangrejos, engarfia pulpos, mata peces y recoge ortiguillas buceando y con ayuda de un tenedor.  Allí donde los demás falleceríamos de hambre, él encuentra un medio de vida. Sabe vivir del mar y no moriría en una isla desierta, lo mismo que aquel pescador canario que se me apareció en Cabo Blanco saliendo del desierto. Casta de marinos, difundida desde el mar Eritreo hasta Onuba y quién sabe si hasta los grandes concheros neolíticos del África occidental”.

“El anzuelo es tan antiguo como la cultura humana y Manolo le usa. Pesca maravillosamente a caña lo mismo a la moderna con carrete que al antiguo estilo, con un largo hilo atado a la punta y usando de cebo un trozo de dura piel de pez gatillo. Para coger bailas y róbalos voltea la caña de manera que el cordel corta la superficie del agua imitando el riscar de los peces, lo que los atrae inmediatamente. Las bailas (Morone punctata) y róbalos (Morone labrax) se agrupan en los roquedos próximos a la costa donde está el agua batida, manteniéndose en superficie mientras cazan. Las golondrinas de mar, en particular las medianas Sterna hirundo, suelen señalar dónde está el bando, sobre el que revolotean tirándose. Al acercarse, se ve perfectamente cómo asoman sobre la superficie los dorsos y las trasparentes y rígidas aletas dorsales de las bailas, que “riscan” el agua. No hace mucho, descubrí que Fernández de Oviedo dedicó unos capítulos a naufragios en el siglo XVI. Les leí, por si hubiera Menegildos, Manolos y Joselitos, y les había. Muchos”.

Los asentamientos frente al mar siguieron perpetuándose y aún hoy, que se han prohibido, en este mundo cada vez más regulado, se hace la excepción con dos pescadores artesanales que viven en sus chozas de palos con techo de escoba en plena playa de Matalascañas del Parque Nacional de Doñana.

Hasta 1982 miles de vecinos de los asentamientos cercanos, sobre todo de Pilas, pero También de Almonte, Hinojos, Azanalcazar y demás pueblos, acudían en verano a vivir libres y salvajes, alimentándose de víveres que portaban de casa pero también de la pesca, el marisqueo y la captura de conejos en sus madrigueras así como de todo bicho viviente comestible que cayera en sus trampas y cebos.

La felicidad que embargaba a los de Pilas cuando tras cruzar las dunas con caballerías y enseres se veían en sus chozas de castañuela frente al mar, viviendo como sus antepasados cazadores pescadores recolectores, se acabó el día que a ellos se les empezó a sumar la población de Sevilla y comenzó el negocio de construir y alquilar chozas en la playa pública, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Una mañana de 1982 el Gobernador Civil de Huelva mandó unas palas excavadoras que en horas arrasaron la línea de varios kilómetros de construcciones ilegales adosadas, que en el mes de agosto del año anterior habían llegado a albergar hasta 30.000 personas. El que no tuvieran sistema sanitario ni análisis de agua potable alguno,  con las letrinas muy cerca de los pozos de agua, fue la excusa para derribarlas. La verdad es que el asentamiento estaba ya fuera de control, aumentaba cada año y amenazaba con convertirse en un problema. En Pilas corre entre los ancianos un quejío que dice: “Hoy tienen los pileños la resaca del odio en la mirada; Tienen cien veces tristes y otras tantas amargo el sentimiento. Les han ahogado el rumor de sus playas, la ilusión de sus noches de verano. La han quemado en la arena. ¡Nada para ellos tan hondo, ni tan total, ni tan cierto como esa arena! ¡Nada para nosotros tan grande, tan luminoso y sereno como el corazón de unos hombres que aman a la tierra!.”

Dos días antes de morir, en abril de 2003, Tono me dejó grabado un mensaje en el contestador automático del teléfono, mientras este cronista viajaba de regreso a Madrid, procedente de su casa de Sevilla, tras interrumpir el trabajo que hacíamos juntos para ordenar el material de sus memorias. La tarde anterior había sufrido su último infarto de corazón. Antes de sentirse mal, estuvo toda la mañana de aquel día activo y contento porque “al día siguiente iba a venir Manolo el de Chipiona, e íbamos a comer juntos los frutos de mar que era capaz de recolectar con sus manos. Tono, admirado, contaba con detalle cómo su amigo se los arrancaba al Océano Atlántico, en las aguas que bañan la costa gaditana a la altura de Chipiona.

“Lo que te has perdido”, grabó en un momento de fugaz mejoría al día siguiente en el contestador de mi teléfono, con voz que por primera vez oí débil y entrecortada, aunque, incluso en aquella circunstancias, llena de humor y de pasión por la vida: “Una lubina, langostas, percebes, dos bogavantes, canaíllas, langostinos, gambas rojas y cigalas”, y Manolo, le faltó por decir. “Pero cómo se te ha ocurrido marchar… A mi no me dejaron ya comer nada.”

Manolo, el pescador de Chipiona, un sencillo hombre de mar, fue la persona a la que Valverde dedicó su último recuerdo en su último momento, justo aquel del que se sentía orgulloso de ser su amigo.

Las últimas palabras de Valverde fueron para un pescador–recolector que, al igual que su primer acompañante en sus correrías por Doñana en los años cincuenta del sigo XX, Menegildo, poseían perfiles humanos descritos en textos del siglo XIX que describen a los hombres cazadores recolectores paleolíticos que sobrevivieron hasta aquellas fechas.

