Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblíes de Niebla

 ‘Genesis’
Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 17

Por Benigno Varillas

El Calendario de Córdoba es una obra hispano–musulmana que da numerosos detalles acerca de la práctica de la cetrería en Al–Ándalus. Incluye notas ornitológicas de la época de migración del halcón neblí –nombre de los halcones peregrinos que se capturaban en el reino de Niebla, actual Huelva, o, viceversa, nombre del lugar donde se capturaban los neblís o halcones grisáceos– así como de la época de cría del halcón baharí (Falco peregrinus brookei), del tiempo necesario para incubar los huevos, de cuándo eclosionan, incluidos los del gavilán, o cuánto tiempo transcurre hasta que los pollos están totalmente emplumados.

Aunque los jeques de Arabia Saudí, ni muchos otros, ya no lo respeten, matar o cazar por diversión está prohibido en el Islam.  El Profeta Muhammad asegura que: “Aquel que mata a un pájaro por diversión lo verá dirigirse a Allah en el día de la Resurrección”.

Todo apunta a que la zona sur del imperio romano –reorganizada musulmana con la lengua que hacía y traducía Ciencia en la época, y la religión que infundía valor guerrero a pastores y labradores para librarse de los infieles bárbaros del norte– mantuvo la práctica ancestral de la cetrería como forma de aprovisionamiento de proteína.

En Marruecos, entre Al Jadida y Marrakech, el grupo tribal de los “Qwassen” o Kuasen, sigue practicando la cetrería pobre, nada que ver con la de la nobleza medieval, la renacentista, o la de los actuales jeques árabes del petróleo, aunque hace cuatro días aún eran beduinos del desierto y tendrían prácticas similares a las de estos halconeros de la costa Atlántica africana. Una dispensa del Rey Alauita, da a los Qwassem permiso para cazar alcaravanes con halcones, y liebres y conejos con lebreles. Su vida humilde, sin electricidad ni agua corriente, gira alrededor de sus tradiciones milenarias. El halcón es un miembro destacado de la familia, cuidado con mimo por hombres, niños y mujeres.

A la localidad de los Qwassem llegó un joven español en los años cincuenta del siglo XX, que quería resucitar la cetrería en España. Fue allí con objeto de aprender las prácticas cetreras de ese pueblo ancestral. Tradiciones del país de Doukkala que remontan a la noche de los tiempos. Parece ser que los cetreros más famosos procedían de la región de Lakouassem y del pueblo de Ouled Frej, donde el impetuoso español  pernoctó en casa de Mohamed Qasmi. Rápido se hizo amigo del mejor cetrero Qwassem, heredero de una orgullosa casta de halconeros que le mostró los más preciados secretos de su legendaria tribu. De él recibió las lecciones prácticas que ansiaba y necesitaba para aplicar correctamente las copiosas lecturas de textos medievales sobre cetrería que había hecho.

Un segundo cetrero español, Rafael Hernández Mancha, se presentó 35 años más tarde, en 1991, en el pueblo de Had Uled Frej y fue también a casa de Qasmi, que es a donde mandan los locales a todo forastero que arriba preguntando por los halconeros. Hernández Mancha había leído un reportaje en una revista francesa sobre los cetreros Qwassem y decidió ir a conocerlos y aprender de ellos. Al entrar por la puerta el viejo Mohamed le recibió como si le hubiera estado esperando años, rebuscó en un baúl y le mostró una foto donde salía al lado del “otro español que había estado allí en los años cincuenta”. Le preguntó si le conocía. Y tanto que le conozco, dijo atónito Rafael. En la vieja foto en blanco y negro que ya amarilleaba se veía a Qasmi portando orgulloso su halcón al lado de un joven Félix Rodríguez de la Fuente. El misterioso primer español, que recaló por Ouled hace ahora sesenta años, era Félix, que había viajado a Marruecos recién terminada su carrera de médico para beber de las fuentes y aprender el arte de la cetrería, mucho antes de hacerse famoso como divulgador de la naturaleza en Televisión Española.

Su recuerdo seguía indeleble en la memoria de Mohamed Qasmi, tras haberle acogido y enseñarle lo que sabía de la caza con halcones y del uso de la caperuzas. Con él aprendió Félix a mantener un halcón sereno y en condiciones psíquicas y físicas, con el plumaje perfecto para cazar. Qasmi le llevó a Marrakech a comprar pieles para hacer caperuzas, de modo que Félix volvió a España con varias de las hechas por el maestro, y los patrones dibujados en papel de seda para encargar su manufactura a guarnicioneros de Burgos que habían olvidado la habilidad de confeccionar las caperuzas de cuero que en su día fueron seña de identidad de los caballeros castellanos.

Según contó Mohamed Qasmi, Félix aprendió allí la técnica para conseguir el picado del peregrino desde gran altura y cazar por altanería colocando el halcón alto y después sacarle la perdiz por debajo para que la acuchillara a 350 kilómetros por hora. También aprendió de los Qwassem a capturar aves rapaces en paso. Pero la mayor enseñanza que le transmitieron los humildes cetreros primitivos que sobreviven al otro lado del Estrecho fue la de ver cómo se puede ser feliz con poco; cómo valorar la libertad por encima de los bienes materiales y cómo llevar una vida plena, simplemente practicando una cetrería primitiva, sencilla, elemental, pero llena de sabiduría y tradición, transmitida de generación en generación.

Cuando Félix puso en práctica en España con sus halcones las enseñanzas de los Qwassem, alrededor de 1960, la península Ibérica era parecida al Marruecos de hoy. Un país agrario, con treinta millones de habitantes de los que la mitad vivían del secano y del pastoreo. El 42% de la población activa, cinco millones de personas, trabajaban en el campo. Una situación intermedia entre la España de 1900, cuando el 70% de los españoles aún vivían en el medio rural y la actual, netamente urbana, en la que sólo un 7% (con una media de edad rayana los sesenta años) habitan los pueblos, cifra a la que se llegó tras el abandono masivo del mundo agropecuario operado en el último medio siglo.

La alianza del hombre con el halcón dio a Félix Rodríguez de la Fuente un conocimiento profundo de las aves de presa. Y lo que fue más importante, le hizo descubrir otras dimensiones de sí mismo, del ser humano. Comprobó que no siempre debimos de ser como somos, competitivos y posesivos. Que entre nosotros y con otras especies, en la mayor parte de nuestra existencia, en más del 90% del tiempo que llevamos como sapiens sobre la faz de la Tierra, fuimos una especie más cooperativa de lo que lo somos ahora. Antes de las armas de fuego esa posición era no solo la más inteligente, sino la única posible. Donde no llegaba una flecha podía llegar un halcón.

La facultad reflexiva, el poder pensar, la inteligencia, tenía que servir para capacidades mucho más sofisticadas que la simplona de eliminar toda competencia que intente captar la energía que encierran las mismas presas o alimentos que uno mismo necesita apropiarse para nutrirse. Pensar que así queda todo para nosotros no nos hubiera llevado muy lejos. Si alguien hacía algo mejor que el hombre, si otras especies eran más veloces o más resistentes y gracias a esas facultades cazaban más y mejor las piezas que los hombres necesitan para comer, no se las eliminaba, como se hace ahora, y se hacía sobre todo en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo XX, por Decreto, en España. En el pasado lejano, aquellos antepasados nuestros de las cavernas, que algunos imaginan atrasados y embrutecidos, se aliaban con ellas.

(Continuará)

Último capítulo, por publicar, del primer tomo de Genesis:

  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa

Genesis

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”
Libro I: Cazadores – recolectores

Capítulo 16

por Benigno Varillas

Desde 1967, se celebra en Túnez cada primavera el paso migratorio de gavilanes y codornices. El festival se desarrolla en la segunda semana de junio, en Nadi El Bayazara, sede de la Asociación de Cetreros de El Haouaria, ubicada en un paraje espectacular. Los gavilanes son lanzados en persecución de codornices previamente capturadas. Se puntúa el vuelo de persecución y la habilidad en la captura. Antes de soltarlos los ornitólogos anillan y pesan a los “piratas de la espesura”. El festival distingue al mejor cetrero y al ave más veloz.

En otro cuello de botella del flujo migratorio, el que pasa por el Bósforo que une Europa con Asia, el ateniense Aristóteles mencionaba, hace ya 2.350 años, en su obra “Historia de los animales”, a los cazadores que “comparten con las aves de presa las piezas capturadas”. Dice el filósofo: “En el distrito tracio llamado en su día Cedrípolis, los hombres cazan en la marisma a los pajarillos juntamente con los halcones. En efecto, sacuden con palos las cañas y los arbustos, para que los pajarillos se echen a volar, mientras los halcones, apareciendo por encima de ellos, los persiguen desde arriba obligándolos a bajar. Los pajarillos, aterrorizados, vuelven a volar hacia abajo, en dirección al suelo. Entonces los hombres los cogen golpeándolos con los palos, y dan a los halcones una parte de las piezas cobradas tirándoles al aire algunos pájaros que los halcones atrapan (Aristóteles, 517).

