El golfo marino antecesor de Doñana

Obra ‘Genesis’

Tomo 1: Cazadores–Recolectores.
Capítulo 1

Por Benigno Varillas

La cultura del periodo Magdaleniense fue brillante. Ocupó todo el final de la glaciación de Würm, la última que mantuvo media Europa cubierta de hielo. Los mayores rastros humanos de esa época, que transcurrió entre hace 17.000 y 10.500 años, se encuentran en la costa cantábrica española y en el macizo central francés. El refugio franco cantábrico defendió a los europeos de la glaciación, pero también las cuevas del resto de España, desde Atapuerca hasta Málaga, Cádiz y Huelva. Se han descubierto ya más de dos centenares de cavernas que conservan pinturas, tallas de marfil, huesos y restos de esos antepasados nuestros. En llano, sin abrigos pétreos, como Doñana, se pierde su rastro.
Esos indicios del pasado, y lo poco que sabemos de los pueblos paleolíticos cazadores recolectores que a duras penas sobreviven en 2014, indica que el hombre alcanzó, hace ya 15.000 años, un gran conocimiento de los misterios de la vida y un comportamiento integrado y sostenible con los procesos ecológicos, como el que los científicos del panel internacional sobre el cambio climático dicen que nosotros aún no tenemos, y piden adoptemos con urgencia si queremos que la civilización sobreviva. La sociedad de la información abre la esperanza de instaurar una humanidad basada en el sentido común y el respeto a lo libre, que evite que la reducción del consumo de energía y de población humana se implante por la fuerza, de forma caótica, por desastres naturales, y no porque la inteligencia nos mueva a una transición voluntaria que lleve a un modelo viable.

La dura climatología del final de la glaciación de Würm se desarrolló en tres ciclos de riguroso frío interrumpido por dos menos extremos. El momento de mayor regresión marina ocurrió hace 17.000 años, cuando el agua del Cantábrico llegó a estar 120 metros por debajo del nivel actual. La línea de costa transcurría entre tres y doce kilómetros mar adentro respecto a la de hoy. La cueva asturiana del Pindal –la del mamut de Pimiango– colgada hoy sobre un acantilado marino de verdes y profundas aguas, rodeadas de exuberante selva cantábrica, estaba, cuando fue pintada, a cuatro kilómetros del mar. Al elevarse la temperatura, el océano aumentó de volumen, se derritieron los glaciares y el agua fue subiendo, inundando cientos de cuevas. ¿Qué obras del arte rupestre, qué otras capillas sixtinas del Paleolítico, no estarán sumergidas bajo las olas?
El nivel del agua se estabilizó hace 7.000 años, aunque no por ello el litoral dejó de sufrir cambios. En el sur de España, tras ser tragada por el mar la línea de costa, los dos amplios estuarios que quedaron en las desembocaduras de los ríos Guadalquivir y Guadalete, con escotaduras laterales denominadas esteros, sufrieron un proceso de colmatación que se prolongó hasta la Edad Media y aún sigue hasta que sean unas infinitas llanuras.
Doñana es, pues, un golfo que se hizo lago, luego pantanal y finalmente marisma, bordeado por lo que hoy es Sevilla, Aznalcazar, Pilas, Hinojos, Almonte, enclaves que en tiempos de Itálica serían campamentos a pie de playa de cazadores nómadas, recolectores pescadores.
Al final del periodo de más de 600 años en el que Hispania fue romana, en el siglo IV, la población española se estima podría ser ya de unos 4 millones. Lo que es Doñana era entonces el ‘Lago Ligustino’. La desembocadura bética al golfo se situaba en Caura, la actual Coria del Río a escasos kilómetros de Itálica, la primera ciudad romana que se fundó en España, hace 2.200 años. Itálica pudo tener 8.000 habitantes. Su anfiteatro, con asientos para 25.000 personas, indica picos de población, tipo campamentos militares y una población rural que acudía al mercado y a los fastos de la urbe.
Los estudios geológicos permiten reconstruir las características físicas de la antigua costa en lo que hoy es Doñana. Discurría por la actual cota de 10 metros de altitud, en unas zonas con poca pendiente y en otras con perfiles abruptos.  Al sur de este enclave se abría un golfo marítimo de 50 kilómetros de Este a Oeste y unos 60 km de Norte a Sur, ocupando una extensión de 1.200 kilómetros cuadrados.
Recoge Rodrigo Caro: “El moro Rasis, que escribió poco después que Averroes, hablando de Sevilla dice, Sevilla yace al levante de Niebla, y al meridión de Córdoba. E Sevilla fue una de las ciudades que los reyes cristianos eligieron para sí. E cuando Hércules pobló a Sevilla, púsole nombre isla de palos (…)  Y de Isla de Palos deriva His–palis. Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, nos aclara este punto. Dice (libro 15, cap. 1) que “Hispalis tomó su nombre del lugar sobre el que fue edificada, el cual era suelo palustre, por lo que hubo que hincar palos en lo profundo para que lo edificado no callese”. (1)