Capítulo 12

Los pigmeos de la selva y la moral ecológica de los cazadores recolectores

Al igual que José Antonio Valverde, que admiró toda reminiscencia del ser humano poseedor aún de la capacidad de sobrevivir integrado en la naturaleza, su amigo de juventud, Félix Rodríguez de la Fuente, también expresó su admiración por el hombre primitivo, en ese mismo sentido. En un mensaje que dejó grabado en uno de los capítulos de su programa “La Aventura de la Vida” de Radio Nacional de España, dijo en 1974:
“Volando sobre una selva infinita, de esas selvas que cuando miras hacia abajo se está perfectamente convencido de que perderse allí es como perderse en el mar, en el océano, iba pensando en cual era el hombre, con auténtica dimensión humana, que más me había impresionado en mi vida. Repasaba mentalmente cada uno de los grandes hombres, en mi criterio, que yo había conocido, y en cada una de las mujeres, que duda cabe, y pensando también en el que más había penetrado en mi corazón y en mi mente, en el que me había producido una sensación más poderosa de especimen humano, de perteneciente a una especie que puede auto–valerse, a una especie que se permite el lujo de intitularse a sí misma sapiens, es decir, la que sabe, la que conoce, la que se comporta como poseedora de un cerebro sapiente y pensante ¿y saben ustedes, en el interior del avión, a la conclusión que llegué?”
“Despegado, por muchos metros de altura y kilómetros de distancia, de intereses creados, de, diríamos, contactos más o menos estrechos con personas de las que dependen grandes cosas para mi, llegué a la conclusión de que si en aquel momento el avión se caía y yo ya no podía pensar más, el último hombre en el que había pensado porque le consideraba el más importante de los que he conocido en mi vida era un pigmeo, un pigmeo de la selvas de Lituri, en el Congo, un pigmeo que ya no sé si vive o habrá muerto, un pigmeo con el que compartí todas sus cosas, un pigmeo que me dejó un recuerdo imborrable.”
“Los pigmeos son un pueblo enano, en el estricto sentido de la palabra, que viven en el corazón de África, únicamente en el interior de la selva lluviosa tropical. Están repartidos por el Congo y Camerún. Hay algunos en Ruanda y Burundi. Se alimentan de la caza de animales salvajes, de la pesca en los ríos y riachuelos de la selva y de la recolección de frutos. No conocen la agricultura ni el pastoreo. Están por consiguiente sumidos en lo que se llama la cultura de los cazadores superiores. Conocen el fuego, pero no elaboran el hierro. Las puntas de sus flechas son de madera o de pedazos de hierro que obtienen por intercambio con sus vecinos. Viven en la noche de la prehistoria, igual que debieron vivir nuestros antepasados.”
“Dependen por entero de la pieza de caza que matan, del pez que capturan, del bulbo, de la fruta, de la raíz, del hongo que encuentran. Son absolutamente hombres de la naturaleza. Para sobrevivir de este modo necesitan desplazarse constantemente. Los pigmeos son nómadas, por esta razón sus casas son estructuras sencillísimas que montan rápidamente, concretamente las mujeres, con un esqueleto de ramas elásticas que se doblan y que cubren con hojas en forma de, como ellos dicen, las escamas del pangolín.”
“Hay una división estricta del trabajo, los hombres cazan, las mujeres recolectan, con una compenetración en el grupo extraordinaria. Son profunda y absolutamente comunitarios, todo es de todos y nada es de nadie. No tienen jefes, en el estricto sentido de la palabra. Tienen la figura del mejor cazador, al que se le consulta para una expedición de caza. Está al que despreciativamente hemos llamado brujo, que es el depositario de la tradición. Es el que sabe cuándo hay que cambiar de sitio o qué es lo que hay que hacer cuando un hombre o una mujer enferma, y hay  entre ellos la figura de la mujer depositaria de la experiencia, que atiende a las parturientas y que decide asuntos de la recolección, de la construcción de los poblados, etc. Los pigmeos constituyen una célula primaria de la especie humana.”
“Cuando viene la época de lluvias, los pigmeos se entregan a la gran aventura de su vida, la muerte de Tembo, como se llama el elefante en suahili. Van dos o tres cazadores nada más en cada grupo. Siguen la pista del elefante por la selva. Tiene que ser un individuo aislado porque si hubiera más paquidermos no podrían llevar a cabo la cacería. Los pigmeos siguen la marcha del elefante con esa enorme capacidad que les permite leer huellas hasta a la luz de la luna. Cuando están a cien metros del elefante y éste se encuentra en un bosque secundario, de muchos árboles delgados, donde generalmente se apoyan en un árbol para digerir, el pigmeo matador –porque hay dos, el matador y el quitador– se impregna el cuerpo con una boñiga aun caliente de elefante, con objeto de oler a algo familiar para el gigante y que el monstruo no pueda descubrirlo. Otro de los pigmeos, el quitador, se adelanta y se coloca a unos veinticinco metros sin que el elefante se aperciba que está allí.”
“El matador, llevando en la mano una lanza inmensa, con punta de hierro que en otro tiempo fue de sílex, consigue meterse debajo del cuerpo del coloso sin ser descubierto, porque huele a boñiga de elefante, porque llueve a jarros, porque no hace ruido y porque se mueve como un espíritu de la selva. Con todas sus fuerzas clava su lanza, de abajo a arriba, en el corazón del paquidermo al mismo tiempo que el quitador, el compañero que iba con él, se pone delante y grita para que el elefante avance hacia él, no detecte ni aplaste al hombre que le dejó el corazón atravesado y caiga pocos metros después muerto por la tremenda hemorragia interna. Así matan los pigmeos a los elefantes.”
“Y ante unos hombres así, uno se quita el sombrero. Se quita la soberbia. Uno se quita todas estas cosas que generalmente llevamos puestas, para nuestra desgracia, los seres que habitamos en el área civilizada de este planeta. Pero hay algo importantísimo relacionado con la cacería. El elefante para el pigmeo lo es todo. Le puede causar la muerte pero también le da la vida. El que ha matado al elefante, el que realmente podría erigirse en propietario de la caza, cree que ha robado algo a la selva, su criatura más perfecta, lo que más importa. El matador está sometido a una serie de tabúes que le llevan a desagraviar a la madre selva y a Comba, al padre de todos los elefantes y de todos los pigmeos, por haberle matado a su criatura favorita. Yo le pregunté una noche inolvidable a mi amigo Lazabo:
– ¿Qué haces después que el elefante ha muerto?
– Le arranco la lanza, limpio el acero, tomo sangre y carne de la herida, la pongo entre hojas aromáticas, me retiro solo a la selva y le ofrezco a Comba, el padre de los elefantes y de los pigmeos y de todas las plantas y animales, las primicias de lo que es suyo y el me ha dado, y le pido que me lo dé también mañana.
– Y cuando acuden las mujeres y los cazadores para despedazar a Tembo ¿qué parte de la presa guardas para ti, Lazabo?
– Yo no puedo comer ni guardar nada del elefante que he matado porque Comba me castigaría y me volvería peor que una bestia, pero si otro cazador mata yo sí puedo comer de la carne. “
“Quedé asombrado ante el prodigio de un hombre primitivo que, después de jugarse la vida para matar a un elefante, cree que no puede comer de él para no apropiarse de algo que pertenece a la naturaleza.”

