Los Borbones tienen pendiente rehabilitar la cetrería

Capítulo 4 del II tomo de la obra Genesis «Cazadores – Guerreros»

La alianza con otros depredadores del hombre paleolítico, al punto se decía “hablaban con los animales”, se rompió en el domus dómine domini Neolítico, domador, dominador, domesticador, dominante. El lobo, el mejor amigo de Homo sapiens sylvestris, fue esclavizado y pasó a perro. Se mantuvo, sin embargo, el pacto con las aves de presa, hasta que la simbiosis cetrera fue también anulada con el avance de la mentalidad neolítica en la España sedentaria y espesa del siglo XVIII

por Benigno Varillas

El protocolo de la Corte hizo que Fernando VI (1713–1759), que compartía techo con su padre Felipe V en el Palacio Real de Madrid, tuviera que comunicarse con él por escrito. Así lo hizo a lo largo de su infancia y juventud, en francés, idioma de Felipe V, nieto del rey francés Luis XIV, que en 1700 se mudó de París a España para sustituir la dinastía de los Austrias. Cambios en la cúpula del poder entre cazadores guerreros que se sucedieron desde los primeros reyes tartessos, refinando costumbres y distanciándose de sus orígenes a cada siglo, pero siempre atraídos, como por un imán, por los inmutables cotos. Los cazaderos reales fueron cambiando de manos durante 10.000 años, pero la esencia siguió siendo casi la misma, aunque cada vez más descafeinada.

En 1748, al año de subir al trono, Fernando VI ordenó la extinción de la Real Caza de Volatería y del Real Cuerpo de Halconeros de la Casa Real.  Según Antonio de Castro, el rey tomó la decisión atendiendo las quejas que sus vasallos de los alrededores de Madrid le habían presentado respecto a “los gravámenes y perjuicios que el ejercicio de esta real diversión significaba en sus haciendas”

Una real cédula de Fernando el Católico estableció en 1478 el aposentamiento de sus cazadores reales en los Carabancheles. Las gabelas que los de Carabanchel tenían que pagar eran tales que, 270 años más tarde, Fernando VI, ajeno a misterios y alianzas entre lo salvaje y el hombre, eliminó de un plumazo a los cetreros del rey.

En este pueblo de Madrid se produjeron a mediados del siglo XX dos acontecimientos de interés para la naturaleza y el resurgir de los hombres libres. En Carabanchel descubrió la ornitología el joven Tono Valverde, inmovilizado en 1944 en el hospital de tuberculosos de esa localidad. Fue de la mano de las obras de Lleget y de Brehm, que le regaló una tía para que se distrajera, y también de las historias que le contaba un compañero de habitación, jornalero del campo andaluz, que antes de fallecer le desveló los secretos de la caza de pajaritos con liga y ballesta. A sus 18 años Valverde descubrió lo que era un naturalista de campo de acción como Brehm y el compañero pajarero le desveló los profundos conocimientos de la fauna que puede llegar a tener la gente del campo obligada por la vida y la necesidad a vivir en y de la naturaleza. Desde entonces se interesó por todo furtivo, alimañero, pescador, artesano o recovero que se cruzó en su vida, entablando siempre fructífera conversación con ellos y desembuchándoles “los libros” que llevaban “escritos” en la memoria, historias oídas a sus ancestros y experiencias propias que morirían con ellos al ser el último eslabón de un medio rural que, justo por aquellas fechas de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, emigró a la ciudad.

Allí hizo Rodríguez de la Fuente, a sus 28 años, recién llegado a Madrid en 1956 del pueblo burgalés de Briviesca, sus primeras demostraciones de altanería en los entonces campos de “Venta la Rubia”, en las afueras de Carabanchel, ante el conde de Mayalde y la condesa de Pastrana, para proponerles resucitar de nuevo la cetrería en España. Apoyos decisivos para entrar en contacto con la corte de la capital del reino, donde desarrolló su meteórica carrera.

Y en los Carabancheles de Fernando el Católico me encontré en 2013, dando una conferencia sobre “el Biolítico” en un improvisado y alternativo centro cultural ubicado en una modesta y vieja casa condenada al derribo“okupada” por jóvenes del barrio donde se reunían los del 11 M y topé entre la audiencia a Patricia –hija de Ernesto Junco, cetrero de Félix en 1971 que con Dory le puso tras la pista de los asturcones– que cuida aun hoy halcones y azores con su pareja para que la llama de los seres libres no se apague.

La decisión de Fernando VI del año 1748 revela algo más que un conflicto vecinal. Nunca un rey anterior a él hubiera extinguido la Real Caza de Volatería y el Real Cuerpo de Halconeros. Aquella medida indica que la Corte se distanciaba cada vez más de sus orígenes como descendientes, reales o simbólicos, del reducido grupo de cazadores–recolectores que se transformaron hace 9.000 años en cazadores–guerreros, domesticando todo ser vivo útil que se dejara. Estaban alejándose de lo poco que les conectaba con la vida salvaje.

El aislamiento de la naturaleza iba aumentado a cada siglo. La ciudad acabó por engullir y sellar lo que quedaba de espíritu libre en los que ostentaron el poder durante 10.000 años. Los Borbones siguieron siendo empedernidos cazadores, pero ya solo de escopeta, dando la espalda a los halcones.

Dice el diccionario: “Zahareño: “Voz árabe, usada en altanería. 1. pájaro bravo. que no se amansa, o que con mucha dificultad se domestica. 2. adj. desdeñoso, esquivo, intratable o irreductible.»

El cetrero llama zahareña el ave capturada cuando ya tiene más de un año”.

A mediados del siglo XVIII, los halcones, los azores, lo irreductible, abandonó el corazón de los hombres, lo mismo que lo había hecho el lobo 10.000 años antes. Dejaron de ser aliados. Pasaron a ser vistos como competidores, enemigos. Lo de que las rapaces llegaban donde no lo conseguía la flecha y el culto a la caza reminiscencia de cuando éramos poderosos depredadores, se apagó con la sofisticación de la sociedad. La mentalidad y la forma mercantilista de entender el mundo, artificial y alejado de la naturaleza, hizo mella en los sucedáneos de cazadores e hizo ver claramente que la libertad y la nobleza ni se compra ni se hereda en papeles, sino en los genes. A la altura de 1748, el ADN de los cazadores de escopeta debía tener ya solo miligramos de hombre verdadero…

Puedes leer los dos primeros tomos completos ya editados en: www.paleovivo.org

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