No es, pues, extraño que cerca del embudo que forma el tercer gran puente aéreo que usa el flujo migratorio entre Europa y África, en la localidad portuguesa de Mértola, a escasos 60 km de las marismas de Ayamonte río Guadiana arriba y a 100 km en línea recta de Doñana, se encontrara otro mosaico romano de un jinete con un azor en el puño rodeado de sus presas: un pato, una garza y una urraca, lo que acredita que también en Iberia se desarrolló la cetrería en tiempos remotos, como en todas partes donde la simbiosis con orcas, delfines, halcones, cormoranes, lobos, o el animal que fuera, permitiera  acceder más dócilmente a la energía nutricia.

Isidoro de Sevilla (570–636) hizo una clasificación de las aves en sus Etimologías, en la que dice: “Unas se posan en la mano del hombre, como el halcón” (XII, 7: 105).
Antes que los reyes castellanos, los hispano–musulmanes que construyeron la Torre del Oro acudían a las marismas de la desembocadura del Guadalquivir a volar sus falcones garceros, lo mismo que lo habían hecho los hispano–visigodos de Hispalis y antes que ellos los hispano–romanos de Itálica, los tartessos y antes, y con mayor motivo, los pueblos sin ganado ni cultivos, que dependían para sobrevivir de agudizar el ingenio y la capacidad de observar, cazar y recolectar.

(Continuará)

Capítulos por publicar del primer tomo de Genesis:

  • 17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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Alianza con los halcones y las aves de presa en el origen de la cetrería

Genesis

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”
Libro I: Cazadores – recolectores

Capítulo 15

por Benigno Varillas

En territorio tunecino floreció hace 2.700 años la ciudad de Cartago. La fundaron los fenicios que venían de Tiro, zona del sur de Líbano cerca de la frontera que los palestinos disputan ahora al Estado de Israel. Judíos y fenicios procedían a su vez de la zona en la que hace 4.000 años se enfrentaban los imperios agrícolas de los deltas del Nilo y del Eúfrates con los reyes de escitas pastores de las estepas asiáticas del norte, ganaderos de caballos que inventaron el carro de guerra.
En medio de tanta batalla, fenicios y hebreos destacaron hace 3.000 años en el comercio y, los últimos, por desarrollar un conjunto de normas que consagraron la cultura neolítica con una religión monoteísta, de la que hace 2.000 años saldría la cristiana y 1.400 la musulmana. Entre las tres configuraron el escenario ideológico y filosófico de Occidente.
Estos pueblos, como los chinos hace 3.000 años, poseían ya grandes conocimientos de navegación marítima, impulsada por su dedicación al comercio, trasegando mercancías de uno a otro puerto marítimo y fundando colonias donde había recursos que explotar. Cartago se anexionó las ciudades fenicias del sur de España, en las que comerciaban con el floreciente y misterioso reino de Tartessos que los historiadores griegos sitúan por Cádiz o Huelva y algunos en Doñana.
Los romanos invadieron hace 2.160 años el imperio cartaginés.  En el saliente oriental de la bahía de Cartago, ahora Túnez capital, descubrieron cómo en el cabo Bon –punto más cercano para saltar de África a Europa en esa zona, a 140 kilómetros de Sicilia– sus habitantes aprovechaban la proteína que cada primavera se apelotona en el peñón: decenas de miles de codornices, y otros pájaros, en su viaje migratorio prenupcial hacia Europa. También lo hacen los gavilanes y demás aves de presa, de modo que llamaron a esta zona Aqualaria, es decir, el país de las águilas. En este punto de descanso de las aves en su ruta migratoria euroafricana, los gavilanes depredan el paso migratorio de codornices, que alcanza su momento álgido en la última semana de abril y la primera de mayo.
Los habitantes del cabo veían que los gavilanes llegaban dos semanas antes que el grueso del flujo de codornices. Con ingenio desarrollaron una técnica para, en ese corto espacio de tiempo, capturar y adiestrar al gavilán para cazar con él y compartir las codornices en los días que dura su paso migratorio. Después, los gavilanes son puestos en libertad. Además de evitar el coste de mantenerlos cautivos hasta la siguiente temporada, dejarles seguir ruta a sus puntos de cría facilita que su prole engrose las poblaciones que, en años venideros serán atrapadas y adiestradas para, durante un mes, ser comensales del hombre.
En la región del Cabo Bon el trampeo de gavilanes cuenta con una larga tradición que se transmite de generación en generación entre los 150 cetreros de la zona. En las afueras de El Haouaria, pueblo junto al mar ubicado en el extremo del Cabo Bon, enfrente de la isla de Zembra, hay un conjunto de cuevas romanas. En ellas vivieron los hombres cazadores recolectores que aprovechaban la proteína migratoria, aliándose con las águilas y los halcones para su captura.
Esta y otras técnicas de caza ancestrales fueron registradas en un mosaico romano del siglo V. En él dibujaron las técnicas de cetrería, cuchería con liga, caza de liebre con galgo a caballo, de jabalí con red y la caza a caballo de perdices.  El mosaico puede contemplarse en el Museo Bardo de la capital tunecina, que exhibe una de las mejores colecciones de mosaicos romanos.

(Continuará)

Capítulos por publicar:

  • 16. Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa
  • 17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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Alianza con las orcas en el origen de las almadrabas para capturar atunes

Genesis

Búsqueda y hallazgos de la “estirpe de los libres”

“Un fantástico rastreo desde los indicios dejados por el hombre cazador–recolector del Paleolítico, antepasado nuestro, depredador y respetuoso con la vida que fue, hasta el cazador–recolector incruento de hoy, que captura armonía, sensaciones y conocimiento para amar la vida salvaje.”
Libro I: Cazadores – recolectores

Capítulo 14

por Benigno Varillas

Los atunes aún se cuelan por el laberinto de redes de la últimas almadrabas que los atrapan. Miles de estos gigantescos y nutritivos peces se acercan a la línea de costa para sortear el fuerte chorro de la corriente de agua que viene del Mediterráneo en dirección al Atlántico. Un festín de músculos de carne roja salvaje, apretada y fuerte, que capturan cada verano las almadrabas andaluzas y levantinas. Los empuja hacia la playa no solo la corriente sino también las manadas de orcas, que los cercan hasta llevarlos a aguas de escasa profundidad para allí devorarlos con más facilidad. Algunos atunes en la desesperación de salvar su vida saltan a la arena donde quedan varados. El hombre primitivo, que interactuaba en tierra con el lobo para la caza, se benefició también de ese fenómeno provocado por las orcas. Tal vez por ello los inuk, pueblo cazador pescador esquimal de los mares árticos, dicen de las orcas que son lobos que cayeron al mar y se transformaron en mamíferos marinos.

Las almadrabas de la factoría de Baela Claudia, en la playa gaditana de Bolonia, la de Zahara de los Atunes, la de Barbate, la de Torre Carbonero en Doñana, y todas las almadrabas que desde tiempos inmemoriales se armaron en la costa de Tarifa a Portugal, iban en el lote de tierras que el rey regaló al alguacil de la plaza de Tarifa, un tal Guzmán, de León, cuyos descendientes sumando títulos nobiliarios acabaron duques de Medina Sidonia. Convirtió a su fiel vasallo, y a sus herederos, en los hombres más poderosos de España durante varios siglos, a causa de los atunes, de los que el Rey cristiano tal vez no era bien consciente de a dónde podía llegar su cosecha una vez organizada. Aunque Guzman había pagado ya bien caro el regalo, porque la gracia real le fue concedida por dejar que el enemigo sacrificara a su primogénito, que había caído prisionero, delante de las murallas de la plaza de Tarifa, previamente asaltada y arrebatada a sus dueños. Cesiones territoriales, como la del Señorío de Medina Sidonia, propiedades hasta entonces comunales, o del prójimo, que son las que más alegremente se ceden, las hacían los reyes a diestro y siniestro en toda España, como reparto del botín arrebatado por los descendientes de los invasores godos y sus mercenarios del camino de Santiago a los habitantes de la España hispano romana, que en el siglo VII adoptaron y desarrollaron la cultura, la lengua y la religión musulmana, que no todo fueron invasores, siendo estos solo parte.
Los reyes entregaban, en este orden, “tierras, aguas, costas, árboles, caza, animales, casas y personas que en ellas hubiere” como reza la carta puebla de la localidad levantina de Pego–Oliva, otorgada por el rey de Aragón Jaime I, en 1350, a los antecesores de los actuales propietarios. Otorgamiento este que tiene el mismo origen que los demás títulos de propiedad habidos y por haber. La revolución de la Sociedad de la Información de cultura hacker igual no solo ignorará la propiedad intelectual vigente, y un día revise también el reparto neolítico de tierras, devolviendo a la humanidad el Planeta sin vallas ni fronteras que siempre fue, en una sociedad tecnológica global sin nacionalismos, religiones, fronteras, vallas y privilegios, dentro de una visión de la vida no competitiva ni excluyente. A saber.