Fue el primer pueblo de cazadores primitivos que conoció. Toda su vida buscó con ahínco el contacto con los últimos seres humanos que guardan en su forma de vida los rastros de lo que debieron ser nuestros antepasados del Paleolítico, aquellos tatarabuelos nuestros que habitaron la cueva de Altamira y toda España. En ellos intuía que se escondían valiosas claves para afrontar el futuro, un futuro que veía cada vez más oscuro ya en los años sesenta.
Quería profundizar en esa búsqueda y por eso quiso conocer a los supervivientes de un pueblo que no solo seguía siendo cazador, que seguía viviendo como en el Paleolítico, sino que además, como los pueblos primitivos ibéricos del Magdaleniense, era también artista y pintaba en lienzos pétreos la esencia, la armonía, el movimiento y el espíritu de los animales que les rodeaban. Eran los bosquimanos. En los años sesenta todavía quedaba algún anciano de ese pueblo de baja estatura y mirada inteligente, que había llegado a conocer a los últimos iniciados que supieron pintar las figuras zoomorfas, preciosas –dibujadas con estilo similar al del arte rupestre levantino y andaluz español, más que al sofisticado arte parietal cantábrico– que hoy se contemplan en las paredes de los abrigos del predesierto y de la sabana arbustiva del Kalahari y del Namib. Y si quedaba, Félix tenía que conocerle, para que le contara, para ver en su rostro y en su mirada la de aquellos otros que moraban entre nosotros hace 12.000 años.
Tenía que darse prisa, porque era un pueblo casi extinguido, masacrado por el hombre blanco, por los colonos holandeses, alemanes e ingleses del siglo XIX, y ya antes, por los pueblos ganaderos bantúes y nilóticos que se extendieron y colonizaron toda África en el siglo XVII. Los bosquimanos nunca llegaron a comprender el concepto de la propiedad de la tierra y de los animales, fueran salvajes o domésticos, que los pastores neolíticos metieron a pastar en sus ancestrales cazaderos. Disparaban sus flechas sobre las vacas lo mismo que lo hacían sobre los antílopes. Eso les condenó a muerte. Los ganaderos les aniquilaron. Hoy apenas quedan 5.000 bosquimanos en el Kalahari de Botswana, Namibia y Sudáfrica y mil en Tanzania.

Capítulo 13.

Doñana, refugio de la fauna salvaje y del hombre paleolítico

Desde su época de golfo, luego lago, finalmente marisma, el Paleolítico sobrevivió en lo que hoy es Doñana. Habitada por la fauna salvaje y por descendientes de los cazadores recolectores, hombres y mujeres adaptados a aquel medio inhóspito y complejo.

Sabemos de ellos por la inscripción de un monumento del siglo II de la ciudad hispano–romana de Itálica. La estatua del general Cayo Vallio Maximiano de la Bética, que se haya en el Museo Arqueológico de Sevilla, lleva grabada una placa que dice que la ciudad fue defendida con éxito del “ataque de los moros” al repeler Cayo y sus tropas la agresión. No cita a ninguna de las tribus neolíticas prerromanas, cuyos nombres conocían bien los historiadores del imperio, sino a “los moros”. Moros que llenan la toponimia ibérica. Los que escondían tesoros. Que se escondían ellos mismos. Aquellos que vivían en cuevas –donde las hay– y en refugios como los que construyó Menegildo en la Algaida y en la playa de Bonanza, elevados sobre palos para protegerse de las inundaciones, de la humedad y de las víboras, chozas como las que había en la His–palis de los palafitos y en la Sevilla de Sibila.

