Mapa de los cotos de caza medievales en la fauna pétrea románica

Capítulo 2 del II Tomo de la obra Génesis «Cazadores–Guerreros»

La pasión por la caza jugó un papel clave en la estrategia de conquistas que produjo el actual reparto de titularidad de la tierra. Los grandes cotos de caza de hoy tienen su origen en apropiaciones violentas que sucedidas a lo largo de la historia.

Por Benigno Varillas

«Bastaría cartografiar los monasterios y ermitas románicos para poder establecer verosímilmente la situación de muchos de los centros estratégicos y los puntos de reunión a pié de monte de los monteros bajomedievales, y con ello la de los grandes montes vírgenes donde el oso abundaba”.

El zoólogo José Antonio Valverde estaba convencido de que en las capillas románicas diseminadas por el país, con sus capiteles, canecillos y otros elementos arquitectónicos plagados de bajorelieves con figuras de osos, halcones, lobos, jabalíes, ciervos, machos monteses, corzos, rebecos, conejos, urogallos, grullas, garzas y demás presas talladas en piedra, está el mensaje del móvil de reyes y nobles guerreros cristianos medievales para fundar monasterios en lugares remotos. Su afán benefactor no estaba tanto al servicio de lo divino, como lo religioso al servicio de lo venatorio. Lo importante eran los cazaderos, campear sin tregua. Hasta en la estrategia de guerra de algunos señores feudales pudo influir la codicia de conquistar nuevos cotos cinegéticos. Lo documentó dibujando 40 mapas de los cazaderos usados desde Alfonso X “El Sabio” y Alfonso XI “El Batallador”, autor de “El Libro de la Montería”, solapándolos con el avance de la llamada Reconquista.

Valverde sostenía que los monjes de los monasterios románicos, además del ora et labora benedictino y no tener descendientes que se lleguen a sentir dueños de donde nacieron, con su voto de pobreza y obediencia, eran los mejores guardas que un cazador pudiera soñar y a los que, por ello, se les facilitaba la construcción de capillas y cenobios para instalarse en los cotos. Muchos reyes y señores ordenaron en testamento ser enterrados en su cazadero favorito, cerca de los halcones, los azores, los osos y los venados con los que tanto habían disfrutado. Cedían el coto que albergaba su tumba a la orden religiosa de los monjes que lo vigilaran, atando con leyes el que no pudieran vender nunca las tierras en las que ellos reposarían en la Eternidad.

El trabajo de investigación sobre la distribución del oso en España en el Medievo lo hizo Valverde tras su retirada forzosa, en 1975, tanto de la dirección de la Estación Biológica de Doñana (EBD) como de la dirección del Parque Nacional del mismo nombre, debido a una serie de infartos por los que el médico le aconsejó apartarse de la agitada vida que implica gestionar Doñana.

En búsqueda de actividad que no le supusiera stress, Valverde se topó en 1976 con “El Libro de la Montería” de Alfonso XI en la biblioteca de la Universidad de Sevilla. Buscaba bibliografía para documentar su libro “Los lobos de Morla” que estaba escribiendo a medias con el pastor de esa localidad leonesa, Salvador Teruelo, y descubrió “el primer tratado de ecología escrito en el mundo”, en palabras de Valverde, que aporta preciosos datos sobre la distribución del lobo y el oso en 1.400 montes de lo que hoy son 30 provincias españolas que hace 700 años constituían el reino de Castilla y León. Durante diez años, Valverde no se separó de ese libro, publicado por primera vez a mediados del siglo XIV con caligrafía amanuense sobre pergamino de oveja merina. Fue uno de sus grandes descubrimientos. Hizo que su labor en el CSIC –como director ya “honorífico” de la EBD, apartado definitivamente de la dirección– fuera buscar los 1.400 montes buenos de osos y puerco (jabalí) que describe ese manual de caza medieval.

Con una fotocopia bajo el brazo del facsímil impreso a partir de la edición hecha en 1615 por Argote de Sevilla, el primer biólogo que estudió Doñana, se dedicó a recorrer España. 

A pesar de la toponimia cambiante, logró encontrar la mitad de las armadas, como se llamaban los lugares de las estrategias para montear osos y añadió a los textos del rey los suyos. En esa magna obra, que publicó en 2009 la Universidad de Salamanca en un DVD con los 40 mapas hechos a mano por Valverde y minuciosas descripciones de los territorios, afirma que la reconquista no se movió en sus inicios solo por objetivos militares sino también por ambicionar la nobleza cristiana las zonas de caza que estaban en tierras musulmanas.