A mediados del siglo XVI las almadrabas alcanzaron el récord de atrapar en sus redes 155.000 atunes, en tres meses de temporada. Multiplicado por un promedio de 120 kilos de peso, dan 15 millones de kilos de carne. Hecha salazón y mojama, que aguanta años para su consumo, podía ser transportada y comercializada. Abastecían a medio Reyno y a los barcos que partían de Cádiz, Palos de Moguer y otros puertos hacia las Américas, las islas Filipinas y el resto de Europa. Un inmenso negocio que fue próspero en la Hispania romana, en la musulmana, en la castellana y del Renacimiento a hoy.
El atún rojo llegó a denominarse “buey marino” y “buey de los cartujos”. En muchos monasterios se utilizaba para suplir la carne de vaca en los cuarenta días a dieta sin carne de la Cuaresma. Lo mismo le pasó a la ballena, por el parecido de su carne roja a la del buey, aunque en ese caso era la inversa, se hacía pasar por pescado un animal que no por vivir en el agua deja de ser tan mamífero como la vaca de sangre más caliente, así que los buenos frailes pecaban por ignorancia.
Hoy en día, la almadraba de Barbate no llega a 2.000 atunes por temporada, lo que delata la regresión de la especie. La sobrepesca en alta mar por busques factoría y, en particular, las capturas con redes de deriva que usaron los franceses e italianos están detrás del desastre. Los atunes los compran los japoneses, cuyos consumidores llegan a pagarlos hasta a 70 euros el kilo. En el traspaso de barco a barco, en el puerto de Barbate, se produce una selección ocular de calidad, gracias a la cual los españoles pueden al menos probar, a precio más asequible, lo que los nipones desechan.
“En Conil, Barbate y Zahara de los Atunes, las orcas atacan los bancos de atunes en paso a principios de la primavera, en particular  con luna llena. En la Grecia antigua llamaban oryx al carnero y orca al “carnero marino”. En Algeciras, bajo el Cerro de la Horca se sitúa Punta Carnero, lugar famoso para observar la migración de las aves. Antaño también lo era para avistar las grandes aletas de las orcas que delatan la llegada de los atunes.”
A Poseidón se le representa con sus canes marinos. Ca marí, es decir, Can marino, es orca en catalán. El cabo de Zahara de los Atunes donde las orcas cazan a los túnidos, se llama Camarinal. En el Estrecho de Gibraltar, Cabo Espartel lleva el nombre con el que los pescadores denominan a la orca en el Golfo de Cádiz. Espardarte era la espada medieval de base ancha de aspecto similar a la aleta de dos metros de longitud de la orca macho que asoma por encima del agua y avisa a gran distancia, tanto de su presencia como de la de los preciados atunes que persigue.
Una cita de principios del siglo XVIII, cuenta cómo en la almadraba de Zahara de los Atunes, al no avistar las orcas, se ordenó tallar una de madera, atarla a un bote de remos y moverla por la bahía para intentar asustar a los atunes y ver si así arrimaban en su huida hacia la costa, donde les esperaba la almadraba. Posiblemente ese comportamiento de las orcas hizo que ya el hombre primitivo se sintiera aliado de ellas, al aprovechar los atunes que, al huir despavoridos se echaban a sus pies, varados en la arena de la playa.

(Continuará)

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  • 15. Alianza con los halcones y las aves de presa en el origen de la cetrería
  • 16. Festival del gavilán en el paso migratorio de codornices de Túnez a Europa
  • 17. Los cetreros Qwassen marroquíes en línea recta con los neblís de Niebla
  • 18. La alianza del hombre con el lobo antes del divorcio neolítico

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Doñana, refugio de la fauna salvaje y del hombre paleolítico

‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 13

Por Benigno Varillas

Desde su época de golfo, luego lago, finalmente marisma, el Paleolítico sobrevivió en lo que hoy es Doñana. Habitada por la fauna salvaje y por descendientes de los cazadores recolectores, hombres y mujeres adaptados a aquel medio inhóspito y complejo.
Sabemos de ellos por la inscripción de un monumento del siglo II de la ciudad hispano–romana de Itálica. La estatua del general Cayo Vallio Maximiano de la Bética, que se haya en el Museo Arqueológico de Sevilla, lleva grabada una placa que dice que la ciudad fue defendida con éxito del “ataque de los moros” al repeler Cayo y sus tropas la agresión. No cita a ninguna de las tribus neolíticas prerromanas, cuyos nombres conocían bien los historiadores del imperio, sino a “los moros”. Moros que llenan la toponimia ibérica. Los que escondían tesoros. Que se escondían ellos mismos. Aquellos que vivían en cuevas –donde las hay– y en refugios como los que construyó Menegildo en la Algaida y en la playa de Bonanza, elevados sobre palos para protegerse de las inundaciones, de la humedad y de las víboras, chozas como las que había en la His–palis de los palafitos y en la Sevilla de Sibila.

En las fértiles vegas a lo largo de todo el curso del río Betis se desarrolló la ganadería y la agricultura y, con ellas, la civilización neolítica. La zona pantanosa que se iba formando aguas abajo, alojaría a los escasos supervivientes de los descendiente de los hombres cazadores recolectores pescadores, que otrora disfrutaron y habitaban Iberia y el mundo. De ellos descenderían hombres como Menegildo, Manolo el de Chipiona o el padre de Luis García, patero cuyo hijo, anillador oficial de la Estación Biológica de Doñana (EBD) desde hace 40 años, usa ahora las trampas de capturar aves de sus antepasados hombres marismeños para anillarlas y hacer ciencia. En la WEB de la EBD cuelgan los diarios de Luis, con minuciosos datos que registran día a día 40 años de seguimiento de la fauna, capturas de texto, y desde hace unos años de fotos y vídeos, de la vida salvaje que ahora “caza” incruentamente con la mirada, el telescopio y la cámara.
El flujo de vida migratoria que se mueve en verano del hemisferio norte al invierno africano, o del océano Atlántico al mar Mediterráneo, tiene un cuello de botella en la punta de Europa que forman Gibraltar y Algeciras, con un ala que llega hasta Cabo de Gata, en Almería, y otra que va hasta el cabo San Vicente, en el Algarve portugués. Por ese pasillo desfilan millones de aves, peces y mamíferos marinos, hacia el Norte en primavera y hacia el Sur en verano y otoño. Estrechamiento de la corriente proteínica en migración que forma en este lugar de Europa un embudo de nutrientes que no pasó desapercibido al hombre primitivo.
A principios de primavera los atunes adultos enfilan hacia la costa española desde diferentes partes del Océano Atlántico, como las islas de Cabo Verde, el archipiélago de Canarias, el norte de Europa y el golfo de México y pasan por el Estrecho de Gibraltar hacia el Mediterráneo, donde se reproducen.
El arqueólogo alemán Adolf Schulten buscó en las tres primeras décadas del siglo XX los restos de la ciudad de Tartessos en Doñana. El dueño del Coto, el Duque de Tarifa, le acogió y le apoyó en sus excavaciones. Lo que encontraron fue una factoría de pesca romana, una almadraba a la altura del Cerro del Trigo, hoy de los Ánsares, en la playa de Matalascañas. Allí capturaban con trampas de redes los atunes que se acercan a la costa en verano. Se secaban y exportaban a todo el imperio. Para hacer mojama se extraen tiras de carne. Se meten prensándolas, durante uno o dos días en sal gorda y luego se le quita, se purgan un par de días envueltas en sacos húmedos y se lavan, para proceder a su secado al aire, durante 15 días si el viento es de Levante y 20 si es de Poniente.
En tiempos de los romanos se aprovechaban hasta las tripas, con las que se hacía el garum, una salsa que se obtiene de vísceras de atún fermentadas. Se empleaba como hoy la salsa de soja, para dar sabor a los alimentos. En 2014, la empresa gaditana “Flor de Garum” dio con el secreto de las especias que junto con el pescado y la sal en capas, macerado todo ello unos días, removido y filtrado con un paño de lino, dan como resultado este elixir romano o a saber si ya del primer Neolítico. Pudieron sacar la receta al tener acceso a garum original sepultado tras la erupción de Pompeya en una tienda que vendía ese producto. Estaba en ánforas de cien litros que, 1935 años después del magma volcánico que las sepultó, todavía olían a pescado. Hecho un análisis nutricional, para ver sus contenidos de minerales, proteínas y ácidos grasos, se averiguó su composición y proporciones de pescado azul, polen y sal. En la biblioteca de Saint Gall en Suiza, se encontró un manuscrito del siglo IX con ambiguas descripciones del garum hechas en la obra romana “De re coquinaria”, que era por la que se sabía de este condimento.