En las fértiles vegas a lo largo de todo el curso del río Betis se desarrolló la ganadería y la agricultura y, con ellas, la civilización neolítica. La zona pantanosa que se iba formando aguas abajo, alojaría a los escasos supervivientes de los descendiente de los hombres cazadores recolectores pescadores, que otrora disfrutaron y habitaban Iberia y el mundo. De ellos descenderían hombres como Menegildo, Manolo el de Chipiona o el padre de Luis García, patero cuyo hijo, anillador oficial de la Estación Biológica de Doñana (EBD) desde hace 40 años, usa ahora las trampas de capturar aves de sus antepasados hombres marismeños para anillarlas y hacer ciencia. En la WEB de la EBD cuelgan los diarios de Luis, con minuciosos datos que registran día a día 40 años de seguimiento de la fauna, capturas de texto, y desde hace unos años de fotos y vídeos, de la vida salvaje que ahora “caza” incruentamente con la mirada, el telescopio y la cámara.
El flujo de vida migratoria que se mueve en verano del hemisferio norte al invierno africano, o del océano Atlántico al mar Mediterráneo, tiene un cuello de botella en la punta de Europa que forman Gibraltar y Algeciras, con un ala que llega hasta Cabo de Gata, en Almería, y otra que va hasta el cabo San Vicente, en el Algarve portugués. Por ese pasillo desfilan millones de aves, peces y mamíferos marinos, hacia el Norte en primavera y hacia el Sur en verano y otoño. Estrechamiento de la corriente proteínica en migración que forma en este lugar de Europa un embudo de nutrientes que no pasó desapercibido al hombre primitivo.
A principios de primavera los atunes adultos enfilan hacia la costa española desde diferentes partes del Océano Atlántico, como las islas de Cabo Verde, el archipiélago de Canarias, el norte de Europa y el golfo de México y pasan por el Estrecho de Gibraltar hacia el Mediterráneo, donde se reproducen.
El arqueólogo alemán Adolf Schulten buscó en las tres primeras décadas del siglo XX los restos de la ciudad de Tartessos en Doñana. El dueño del Coto, el Duque de Tarifa, le acogió y le apoyó en sus excavaciones. Lo que encontraron fue una factoría de pesca romana, una almadraba a la altura del Cerro del Trigo, hoy de los Ánsares, en la playa de Matalascañas. Allí capturaban con trampas de redes los atunes que se acercan a la costa en verano. Se secaban y exportaban a todo el imperio. Para hacer mojama se extraen tiras de carne. Se meten prensándolas, durante uno o dos días en sal gorda y luego se le quita, se purgan un par de días envueltas en sacos húmedos y se lavan, para proceder a su secado al aire, durante 15 días si el viento es de Levante y 20 si es de Poniente.
En tiempos de los romanos se aprovechaban hasta las tripas, con las que se hacía el garum, una salsa que se obtiene de vísceras de atún fermentadas. Se empleaba como hoy la salsa de soja, para dar sabor a los alimentos. En 2014, la empresa gaditana “Flor de Garum” dio con el secreto de las especias que junto con el pescado y la sal en capas, macerado todo ello unos días, removido y filtrado con un paño de lino, dan como resultado este elixir romano o a saber si ya del primer Neolítico. Pudieron sacar la receta al tener acceso a garum original sepultado tras la erupción de Pompeya en una tienda que vendía ese producto. Estaba en ánforas de cien litros que, 1935 años después del magma volcánico que las sepultó, todavía olían a pescado. Hecho un análisis nutricional, para ver sus contenidos de minerales, proteínas y ácidos grasos, se averiguó su composición y proporciones de pescado azul, polen y sal. En la biblioteca de Saint Gall en Suiza, se encontró un manuscrito del siglo IX con ambiguas descripciones del garum hechas en la obra romana “De re coquinaria”, que era por la que se sabía de este condimento.

Capítulo 14

Alianza con las orcas en el origen de las almadrabas para capturar atunes

Los atunes aún se cuelan por el laberinto de redes de la últimas almadrabas que los atrapan. Miles de estos gigantescos y nutritivos peces se acercan a la línea de costa para sortear el fuerte chorro de la corriente de agua que viene del Mediterráneo en dirección al Atlántico. Un festín de músculos de carne roja salvaje, apretada y fuerte, que capturan cada verano las almadrabas andaluzas y levantinas. Los empuja hacia la playa no solo la corriente sino también las manadas de orcas, que los cercan hasta llevarlos a aguas de escasa profundidad para allí devorarlos con más facilidad. Algunos atunes en la desesperación de salvar su vida saltan a la arena donde quedan varados. El hombre primitivo, que interactuaba en tierra con el lobo para la caza, se benefició también de ese fenómeno provocado por las orcas. Tal vez por ello los inuk, pueblo cazador pescador esquimal de los mares árticos, dicen de las orcas que son lobos que cayeron al mar y se transformaron en mamíferos marinos.

Las almadrabas de la factoría de Baela Claudia, en la playa gaditana de Bolonia, la de Zahara de los Atunes, la de Barbate, la de Torre Carbonero en Doñana, y todas las almadrabas que desde tiempos inmemoriales se armaron en la costa de Tarifa a Portugal, iban en el lote de tierras que el rey regaló al alguacil de la plaza de Tarifa, un tal Guzmán, de León, cuyos descendientes sumando títulos nobiliarios acabaron duques de Medina Sidonia. Convirtió a su fiel vasallo, y a sus herederos, en los hombres más poderosos de España durante varios siglos, a causa de los atunes, de los que el Rey cristiano tal vez no era bien consciente de a dónde podía llegar su cosecha una vez organizada. Aunque Guzman había pagado ya bien caro el regalo, porque la gracia real le fue concedida por dejar que el enemigo sacrificara a su primogénito, que había caído prisionero, delante de las murallas de la plaza de Tarifa, previamente asaltada y arrebatada a sus dueños. Cesiones territoriales, como la del Señorío de Medina Sidonia, propiedades hasta entonces comunales, o del prójimo, que son las que más alegremente se ceden, las hacían los reyes a diestro y siniestro en toda España, como reparto del botín arrebatado por los descendientes de los invasores godos y sus mercenarios del camino de Santiago a los habitantes de la España hispano romana, que en el siglo VII adoptaron y desarrollaron la cultura, la lengua y la religión musulmana, que no todo fueron invasores, siendo estos solo parte.
Los reyes entregaban, en este orden, “tierras, aguas, costas, árboles, caza, animales, casas y personas que en ellas hubiere” como reza la carta puebla de la localidad levantina de Pego–Oliva, otorgada por el rey de Aragón Jaime I, en 1350, a los antecesores de los actuales propietarios. Otorgamiento este que tiene el mismo origen que los demás títulos de propiedad habidos y por haber. La revolución de la Sociedad de la Información de cultura hacker igual no solo ignorará la propiedad intelectual vigente, y un día revise también el reparto neolítico de tierras, devolviendo a la humanidad el Planeta sin vallas ni fronteras que siempre fue, en una sociedad tecnológica global sin nacionalismos, religiones, fronteras, vallas y privilegios, dentro de una visión de la vida no competitiva ni excluyente. A saber.