Iberia era casi toda ella un gran bosque, cuenta el historiador romano Estrabón. Seguro que lo era, pero no el que algunos creen, al pensar en la ardilla cruzando la Península de copa en copa, imagen que evoca apretada y oscura foresta como la del norte de Europa. Hispania, por su clima, era otra cosa. Tenía bosques, pero de grandes árboles, con fustes gigantes, a distancia unos de otros, tocándose las copas, pero dejando pasar luz a la hierba. Dehesas modeladas por herbívoros salvajes y el fuego, con pastizales que soportaban una nutrida población de rumiantes, a su vez alimento de una gran comunidad de depredadores, entre ellos los magdalenienses. (2)
Ciervos, tarpanes, encebros, uros, bisontes, cabras monteses, eran piezas principales de los españoles cazadores–recolectores hace 12.000 años. Menos ciervos y cabras monteses, que a punto estuvieron, los grandes herbívoros se extinguieron en la Edad Media, sin que se sepa cuándo ni cómo. Hoy se hace difícil pensar en vacas, caballos y burros como piezas de caza. Pero, en su estado salvaje, tuvieron aprovechamiento cinegético hasta épocas no lejanas en la media España que permaneció poco tocada por el hombre neolítico. Su captura la disfrutaban dos tipos de cazadores, unos, que ostentaban el poder y se reservaban para sí las grandes piezas cinegéticas, y otros, considerados furtivos, fuera de la ley promulgada por los primeros. (3)
“El uro ibérico era de menor tamaño que su congénere del norte de Europa, cuyos machos llegaban a alcanzar los dos metros de alzada y una tonelada de peso, si bien la talla media de la especie rondaba los 160–180 cm en los machos y 130–150 cm las hembras. (…) Por las pinturas rupestres que los representan podemos saber que su aspecto era similar al de algunas de nuestras razas de vacuno autóctono pero con menos papada y morrillo. (…)
Pero no solo había uros en la “piel de toro”.  Además de rumiantes salvajes con cuernos, la península ibérica tenía grandes poblaciones de tarpanes. (4)
“La región Eurosiberiana estaba habitada por un tipo de caballo conocido como Equus caballus gallicus. La región mediterránea, por el Equus caballus antunesi (Cardoso y Eisenmann, 1989). (…) Con el final de la glaciación se produjo un brusco cambio de temperaturas; en 50 años ascendieron 7º C. Los hielos se repliegan hacia el polo norte. Donde había tundra y taiga se cubre de un espeso bosque de coníferas que posterior y paulatinamente serían parcialmente sustituidos por árboles caducifolios. Al sur se aclaran los bosques. Este hecho afectaría negativamente al Equus caballus gallicus, que se vio forzado a retirarse hacia las estepas del este de Europa, pero beneficiaría al Equus caballus antunesi, que vio ampliada su área de dispersión al tiempo que se suavizaban las temperaturas. (…) Es posible que las duras condiciones climáticas en las que se había desarrollado el E. c. gallicus hubieran afectado a su temperamento, haciendo de él, como con el tarpán y el caballo de Przewalski, un animal arisco, obstinado y de escasa aptitud para la domesticación. Por el contrario el E. c. antunesi, al haberse desarrollado en un clima más favorable, con alimentación abundante y variada y con diversidad de biotopos le habría hecho ser un animal más adaptable y de mejor temperamento (estas cualidades se siguen apreciando de forma destacada entre las razas caballares ibéricas), lo que habría permitido su domesticación en épocas remotas. (…) En la Península ibérica se produjo una neolitización muy temprana en su zona levantina y sudoccidental, mientras que en el norte e interior peninsular fue más débil y difusa.” (5)
Esta información sobre el origen de las razas equinas, recopilada por Ricardo de Juana la complementa este especialista con su experiencia criando manadas asilvestradas de caballo losino, raza que salvó de la extinción. Sobre el hecho de que no se hallen fósiles de grandes herbívoros domesticados en los yacimientos, lo que hizo llegar a decir que los caballos y vacas domesticados tienen su origen en Asia, escribe de Juana:
“He criado caballos en régimen de semilibertad. Pastaban durante toda su vida en un monte abrupto de más de 700 Has. Los sementales se domaban a la edad de cuatro años y se les soltaba al monte con cinco, para padrear con las yeguas. Cuatro años más tarde se procedía a retirarlos para cambiar la sangre y, el mismo día en que se capturaban, se les ensillaba y montaba de la misma manera que a cualquier otro de los que habían permanecido en las cuadras, sin haber notado nunca el más mínimo extraño o recelo en sus conductas, a pesar de no haberles puesto la silla ni el bocado durante los cuatro años anteriores. Usos similares debieron practicar las tribus ibéricas, de las que los romanos creían que tomaban los caballos salvajes de los montes para ir a la guerra. Difícilmente, un caballo que ha sido capturado con tres años, domado a los cuatro, vuelto a poner en libertad y recogido con nueve, como en mi caso, o esporádicamente (en el caso de las tribus prerromanas) podría presentar modificaciones esqueléticas como para que un paleontólogo lo pudiera conceptuar como doméstico, lo que no es óbice para que ofrezca un inestimable y completo servicio a su amo. Este hecho es, posiblemente, el que dificulta la obtención de evidencias osteológicas que avalen la hipótesis del inicio de la equitación en la Península Ibérica. Aún así, parece probable la presencia del caballo doméstico en el yacimiento del Neolítico inicial de la cueva del Parralejo o de Dos Hermanas en Arcos de la Frontera.”