Cultura piscívora prehistórica en la desembocadura del Guadalquivir

‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 11

Por Benigno Varillas

“Manolo es amigo mío. Se gana la vida pescando entre las rocas bajas de la desembocadura del Guadalquivir, en las que se encuentran unas antiquísimas construcciones llamados corrales”.

Con tan breve y cálida afirmación, Valverde inicia así uno de los capítulos del último de los siete tomos de sus memorias. Condensa con maestría literaria su forma de ver y entender el mundo. Tan sencilla frase contiene toda su admiración por la inteligencia natural de un pescador–recolector, símbolo de los humanos capaces de sobrevivir en la naturaleza sin alterarla. Habla de su interés por la sabiduría y los conocimientos del pasado. Tono, como Félix, era experto en detectar a quien guardara aún información, transmitida de generación en generación durante milenios sobre la cultura antigua. Describe la técnica de captura de la vida marina que emplea Manolo. Una actividad que remonta al Paleolítico.

En la etapa previa a convertirse en marisma, la marea jugaba en Doñana un papel primordial. En la bajamar dejaba al descubierto un laberinto de piscinas repletas de peces y frutos marinos, atrapados durante horas por diques de fango y lenguas de arena.

Los depredadores encontraban en esos corrales un maná fácil de apresar, entre ellos los humanos, que se abastecían también de esa proteína. Eran comunidades de pescadores como los que aun hoy sobreviven en Orango, en el archipiélago de las Bijagos de Guinea Bissau, y no tan lejos, en las playas de la desembocadura del Guadalquivir, donde Valverde encontró a Manolo el de Chipiona. Era una de las personas que más admiraba, respetaba y apreciaba, un recolector pescador de los corrales de esa localidad gaditana. Valverde describe así en sus memorias sus técnicas de captura:

“Son corrales extensos, hechos de piedra que se encargan de cementar los ostiones (Crassostraea) hasta dejarlos sólidos como muros, capaces de aguantar los oleajes que rompen contra ellos en las mareas altas. Durante la pleamar el corral desaparece y en bajamar queda transformado en una especie de damero hecho por muretes más bajos que dividen el corral en lo piélagos, nombre que delata ya su antigüedad”.

“El pescado entra con la marea alta y al bajar queda encerrado mientras el agua se escurre por boquetes enmallados abiertos en la base de los muros. Luego todo se limita a coger los peces en los someros piélagos. La habilidad del pescador es entonces poco creíble. Provisto de un farol, un romo sable curvo, un largo gancho para sacar pulpos y sepias de sus escondrijos y un esparavel –tarralla– para cazar los peces grandes, recorre lentamente los piélagos, con el agua por encima de la rodilla. Mata a los peces que nadan entre dos aguas con golpes de la punta del pesado sable dirigidos con rapidez y tino certero a la cabeza. La mayoría de ellos, aún siendo pequeños, reciben el sablazo entre los ojos, en una mancha que Manolo llama el matadero y que marca por transparencia la situación del cerebro, como aprendí yo en prácticas de anatomía”.

“Los peces grandes huyen formando una ola fácil de seguir, y he visto a doradas (Sparus auratus) de un par de kilos nadar en busca de los cobijos que los pescadores han preparado como trampas en el piélago y que consisten en unas piedras planas, no muy grandes, apoyadas sobre otras pequeñas, como si fueran mesitas. Es asombroso ver a una enorme dorada, que nada con su elevado lomo vertical, inclinarse de lado y penetrar bajo la losa, donde es capturada con el esparavel. Otras veces, grandes anchovas que dejan un reguero de espuma en su carrera, pasan de un piélago a otro perseguidas a sablazos por el pescador, que acaba por tronzarlas la nuca o el espinazo”.

“Observando a Manolo, el pescador de Chipiona, puede llegarse a comprender cómo un hombre solo, puede sobrevivir en cualquier costa, e incluso alimentar a algunos más. Coge almejas, saca navajas –esas conchas alargadas que viven en la arena fangosa y que aquí llaman longuerones– extrayéndolas de su hondo agujero con una varilla, atrapa cangrejos, engarfia pulpos, mata peces y recoge ortiguillas buceando y con ayuda de un tenedor.  Allí donde los demás falleceríamos de hambre, él encuentra un medio de vida. Sabe vivir del mar y no moriría en una isla desierta, lo mismo que aquel pescador canario que se me apareció en Cabo Blanco saliendo del desierto. Casta de marinos, difundida desde el mar Eritreo hasta Onuba y quién sabe si hasta los grandes concheros neolíticos del África occidental”.

“El anzuelo es tan antiguo como la cultura humana y Manolo le usa. Pesca maravillosamente a caña lo mismo a la moderna con carrete que al antiguo estilo, con un largo hilo atado a la punta y usando de cebo un trozo de dura piel de pez gatillo. Para coger bailas y róbalos voltea la caña de manera que el cordel corta la superficie del agua imitando el riscar de los peces, lo que los atrae inmediatamente. Las bailas (Morone punctata) y róbalos (Morone labrax) se agrupan en los roquedos próximos a la costa donde está el agua batida, manteniéndose en superficie mientras cazan. Las golondrinas de mar, en particular las medianas Sterna hirundo, suelen señalar dónde está el bando, sobre el que revolotean tirándose. Al acercarse, se ve perfectamente cómo asoman sobre la superficie los dorsos y las trasparentes y rígidas aletas dorsales de las bailas, que “riscan” el agua. No hace mucho, descubrí que Fernández de Oviedo dedicó unos capítulos a naufragios en el siglo XVI. Les leí, por si hubiera Menegildos, Manolos y Joselitos, y les había. Muchos”.

Los asentamientos frente al mar siguieron perpetuándose y aún hoy, que se han prohibido, en este mundo cada vez más regulado, se hace la excepción con dos pescadores artesanales que viven en sus chozas de palos con techo de escoba en plena playa de Matalascañas del Parque Nacional de Doñana.

Hasta 1982 miles de vecinos de los asentamientos cercanos, sobre todo de Pilas, pero También de Almonte, Hinojos, Azanalcázar y demás pueblos, acudían en verano a vivir libres y salvajes, alimentándose de víveres que portaban de casa pero también de la pesca, el marisqueo y la captura de conejos en sus madrigueras así como de todo bicho viviente comestible que cayera en sus trampas y cebos.

La felicidad que embargaba a los de Pilas cuando tras cruzar las dunas con caballerías y enseres se veían en sus chozas de castañuela frente al mar, viviendo como sus antepasados cazadores pescadores recolectores, se acabó el día que a ellos se les empezó a sumar la población de Sevilla y comenzó el negocio de construir y alquilar chozas en la playa pública, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Una mañana de 1982 el Gobernador Civil de Huelva mandó unas palas excavadoras que en horas arrasaron la línea de varios kilómetros de construcciones ilegales adosadas, que en el mes de agosto del año anterior habían llegado a albergar hasta 30.000 personas. El que no tuvieran sistema sanitario ni análisis de agua potable alguno,  con las letrinas muy cerca de los pozos de agua, fue la excusa para derribarlas. La verdad es que el asentamiento estaba ya fuera de control, aumentaba cada año y amenazaba con convertirse en un problema. En Pilas corre entre los ancianos un quejío que dice: “Hoy tienen los pileños la resaca del odio en la mirada; Tienen cien veces tristes y otras tantas amargo el sentimiento. Les han ahogado el rumor de sus playas, la ilusión de sus noches de verano. La han quemado en la arena. ¡Nada para ellos tan hondo, ni tan total, ni tan cierto como esa arena! ¡Nada para nosotros tan grande, tan luminoso y sereno como el corazón de unos hombres que aman a la tierra!.”

Dos días antes de morir, en abril de 2003, Tono me dejó grabado un mensaje en el contestador automático del teléfono, mientras este cronista viajaba de regreso a Madrid, procedente de su casa de Sevilla, tras interrumpir el trabajo que hacíamos juntos para ordenar el material de sus memorias. La tarde anterior había sufrido su último infarto de corazón. Antes de sentirse mal, estuvo toda la mañana de aquel día activo y contento porque “al día siguiente iba a venir Manolo el de Chipiona, e íbamos a comer juntos los frutos de mar que era capaz de recolectar con sus manos. Tono, admirado, contaba con detalle cómo su amigo se los arrancaba al Océano Atlántico, en las aguas que bañan la costa gaditana a la altura de Chipiona.

“Lo que te has perdido”, grabó en un momento de fugaz mejoría al día siguiente en el contestador de mi teléfono, con voz que por primera vez oí débil y entrecortada, aunque, incluso en aquella circunstancias, llena de humor y de pasión por la vida: “Una lubina, langostas, percebes, dos bogavantes, canaíllas, langostinos, gambas rojas y cigalas”, y Manolo, le faltó por decir. “Pero cómo se te ha ocurrido marchar… A mi no me dejaron ya comer nada.”