Valverde encontró algo más que información sobre osos, lobos y jabalíes. Descubrió que la nobleza cazadora medieval de los pueblos del norte de España, como buenos descendientes de los que pintaron Candamo, Altamira y Ekain, eran cazadores empedernidos. Posiblemente primos hermanos de aquellos que en las marismas de Tartessos cazaban aves con halcones y hacían “sacas” de toros y caballos ya cuando Hércules se los robó. Difícil, interpretar mitos y leyendas, aunque Schliemann demostró que los griegos no contaban odas por contar y, desde Troya, hasta los más escépticos se abstienen de ridiculizar a los que las toman al pie de la letra. Fuera lo que fuera, asombra la vena cinegética compulsiva de los nobles guerreros medievales. El cazadero de Las Rocinas se lo quedó el rey Alfonso X en 1267 como botín de la toma del reino de Niebla.

La economía castellana creció tras la conquista de Sevilla. Se instauraron ferias ganaderas y el Honrado Concejo de La Mesta. Con la exportación de la lana se construyeron las catedrales de León, Salamanca, Coria, Palencia, Sevilla, Burgos, Segovia entre otras.

La trashumancia de ovejas entró en su apogeo. La raza merina era secreto de Estado por su lana. Exportar ejemplares vivos se penaba con la muerte. España era ganadera. Sin embargo, la Corte era cazadora. La nobleza se alimentaba y enriquecía con los animales domésticos pero su espíritu se nutría corriendo detrás de lo libre, como hacían sus antepasados cazadores–recolectores.

Alfonso X frecuentó el cazadero real de Las Rocinas. Su hijo Sancho IV (1258–1295), que lo debía disfrutar menos, recompensó a Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno, con el señorío de Medina Sidonia que incluía toda la parte sur de lo que hoy se conoce como Doñana. Estas tierras se acrecentaron después con cuatro grandes dehesas que el rey Fernando IV (1258–1312) añadió al coto del hijo de Guzmán el Bueno. Durante siglos, toda la zona sur estuvo vinculada a la casa de los Pérez de Guzmán.

La parte norte de Doñana siguió siendo coto real de la corona. Alfonso XI (1311–1350) cazaba media España, como demuestra “El libro de la Montería”, en el que sale la tantas veces mencionada cita de Doñana, que no podemos obviar por su belleza y la información que aporta:

“En tierra de Niebla hay una tierra quel dicen las Rocinas, et es llana, et es toda sotos, et hay siempre hí puercos. Et son de correr desta guisa. Poner la vocería entre un soto, et otro en lo más estrecho, et poner el armada al otro cabo en lo más ancho. Et non se puede correr esta tierra si non en ivierno muy seco, que non sea llovioso; et la razón porqué, porque hay muchos tremedales en ivierno lluvioso; et en verano non es de correr porque es muy seca, et muy dolenciosa. Et señaladamiente son los mejores sotos de correr cabo un iglesia que dicen Sancta María de las Rocinas. Et cabo otra iglesia, que dicen Sancta Olalla.

En cazaderos próximos a Sevilla y en la sierra de Aroche (Ladero,1980:66) había osos. Se señalan cinco puntos de invernada ocasionales o fijos, en los cauces de Siete Arroyos, las grandes Riberas de Cala y Huelva y en el alto Guadiamar. En las zonas más habitadas por el hombre, como las de Aljarafe, Guillena, Gerena y Aznalcollar, los osos habían ya desaparecido. Sin embargo, no era una erradicación absoluta, ya que hay constancia de que en tiempos de los Reyes Católicos, llegaba alguno hasta el mismo borde de la marisma. Una Real Cédula de 1490 prohibía cazar osos en Mures, Gatos, Hinojos y Los Palacios (Belmonte y Clemente, 1888, Ed. 1957:27).

La obsesión de que nadie les arrebatara sus piezas quedó documentada. Ladero Quesada recoge un edicto de 1433 por el que Enrique IV ordena al concejo de Ecija «que guarde los montes para que nadie mate en ellos Puercos, Osos ni Venados». Una ley del año 1485 habla de la construcción de un palacio en el Lomo del Grullo, propiedad de la corona, y otro, de 1495, de la prohibición de cazar en sus alrededores, que ilustra sobre las técnicas de caza en la época:

«… non sean osados con una legua al derredor de los dichos palacios del Lomo del Grullo de cazar ni cacen de noche nin de dia puercos nin ciervos nin liebre nin conejo ni otras algunas salvajinas cin cacen con falcone nin con otra cosa alguna perdiz ni garza ni abutarda ni lechuza ni alcaravan nin grua nin lavanco ni martinete ni aberramia ni otras reales aves conviene a saber con los dichos falcones ci con perro ni hurones ni con galgos ni perros ni ballestas ni arcos nin redes nin buey ni candil ni con otros armadijos ninguno nin menos traygan los dichos sus ganados de noche nin de dia paciendo nin cortando leña nin derrocando la dicha bellota en la dicha una legua en derredor de los dichos palacios…»

Desde sus orígenes, en tiempos del rey Juan II de Castilla (1398–1479), aunque fue Fernando de Aragón (1452–1516) quien más esplendor le dio, el Palacio del Rey era conocido desde el siglo XIII como Palacio del Coto de las Rocinas. “Fernando el Católico prohibió en 1478 cazar perdices y liebres en torno a Sevilla hasta cinco leguas por la campiña y siete por la parte del Aljarafe, reservando esa zona para sí y para los caballeros fijodalgos de la ciudad, que sólo podrían matarlos con aves y perros. Prohibía taxativamente el uso de «redes, ni candil, ni calderuela, ni con ballesta, ni con buey, ni con otra manera semejante», mencionando sistemas que, con la excepción de la ballesta, han seguido en uso hasta hace poco y aún lo están”.