Castejón consideraba un grupo aparte al “caballo castellano, tipo estepario, entroncado genotípicamente con el tarpán, de alzada media original entre 1,30 y 1,40, pelaje castaño claro (color “salvaje”), descendiente igualmente de especies que han poblado la Península Ibérica desde tiempos terciarios y cuaternarios hasta nuestros días, produciendo en general los actuales caballos indígenas de ambas Castillas…”. Señala De Juana:
“Tal vez fuese el mismo al que los romanos llamaban thieldón o celdón  y, posteriormente, se llamó “caballo de los puertos” en Asturias y León. Más que una raza podría ser una forma de transición, mezcla de la variedad de caballo de montaña o serrano (el caballo gallego, el asturcón, el monchino, el pottoka y el losino) con la variedad de estepa o las campiñas (el sorraia portugués) en los que cabe diferenciar los troncos primigenios de los caballos ibéricos que vivieron en poblaciones en estado salvaje y semisalvaje por toda España hasta el siglo XIX. (…) Hoy en día se conoce como caballo marismeño al que se produce en Doñana. Estos animales ya no responden al tipo natural porque han sufrido muchos cruzamientos, no sólo con otras castas españolas, sino también con otras razas exóticas, pero muchos de ellos conservan aun peculiaridades propias del medio en que viven. Son escasos los datos que han trascendido sobre la población denominada “caballos de las Retuertas”, de estas mismas marismas, pero sospechamos que no se trataría de una población relicta de caballos marismeños sino, probablemente, de jacas onubenses introducidas en las marismas.”

La carne de mamíferos y aves fue importante pero no lo único ni lo principal de la dieta paleolítica. Tanto o más peso que los grandes o veloces vertebrados, difíciles de cazar, tenía para los españoles cazadores nómadas la ingesta de frutos silvestres, bulbos, bayas, semillas, numerosas plantas, raíces y setas, así como miel y pequeñas presas. Una aportación segura, constante y de mayor peso en la dieta, recolectada sobre todo por mujeres. Este hecho les daba un papel relevante. Junto a otros factores, como la sacralización y el respeto a lo que es capaz de generar o reproducir vida, favoreció el matriarcado como forma de organización social de los humanos primitivos, en el que las mujeres tenían solo los hijos que sus reservas alimenticias –las de su cuerpo y las del entorno– les indicaban podrían alimentar, así como otras prerrogativas femeninas que el Neolítico anuló. (6)