Manolo, el pescador de Chipiona, un sencillo hombre de mar, fue la persona a la que Valverde dedicó su último recuerdo en su último momento, justo aquel del que se sentía orgulloso de ser su amigo.

Las últimas palabras de Valverde fueron para un pescador–recolector que, al igual que su primer acompañante en sus correrías por Doñana en los años cincuenta del sigo XX, Menegildo, poseían perfiles humanos descritos en textos del siglo XIX que describen a los hombres cazadores recolectores paleolíticos que sobrevivieron hasta aquellas fechas.

(Continuará…)

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Los pigmeos de la selva y la moral ecológica de los cazadores recolectores

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 12

Por Benigno Varillas

Al igual que José Antonio Valverde, que admiró toda reminiscencia del ser humano poseedor aún de la capacidad de sobrevivir integrado en la naturaleza, su amigo de juventud, Félix Rodríguez de la Fuente, también expresó su admiración por el hombre primitivo, en ese mismo sentido. En un mensaje que dejó grabado en uno de los capítulos de su programa “La Aventura de la Vida” de Radio Nacional de España, dijo en 1974:
“Volando sobre una selva infinita, de esas selvas que cuando miras hacia abajo se está perfectamente convencido de que perderse allí es como perderse en el mar, en el océano, iba pensando en cual era el hombre, con auténtica dimensión humana, que más me había impresionado en mi vida. Repasaba mentalmente cada uno de los grandes hombres, en mi criterio, que yo había conocido, y en cada una de las mujeres, que duda cabe, y pensando también en el que más había penetrado en mi corazón y en mi mente, en el que me había producido una sensación más poderosa de especimen humano, de perteneciente a una especie que puede auto–valerse, a una especie que se permite el lujo de intitularse a sí misma sapiens, es decir, la que sabe, la que conoce, la que se comporta como poseedora de un cerebro sapiente y pensante ¿y saben ustedes, en el interior del avión, a la conclusión que llegué?”
“Despegado, por muchos metros de altura y kilómetros de distancia, de intereses creados, de, diríamos, contactos más o menos estrechos con personas de las que dependen grandes cosas para mi, llegué a la conclusión de que si en aquel momento el avión se caía y yo ya no podía pensar más, el último hombre en el que había pensado porque le consideraba el más importante de los que he conocido en mi vida era un pigmeo, un pigmeo de la selvas de Lituri, en el Congo, un pigmeo que ya no sé si vive o habrá muerto, un pigmeo con el que compartí todas sus cosas, un pigmeo que me dejó un recuerdo imborrable.”
“Los pigmeos son un pueblo enano, en el estricto sentido de la palabra, que viven en el corazón de África, únicamente en el interior de la selva lluviosa tropical. Están repartidos por el Congo y Camerún. Hay algunos en Ruanda y Burundi. Se alimentan de la caza de animales salvajes, de la pesca en los ríos y riachuelos de la selva y de la recolección de frutos. No conocen la agricultura ni el pastoreo. Están por consiguiente sumidos en lo que se llama la cultura de los cazadores superiores. Conocen el fuego, pero no elaboran el hierro. Las puntas de sus flechas son de madera o de pedazos de hierro que obtienen por intercambio con sus vecinos. Viven en la noche de la prehistoria, igual que debieron vivir nuestros antepasados.”
“Dependen por entero de la pieza de caza que matan, del pez que capturan, del bulbo, de la fruta, de la raíz, del hongo que encuentran. Son absolutamente hombres de la naturaleza. Para sobrevivir de este modo necesitan desplazarse constantemente. Los pigmeos son nómadas, por esta razón sus casas son estructuras sencillísimas que montan rápidamente, concretamente las mujeres, con un esqueleto de ramas elásticas que se doblan y que cubren con hojas en forma de, como ellos dicen, las escamas del pangolín.”
“Hay una división estricta del trabajo, los hombres cazan, las mujeres recolectan, con una compenetración en el grupo extraordinaria. Son profunda y absolutamente comunitarios, todo es de todos y nada es de nadie. No tienen jefes, en el estricto sentido de la palabra. Tienen la figura del mejor cazador, al que se le consulta para una expedición de caza. Está al que despreciativamente hemos llamado brujo, que es el depositario de la tradición. Es el que sabe cuándo hay que cambiar de sitio o qué es lo que hay que hacer cuando un hombre o una mujer enferma, y hay  entre ellos la figura de la mujer depositaria de la experiencia, que atiende a las parturientas y que decide asuntos de la recolección, de la construcción de los poblados, etc. Los pigmeos constituyen una célula primaria de la especie humana.”
“Cuando viene la época de lluvias, los pigmeos se entregan a la gran aventura de su vida, la muerte de Tembo, como se llama el elefante en suahili. Van dos o tres cazadores nada más en cada grupo. Siguen la pista del elefante por la selva. Tiene que ser un individuo aislado porque si hubiera más paquidermos no podrían llevar a cabo la cacería. Los pigmeos siguen la marcha del elefante con esa enorme capacidad que les permite leer huellas hasta a la luz de la luna. Cuando están a cien metros del elefante y éste se encuentra en un bosque secundario, de muchos árboles delgados, donde generalmente se apoyan en un árbol para digerir, el pigmeo matador –porque hay dos, el matador y el quitador– se impregna el cuerpo con una boñiga aun caliente de elefante, con objeto de oler a algo familiar para el gigante y que el monstruo no pueda descubrirlo. Otro de los pigmeos, el quitador, se adelanta y se coloca a unos veinticinco metros sin que el elefante se aperciba que está allí.”
“El matador, llevando en la mano una lanza inmensa, con punta de hierro que en otro tiempo fue de sílex, consigue meterse debajo del cuerpo del coloso sin ser descubierto, porque huele a boñiga de elefante, porque llueve a jarros, porque no hace ruido y porque se mueve como un espíritu de la selva. Con todas sus fuerzas clava su lanza, de abajo a arriba, en el corazón del paquidermo al mismo tiempo que el quitador, el compañero que iba con él, se pone delante y grita para que el elefante avance hacia él, no detecte ni aplaste al hombre que le dejó el corazón atravesado y caiga pocos metros después muerto por la tremenda hemorragia interna. Así matan los pigmeos a los elefantes.”
“Y ante unos hombres así, uno se quita el sombrero. Se quita la soberbia. Uno se quita todas estas cosas que generalmente llevamos puestas, para nuestra desgracia, los seres que habitamos en el área civilizada de este planeta. Pero hay algo importantísimo relacionado con la cacería. El elefante para el pigmeo lo es todo. Le puede causar la muerte pero también le da la vida. El que ha matado al elefante, el que realmente podría erigirse en propietario de la caza, cree que ha robado algo a la selva, su criatura más perfecta, lo que más importa. El matador está sometido a una serie de tabúes que le llevan a desagraviar a la madre selva y a Comba, al padre de todos los elefantes y de todos los pigmeos, por haberle matado a su criatura favorita. Yo le pregunté una noche inolvidable a mi amigo Lazabo:
– ¿Qué haces después que el elefante ha muerto?
– Le arranco la lanza, limpio el acero, tomo sangre y carne de la herida, la pongo entre hojas aromáticas, me retiro solo a la selva y le ofrezco a Comba, el padre de los elefantes y de los pigmeos y de todas las plantas y animales, las primicias de lo que es suyo y el me ha dado, y le pido que me lo dé también mañana.
– Y cuando acuden las mujeres y los cazadores para despedazar a Tembo ¿qué parte de la presa guardas para ti, Lazabo?
– Yo no puedo comer ni guardar nada del elefante que he matado porque Comba me castigaría y me volvería peor que una bestia, pero si otro cazador mata yo sí puedo comer de la carne. “
“Quedé asombrado ante el prodigio de un hombre primitivo que, después de jugarse la vida para matar a un elefante, cree que no puede comer de él para no apropiarse de algo que pertenece a la naturaleza.”