A mediados del siglo XVI las almadrabas alcanzaron el récord de atrapar en sus redes 155.000 atunes, en tres meses de temporada. Multiplicado por un promedio de 120 kilos de peso, dan 15 millones de kilos de carne. Hecha salazón y mojama, que aguanta años para su consumo, podía ser transportada y comercializada. Abastecían a medio Reyno y a los barcos que partían de Cádiz, Palos de Moguer y otros puertos hacia las Américas, las islas Filipinas y el resto de Europa. Un inmenso negocio que fue próspero en la Hispania romana, en la musulmana, en la castellana y del Renacimiento a hoy.
El atún rojo llegó a denominarse “buey marino” y “buey de los cartujos”. En muchos monasterios se utilizaba para suplir la carne de vaca en los cuarenta días a dieta sin carne de la Cuaresma. Lo mismo le pasó a la ballena, por el parecido de su carne roja a la del buey, aunque en ese caso era la inversa, se hacía pasar por pescado un animal que no por vivir en el agua deja de ser tan mamífero como la vaca de sangre más caliente, así que los buenos frailes pecaban por ignorancia.
Hoy en día, la almadraba de Barbate no llega a 2.000 atunes por temporada, lo que delata la regresión de la especie. La sobrepesca en alta mar por busques factoría y, en particular, las capturas con redes de deriva que usaron los franceses e italianos están detrás del desastre. Los atunes los compran los japoneses, cuyos consumidores llegan a pagarlos hasta a 70 euros el kilo. En el traspaso de barco a barco, en el puerto de Barbate, se produce una selección ocular de calidad, gracias a la cual los españoles pueden al menos probar, a precio más asequible, lo que los nipones desechan.
“En Conil, Barbate y Zahara de los Atunes, las orcas atacan los bancos de atunes en paso a principios de la primavera, en particular  con luna llena. En la Grecia antigua llamaban oryx al carnero y orca al “carnero marino”. En Algeciras, bajo el Cerro de la Horca se sitúa Punta Carnero, lugar famoso para observar la migración de las aves. Antaño también lo era para avistar las grandes aletas de las orcas que delatan la llegada de los atunes.”
A Poseidón se le representa con sus canes marinos. Ca marí, es decir, Can marino, es orca en catalán. El cabo de Zahara de los Atunes donde las orcas cazan a los túnidos, se llama Camarinal. En el Estrecho de Gibraltar, Cabo Espartel lleva el nombre con el que los pescadores denominan a la orca en el Golfo de Cádiz. Espardarte era la espada medieval de base ancha de aspecto similar a la aleta de dos metros de longitud de la orca macho que asoma por encima del agua y avisa a gran distancia, tanto de su presencia como de la de los preciados atunes que persigue.
Una cita de principios del siglo XVIII, cuenta cómo en la almadraba de Zahara de los Atunes, al no avistar las orcas, se ordenó tallar una de madera, atarla a un bote de remos y moverla por la bahía para intentar asustar a los atunes y ver si así arrimaban en su huida hacia la costa, donde les esperaba la almadraba. Posiblemente ese comportamiento de las orcas hizo que ya el hombre primitivo se sintiera aliado de ellas, al aprovechar los atunes que, al huir despavoridos se echaban a sus pies, varados en la arena de la playa.

Capítulo 15

Alianza con los halcones y las aves de presa en el origen de la cetrería

En territorio tunecino floreció hace 2.700 años la ciudad de Cartago. La fundaron los fenicios que venían de Tiro, zona del sur de Líbano cerca de la frontera que los palestinos disputan ahora al Estado de Israel. Judíos y fenicios procedían a su vez de la zona en la que hace 4.000 años se enfrentaban los imperios agrícolas de los deltas del Nilo y del Eúfrates con los reyes de escitas pastores de las estepas asiáticas del norte, ganaderos de caballos que inventaron el carro de guerra.
En medio de tanta batalla, fenicios y hebreos destacaron hace 3.000 años en el comercio y, los últimos, por desarrollar un conjunto de normas que consagraron la cultura neolítica con una religión monoteísta, de la que hace 2.000 años saldría la cristiana y 1.400 la musulmana. Entre las tres configuraron el escenario ideológico y filosófico de Occidente.
Estos pueblos, como los chinos hace 3.000 años, poseían ya grandes conocimientos de navegación marítima, impulsada por su dedicación al comercio, trasegando mercancías de uno a otro puerto marítimo y fundando colonias donde había recursos que explotar. Cartago se anexionó las ciudades fenicias del sur de España, en las que comerciaban con el floreciente y misterioso reino de Tartessos que los historiadores griegos sitúan por Cádiz o Huelva y algunos en Doñana.
Los romanos invadieron hace 2.160 años el imperio cartaginés.  En el saliente oriental de la bahía de Cartago, ahora Túnez capital, descubrieron cómo en el cabo Bon –punto más cercano para saltar de África a Europa en esa zona, a 140 kilómetros de Sicilia– sus habitantes aprovechaban la proteína que cada primavera se apelotona en el peñón: decenas de miles de codornices, y otros pájaros, en su viaje migratorio prenupcial hacia Europa. También lo hacen los gavilanes y demás aves de presa, de modo que llamaron a esta zona Aqualaria, es decir, el país de las águilas. En este punto de descanso de las aves en su ruta migratoria euroafricana, los gavilanes depredan el paso migratorio de codornices, que alcanza su momento álgido en la última semana de abril y la primera de mayo.
Los habitantes del cabo veían que los gavilanes llegaban dos semanas antes que el grueso del flujo de codornices. Con ingenio desarrollaron una técnica para, en ese corto espacio de tiempo, capturar y adiestrar al gavilán para cazar con él y compartir las codornices en los días que dura su paso migratorio. Después, los gavilanes son puestos en libertad. Además de evitar el coste de mantenerlos cautivos hasta la siguiente temporada, dejarles seguir ruta a sus puntos de cría facilita que su prole engrose las poblaciones que, en años venideros serán atrapadas y adiestradas para, durante un mes, ser comensales del hombre.
En la región del Cabo Bon el trampeo de gavilanes cuenta con una larga tradición que se transmite de generación en generación entre los 150 cetreros de la zona. En las afueras de El Haouaria, pueblo junto al mar ubicado en el extremo del Cabo Bon, enfrente de la isla de Zembra, hay un conjunto de cuevas romanas. En ellas vivieron los hombres cazadores recolectores que aprovechaban la proteína migratoria, aliándose con las águilas y los halcones para su captura.
Esta y otras técnicas de caza ancestrales fueron registradas en un mosaico romano del siglo V. En él dibujaron las técnicas de cetrería, cuchería con liga, caza de liebre con galgo a caballo, de jabalí con red y la caza a caballo de perdices.  El mosaico puede contemplarse en el Museo Bardo de la capital tunecina, que exhibe una de las mejores colecciones de mosaicos romanos.