Referencias:

  1. Donaire, Alberto, 2012. WEB ‘Puerta Doñana’.
  2. VV.AA. 2011. “Arqueobotánica: Paisaje y gestión de los recursos vegetales durante la Prehistoria en Andalucía”. Menga. Revista de Prehistoria de Andalucía, nº 2.
  3. Altuna, Jesus. “Historia de la domesticación animal en el País Vasco desde sus orígenes hasta la romanización”
  4. de Juana, Ricardo en su blog www.razasautoctonas.com
  5. de Juana, Ricardo en su blog www.razasautoctonas.com
  6. Carbonell Fabricio y Torrealba. Isa. 2008. “La cacería en Costa Rica, una síntesis histórica desde la perspectiva de la CIA-Sur. Diálogos Revista Electrónica de Historia ISSN 1409- 469X. Número especial. Dirección web: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/dialogos.htm
    – Yacobaccio, Hugo y Korstanje, M. Alejandra. 2007. “Los procesos de domesticación vegetal y animal”. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXII. Buenos Aires.

Para descargar el PDF del primer tomo pulsa: http://www.paleovivo.org/wp-content/uploads/2015/11/Tomo1Cazadores_Recolectores.pdf

 


Proyecto Rewilding Iberia

Este es el primero de los capítulos de un libro que está sin acabar. Necesito revisarlo y que lo revisen expertos para su versión definitiva. Es un trabajo paralelo a un plan para ejecutar lo que en él se predica, dinamizando el entorno de espacios naturales con una red de inicialmente 10 campamentos de 10 teletrabajadores productores de vida salvaje, dispuestos a construir el Biolítico en zonas claves para la conservación:

Campamento Oso – Teverga /Asturias
Campamento Lobo –  Almeida /Portugal
Campamento Lince – Aznalcazar /Doñana
Campamento Águila imperial – Monfragüe /Piornal, Cáceres
Campamento Tarpán – Llanes /Asturias
Campamento Uro – …. (pendiente de asignar)
Campamento Bisonte – San Cebrián /Palencia
Campamento Encebro – /Valencia
Campamento Buitre negro – Atapuerca /Burgos

Estos campamentos consisten en construir, con una ONG de carácter no lucrativo, cabañas de madera o adobe con cobertura de banda ancha para alquilar a teletrabajadores–conservacionistas que gestionen con ganaderos locales concesiones de terreno de 500 Ha mínimo para resilvestrar caballos, vacas y asnos, y pongan en valor la biodiversidad de cada territorio. Las cabañas se ofrecen a una red internacional de personas o familias que vivan en dichos poblados en estancias de larga duración. Sus niños tendrán escuela de aulas al aire libre en el campo y teleenseñanza en inglés.

Una manera de ‘pagar’ por recibir los capítulos de este libro y poner en marcha acciones de rewilding es enviar un donativo al ‘Proyecto Tarpán’ cada vez que recibas un capítulo y sumarte a otras opciones de Crowdfundig que proponemos. La escala de donativos es:

0,50€: Por capítulo semanal (se pasa el cargo cada 12 capítulos).
20€: Inclusión en el listado de colaboradores del libro y por publicar tus aportaciones.
50€: Miembro durante un año de la ONG que impulsa el proyecto.
100€: Participar en el rodeo de saca de yeguas en Doñana y títular de 1/5 de caballo.
500€: Título de propiedad de un caballo salvaje que cuidaremos hasta que te lo lleves
1000€: Vivir una semana en cabañas de teletrabajo y seguimiento de fauna a elegir
3000€: Vivir un mes en cabañas de teletrabajo y seguimiento de fauna a elegir
4000€: Miembro de pleno derecho del colectivo de teletrabajadores que viven de forma nómada en poblados de paraísos naturales para realizar seguimiento de fauna.
5000€: Miembro de pleno derecho del colectivo teletrabajador y de la teleescuela.

Agradezco que mandes este enlace / PDF a quien consideres. Para continuar esta labor, de proteger lo salvaje, puedes donar al ‘Proyecto Tarpán’ un euro por cada capítulo que envíes. Ayúdame a seguir redactando este ensayo y a ejecutar acciones que recuperen la naturaleza. Escríbeme si no sabes cómo donar, o quieres aclarar otros aspectos: benigno.varillas@gmail.com