Fue el primer pueblo de cazadores primitivos que conoció. Toda su vida buscó con ahínco el contacto con los últimos seres humanos que guardan en su forma de vida los rastros de lo que debieron ser nuestros antepasados del Paleolítico, aquellos tatarabuelos nuestros que habitaron la cueva de Altamira y toda España. En ellos intuía que se escondían valiosas claves para afrontar el futuro, un futuro que veía cada vez más oscuro ya en los años sesenta.
Quería profundizar en esa búsqueda y por eso quiso conocer a los supervivientes de un pueblo que no solo seguía siendo cazador, que seguía viviendo como en el Paleolítico, sino que además, como los pueblos primitivos ibéricos del Magdaleniense, era también artista y pintaba en lienzos pétreos la esencia, la armonía, el movimiento y el espíritu de los animales que les rodeaban. Eran los bosquimanos. En los años sesenta todavía quedaba algún anciano de ese pueblo de baja estatura y mirada inteligente, que había llegado a conocer a los últimos iniciados que supieron pintar las figuras zoomorfas, preciosas –dibujadas con estilo similar al del arte rupestre levantino y andaluz español, más que al sofisticado arte parietal cantábrico– que hoy se contemplan en las paredes de los abrigos del predesierto y de la sabana arbustiva del Kalahari y del Namib. Y si quedaba, Félix tenía que conocerle, para que le contara, para ver en su rostro y en su mirada la de aquellos otros que moraban entre nosotros hace 12.000 años.
Tenía que darse prisa, porque era un pueblo casi extinguido, masacrado por el hombre blanco, por los colonos holandeses, alemanes e ingleses del siglo XIX, y ya antes, por los pueblos ganaderos bantúes y nilóticos que se extendieron y colonizaron toda África en el siglo XVII. Los bosquimanos nunca llegaron a comprender el concepto de la propiedad de la tierra y de los animales, fueran salvajes o domésticos, que los pastores neolíticos metieron a pastar en sus ancestrales cazaderos. Disparaban sus flechas sobre las vacas lo mismo que lo hacían sobre los antílopes. Eso les condenó a muerte. Los ganaderos les aniquilaron. Hoy apenas quedan 5.000 bosquimanos en el Kalahari de Botswana, Namibia y Sudáfrica y mil en Tanzania.

Reminiscencias del hombre primitivo en gentes de Doñana

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 10

Por Benigno Varillas

En sus memorias, el naturalista que arrancó Doñana de manos neolíticas e impidió su destrucción, el zoólogo Tono Valverde, habla con admiración de los hombres capaces de sobrevivir por sí mismos:
“En junio de 1971 viajaba en Mauritania hacia la punta del Cabo Blanco por una costa desnuda donde grandes machos de foca monje (Monachus monachus) separados de sus hembras, que se agrupan en colonias más al norte, nadaban perezosamente junto a unas redes. Un chorro de blancas golondrinas de mar de pico amarillo –las preciosas Sterna maxima– doblaban el cabo procedentes del golfo. Entre las olas, en el playazo, asomando por encima del agua dos ojos como periscopios, corrían grandes y rápidos cangrejos amarillos y planos. Algunos huían alocados tierra adentro y cuando el Land Rover cruzaba una parte arenosa del interior, encontré el cadáver reseco de uno de ellos que se había perdido entre las dunas hasta quedar muerto en pie, muy lejos de la costa. Le miraba incrédulo, cadáver impoluto entre la arena limpia, cuando no sé de dónde apareció un pescador. Iba descalzo, llevaba un desastrado pantalón oscuro, tenía el pelo corto y negro y la piel tan atezada que parecía parda contra la blancura de su camiseta. Al pasar me dio los buenos días con acento canario y siguió su camino, seguro de sí mismo, sin miedo al desierto, sin necesidad de nada que yo pudiera darle. Le reconocí en el acto. Años antes había pedido que pusieran un guarda en la pajarera de Doñana para que no la esquilmaran los almonteños que acudían a aprovisionarse de huevos y Mauricio González puso a Menegildo.”
“Menegildo no era el pescador canario, pero llevaba la misma ropa y vida, con un ranchito que consistía en un paravientos de brezo, una cama hecha de palos en alto, donde no le alcanzaran las víboras, y un hoyo en el suelo para sacar agua.”
“La pajarera de Doñana era con mucho la mayor de España y reunía al final de la cría 40.000 pájaros. Hasta entonces había sido explotada sistemáticamente por los habitantes de Doñana, que cogían primero toda clase de huevos y luego solo los pollos grandes de martinete, de buen comer. Pero como este aprovechamiento era incompatible con el anillamiento, pedimos un guarda y, como he dicho, Mauricio puso a Menegildo, luego mi compañero permanente de excursiones, que residía en la pajarera durante los meses críticos de cría.”
“Menegildo, de nombre Pepe, era una especie de criado para todo en el personal que tenían los González en el Coto de Doñana. Se le permitía vivir en el Palacio, ocupando la más oscura de las habitaciones, a cambio de una variada serie de servicios, el más importante de los cuales era coger vivos a los toros y vacas destinados al matadero. Coger vivos parece una frase tonta y no lo es. Lo cierto es que el ganado mostrenco del coto, que pertenecía en gran parte a ganaderos de fuera, era tan salvaje que cuando venía el camión del carnicero a llevarse las reses debían ser muertas a balazos por los guardas, con la consiguiente depreciación de la carne y el riesgo de que llegara al matadero “faisandée”. Menegildo se ofreció a coger vivo por una pequeña cantidad aquel ganado y entraba a por él con un coraje que despertaba admiración. En el raro caso de que los caballistas las llevaran a campo abierto, las daba un par de capotazos y agarrándolas de la cola las derribaba al suelo, donde se amarraban. Pero la mayor parte de las vacas, muy resabiadas, se internaban en los grandes brezales enmarañados con zarzas, donde no podían entrar los garrochistas y de allí las tenía que sacar Menegildo. Por el mismo carril que la vaca había hecho en la espesura entraba a buscarla, esquivaba la acometida, y lograba sacarla, a veces agarrado al rabo.”
“Había recibido así tantas cornadas que cuando por presumir descubría el torso, aparecía lleno de costurones. Pero ello, y su capacidad para beberse una botella de ginebra de un tirón sin apartar el gollete de la boca, y su coraje al catar las colmenas de los alcornoques, sin protegerse con humo ni ropa –le he visto una vez un brazo erizado de aguijones– le habían valido un aprecio y nombradía local que procuraba equilibrar con borracheras épicas. Apenas ganado el dinero de la recogida de vacas, mercaba en el Rocío una arroba de tinto y sentado mano a mano con un colega no se levantaban hasta apurarla, en una larga y a veces agresiva sesión de bebercio. Una noche, ya en la Reserva donde había sido elevado a la categoría de guarda por puro nepotismo del jefe, daba traspiés alrededor del Palacio pegando tiros al aire con una escopeta de dos caños y grandes voces: “¡Y el otro para el Guarda Mayor!” (Boixo), que evidentemente no compareció.”
“Entre los años 1953 y 1957 mis excursiones por Doñana, orientadas al anillamiento de garzas y su estudio ecológico, eran siempre a partir del Palacio, con soportes logísticos de Mauricio González y de la Sociedad de Ciencias Naturales “Aranzadi” de San Sebastián. En el coto contaba con Menegildo y La Pelegrina, una buena mula torda. La “Pelegrina” era mi montura, de dulce carácter comparada con la fiera que montaba Menegildo, que no solo te tiraba al suelo si podía, sino que allí mismo te mordía y coceaba. Al salir por las mañanas ella y Menegildo luchaban de poder a poder, armado él de un palo, hasta que el animal se aquietaba. El resto del día transcurría en un paseo plácido, tomando yo notas, aprendiendo mucho de Menegildo y del campo, y ambos subiendo a árboles, gateando entre matas o entrando en las lagunas. Fuimos muchas jornadas y bastantes años compañeros de excursión y ciertamente mi más querido compañero.”
“A pesar de su brusquedad, Menegildo era hombre respetuoso y sobre todo muy considerado con hombres y animales. Al marcharse de Doñana vivió hasta su muerte –ya en los años 90 del siglo XX– en su bohío a la orilla de la desembocadura del Guadalquivir, en Bonanza, en un trozo de la playa con árboles transparentes (Myoporum) que le daban sombra, un par de perros y quizá 15 o 20 gatos que le acompañaban a comer y dormir. Era un enclave paradisíaco, como una isla del sur sin piratas.”
Valverde, que por esa fecha adquirió un apartamento para pasar temporadas en Chipiona, visitaba y llevaba comida cada mes a la choza palafítica que Menegildo se hizo en la playa de Bonanza. Enfermo, no hubo manera de convencerle que fuera a un médico e ingresara en un hospital. Murió, dónde y cómo había nacido, rebelde y libre.