Capítulo 16

Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa

Desde 1967, se celebra en Túnez cada primavera el paso migratorio de gavilanes y codornices. El festival se desarrolla en la segunda semana de junio, en Nadi El Bayazara, sede de la Asociación de Cetreros de El Haouaria, ubicada en un paraje espectacular. Los gavilanes son lanzados en persecución de codornices previamente capturadas. Se puntúa el vuelo de persecución y la habilidad en la captura. Antes de soltarlos los ornitólogos anillan y pesan a los “piratas de la espesura”. El festival distingue al mejor cetrero y al ave más veloz.

En otro cuello de botella del flujo migratorio, el que pasa por el Bósforo que une Europa con Asia, el ateniense Aristóteles mencionaba, hace ya 2.350 años, en su obra “Historia de los animales”, a los cazadores que “comparten con las aves de presa las piezas capturadas”. Dice el filósofo: “En el distrito tracio llamado en su día Cedrípolis, los hombres cazan en la marisma a los pajarillos juntamente con los halcones. En efecto, sacuden con palos las cañas y los arbustos, para que los pajarillos se echen a volar, mientras los halcones, apareciendo por encima de ellos, los persiguen desde arriba obligándolos a bajar. Los pajarillos, aterrorizados, vuelven a volar hacia abajo, en dirección al suelo. Entonces los hombres los cogen golpeándolos con los palos, y dan a los halcones una parte de las piezas cobradas tirándoles al aire algunos pájaros que los halcones atrapan (Aristóteles, 517).

No es, pues, extraño que cerca del embudo que forma el tercer gran puente aéreo que usa el flujo migratorio entre Europa y África, en la localidad portuguesa de Mértola, a escasos 60 km de las marismas de Ayamonte río Guadiana arriba y a 100 km en línea recta de Doñana, se encontrara otro mosaico romano de un jinete con un azor en el puño rodeado de sus presas: un pato, una garza y una urraca, lo que acredita que también en Iberia se desarrolló la cetrería en tiempos remotos, como en todas partes donde la simbiosis con orcas, delfines, halcones, cormoranes, lobos, o el animal que fuera, permitiera  acceder más dócilmente a la energía nutricia.

Isidoro de Sevilla (570–636) hizo una clasificación de las aves en sus Etimologías, en la que dice: “Unas se posan en la mano del hombre, como el halcón” (XII, 7: 105).
Antes que los reyes castellanos, los hispano–musulmanes que construyeron la Torre del Oro acudían a las marismas de la desembocadura del Guadalquivir a volar sus falcones garceros, lo mismo que lo habían hecho los hispano–visigodos de Hispalis y antes que ellos los hispano–romanos de Itálica, los tartessos y antes, y con mayor motivo, los pueblos sin ganado ni cultivos, que dependían para sobrevivir de agudizar el ingenio y la capacidad de observar, cazar y recolectar.

Capítulo 17

Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblíes de Niebla

El Calendario de Córdoba es una obra hispano–musulmana que da numerosos detalles acerca de la práctica de la cetrería en Al–Ándalus. Incluye notas ornitológicas de la época de migración del halcón neblí –nombre de los halcones peregrinos que se capturaban en el reino de Niebla o, viceversa, nombre del lugar donde se capturaban los neblís o halcones grisaceos– así como de la época de cría del halcón baharí (Falco peregrinus brookei), del tiempo necesario para incubar los huevos, de cuándo eclosionan, incluidos los del gavilán, o cuánto tiempo transcurre hasta que los pollos están totalmente emplumados.

Aunque los jeques de Arabia Saudí, ni muchos otros, ya no lo respeten, matar o cazar por diversión está prohibido en el Islam.  El Profeta Muhammad asegura que: “Aquel que mata a un pájaro por diversión lo verá dirigirse a Allah en el día de la Resurrección”.

Todo apunta a que la zona sur del imperio romano –reorganizada musulmana con la lengua que hacía y traducía Ciencia en la época, y la religión que infundía valor guerrero a pastores y labradores para librarse de los infieles bárbaros del norte– mantuvo la práctica ancestral de la cetrería como forma de aprovisionamiento de proteína.

En Marruecos, entre Al Jadida y Marrakech, el grupo tribal de los “Qwassen” o Kuasen, sigue practicando la cetrería pobre, nada que ver con la de la nobleza medieval, la renacentista, o la de los actuales jeques árabes del petróleo, aunque hace cuatro días aún eran beduinos del desierto y tendrían prácticas similares a las de estos halconeros de la costa Atlántica africana. Una dispensa del Rey Alauita, da a los Qwassem permiso para cazar alcaravanes con halcones, y liebres y conejos con lebreles. Su vida humilde, sin electricidad ni agua corriente, gira alrededor de sus tradiciones milenarias. El halcón es un miembro destacado de la familia, cuidado con mimo por hombres, niños y mujeres.

A la localidad de los Qwassem llegó un joven español en los años cincuenta del siglo XX, que quería resucitar la cetrería en España. Fue allí con objeto de aprender las prácticas cetreras de ese pueblo ancestral. Tradiciones del país de Doukkala que remontan a la noche de los tiempos. Parece ser que los cetreros más famosos procedían de la región de Lakouassem y del pueblo de Ouled Frej, donde el impetuoso español  pernoctó en casa de Mohamed Qasmi. Rápido se hizo amigo del mejor cetrero Qwassem, heredero de una orgullosa casta de halconeros que le mostró los más preciados secretos de su legendaria tribu. De él recibió las lecciones prácticas que ansiaba y necesitaba para aplicar correctamente las copiosas lecturas de textos medievales sobre cetrería que había hecho.

