Mágica cultura de la palabra hablada

Cerca del pueblo francés de Solutré, debajo de la peña de la foto de más arriba, se encontraron cientos de huesos de caballos salvajes al fondo de un acantilado. Se difundió la hipótesis de que se despeñaron al ser perseguidos por recolectores–cazadores paleolíticos europeos de la época Solutrense, es decir, de hace entre 15.000 y 20.000 años, con la astucia necesaria para provocar que se precipitaran al vacío.
Félix Rodríguez de la Fuente relató este episodio. Grabó la narración en 1974, en Radio Nacional de España, sin haberla escrito previamente y, por tanto, sin leer o memorizar texto alguno, siguiendo lo que él llamaba la cultura oral de los hombres de la Prehistoria.
Resulta interesante hacer el experimento de leer el texto en voz alta, grabarlo y oírlo después, y comparado con el audio de Félix, grabado sin haberlo escrito previamente y, por tanto, sin haberlo leído.

Félix Rodríguez de la Fuente.

“Figúrense por un momento, la inmensa pradera cuaternaria de la Europa de hace 30.000 años. Las taigas, es decir, los bosques de pinos, rodean los claros cubiertos de hierba apretada y encharcada. Cerca de las taigas, las turberas. Los pájaros que predominan son los pájaros cuaternarios, las tetraónidas, esos famosos urogallos que ahora son tan escasos en España. Las focas y las morsas están en todas las costas. Los renos, esos cérvidos preciosos, migran todos los años desde las tundras, que se encontraban entonces solamente en el norte de Francia y en el centro de España, hacia las zonas más cálidas y abrigadas del Cantábrico y del Mediterráneo. Y con ellos, migra la manada de caballos salvajes.
Cae la tarde, se va acercado la noche. Los garañones, que dominan en los pequeños grupos que se integran en una manada, quizá de quinientos, o de mil caballos, se muestran inquietos. Las yeguas, que van seguidas por el recental, miran en todas las direcciones. Piafan, relinchan. Están oliendo al enemigo, al enemigo de siempre, al matador más peligroso, el hombre. La brisa les lleva ya el olor del humo. Las antorchas que empiezan a prepararse. Cuando cae la noche, los hombres primitivos, los cazadores de piernas de fiera, aquellos gigantes de Cromagnón, que tenían una estatura media de un metro ochenta y cinco, que tenían unos cuerpos con los que no podría competir seguramente un campeón olímpico, salen de todas partes. Llevan antorchas en la mano. Gritan, gritan. Sus voces se oyen por todos los sitios. Los caballos piafan, relinchan, corren en todas las direcciones, saben que allí está el precipicio, la muerte, pero tienen más miedo al hombre, al cazador vertical, que al precipicio. Hacen carreras, hacen verdaderos rodeos antes de precipitarse por la peña.
Y finalmente un recental enloquecido salta, por aquel salto tremendo de 250 metros. Y detrás del recental, la madre, y luego un garañón, y luego quinientos caballos, uno detrás de otro, pataleando en el aire, haciendo dramáticas piruetas, y sonando sobre las piedras del fondo, dramático sonido, de muerte.
Al día siguiente, los pájaros siguen cantando como si tal cosa. El hombre está allí. Y el chamán, seguramente, desagravia a las fuerzas de la naturaleza: “Perdón, ¡Oh Padre de todos los caballos! Ya no cazaremos más hijos tuyos hasta el año que viene, hasta cuando las nieves del largo invierno de nueve meses, se vayan hacia el norte y nosotros volvamos a salir de nuestra caverna donde hemos pintado al caballo, en rojo, en ocre y en negro, para desagraviar al espíritu del caballo y a ti ¡Padre de todos los caballos! que nos das su carne para alimentarnos con ella, que nos das su alma para alimentar nuestra propia alma””. (1)

(1) Félix R. de la Fuente, 1974. “El poderoso cazador cuaternario”. Programa “La Aventura de la Vida“ RNE. Emisión: 27 agosto. www.rtve.es/alacarta/audios/la-aventura-de-la-vida/aventura-vida-poderoso-cazador-cuaternario-27-08-74/872388/ 

 

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