(Continuará)

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La patente de domesticar hizo surgir las tensiones del Neolítico

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 9

Por Benigno Varillas

Un herbívoro salvaje, el búfalo africano, es aún hoy más temido en la sabana que los carnívoros. “La lanza atraviesa la testud del león sin problemas, pero en el búfalo rebota” dicen los masai que apacientan sus vaquillas en el Ngorongoro. Es probable que esos pastores nilóticos que afirman venir de Egipto, sean parte de la tribu que hace milenios, cuando el faraón convirtió al uro, al lobo y al halcón, en Apis, Anubis y Horus, respectivamente, domaran y domesticaran también al uro africano.
Como le ocurre al vaqueiro de alzada asturiano, a la vaca en masai se le dice masai, o sea, el mismo nombre ambos. Los masai, son pastores puros, tanto que tienen un gran rechazo a comer carne de caza, a la que hacen grandes ascos. Solo en casos de extrema hambre comerían un fitófago que no fuera doméstico. Ese es el motivo de que donde viven ellos la fauna africana se conserve. Rechazados por el agricultor sedentario, migraron de los fértiles pastos del delta egipcio convertido en cultivos, Nilo arriba hasta llegar a Kenia y Tanzania, donde encontraron el paraíso del pastoreo en el herbazal de la sabana del Serengeti y Masai Mara
Los masai son monoteistas. Sostienen que hay un solo dios, Engai, que seleccionó a su tribu y les dio la vaca en exclusiva, es decir, todo ganado vacuno les pertenece. Esta firme creencia es la base de sus sistema y organización social, desarrollada para incrementar y defender lo que ellos consideran deben cuidar por un orden divino que así lo ha determinado. Dicen ser el pueblo elegido, aunque deberían discutirlo con los judíos. Igual en los inicios del Neolítico los hebreos, que salieron también del valle del Nilo, solo que ellos mar Rojo adelante, y no río arriba, estuvieron tan detrás de la domesticación de la oveja como los masais lo estarían de la vaca. Visto el papel del cordero en la religión matriz de la cristiana y musulmana, así cabe pensarlo.
Pero el mundo no se divide en moros y cristianos, blancos y negros, rojos y fachas, sino en seres poseídos por el afán de acumular y dominar y seres libres, integrados en las leyes de la naturaleza. En mentes neolíticas y en mentes paleolíticas.
El masai cree que todo el que tenga una vaca es porque se la ha robado a uno de ellos. De los 16 a los 29 años se dedicaban –antes de que hubiera móvil con el que avisar y pistas por las que llegar el coche policía– a saquear vacas en las etnias vecinas “para devolverlas a su sitio”, es decir, su boma, su poblado. Tras la etapa de los 15 a los 30 años, en la que son moranis guerreros requisadores de vacas, empiezan a tener hijos. Cada nueva mujer les cuesta veinte vacas, que pagan al padre de la hembra a añadir al harén, no el de las mil y una noches, sino el de meras nodrizas. Las compran para que procreen pastorcitos que posibiliten cuidar más vacas con las que comprar más mujeres que den más pastorcitos, así hasta acumular el mayor stock de carne jamás soñado. Dos masais cerca del Ngorongoro, con mil vacas, 50 mujeres y 200 hijos, cada uno, tienen el record y la admiración de todos.
Si cabe pensar, que los antepasados de los masai domesticaron al uro africano en el delta del Nilo, y a saber quién al uro asiático en el Eufrates o el Ganges, ¿por qué no iban a domar los antepasados de los almonteños al uro europeo en las fértiles praderas de la desembocadura del Guadalquivir, allí donde los navegantes griegos descubrieron hace 4.000 años que pastaban unos asombrosos toros que un tal Gerión se había apropiado?
La historia del Neolítico es un imparable doblegar y dominar lo libre, fuera tierra, agua, plantas, fauna, hombres, sol o viento. Rodríguez de la Fuente, ateo como Valverde, sostenía que el Neolítico había inventado a Dios a su medida, humanizado, con barba, vengativo y violento, que se encolerizaba y lanzaba rayos de ira, domesticando incluso lo que para el humano no neolítico era la sacralización del respeto a la integración en los ciclos de la vida, la naturaleza y la energía.
La religión “del libro” nacida en Egipto y trasladada a Oriente Medio, así como la masai a África oriental, son monoteístas, aunque al Dios de estos últimos, Lengai, lo encarnen en el volcán activo Ol Doinyo Lengai; en una duna de arena negra magnética que avanza por el Serengeti y en al menos dos árboles, uno en la caldera del Ngorongoro y otro cerca del poblado de Endulen.

A la domesticación de los herbívoros sucedió la de las plantas. El Abel pastor desplazó al magdaleniense cazador. Pero fue sucedido a su vez y con la misma violencia por el Caín agricultor. Dice “el libro” que no a golpe de arado, que hubiera sido lo suyo, sino con la quijada de un encebro domesticado por el ganadero. Le comería los sembrados. Lo solucionó como solventó antes Abel domador el que los hombres cazadores depredaran lo que consideraba “sus” herbívoros, por haberlos extraído vivos de los rebaños salvajes, sacando las crías a las yeguas, no solo para alimentarse, sino también para comerciar con ellas.
El arado golpeó, y mucho, la tierra fértil de las laderas. La erosión, que se inició al arrancar de su estado natural salvaje el solar hispano, eliminó la delicada capa de humus formada por siglos de hojas caídas de los árboles. Allí donde se quemaba, roturaba, araba y cultivaba, las tormentas arrastraron la tierra fértil al “Río Grande” dejando las laderas peladas. Primero íberos y tartesos, más tarde hispano–romanos, hispano–visigodos, hispano–musulmanes, hispano–cristianos, aceleraron el que en la desembocadura del Guadalquivir surgiera, como por arte de magia, un territorio nuevo, virgen, silvestre, que hace 1.500 años no existía.
Los sedimentos se depositan lentamente. Desplazan al agua por acumulación de nuevas capas de limo. Las grandes riadas acumulaban grandes masas de fango, particularmente tras las talas y las quemas, cambiando cauces y vetas. Un territorio impracticable emergió del agua. El proceso de colmatación del estuario Ligustrinus –tras pasar por una fase de lago y otra de laberinto de cauces– hizo que el aguazal se enmarañara buscando salida en la arena. Dibujó un paisaje de ramificaciones dendríticas enrevesadas –esas que capta Héctor Garrido desde la avioneta al censar la avifauna de Doñana– que acabó en marisma. Con el limo que arrastraban los ríos y la arena depositada por el mar en barras y dunas, se generó un entramado de islas, vetas y paciles en lenguaje marismeño.
“En el seno de la marisma se distinguen diversas morfologías resultado de la intensa dinámica fluvio–mareal. Hay meandros abandonados colmatados de sedimentos, antiguos abanicos de desbordamiento y “vetas”. Estas últimas son cordones litorales arenosos, con restos de malacofauna, que parecen haberse originado por eventos erosivos intensos, como tormentas o tsunamis. Los más antiguos corresponden a los cordones de Carrizosa y Veta la Arena, con una edad de 4.735 años B.P., y los más recientes a los de La Plancha y Vetalengua, datados de hace 1.808 y 1.753 años B.P.”
Así fue, como el propio Neolítico generó Doñana. Ese bastión de tierra virgen que hoy se antoja primigenia, libre, arca de Noé de la vida salvaje y de la energía inteligente no domesticada, tabla de salvación en medio de un océano de cultivos, no es que sobreviviera a la aniquilación: es subproducto de ella. Un refugio de lo paleolítico, expulsado de sus pagos ancestrales por el proceso de neolitización. Cuanto más se roturaba y araba las laderas tras las quemas, para cultivar los montes y forzar los pastos, más tierra fértil se iba con la escorrentía a reproducir en el fondo de la bahía, cambiándolo de sitio, “el Paraíso” perdido río arriba. Y cuantas más lagunas se desecaban, más vida acuática buscaba refugio en “el lugar nuevo”.

Continuará…

Puedes leer todos los capítulos publicados hasta el momento en: http://www.paleovivo.org/libro/1-cazadores-recolectores/

 

Hadzabe crowdfunding: salvemos la cultura de los cazadores recolectores

 ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores

Capítulo 8

Por Benigno Varillas

En el caso de los bosquimanos hadzabé de Tanzania, el territorio donde sobrevive un millar de individuos de esa raza humana, se libró, hasta hace un par de décadas, de la invasión de los pueblos neolíticos gracias a la malaria que azota el entorno del lago Eyasi. Allí se refugiaron tras ser exterminados en otras partes por pastores datoga, masais, irak y otros del noroeste de Tanzania, siendo su área de campeo, hasta hace bien poco, el territorio del hoy Parque Nacional del Seregenti, el gran cazadero de “la llanura infinita”, que es lo que significa su nombre, formado por la ceniza del volcán del Ngorongoro depositada desde la Garganta de Olduvai hasta los Grandes Lagos.
Hace 20 años, dos misioneros españoles construyeron con donaciones de Ana Gamazo y su marido Juan Abelló, así como de otras personas e instituciones, el hospital y la escuela del poblado de Mangola, en la esquina noreste del lago Eyasi, al sur del Serengeti. En dos décadas una avalancha de neolíticos –que suma ya 30.000 agricultores– invadieron con cultivos de cebollas el último refugio de los bosquimanos hadza.
Los estudiosos de los pueblos primitivos coinciden en considerar seres extraordinarios y especiales a los cazadores recolectores. Así lo transmiten los trabajos recientes sobre los hazdabé de Frank Marlowe de las universidades de Stanford y Cambridge, entre otros.
En España, los paleontólogos de Atapuerca, Eudald Carbonell –que los filmó en la serie de televisión “En busca del primer europeo”– y Juan L. Arsuaga, han peregrinado a verles, así como los paleontólogos españoles que trabajan en el mítico yacimiento de Olduvai de Tanzania –situado a 30 km de los hadzabé– Manuel Domínguez y Enrique Baquedano. Todos admiran al último vestigio del “hombre verdadero” que es lo que quiere decir “hadza” en un lenguaje “click” que suena como el de los Sun o bosquimanos del Kalahari, cuya cultura popularizó la película “Los dioses deben de estar locos”.