Un segundo cetrero español, Rafael Hernández Mancha, se presentó 35 años más tarde, en 1991, en el pueblo de Had Uled Frej y fue también a casa de Qasmi, que es a donde mandan los locales a todo forastero que arriba preguntando por los halconeros. Hernández Mancha había leído un reportaje en una revista francesa sobre los cetreros Qwassem y decidió ir a conocerlos y aprender de ellos. Al entrar por la puerta el viejo Mohamed le recibió como si le hubiera estado esperando años, rebuscó en un baúl y le mostró una foto donde salía al lado del “otro español que había estado allí en los años cincuenta”. Le preguntó si le conocía. Y tanto que le conozco, dijo atónito Rafael. En la vieja foto en blanco y negro que ya amarilleaba se veía a Qasmi portando orgulloso su halcón al lado de un joven Félix Rodríguez de la Fuente. El misterioso primer español, que recaló por Ouled hace ahora sesenta años, era Félix, que había viajado a Marruecos recién terminada su carrera de médico para beber de las fuentes y aprender el arte de la cetrería, mucho antes de hacerse famoso como divulgador de la naturaleza en Televisión Española.

Su recuerdo seguía indeleble en la memoria de Mohamed Qasmi, tras haberle acogido y enseñarle lo que sabía de la caza con halcones y del uso de la caperuzas. Con él aprendió Félix a mantener un halcón sereno y en condiciones psíquicas y físicas, con el plumaje perfecto para cazar. Qasmi le llevó a Marrakech a comprar pieles para hacer caperuzas, de modo que Félix volvió a España con varias de las hechas por el maestro, y los patrones dibujados en papel de seda para encargar su manufactura a guarnicioneros de Burgos que habían olvidado la habilidad de confeccionar las caperuzas de cuero que en su día fueron seña de identidad de los caballeros castellanos.

Según contó Mohamed Qasmi, Félix aprendió allí la técnica para conseguir el picado del peregrino desde gran altura y cazar por altanería colocando el halcón alto y después sacarle la perdiz por debajo para que la acuchillara a 350 kilómetros por hora. También aprendió de los Qwassem a capturar aves rapaces en paso. Pero la mayor enseñanza que le transmitieron los humildes cetreros primitivos que sobreviven al otro lado del Estrecho fue la de ver cómo se puede ser feliz con poco; cómo valorar la libertad por encima de los bienes materiales y cómo llevar una vida plena, simplemente practicando una cetrería primitiva, sencilla, elemental, pero llena de sabiduría y tradición, transmitida de generación en generación.

Cuando Félix puso en práctica en España con sus halcones las enseñanzas de los Qwassem, alrededor de 1960, la península Ibérica era parecida al Marruecos de hoy. Un país agrario, con treinta millones de habitantes de los que la mitad vivían del secano y del pastoreo. El 42% de la población activa, cinco millones de personas, trabajaban en el campo. Una situación intermedia entre la España de 1900, cuando el 70% de los españoles aún vivían en el medio rural y la actual, netamente urbana, en la que sólo un 7% (con una media de edad rayana los sesenta años) habitan los pueblos, cifra a la que se llegó tras el abandono masivo del mundo agropecuario operado en el último medio siglo.

La alianza del hombre con el halcón dio a Félix Rodríguez de la Fuente un conocimiento profundo de las aves de presa. Y lo que fue más importante, le hizo descubrir otras dimensiones de sí mismo, del ser humano. Comprobó que no siempre debimos de ser como somos, competitivos y posesivos. Que entre nosotros y con otras especies, en la mayor parte de nuestra existencia, en más del 90% del tiempo que llevamos como sapiens sobre la faz de la Tierra, fuimos una especie más cooperativa de lo que lo somos ahora. Antes de las armas de fuego esa posición era no solo la más inteligente, sino la única posible. Donde no llegaba una flecha podía llegar un halcón.

La facultad reflexiva, el poder pensar, la inteligencia, tenía que servir para capacidades mucho más sofisticadas que la simplona de eliminar toda competencia que intente captar la energía que encierran las mismas presas o alimentos que uno mismo necesita apropiarse para nutrirse. Pensar que así queda todo para nosotros no nos hubiera llevado muy lejos. Si alguien hacía algo mejor que el hombre, si otras especies eran más veloces o más resistentes y gracias a esas facultades cazaban más y mejor las piezas que los hombres necesitan para comer, no se las eliminaba, como se hace ahora, y se hacía sobre todo en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo XX, por Decreto, en España. En el pasado lejano, aquellos antepasados nuestros de las cavernas, que algunos imaginan atrasados y embrutecidos, se aliaban con ellas.

Capítulo 18

La posibilidad de una alianza con las rapaces en la noche de los tiempos, cautivaba a Félix Rodríguez de la Fuente, pero la idea de un pacto prehistórico entre el hombre y el lobo, de una convivencia en armonía entre los dos grandes cazadores sociales, de una larga etapa de amistad feliz con el ahora gran enemigo de los neolíticos que se apropiaron de la carne, desbordaba su imaginación.

Quería estudiar si en la jerarquía del lobo el jefe, el alfa, es verdaderamente “el mejor”, mental y físicamente. Pensaba que el modelo de organización social de los cánidos salvajes había influenciado hace cientos de miles de años en la organización social de los homínidos. Le interesaba analizar la jerarquía y las pautas para relevar de la cúpula al líder cuando dejaba de ser el más apto para dirigir al grupo. Una idea que le inspiraba la lectura de las obras de Ortega y Gasset ‘España Invertebrada’ y ‘La rebelión de las masas’ donde se aborda la importancia del reconocimiento por la sociedad de sus miembros más capaces y valiosos para que asuman el liderazgo.

Intentó averiguar cómo el hombre y el lobo se aliaron, de tal manera que de esa relación pudiera haber surgido el perro. ¿Cuándo se rompió el pacto, y con qué violencia, para que el mejor amigo del hombre se transformara en odiadaalimaña?

En recuperar esa relación simbiótica veía la esperanza de la supervivencia. Interrogaba a los lobos en la profundidad de su mirada. Buscaba en ellos claves ocultas a los ojos del hombre moderno.