Diversos documentos relatan jornadas cetreras de la casa real española renacentista, como la partida a la que el rey Fernando el Católico llevó a su yerno holandés, Felipe el Hermoso, cuando éste y su esposa, la princesa Juana, llegaron a Castilla en 1502 para ser jurados herederos de Isabel la Católica por las Cortes castellanas.

En 1493, los Reyes habían hecho donación de la Madre de las Marismas del Rocío a su secretario de Hacienda, Sebastián Pérez. Más interesado en el dinero que en el romanticismos, el hijo del secretario vendió la marisma al Concejo de Almonte en cuanto la heredó. Los lugareños volvían así a hacerse con parte del ancestral cazadero, pero por los mojones poco claros que lo delimitaban, estuvieron en pleitos con el duque de Medina Sidonia, dueño de la parte dolindante, durante mas de un siglo, hasta que un juez sentenció a favor de los almonteños, otorgándoles los lindes de la marisma que tanto reclamaban.

El monarca Felipe II dedicó tiempo, desde su palacio del Escorial, al cazadero real de Lomo del Grullo, hoy integrado en el espacio natural de Doñana, que la corona siguió poseyendo durante siglos al norte de la marisma. Aunque Felipe más que disfrutarlo, lo que hizo fue protegerlo de “los furtivos”, con normas, leyes, cédulas, disposiciones y ordenanzas.

El rey llegó a ampliar en una legua el perímetro del coto que tenía en Doñana pero, como su padre, estuvo demasiado atrapado por el éxito del imperio, como para permitirse el lujo de emular las correrías de Alfonso XI siglos atrás, o las del abuelo, Fernando de Aragón, que con su esposa Isabel de Castilla gustaba de recorrer su Reyno con su “Corte móvil”. Con frecuencia aposentaban sus reales en el Alcazar de Sevilla para hacer escapadas al cercano Lomo del Grullo.

La ausencia de los reyes en sus posesiones del sur no obedecían a una falta de interés de Felipe. Alrededor de 1540, con 13 años, el heredero gustaba salir al campo a disfrutar de la vida libre y salvaje, que le recordarían los genes de cazador–recolector que llevamos en la sangre:

«Va un día en la semana a caza con los halcones y ha habido días de buenos vuelos. Aunque huelga mucho en lo de la ballesta, cuando no puede gozar de aquello, huelga con los halcones y de cualquier manera que sea en el campo» (Alvar Ezquerra 2001: 30) y, “desde por la mañana, que monta a caballo, no vuelve hasta la noche, haga el tiempo que haga, y no cesa de volar sus aves de cetrería. Y, si el tiempo no es muy malo, hay ciento viente halconeros, y cada uno lleva un halcón de los cuales maneja él casi siempre la mayor parte. Y, llegando al campo, hace poner a cada uno en su sitio, lo más lejos que puede. Y, encuentre lo que sea, milanos, garzas reales, perdices u otros pájaros, lanza contra ellos tres o cuatro de diversas especies y hace volar a todos de una vez, y no maneja ningún hombre esas aves, más que los halconeros. El rey (Carlos I, padre del príncipe) y toda su gente no intervienen, aunque vean una cosa propicia.”

Felipe no fue manco a la hora de elegir residencia y la ubicó cerca de Madrid, en El Escorial, en medio de impresionantes bosques de robles y encinas. La capital del Reino lo fue no por ser centro de la Península, sino por “las condiciones extraordinarias del Monte del Pardo, un gran bosque de llanura, para lancear a caballo, una de las aficiones de Felipe II, como lo fue de su padre Carlos I y de su nieto Felipe IV, todos ellos excelentes jinetes que alanceaban jabalí, oso y venado como más tarde lo haría Alfonso XIII en Doñana.”

“En 1863 Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia, fue invitada a un lanceo organizado por el Duque de Medina Sidonia en Doñana, uno de los mejores cazaderos para ese deporte. En los cotos donde no se acosa mucho al jabalí, estos se confían y salen a pleno día, con lo que es factible correrlos a caballo. (…) En las cacerías con lanza y caballo de Alfonso XIII participaron personajes de toda Europa como el Príncipe de Gales y su hermano, futuros Reyes Eduardo VIII y Jorge VI de Inglaterra. El jabalí se ha lanceado a caballo en España desde muy antiguo. Un bronce de hace 1.800 años, hallado en Mérida, reproduce la imagen de un jinete al galope lanceando un jabalí”, citas recogidas por Morenes.(46)

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