En 2010 se produjo un encuentro entre los masai y los hadzabé. Los primeros consiguieron que el gobierno tanzano autorizara un proyecto español de cooperación internacional para ver la posibilidad de que los ganaderos del Ngorongoro gestionen el territorio y además de criar carne favorezcan la biodiversidad. Aspiración vana, la de que un ganadero neolítico se transforme en gestor de vida salvaje. No es posible. Pero si lo es evitar que se extinga la cultura hadza.
Fruto de aquel proyecto el alcalde del Almonte, pueblo onubense que más territorio aporta a Doñana, firmó un protocolo para iniciar el hermanamiento de su municipio con el de los poblados de Oloirobi y Ngoile que pastorean el cráter del Ngorongoro. Ambos pueblos tienen en común cohabitar con “puntos calientes” de la biodiversidad de fama a nivel mundial. Unos, con permiso para bajar sus vacas al cráter del Ngorongoro y los otros para tener vacas y caballos campeando por Doñana.
La joven representante masai, Naini Leshweel, que firmó el inicio del protocolo con el alcalde Pepe Bella en el salón del plenos con todo el consistorio y parte de la población como testigos, fue tratada con honores de Estado en España. Firmó otro preacuerdo de hermanamiento similar al de Doñana con el alcalde de Atapuerca, Fernando Gómez Aguado, que contó con la presencia de representantes de numerosas instituciones burgalesas, entre ellas el presidente de la fundación Atapuerca, Eudald Carbonell, por coincidir que el distrito masai que ocupa el Ngorongoro tiene en su territorio el yacimiento de Olduvai, del que el de Burgos ha resultado ser “yacimiento hermano” por la antigüedad y riqueza de los hallazgos de homínidos de hace casi dos millones de años.
El hermanamiento entre los pastores masai y los yegüerizos de Doñana está aún pendiente de desarrollo. El de Olduvai y Atapuerca ha tenido algún avance y en 2014 una delegación masai fue invitada al XVII Congreso Mundial de Prehistoria y Protohistoria que se celebró en Burgos en ese año. El acuerdo entre Ngorongoro y Doñana tiene pendiente su primera acción, a desarrollar por los masasis, que es ayudar a los hadzabé. Un plan por el que empecemos a relacionar mostrencas con uros, retuertas con tarpanes y almonteños con antiguos cazadores recolectores como el pueblo hadza, trasladado a la Sociedad de la Información, reinterpretando la saca de yeguas y mostrencas como el método de obtener proteína en espacios silvestres que fue en el pasado y que propugnamos lo sea de nuevo para las aldeas de trabajadores del Biolítico.

El semblante, la armonía, la felicidad y la libertad que se respira en los campamentos itinerantes Hadza, indica la calidad humana de esta raza. El trato de los hombres con los niños y las mujeres. Sus risas y sus bailes. Su saber nutrirse de todo contrasta con la rigidez masai que solo come de sus vacas y detestan lo salvaje. La percepción de estar ante seres especiales se incrementa cuando cazan. Van por la sabana como radares detectando comida, como lo haría un grupo de lobos. Su olfato, su oído, su sistema sensorial, capta vibraciones e interpreta señales más allá de cómo lo puede hacer un neolítico. Cerebros con capacidades desconocidas por nosotros. Investigadores norteamericanos publicaron en 2013, tras analizar sus movimientos con GPS y modelos matemáticos, que el patrón de caza de un grupo hadzabé es similar al de las abejas cuando colectan polen o al de los tiburones cuando buscan presas. Sus aparentemente recorridos erráticos resultan ser los que más posibilidades ofrecen para obtener alimento con el mínimo gasto energético.
Los bosquimanos hadzabé del lago Eyasi, cerca del Ngorongoro, en Tanzania. son cazadores pero, principalmente, son recolectores. Sus campamentos van cambiando de ubicación siguiendo las diferentes épocas de fructificación de determinados árboles silvestres que les proporcionan frutos apetecibles, llenos de vitaminas y azúcares.
Desde el campamentos los hombres salen todas las mañanas a cazar en busca de la proteína. Pero si por el camino detectan un árbol con una colmena se les olvida que iban buscando una presa animal y se transforman en recolectores de miel. Tiran los arcos a un lado, buscan un par de palos muy determinados que solo ellos saben encontrar en un santiamén, y con ayuda de hongos yesqueros o cualquier otro tipo de estopa que encuentran, frotan, girándolos durante unos minutos con las manos como si fuera un molinillo, uno de los palos secos metido en un agujero del otro y rápido hacen fuego.
Con la tea en la mano, y cuando necesita de ambas extremidades para trepar, agarrando el palo encendido con la boca, uno de ellos escala desnudo el tronco y mete la astilla humeante por la hendidura del árbol en la que las abejas han hecho la colmena. El enjambre sale atontado por el humo y se queda apiñado en una rama del árbol, salvo algunas más guerreras que atacan al intruso con sus aguijones. El hadza ni se inmuta y es como si no sintiera los picotazos. Va metiendo la mano hasta el fondo y entre grandes risotadas lanza trozos de panal lleno de miel a sus compañeros al pide del árbol, que lo devoran con cera y todo. Está buena.
El británico Irby escribió en 1872 en su obra Ornitología del Estrecho de Gibraltar: “el 19 de enero envié a Francisco, un cazador profesional de nidos de abejas salvajes, y un espléndido escalador, al nido del quebrantahuesos.” En España existió hasta hace poco la profesión de “cazador de colmenas de abejas salvajes”. Eran personas especializadas en aprovechar la miel de las mismas y, cuando se inició la apicultura, en capturar enjambres que se separaban de colmenas silvestres que criaban en árboles.

La llanura del Serengeti garantizaría hoy la supervivencia de los Hadza con darles el status que tienen otros depredadores protegidos por leyes y convenios internacionales. La más extraordinaria criatura, Homo sapiens sylvestris, está a punto de sucumbir por la usurpación de tierras por parte de conservacionistas, colonos, cazadores de safari y la presión turística que comercializa el “ir a verlos”. El turismo de pueblos primitivos interfiere su modo de vida al darles dinero por dejarse ver. Es tan grave para la supervivencia de su identidad cultural como la invasión de sus cazaderos.
Los hadzabé piden que pujemos por un “Área de Concesión de Caza” de los que el gobierno de Dar es Salam saca a subasta al sur del Serengeti para que se lo dejemos usar. Durante 100.000 años fueron sus tierras, pero desde hace 50 están a protegidas o invadidas. Los parques no admiten en su lista de especies a Homo sapiens sylvestris. El coto más idóneo para ellos es la zona cercana a Kakesio, donde el equipo de la paleontóloga Mary Leakey encontró en 1976 las huellas de Laetoli, pisadas de un grupo familiar de prehomínidos australopithecus de 4,5 millones de antigüedad que quedaron impresas en la ceniza volcánica fosilizada. Es posible que los hazda no se hayan movido nunca del sitio donde empezó la línea evolutiva que condujo a sapiens.
Un coto de caza como los que organizan safaris para ricos, pero en el que en lugar de disparar con rifle se dispare con arco y con cámaras fotográficas y de vídeo, que emitan al mundo en directo el día a día de los hadzabé en sus correrías tras la riada de carne de la gran migración. Evitaría la extinción de los cazadores–recolectores, de su modo de pensar y de ver, y facilitaría que nos ayuden a mejorar.  El hacer de su modo de vida la fuente de recursos que les permita pagar las tasas que los neolíticos les exigen para cazar en sus antiguos territorios, podría preservar su cultura. Sin oponerse a que el mundo global, que llega a todas las esquinas del planeta, se oculte a sus jóvenes, hay que intentar que esa cultura e idiosincrasia se conserve e ilumine a la Sociedad de la Información en su urgente necesidad de salir del Neolítico. El crowdfunding “Friends of the Hadzabe” que lanzamos en este libro, busca alcanzar el objetivo de que puedan seguir siendo cazadores recolectores. No hacer nada es cooperar en su extinción y, con ella, en la de nuestra esencia, la que aún poseamos del Homo sapiens “sylvestris” en libertad.
Difundir esta manera “de ver” de las nuevas generaciones de la Sociedad de la Información, en un blog conjunto, que divulgue en el ciberespacio cómo los hazda obtienen la proteína de cada día siguiendo la gran migración del Serengeti en competencia con leones y leopardos, y en este Hemisferio, cómo se gestiona territorio en aldeas de conservacionistas teletrabajadores, mostraría al mundo la belleza que rodea ambos territorios y la existencia de hombres libres, sin miedos neolíticos.

Hadzabés, Doñana, lobo, rewilding… son iconos del espíritu de la libertad.

(Continuará)

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