Los cazadores–recolectores de las marismas

Obra ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores
Capítulo 5

Por Benigno Varillas

Además de los frutos y los vegetales, que allí donde abundaban eran más esenciales en la dieta paleolítica que la carne de los grandes herbívoros, el español primitivo capturaba en zonas ribereñas peces, ranas, galápagos, caracoles, murciélagos; en partes más secas tortugas, serpientes y en todas ellas, hormigas, orugas, larvas, insectos, huevos y pajarillos. En el litoral marisqueaba los roquedos recogiendo lapas, mejillones, cangrejos, erizos, bígaros, ostras y en la arena coquinas, almejas, peces, algas y todo ser viviente que se dejara atrapar.

También aprovechaba los mamíferos marinos varados en las playas. En 2013, unos arqueólogos analizaron los restos de 167 balanos de dos especies distintas desenterrados en una cueva de Nerja, Málaga. Estos crustáceos crecen solo en la piel de la ballena franca austral, mamífero de 50 toneladas de peso. El descubrimiento indica que nuestros antepasados primitivos consumieron en la cueva carne de ese cetáceo. Por el análisis de la hoguera se sabe que el banquete se celebró hace 14.000 años. Las conchas de los crustáceos estaban mezcladas con vértebras quemadas de delfín y huesos de foca.

Un estudio, en el que participan Joaquín Rodríguez–Vidal, profesor de Geomorfología del Departamento de Geodinámica y Paleontología de la universidad onubense; Clive Finlayson del Museo de Gibraltar; Juan José Negro, de la Estación Biológica de Doñana e investigadores de las universidades de Murcia y de Toronto, plantea que la Península Ibérica, y el suroeste en particular, representan los remanentes más occidentales del prehistórico “Cinturón de Latitudes Medias” que llegaba hasta la cordillera del Himalaya. Ese trabajo corrobora que una franja costera bajo el nivel del mar actual estaba al descubierto, proporcionando pasillos al movimiento de las especies. En el Paleolítico, la costa de Gibraltar a Nerja no era como la de hoy, de acantilados y pequeñas calas. Dominaban entonces las playas infinitas tipo Matalascañas de Doñana, con trenes de dunas que avanzan tierra adentro, sepultando y acorralando pinos y enebros. El paisaje de Gibraltar a Málaga era parecido al de las marismas del Guadalquivir de hoy. (26)

Clive Finlayson y su equipo del Museo de Gibraltar encontraron en el Peñón concheros del hombre de Neandertal –especie extinguida hace 30.000 años– lo que indica que “los otros” humanos que habitaron Iberia hasta fecha reciente explotaban los recursos marinos al igual que nuestros antepasados cromañones, pero no han hallado aún indicios de que en la cueva gibraltareña de Grorham, el hombre primitivo consumiera alguno de los muchos mamíferos marinos que cruzan el Estrecho y varan en la costa.

Quien sí encontró numerosos cetáceos muertos en las playas, y rápido colectó los cráneos y a veces esqueletos enteros para su colección taxonómica, fue un joven vallisoletano que recaló por la costa de Almería en 1957. Hombre de secano, el mar le atrajo poderosamente. Tropezarse con la fauna marina fue una emoción sublime para aquel joven, ávido de investigar los secretos de la vida. Tenía entonces 31 años. Le llamaban Tono. Acababa de ser contratado por el CSIC sin tener aún la carrera empezada. Aún no sabía cómo, pero tenía claro ya entonces que su misión en esta vida era salvar Doñana. Era José Antonio Valverde.
No tenía aún el título de Biólogo porque cuando a sus 18 años fue a matricularse en Ciencias Naturales a la Universidad de Madrid, un médico le oyó toser. En lugar de ingresar en la facultad ingresó en un hospital de tuberculosos de Carabanchel. Corría el año 1944 y aquel lugar era entonces puro campo, cerca de un Madrid sin coches ni autopistas. Allí, y en su habitación de Valladolid después, pasó su juventud con una pierna escayolada que le obligaba a caminar con muletas. Andar le aliviaba el dolor que le provocaba la calcificación de la rodilla y caminando por las márgenes y los bosques de ribera del Pisuerga descubrió la ecología de campo. En 1955 leyó que el galo Heim de Balsac planeaba estudiar la fauna del Sáhara español. Llenó de rabia escribió al Jefe de Estado, Francisco Franco, quejándose de que un extranjero planeara investigar el solar patrio y él no tuviera medios para hacerlo. La carta surtió efecto y aquella primavera pasó tres meses en el Sahara con el Ejército y, fruto de aquella expedición,  en noviembre de 1956 entregó al Instituto de Estudios Africanos el texto y los dibujos del libro “Aves del Sahara. Estudio ecológico del desierto” que causó sensación internacional y le abrió las puertas del CSIC. La primera tarea que le impusieron fue sacar la carrera y el doctorado para poder nombrarle director del centro de investigación de Zoología que quería crear en las marismas del Guadalquivir, donde empezó a anillar aves en 1952.

Fruto de aquella aventura, Valverde acabó comprando en 1964, con donativos de amantes de la naturaleza de todos los países del norte de Europa, una finca de caza que transformó en reserva, constituyendo con ella la primera reserva de la Estación Biológica de Doñana. Fue un primer crowdfunding, que impidió la destrucción de la principal zona de invernada de las aves acuáticas europeas. Miles de niños escandinavos salieron a las calles con una hucha, pidiendo una corona por cada ganso nórdico que venía a invernar a las marismas del Guadalquivir que se pretendía adquirir para garantizar su conservación.

En 2015, desde este blog hacemos un appeal internacional para continuar y rematar aquella ya legendaria acción de hace medio siglo, de modo que ahora, en ese mismo territorio, se pueda iniciar la de–domesticación de los grandes herbívoros europeos, devolviéndoles la libertad.

También para potenciar y estimular la conciencia del hombre libre del futuro, imbricado en la urdimbre de la vida. Para ello promovemos poblados de teletrabajadores nómadas, que se encarguen de cuidar y gestionar espacios donde aún sobreviven las especies emblemáticas de la fauna salvaje y de resilvestrar toros y caballos para que ocupen en ecosistemas abiertos el nicho ecológico de sus ancestros, los uros y los tarpanes. Será una forma del que el propio ser humano participe de esa de-domesticación y su mente vuelva a ser tan libre como la de los animales salvajes por los que vele. Los nuevos “cazadores–recolectores” de las marismas lo serán, pero ya de forma incruenta, capturando información científica, vivencias y sensaciones, que por sí mismas, propagadas al mundo, son un recurso con el que complementar la dieta, tanto la física como la cultural.

¡Si puedes deslocalizar tu actividad laboral actual y traértela contigo bajo el brazo a uno de esos paraísos de los que hablamos, no lo dudes: ¡Apúntate!

Juntos podremos acometer el sueño de iniciar un nuevo perfil laboral que aúne el mundo del ciberespacio con el de la vida salvaje al aíre libre. ¡Doñana y el Cantábrico nos esperan ya!

 

Bibliografía

  1. GARCÍA RIVERO, Daniel . 2004. Prehistoria y Evolución” SECUENCIA ECOLÓGICO-CULTURAL HOLOCÉNICA EN EL MEDIODÍA IBÉRICO”. SPA L 13 (2004): 9-34