Su interés por los cánidos salvajes iba, pues, más allá de la mera admiración hacia una especie emblemática, bella, llena de atracción para un naturalista. Tanto el lobo, como las águilas y los halcones fueron el apoyo del hombre paleolítico para salir adelante como especie. Elegida por la evolución de la vida, no para desarrollar el olfato o aumentar la velocidad, disponer de poderosas garras, fuertes músculos o colmillos superlativos, sino para aumentar la masa craneal. A la especie humana le tocó desarrollar más que ninguna otra el delicado órgano con el que supo tomar prestadas “las garras” al león, en forma de lanzas y piedras; el olfato al lobo, aliándose con él, y la velocidad a las aves de presa, adiestrándolas para la caza de alto y bajo vuelo.

José María Moreno, sostiene que “Canis lupus y hombre paleolítico muestran un conjunto de aspectos esenciales paralelos: se muestran capaces de abatir animales grandes y pequeños (desde el toro al conejo) gracias a la cooperación de grupos. Ambos viven y conviven de y en un mismo espacio, y todo apunta a que el hombre siente por el cánido una casi veneración y ve en él la síntesis de todas las virtudes del cazador perfecto. Tal aseveración nos es permitido hacerla mediante el apoyo tanto de los datos que nos proporciona la arqueología y la historia como de los estudios sobre el comportamiento de los llamados cazadores paleolíticos históricos. El arte rupestre en la Península es parco a la hora de representar figuras de lobos y ello va a dificultar enormemente el conocimiento de la ya indicada relación del hombre con el animal. En el Tajo de las Figuras (Cádiz) y el abrigo de Los Arcos (Jaén) se observaban siluetas de cuadrúpedos que, al decir del investigador francés H. Breuil, representan lobos. Estos mismos animales figuran en pinturas esquemáticas del valle de Las Batuecas (Salamanca), concretamente en los abrigos conocidos como El Canchal de la Pizarra y El Risco de las Torres (…) Los heraldos hispanos se cubrían con una piel de lobo en señal de paz. Según Apiano, los nertobrigenses, sitiados por Marcelo en el año 152 antes de Cristo, enviaron a éste un emisario cubierto con una piel de lobo, sin duda alguna para testimoniar que la promesa de su pueblo quedaba tutelada por el mismo dios.”

Se han encontrado huesos de lobo en campamentos de homínidos del Pleistoceno medio en Boxgrove, cerca de la localidad británica de Kent, a los que se les calcularon 400.000 años de antigüedad y en la cueva de Lazaret, cerca de Niza, en Francia, estimados en 150.000 años de antigüedad. En Lazaret, cada refugio tenía un cráneo de lobo colocado intencionadamente en su entrada. Esta costumbre de colocar una cabeza de lobo en la boca de las cuevas habitadas por los homínidos hace cientos de miles de años, sigue viva en las tallas que presiden muchos pórticos románicos, como el de la catedral de St. Marie de Oloron, cerca de Pau, Francia, última parada antes de que los peregrinos centroeuropeos siguieran ruta para cruzar andando los temidos puertos pirenaicos del Camino de Santiago. 

Mietje Germonpré y otros paleontólogos, publicaron en octubre de 2008 un trabajo en el ‘Jounal of Archaelogical Science’ por el que remontan la domesticación del perro a hace 31.700 años. El descubrimiento se produjo en la cueva Goyet, en Bélgica, y los restos están asociados a la cultura Auriñaciense. Los fósiles más antiguos de otros animales domésticos son de ovejas domesticadas hace 10.000 años; el cerdo o jabalí, 9.000 años y los bovinos, 7.500 años. El lobo fue, pues, el primer animal salvaje que domesticó el hombre.

A pesar de que, según algunos investigadores, la convivencia entre humanos y lobos domesticados se remonta a unos 100.000 años, todavía el sitio, los tiempos y la forma en que ocurrió la domesticación siguen siendo un misterio que, poco a poco, ha ido aclarándose con los avances en la investigación genética.

Un equipo investigador que incluye a Belén Lorente, Óscar Ramírez y Tomás Marqués del Instituto de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, Carles Vila de la Estación de Biología de Doñana, España, y científicos de EE.UU, Portugal, Italia, China, Hungría, Turquía, Israel y Croacia, ha establecido tras un estudio genético que el lobo y el perro evolucionó de un linaje lobuno común desaparecido hace aproximadamente 15.000 años, antes de que los humanos iniciaran sus sociedades agropecuarias. El estudio publicado en 2014 en Public Library of Science Genetics indaga en el proceso de domesticación que llevó al perro analizando el genoma de animales de Europa y de China, regiones que se han señalado como centros de la domesticación de los canes domésticos.

Son varias las teorías de cómo se produciría ese proceso. Lobos merodeando por los campamentos de los nómadas para comer restos. Así se fueron amansando. Encuentros fortuitos de cachorros, criados luego por los hombres y su papel como compañero cooperativo en la caza. O un proceso similar al del halconero y el halcón, que tras interceptar la pieza que cazan saben repartir la pitanza, en un proceso de simbiosis, buen trato y fidelidad del que ambos se benefician.

En una salida al campo que hicieron en 1964 a los cortados del río Manzanares para ver nidos de halcones que Félix Rodriguez de la Fuente controlaba en esa zona, Valverde afirma en sus memorias que animó a “Felisón” a que, con la buena mano que tenía para los animales, se pusiera a criar una manada de lobos para estudiar su comportamiento desde cachorros. “Déjate de halcones y dedícate a los lobos, que ahí están las claves”, le dijo.

Al cabo de los años Félix comentaba en la radio: “Efectivamente, antes de que el hombre se hiciera matador, antes de hacerse dueño de la Tierra, antes de que se hiciera dueño de la carne, antes de que el hombre se creyera el rey de la Creación –cosa que hoy sabe muy bien que no es– antes de eso, hasta los lobos pudieron ser sus amigos”.

FIN
(del primer tomo)

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